CAPÍTULO 7
El tercer estante del ala este lleva diez días desordenado, y solo lo descubro esta mañana.
El Hume mayor está donde tiene que estar; el Hume menor, no.
Está a la izquierda del Hobbes, lo cual sería razonable si yo no hubiera pasado quince años colocando los Hobbes a la izquierda de los Locke, los Locke a la izquierda de los Hume y los Hume cerrando la fila por orden alfabético invertido, decisión idiosincrásica que la duquesa, mi madre, encuentra ridícula y que yo defiendo con un argumento que ahora mismo no consigo recordar.
He bajado a primera hora a buscar el tomo segundo.
He encontrado el primero. He encontrado el tercero.
El segundo está, según deduzco después de tres minutos, en algún punto entre los cuatro estantes contiguos, mal colocado por una doncella nueva que ha decidido sacudir el polvo y reordenar mi orden con la mejor de las intenciones.
Tres minutos buscando un Hume es exactamente un minuto cuarenta y cinco más de lo que un hombre de mi edad debería invertir en buscar un Hume. Subo a mi despacho sin el tomo.
Whitlock, en la antesala, tiene el rostro de quien lleva dos horas sosteniendo correspondencia que su señor ha decidido posponer.
—Milord.
—Whitlock.
—La carta del procurador del condado lleva pendiente de respuesta desde el miércoles.
—El procurador puede esperar.
—Milord, el procurador me escribió ayer una postdata.
—¿Indignada?
—Cordial.
—Una postdata cordial es la forma educada de un procurador de comunicar que está empezando a perder la paciencia.
—Eso me pareció.
—Le respondo a las once.
—A las once tiene la cita con el ahijado del primo del marqués.
—A las once y media, entonces.
—Tiene a las once y media a la sastrería.
—Doce.
—Le esperan a las doce los hermanos Selwyn en la oficina de Cornualles.
—Le respondo al procurador esta tarde, Whitlock. Apunte para mañana al primo del marqués, a la sastrería y a los Selwyn. Hoy, después de la una, no quiero más correspondencia.
Whitlock anota. No levanta los ojos del cuaderno.
Lleva siete años conmigo y, por tanto, sabe que cuando yo aplazo una mañana entera de procuradores, ahijados y hermanos Selwyn es porque tengo, en otra parte de la casa, una cita que él no va a apuntar en su cuaderno.
Esto es nuevo. Aplazar es nuevo. Llevo siete años no aplazando.
Cierro la puerta del despacho a mis espaldas.
Camino hasta la ventana. Las nueve menos diez, según el reloj de pared.
La taza de té que me ha subido el ayuda de cámara hace una hora está fría.
La toco con el dorso de la mano y la dejo.
Con la palma. No con el dorso. Cuando me doy cuenta, ya tengo la palma pegada al cristal, y el frío de la mañana me entra por la piel como si fuera a quedarse.
Esta semana he repasado dos veces, y mal, las cuentas de Croft.
He olvidado responder a la invitación del primo segundo de los Buckton —que mi madre, con la voz exacta con la que se lo recordaría a un hijo de catorce años, me ha recordado anoche en el comedor—.
Llevo tres días firmando documentos en los que la columna del lado derecho no termina de cuadrarme y descubro, demasiado tarde, que Whitlock me ha presentado el documento dos veces seguidas porque la primera vez yo había firmado sobre la línea equivocada.
Esta semana, sobre todo, llevo siete años de orden y diez días de algo que el orden no contempla.
Lo que el orden no contempla es que, a las nueve y veinte de la mañana, en lugar de calcular cuántos días me quedan para volver a verla, esté ya calculando cuántas horas.
Y, todavía peor: que esa cuenta —que es una cuenta sin libro mayor y sin columna del lado derecho— me cuadre de oídas.
La hago, sin pluma, sin papel, sin Whitlock que me la repase: esta noche, a las nueve, en el comedor de los Buckton; antes, una hora de salón, lo cual, si la madre no se sienta a su lado, da margen razonable; después, dos horas hasta que la cena se cierre.
Cuento veintidós horas y media desde este momento.
La cuenta me sale tan limpia como nunca me ha salido un arrendamiento, y esa, esta mañana, es la única certeza concreta que tengo de mí mismo.
Camino por el despacho. Tres pasos hacia el escritorio.
Ajusto la pluma de plata. Tres pasos hacia la chimenea.
Me detengo. No hay fuego. La chimenea, en octubre, todavía no se enciende a las nueve de la mañana en este despacho, donde dispone uno de un sol del lado este que dura hasta las once y de la temperatura que la duquesa considera adecuada para un hombre de mi edad.
Toco el mármol con el dorso de los dedos.
Está frío. Vuelvo al escritorio. Cojo el sobre del procurador.
Lo dejo. Cojo la carta de los Buckton. La dejo.
Cojo el cortaplumas. No tengo nada que cortar. Lo dejo.
Es exactamente la mañana de un hombre que no sabe qué hacer con sus manos.
—Hermano. Te estás poniendo poético. Lo veo desde el umbral.
—No me he puesto poético.
—Tienes la mano en el cristal.
—Estoy comprobando la temperatura.
—La comprueba uno con el dorso. Tú la tienes con la palma. La palma en el cristal es poesía. Aforismo de madre.
—Madre nunca ha dicho semejante aforismo.
—Lo voy a decir yo, entonces. Acabo de adquirirlo. Patrimonio Wyndham.
Cael cierra la puerta detrás de sí, cruza el despacho y se deja caer en la butaca de siempre, con los talones sobre el taburete de siempre y la copa que se sirve a sí mismo en el aparador antes de pedir permiso.
Esta mañana es té. Té frío, supongo, porque ha encontrado la tetera en la antesala y ha decidido honrarla.
—¿No bajas a montar?
—He bajado.
—¿Has visto a alguien?
—La he visto.
—¿Cuántos metros compartidos al paso?
—Mil.
—Mil metros al paso con la hija mayor del barón de Woody, las rodillas a un palmo, el primo segundo de los Buckton de testigo y los Holbrook cruzando en sentido contrario. Hermano, eso no es un saludo.
—¿Has estado en Hyde Park?
—Pasé por el extremo norte. Vi lo que tenía que ver. No vi lo que no tenía que ver. Hice un saludo manual que cualquiera leería como saludo y que tú leíste correctamente como cobertura.
—Te lo agradezco.
—De nada. Pero no me agradeces el favor cobrándote el cuento.
Aparta los pies del taburete. Se inclina hacia delante con esa cara con la que se inclina cuando ha decidido que no se va de mi despacho hasta que yo haya hablado más de lo que tenía planeado hablar a las nueve y veinte de la mañana.
—Hermano.
—Cael.
—Llevas diez días organizando el día en función de una mujer.
—No es verdad.
—Esta mañana has bajado al ala este a buscar un Hume que no necesitas para el procurador.
Has bajado al ala este porque la ventana del ala este da a la calle por la que pasa el carruaje de Woody Hall a las ocho y cincuenta cuando la hija del barón sale a Rotten Row.
Has bajado a las ocho y cincuenta y dos.
—Ocho y cincuenta y cuatro.
—Peor. Has perdido dos minutos en bajar.
Has aplazado al procurador hasta esta tarde.
Has cancelado al primo del marqués. Has enviado a los hermanos Selwyn a Cornualles a esperar otra mañana en el despacho, lo cual, dicho sea de paso, va a pasarles una factura cuando vuelvas a necesitarlos.
Has llegado a tu despacho a las nueve y veinte con la palma en el cristal y una taza de té fría en la mesa que no te has bebido.
Has organizado el día, hermano. Y lo has organizado en función suya.
Bajo la mano del cristal. Cruzo el despacho. Me siento en la butaca contigua a la suya, la que no uso casi nunca, porque la butaca, cuando se sienta uno en ella, mira al hogar y no al escritorio, y yo, en quince años, he mirado siempre al escritorio. Esta mañana miro al hogar.
—Lo he organizado.
—Lo has organizado.
—Desde el lunes.
—Antes. Pero podemos decir lunes para no irnos por las ramas.
—Antes.
—¿Cuándo, antes?
—Hace siete años.
Se queda muy quieto. Es una de las pocas veces, en la vida adulta de los dos, en las que veo al gemelo quedarse muy quieto. Aprieta la mandíbula. Coge la taza fría. Bebe. Deja la taza otra vez.
—Hermano.
—¿Sí?
—Eso, lo de los siete años, ya lo sabía yo. Lo que no sabía es que tú lo sabías tan claro como acabas de decirlo.
—Lo sé desde el lunes.
—Es media batalla, hermano. La otra media es lo que vas a hacer al respecto.
—Estoy haciendo.
—Lo sé. No estoy menospreciando. Estoy diciendo que un cuarto de hora de palma en el cristal se llama, en otros hombres, planificar. En ti se llama avance.
—Esta noche es la cena de los Buckton.
—Lo sabes porque madre te lo recordó anoche.
—Lo sé también porque cancelar al procurador hasta esta tarde y a los Selwyn hasta mañana significa que necesito la cabeza despejada para esta noche.
—¿Y por qué necesitas la cabeza despejada para una cena de los Buckton?
—Porque va a estar allí.
Cael levanta los dos pies del taburete con elegancia, los apoya en el suelo, se yergue en la butaca, se ajusta el chaleco con la lentitud con la que se ajustan los chalecos los hombres que están a punto de decir algo que llevan diez días intentando no decir. No lo dice. Me mira. Espera.
—¿Vas a la cena de los Buckton esta noche por la cena, por los Buckton, o por la hija del barón de Woody?
—Los Buckton dan una cena al año en la que aburren incluso al cocinero. La cena, descartada.
—Quedan los Buckton y la hija del barón.
—Ajá...
—Faltó un sujeto en tu enumeración, hermano.
—Porque, si lo digo en voz alta a las nueve y veinte de la mañana en mi propio despacho, la disciplina de no decirlo se me cae del todo.
—Justamente eso es lo que hay que decir.
—Justamente.
—Esta noche vas a la cena de los Buckton por la hija del barón de Woody.
—Sí.
—Hermano, lo digo con la mano en el corazón: era hora.
Suelto una respiración corta que en otro hombre sería una risa.
En mí es la concesión más cercana a una risa que esta semana me he permitido.
Cael se levanta. Recoge la copa. La devuelve a la bandeja del aparador con la limpieza con la que devuelve copas un caballero que ha terminado un asunto entre caballeros.
Camina hacia la puerta. Se detiene en el umbral.
—Una cosa más.
—Dime.
—Lord Coole no estará esta noche en casa de los Buckton.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me he ocupado yo de que no esté.
Lady Lockridge me debía un favor desde la última temporada y he decidido cobrarlo esta semana.
Coole va a cenar en una mesa pequeña, seis comensales, una sobrina disponible, en casa de los Lockridge.
Y la sobrina, además, está encantada con la perspectiva. No se hace daño a nadie.
—¿La sobrina pequeña tiene quince años?
—Diecisiete. Lady Lockridge la presenta esta primavera. Coole es perfecto para que se entrene.
—Te has movido como un procurador del condado.
—Me he movido como un hermano del condado.
Me has formado tú. He dicho una cosa más.
La he dicho. Te dejo con tu palma en el cristal.
Recuerda, esta noche, que a las nueve cenas con los Buckton y a las once la cena se cierra, lo cual te deja, aproximadamente, dos horas para encontrar un corredor con poca luz y una decisión que tomar.
—Te has pasado tres frases.
—Buenos días, hermano.
Sale. La puerta se cierra. Yo me quedo en la butaca que no uso casi nunca, mirando al hogar apagado, con el procurador esperando, con el ahijado del primo del marqués pospuesto, con los hermanos Selwyn en Cornualles, con el Hume segundo perdido entre cuatro estantes, con la taza fría en el escritorio.
Y con la certeza, cada vez más clara, de que todo este desorden —los libros mal colocados, las cuentas mal repasadas, las citas aplazadas, los compromisos olvidados— tiene un solo nombre. Y ese nombre no es desorden. Es ella.
Quince años de disciplina acaban de adquirir, formalmente, un sustituto.
Y lo peor es que no quiero recuperar la disciplina.
Quiero seguir así, desordenado, con la palma en el cristal y la cabeza llena de horas que no suman y rodillas que se tocan en Hyde Park.
Quiero seguir siendo este hombre que aplaza procuradores y extravía tomos de Hume porque está demasiado ocupado pensando en ella.
Por primera vez en quince años, el desorden no me aterra. Me sostiene.