Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El frío me llega antes que los caballos.

Lo siento en las orejas, en la franja de piel que el sombrero deja al descubierto sobre el cuello, y en los nudillos a través del guante de cuero.

Octubre, en Hyde Park, tiene esta cualidad concreta de meterse entre la chaqueta y la camisa por el lateral del codo, y de instalarse allí durante lo que dura el paseo.

Hace tres semanas que hago el mismo recorrido por Rotten Row a las nueve y media de la mañana —un recorrido que la baronesa considera prudente para una joven en buena montura, lo cual es la coartada perfecta— y estos últimos cinco días lo hago, además, sin querer comerme el desayuno y sin acertar dos veces seguidas con el broche del cuello.

El mozo de Woody Hall me ofrece la mano.

Subo a la silla. Mara, que es la yegua más paciente del establo y que conoce esta ruta de memoria, sopla un vapor blanco por los ollares y aguarda.

Esperamos a que el mozo monte detrás, a tres pasos prudentes, y arrancamos al paso por el sendero ancho.

Hay menos jinetes de los que habrá dentro de una hora.

A las nueve y media salen los serios: dos caballeros viejos que galopan despacio en el lado contrario, una pareja de cuñadas Lockridge conversando codo con codo a mi izquierda, un primo segundo de los Buckton al que conozco desde joven y al que saludo con una inclinación.

La luz es la luz larga de las mañanas inglesas de octubre, una luz cansada y plana que se posa sobre las copas de los castaños y deja el suelo a media sombra.

Tenía que estar aquí. Eso me dijo. Después del cuarto baile en Buckton House, en la biblioteca de la segunda puerta del corredor este, hace dos noches, antes de que volviéramos cada uno a la sala principal por una escalera distinta, lo dijo con la voz baja con la que dice todo.

«Mañana por la mañana en Rotten Row. Y al día siguiente.

Y al otro. Hasta nuevo aviso». Mañana ya pasó.

Hoy es el día siguiente. La cita, según sus criterios, sigue en pie.

A doscientos metros del cruce con el sendero norte distingo, contra la luz, un jinete grande sobre un caballo más grande.

Podría ser cualquier hombre alto sobre cualquier caballo alto.

Pero la memoria, sin embargo, lleva cuatro años sabiendo en qué postura se inclina sobre una silla un Wyndham mayor que monta los caballos de su padre como si la silla le hubiera nacido bajo el muslo, y no voy a fingir que no lo distingo a doscientos metros.

Lo distingo. Mara, que es lista, también, y, por causas que en su cerebro animal yo no comprendo del todo, acelera el paso en cuanto el otro caballo se mueve.

Nos cruzamos en el cruce. La inclinación correcta del manual.

—Lady Isadora.

—Milord.

—Buena montura.

—La de siempre. Mara.

—La conozco. Le he visto bajar de ella tres veranos en Hampshire.

—Sospechaba que sí.

Es lo único que decimos en los primeros cien metros.

Cabalgamos al paso, lado a lado, con la distancia que el sendero permite a dos jinetes que se han encontrado por casualidad y deciden compartir un trecho.

El mozo de Woody Hall ha quedado tres pasos atrás.

El criado de él, también. Los dos cabalgan a la distancia exacta que permite oír la cadencia del paso sin oír la cadencia de las palabras, y los dos llevan en este oficio los suficientes años como para mirar al horizonte mientras sus señores no miran al horizonte.

—¿Lleva guantes finos?

—Llevo los del invierno.

—Bien.

Habla con esa economía suya de hombre al que le cuesta menos cargar con un baúl que con una conversación banal.

La economía, en lugar de irritarme, esta mañana, me alivia.

Hablar de más sería pedirle algo que él no me ha prometido.

Lo único que me ha prometido —y eso lo dijo con la frente apoyada en la mía en una sala de música ajena a las once y media de la noche, hace cuarenta y ocho horas— fue tiempo.

Y darle tiempo significa, esta mañana, cabalgar al paso y aceptar la economía.

A los doscientos metros, la rodilla izquierda de él toca, durante medio segundo, la rodilla derecha mía.

Es el roce involuntario de dos jinetes que han ajustado mal la distancia entre dos caballos altos.

Ninguno corrige. Mara y el suyo siguen al paso con la misma cadencia.

El roce se repite a los treinta metros siguientes, y a los cincuenta del segundo, y a los cuarenta del tercero, y al cuarto roce yo dejo de contarlos, porque contarlos sería admitir que no son involuntarios.

—El primo del primo segundo de los Buckton nos ha visto.

—Lo he saludado al cruzar.

—Ha asentido.

—Y se ha ido a contárselo a su mujer en cuanto entre en su casa.

—Que se lo cuente. Una conocida y un Wyndham cabalgando al paso por Rotten Row a las nueve y media de la mañana es la noticia más aburrida que un primo puede llevarle a su mujer hoy.

—La noticia es aburrida solo si los dos jinetes no llevan las rodillas a tres centímetros una de la otra.

Lo dice sin volverse del todo, sin levantar la voz, con la mirada fija en el sendero.

Yo tampoco me vuelvo. Mantengo las riendas con la suavidad correcta, los hombros rectos y la barbilla en la altura prevista y, debajo de la chaqueta de montar, un calor entero que no tiene nada que ver con la temperatura de la mañana.

—Las rodillas no están a tres centímetros.

—Lo estaban hace medio kilómetro.

—Hace medio kilómetro era casualidad.

—Tres veces, casualidad. Cuatro, decisión. Yo cuento cuatro.

—Yo dejé de contar.

Sale demasiado rápido de mi boca. Lo oigo en mi propia voz un instante después de haberlo dicho.

Le aguanto la mirada cuando se vuelve, finalmente, a mirarme, y le aguanto el silencio que sigue.

Su mirada, en una mañana de Rotten Row, dura exactamente lo que duraría la mirada de un caballero que comprueba el ajuste de la cabezada del caballo de una conocida —con la diferencia de que esta mañana el caballero no está mirando ninguna cabezada.

—Lleva el broche torcido.

—¿Cómo dice?

—El broche del cuello. Está torcido. Si lo lleva torcido a las nueve y media, es porque a las nueve menos diez no se ha mirado en el espejo grande del recibidor de Woody Hall.

—Ese espejo me da fatiga.

—Le da prisa. No es lo mismo.

—Hoy le da fatiga.

Él no contesta. Pero la pequeña inclinación de comisura izquierda que se permite, durante medio latido, equivale a dos páginas de respuesta en otro hombre.

La guardo. Y, ya que la estoy guardando, me llevo la mano enguantada al broche torcido y lo enderezo con un gesto que cualquier conocida de Mayfair, vista de lejos, leería como gesto de coquetería de mañana.

—Está mejor.

—Le agradezco el aviso.

—No me lo agradezca, milady.

Una pareja a caballo viene en sentido contrario por el lado izquierdo del sendero.

Reconozco a los dos. Padre e hija de los Holbrook, conocidos de Hampshire, pasan en Mayfair el otoño desde hace cuatro temporadas.

La hija, con la que coincidí en un debut de los Lockridge, me hace un gesto pequeño con la mano enguantada.

Yo le devuelvo el gesto. El padre saluda con la cabeza al caballero que cabalga a mi lado.

Él le devuelve la inclinación. Los dos pares de jinetes se cruzan sin palabras.

Cuando ya nos hemos pasado, el vizconde murmura, sin mover la cabeza:

—Holbrook cuenta a la mujer todo lo que ve. Vamos a separar las rodillas un palmo.

—Ya están separadas.

—Seis centímetros más, milady.

—Como mande.

Mara nota el pequeño tirón de rienda y obedece sin protestar.

Avanzamos así otros doscientos metros, a un palmo prudente, mientras el sendero baja hacia el extremo norte del parque y las copas de los castaños se acaban y empieza la zona despejada.

Allí siempre hay galope. Allí, esta mañana, hay un jinete suelto bajando al trote desde la otra dirección.

Lo reconozco antes de que él se acerque, porque uno aprende a reconocer al menor de los Wyndham por la manera de no llevar el sombrero en línea recta y por la manera de sonreírle a un caballo como si el caballo fuera un primo segundo.

Trota. Llega a la altura nuestra. Se detiene tres metros más allá del paso de Mara, sin saludarme con la efusión que la cortesía pediría, lo cual es un detalle.

—Hermano.

—Cael.

—Lady Isadora.

—Milord.

—Bonita mañana para Rotten Row a las nueve y media. Sin viento. Sin galope tonto. Casi sin gente.

—Casi.

—Madre me ha mandado a recordarte que esta tarde tenemos cena con los Buckton. Tenía la sospecha, ha dicho, de que estabas más distraído de la cuenta esta semana.

—Estoy distraído de la cuenta esta semana.

—Eso le diré.

—No le digas eso. Diré, mejor, que he prometido estar puntual.

—Eso ya es admisible.

Cael sonríe con la pequeña sonrisa lateral con la que sonríe cuando se da por satisfecho.

Me hace una inclinación correcta, le hace otra a su hermano y, sin haberse acercado más de tres metros, da media vuelta a su caballo y vuelve a trotar en la dirección contraria.

A los cincuenta metros, sin volverse del todo, mueve la mano enguantada por encima del hombro, en un gesto muy pequeño, muy poco protocolario, dirigido al hermano mayor, que cualquier persona del parque interpretaría como un saludo de despedida.

Yo sé, sin haberlo pactado con nadie, que ese gesto quiere decir: tranquilo, no os he visto bien, podéis seguir.

—Su hermano —digo en voz baja.

—Mi hermano.

—Le da cobertura.

—Lleva siete años dándomela. Esta semana lo formaliza.

—Lo formaliza con un saludo por encima del hombro.

—Es cuanto un caballero puede formalizar a treinta metros sin que el primo segundo de los Buckton lo escriba en una carta.

Cabalgamos otros trescientos metros por la zona despejada.

El sol ha subido un grado más. La pareja de cuñadas Lockridge ha desaparecido por un sendero lateral.

Los dos caballeros viejos están galopando, ahora en serio, dos curvas más allá.

El criado de él sigue tres pasos atrás, mirando una rama.

Mi mozo, cuatro pasos atrás, mirando la otra rama.

En el tramo en el que el sendero gira hacia el este, antes de cruzar de nuevo bajo la línea de los castaños, frena el paso de su caballo lo justo para que Mara, por inercia, se acerque a su flanco izquierdo.

La rodilla derecha de él toca la rodilla izquierda mía.

Esta vez no es casualidad ni decisión. Es la quinta cuenta. Y la quinta no la cuento.

Se inclina sobre la silla apenas. La cabeza se acerca lo justo para que las palabras caigan en mi oído derecho y en ningún otro sitio.

—Mañana, otra vez. Misma hora. Si llueve, sala de música de su madre, a la una. Su madre estará en el comedor con la mía durante hora y media.

—¿Lo ha pactado con la duquesa?

—Lo he pactado con la baronesa. La duquesa está incluida porque, esta semana, la duquesa tiene previsto un asunto de dos horas con su madre.

—Tiene la temporada planeada.

—La estoy planeando.

Endereza la espalda. Recupera la distancia correcta.

El sendero gira. Volvemos al paso normal entre las copas de los castaños, con las rodillas a un palmo prudente otra vez.

Cuando llegamos al cruce con el sendero principal, el vizconde se inclina con la inclinación que el manual exige, le devuelvo la inclinación con la mía, y nuestros caminos se separan: él hacia el este, yo hacia el sur.

El mozo de Woody Hall, tres pasos atrás, no comenta nada.

Mara, que es lista, vuelve a casa al paso pequeño que ha elegido por su cuenta.

Yo, que esta mañana llevo el broche del cuello torcido y enderezado y vuelto a torcer por el viento, regreso a Woody Hall con la barbilla en la altura prevista y las dos rodillas, dentro de la falda de montar, todavía calientes.

«Mañana otra vez. Si llueve, sala de música, a la una».

La temporada se está volviendo, en efecto, interesante.

Y lo peor —o lo mejor, todavía no lo sé— es que no quiero que deje de serlo.

Quiero seguir cabalgando cada mañana junto a él con las rodillas a un palmo, escuchando su voz baja, sintiendo cómo el mundo se reduce al espacio exacto entre dos caballos y dos silencios que no necesitan llenarse.

Quiero seguir contando roces que no son casualidades y guardando sonrisas que duran medio latido.

Quiero, sobre todo, seguir siendo la razón por la que un hombre como él aplana el paso de su caballo.