Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La cabeza, durante el segundo vals, ha decidido por su cuenta no obedecerme.

Lord Coole me sostiene la cintura con la distancia exacta del manual.

Va hablando. Me cuenta que Westmorland en octubre se queda sin luz a las cuatro, que las cumbres se cubren de neblina, que la finca de su padre tiene un río y un puente de piedra que él, según anuncia, tiene la intención de modernizar el verano próximo.

Yo asiento en los lugares apropiados. Sonrío cuando toca sonreír.

Pero la cabeza, durante el giro tercero del vals, se me ha inclinado un grado más de lo que el baile pide hacia el hombro derecho, hacia el lado donde, cuatro minutos antes, un aliento ajeno me ha dejado cuatro palabras y un calor que todavía me dura.

«No se marche temprano». Eso ha dicho, sin mirarme, pasando al lado, aprovechando que Patty se apartaba medio paso para dejarle sitio.

Cuatro palabras al oído derecho, dichas en el tono con el que se dicen las cosas que no admiten respuesta, y, después, la inclinación correcta de un caballero que ha cumplido con el saludo mudo del protocolo.

Tres pasos más allá ya estaba en otra conversación con un primo Buckton.

Yo, en cambio, le he pedido a una amiga, durante un instante, que me repitiera la frase que acababa de decir.

—Lady Isadora.

—Disculpe, milord. La música.

—Decía que Westmorland en octubre...

—Sí. La neblina.

Lord Coole sonríe con la indulgencia de los caballeros que entienden que las jóvenes pueden distraerse cuando el salón está caliente, lo cual es la indulgencia más insultante que puede ofrecer un caballero a una mujer adulta y la única que esta noche me beneficia.

Continúa con su Westmorland. Yo continúo con mi inclinación de cabeza.

Cuando el vals termina, me devuelve a la baronesa con la inclinación que el manual exige.

Mi madre le agradece con la cabeza. Lord Coole se aleja —voy a tener que leer ese nombre veinte veces más esta semana, intuyo— hacia un grupo en el que un primo Wexley lo recibe con ganas.

La amiga de la baronesa, una conocida de Hampshire que pasa cada otoño dos meses en Mayfair, me coge la mano un instante con una alegría desproporcionada, me felicita por haber bailado un segundo vals con el caballero del norte, anuncia que mi temporada se está poniendo interesante, suelta tres comentarios con ese tono de mujer mayor que cree que cumplir cincuenta años le da derecho a opinar en voz alta sobre cualquier joven de veintidós, y se va a por una limonada.

Mi madre me mira. No dice nada. La baronesa lleva veintidós años no diciendo nada y ese, esta noche, es el favor que más le agradezco.

A las once y media, los Wexley sirven el refrigerio.

La mitad del salón se vacía hacia el comedor.

La otra mitad se queda bailando con la orquesta, que ha pasado a un cuarto cotillón menos exigente y más decorativo.

La temperatura del salón principal baja un grado: hay menos cuerpos pegados a las paredes y, por tanto, menos espalda femenina vigilando la espalda femenina vecina, lo cual es exactamente lo que necesito. Cojo a Patty del codo.

—Voy un instante al tocador.

—Sí, milady.

—Espérame en la antesala. Si la baronesa pregunta, voy con dolor de cabeza.

—Sí, milady.

Patty hace su pequeña reverencia. No me pregunta nada.

Lleva tres semanas en Woody Hall y ha aprendido, en ese plazo, lo que algunas doncellas no aprenden en veinte años: que existen tipos de viajes al tocador que conviene no mirar de frente.

Sale por delante de mí. Cruzamos el pasillo en sentido contrario al de la mayoría de las invitadas.

La antesala del tocador, a esta hora, tiene a tres jóvenes arreglándose el peinado y a una doncella acomodando capas.

Mi acompañante se sienta en el banco junto a la puerta y saca una labor. Yo no entro al tocador. Sigo de largo.

Doblo el codo del corredor. Hay dos puertas a la izquierda.

La primera da a una sala de música cerrada por la noche; la segunda, a un pequeño gabinete con un piano y tres sillones, también cerrado, supongo, a esta hora.

Detrás del codo hay otro tramo de pasillo, mal iluminado, con un retrato grande de una abuela Wexley al fondo y un velón solitario que un criado ha dejado encendido en una mesita.

Por aquí no pasa casi nadie a las once y media.

Los criados de la cena cruzan por la escalera de servicio, dos pisos más abajo.

Los invitados están en el comedor o en el salón principal.

El corredor, durante los próximos cuatro minutos, va a ser uno de los pocos sitios del baile en los que una mujer puede respirar sin que nadie le tome nota.

Avanzo hasta el retrato. Apoyo la mano enguantada en la moldura del marco como si tuviera un interés particular por la abuela Wexley. Espero.

La música del cotillón llega lejana, atravesando dos paredes.

Las voces del comedor llegan también, más cercanas, un rumor de risas femeninas y de cubertería sobre la porcelana.

Algún criado, en algún punto del fondo del corredor, abre y cierra una puerta con la prudencia con la que el servicio Wexley abre y cierra puertas a las once y media de la noche.

Pasos. No de criado. Más largos. No me vuelvo.

Sigo mirando a la abuela Wexley como si en su gola almidonada estuviera a punto de descubrir el sentido de la temporada.

Una mano me coge el codo. Es una mano enguantada, firme, sin titubeo, la mano de un hombre que ha decidido que esta noche, durante los próximos noventa segundos, no va a deliberar nada más.

Tira de mí con una suavidad exacta hacia la primera puerta de la izquierda.

La puerta de la sala de música. Que, descubro, no estaba cerrada con llave.

—Adentro.

Es lo único que dice. La voz, baja, ronca, una palabra.

Entro. Él entra detrás. La puerta se cierra con un golpe suave, y oigo, sin mirar, el chasquido del pestillo.

La sala está casi a oscuras. Solo entra la luz de la luna por una rendija de cortina, una franja blanca y delgada que cae sobre el suelo y sobre el costado de un piano.

No me suelta el codo. Me gira. Me coloca contra la pared, entre el borde del piano y el marco de la ventana, en el hueco más pequeño y peor iluminado de la sala.

Su cuerpo me cierra el paso por delante.

No con violencia. Con algo más alarmante: con una decisión muy contenida, una decisión que no necesita demostrarse.

Y me besa sin hablar primero.

No es el beso del carruaje. El del carruaje fue mío, fue lento, fue el beso de una mujer que llevaba siete años fabricándolo en silencio.

Este es el suyo. Un beso de hombre que ha decidido, esta noche, que se ha terminado la disciplina.

La mano izquierda se levanta, me sostiene la mandíbula con una delicadeza que no encaja con la rigidez del cuerpo, y la derecha sigue en mi codo, apretándolo como si necesitara el codo para no soltar la mandíbula.

La boca es caliente y contenida. Hay un control en él que se nota en todo lo que no hace: en la mano que no me toca la cintura, en el pulgar que no se mueve sobre la mandíbula aunque podría, en la rodilla que mantiene tres centímetros de aire entre nosotros aunque podría no mantenerlos.

Es un beso que se sostiene a sí mismo encima de un acantilado y que sabe, exactamente, dónde está el borde.

Mis dedos se agarran a la solapa de su chaqueta con la mano derecha.

La izquierda no sé dónde la tengo. La izquierda, me doy cuenta dos segundos después, la tengo apoyada en su pecho, justo debajo del cuello, sintiendo cómo el corazón, allí dentro, va a una velocidad que él no me ha autorizado a oír.

Se separa. No del todo. Solo lo suficiente para apoyarme la frente en la mía.

Respira. Yo respiro. Las dos respiraciones se mezclan en el espacio mínimo que queda entre las dos bocas, y eso, esta noche, es la cosa más cercana al deseo confeso que dos personas decentes pueden sostener en una sala de música ajena a las once y media de la noche.

—Deme tiempo.

Lo dice despacio. Sin levantar la frente de la mía. La voz le sale más ronca de lo que jamás se la he oído. La mano izquierda sigue en mi mandíbula; la derecha, en mi codo. No me suelta. No se aparta. Solo lo dice, una vez, con la misma economía con la que un hombre como él dice todo: deme tiempo.

—¿Cuánto tiempo me pide?

—El que necesite. No mucho. Mañana es pronto, pasado puede ser, y pasado mañana, casi seguro.

—¿Para qué tanto cálculo?

Levanta la cabeza. No mucho. Lo justo para que sus ojos, en esa franja de luz de luna que entra por la cortina, encuentren los míos. Están oscuros. No grises. Oscuros. Nunca los había visto así.

—Para hacer lo que tengo que hacer en el orden en el que tengo que hacerlo.

No le pido que me lo explique. Lleva veinte años haciéndolo todo en el orden en el que tiene que hacerlo. Que esta noche me pida tiempo no es una negativa. Es la única forma que conoce un hombre como él de prometer algo sin firmar un papel.

—Le doy tiempo —respondo.

—Gracias.

Aparta la mano de mi codo. Se la lleva al costado, como quien se ajusta el chaleco; en realidad, sospecho, como quien necesita la mano lejos de mí durante los próximos diez segundos.

La izquierda sigue en mi mandíbula medio latido más; después se retira con una suavidad que no me había permitido a mí misma esperar.

—La música va a parar dentro de poco. Tiene que volver al salón antes de que pare, porque su madre la verá si vuelve después. Yo saldré por la puerta del fondo y daré la vuelta por el pasillo de servicio.

—¿Conoce el pasillo de servicio de los Wexley?

—Llevo quince años conociéndolo.

Es la primera vez en toda la noche que me sale algo parecido a una sonrisa. Le sale a él una pequeña inclinación de comisura que en cualquier otro hombre sería una sonrisa entera y en él es lo que es: una concesión. La guardo.

Se inclina otra vez. Pero no sobre mi boca. Sobre mi oído derecho. La frente apenas roza mi sien, el aliento me toca la oreja, y la voz, cuando habla, es tan baja que, durante los segundos que dura la frase, oigo más nítido el rumor de la cena del comedor que su voz a tres centímetros.

—Jueves. Casa de los Buckton. Después del cuarto baile, biblioteca del primer piso, segunda puerta del corredor este. Vaya con Patty.

La frase entera dura cuatro segundos: ocho palabras útiles y la doncella mencionada por nombre.

Se aparta. La mano que me ha sostenido la mandíbula se cierra un instante a un costado, en un puño que se aprieta y se afloja, y me doy cuenta de que ese pequeño gesto —ese puño que cuesta deshacer— es la única señal completa que esta noche voy a tener de cuánto le ha costado esto.

Cruza la sala hacia la puerta del fondo.

La abre con la prudencia con la que un hombre que conoce la casa abre puertas que le pertenecen mucho más a él que a los Wexley, supongo, dada la cantidad de bailes Wexley que los Wyndham llevan asistiendo desde antes de mi nacimiento. Se vuelve un instante en el umbral.

—Lady Isadora.

—Milord.

—No vuelva al salón demasiado deprisa. Un ligero rubor parece dolor de cabeza. Un rubor exacto parece otra cosa.

—Lo tengo en cuenta. Buenas noches, milord.

—Buenas noches a usted.

Sale. La puerta se cierra. El pestillo de la otra puerta —la que da al corredor por el que yo he entrado— sigue echado.

Lo descorro yo misma. Salgo. Vuelvo a la antesala del tocador con el ritmo de una mujer que se ha aplicado agua fría en las muñecas, lo cual, técnicamente, es lo que llevo cuatro minutos sin hacer y voy a fingir haber hecho.

—¿Mejor, milady?

—Mejor.

—Tiene la mandíbula un poco roja, milady. Dolor de muelas, supongo.

—Supongo que sí.

—¿Le pido la capa?

—Todavía no. Quince minutos más.

Volvemos al salón cuando la orquesta está empezando el quinto cotillón.

La baronesa, que me localiza con la pericia de las madres que llevan veintidós años localizando hijas, me hace un pequeño gesto desde el otro extremo, y yo cruzo hacia ella con la cara compuesta de mujer que ha tomado agua fría en las muñecas y, tres veces, ha reordenado un peinado que no necesitaba reordenar.

Lord Coole me ve cruzar y, desde el lado norte, me ofrece una pequeña inclinación de cabeza.

Le devuelvo la inclinación con la exacta cortesía que la cortesía exige y ni medio milímetro más.

«Jueves. Casa de los Buckton. Después del cuarto baile».

Faltan cuarenta y ocho horas. Se me van a hacer largas.

Muy largas. Pero dentro de mí, en el lugar donde su boca ha estado y donde su frente se ha apoyado en la mía, hay algo que no tenía antes.

No es esperanza. Es certeza. La certeza de que esta vez, después de siete años, él también está esperando.

Y que, por primera vez, no lo está haciendo solo.