CAPÍTULO 4
A los Wexley les sale un baile bueno cada cuatro años, y este es uno de los buenos.
Lo digo porque a la cuarta sala ya he contado nueve velas que no debería haber contado, dos lustrosas cuñadas Wexley que llevan diez minutos buscándome con los ojos, una orquesta de doce músicos que ataca el cuarto cotillón con la misma decisión con la que atacó los anteriores, y una temperatura de salón que se acerca peligrosamente a la de invernadero.
Una velada lograda y una velada catastrófica, en esta clase de casas, se distinguen exactamente en eso: un grado de menos en el aire, dos cuñadas menos al acecho, tres cotillones más cortos.
Esta noche los Wexley han acertado en los tres cálculos.
Por eso ha venido medio Mayfair. Y, por eso, también, va a costarme encontrarla.
—Hermano, deja de mirar al techo. Pareces un astrónomo perdido.
—Estoy buscando.
—No buscas el techo.
—Estoy buscando el techo.
—El techo no se mueve. La hija mayor del barón sí. Está al otro extremo del salón verde, junto al espejo de la pared del fondo. Y ahora, si me disculpas, voy a hacer como si no te hubiera dicho lo último.
Cael desaparece entre dos grupos antes de que yo le contraponga la negativa que él ya sabe que no le voy a contraponer.
Cuando giro la cabeza, sin urgencia, con la calma de un hombre que se aburre razonablemente, mi mirada cruza el salón y la encuentra exactamente donde el gemelo me la ha colocado: junto al espejo de la pared del fondo, de pie, con el vestido azul medianoche.
Y, frente a ella, ofreciéndole el brazo con la inclinación exacta del manual, está el caballero recién llegado del norte cuyo apellido pronunció el menor ayer en mi despacho once veces seguidas. Lord Coole.
La hija del barón acepta el brazo. No mira hacia donde estoy yo.
Eso es una decisión. Una mujer que ha pasado siete años aprendiendo a no mirar a un hombre concreto en habitaciones llenas de gente sabe perfectamente, en cada habitación nueva, dónde está ese hombre.
Esta noche también lo sabe. Y esta noche, también, se permite no mirarme.
Cruzan la sala. Ocupan el lado norte de la pista. La orquesta ataca un vals. Lord Coole le pone la mano en la cintura con una distancia correcta —ni insolente, ni torpe, exactamente correcta, y eso, esta noche, es lo que más me molesta— y comienzan a girar.
Bebo champán que no me apetece. Lo bebo entero.
Se lo paso a un criado que pasa con una bandeja vacía y le digo, con la voz que reservo para los criados de las casas ajenas, que no me sirva más durante el resto de la velada.
El criado asiente y desaparece. Yo me quedo de pie, junto a una columna, con la mano izquierda metida en el bolsillo del chaleco y la derecha colgando a un lado, viéndolos girar.
Ella gira bien. Gira con elegancia, sin rigidez, con esa pequeña suavidad que solo tienen las mujeres que han bailado mucho a solas en el dormitorio cuando creían que nadie las veía.
La he visto bailar otras temporadas, claro.
La he visto en bailes de los Buckton, en el debut de una sobrina Lockridge, en dos cenas de la duquesa de Granthorpe.
Nunca, sin embargo, la había visto girar con un caballero al que mi propio hermano me ha advertido, veinticuatro horas antes, que tiene mentón completo, renta razonable e intención. Eso, esta noche, lo cambia todo.
—Sé lo que estás pensando.
—No sabes lo que estoy pensando.
—Estás pensando que la pared del lado norte no era lo que querías que fuera esta noche.
Y estás pensando, también, que el caballero que sostiene el codo de la hija del barón con esa elegancia de salón aprendido en años bailables y en peso aristocrático, lo cual debería compensarte y, esta noche, no te compensa.
—Aforismo correcto. Aplicación incorrecta.
—Aplicación impecable, hermano. Lo que pasa es que no quieres reconocerlo.
El menor está a mi derecha, con dos copas de champán, una en cada mano, y la sonrisa con la que se mueve por el mundo cuando no le importa nadie en una habitación excepto la persona a la que ha decidido pinchar. Me ofrece una de las copas. La rechazo con la cabeza. Bebe él de las dos.
—¿Conoces el apellido Coole desde antes de ayer?
—Desde antes de ayer, no. Desde ayer.
—¿Tienes algún dato nuevo?
—Tres. Primero: lady Lockridge me hizo creer que la familia era de Durham, lo cual es falso.
Son de Westmorland, lo cual es peor para nosotros, porque Westmorland tiene memoria larga y Mayfair, no.
Segundo: el padre vive y está sano, lo cual significa que el muchacho heredará tarde y tendrá que entretenerse en Londres durante un decenio entero, lo cual significa que va a ser un problema persistente.
Tercero, y esto es lo entretenido: tiene un primo en el ejército que le cuenta a quien quiera oírlo que el muchacho está aquí esta temporada con la consigna materna de regresar al norte con un compromiso.
Cualquiera. Pero, preferentemente, uno con apellido viejo.
—Apellido viejo.
—Como Fenn, por ejemplo.
—Cael.
—No grites, hermano. Estás de pie junto a una columna, no en la cocina. Además, ella no te ha visto todavía. Lleva todo el vals mirando a Coole. Que es lo que se espera de ella. Lo que no se espera es que tú, desde esta columna, la hayas mirado a ella el doble de veces que ella a él.
Le aguanto la mirada el tiempo justo para que sepa que no hace falta que me lo subraye más. Cael aparta los ojos con una brevedad amable. Vuelve a la pista. Bebe.
—Esta noche puedes hacer dos cosas. Una: irte a casa y dejar que la madre del muchacho del norte cobre. Dos: quedarte y averiguar qué hace una mujer adulta cuando descubre que un hombre, después de siete años, ha decidido pasarle por el lado.
—Tres.
—¿Tres qué?
—Hay una tercera.
—Cuéntame la tercera.
—Pasarle por el lado de modo que ella lo note y nadie más.
Cael se queda mirándome un instante. La copa en la mano izquierda se detiene a medio camino de sus labios. Parpadea una vez. Dos. Luego suelta una risa corta, seca, la risa de un hombre que acaba de descubrir que su hermano mayor, después de siete años de parálisis absoluta, ha aprendido a moverse.
—¿Así que vas a susurrarle al oído en medio del baile? ¿Delante de su madre, delante de Coole, delante de medio Mayfair?
—No en medio del baile. En el cruce. Cuando pase a su lado. Un segundo. Dos palabras. Nada más.
—¿Y si te ve la baronesa?
—No me va a ver. Tú te encargas de que no me vea.
—Ah, ¿yo? —Cael se lleva la mano al pecho, fingiendo una ofensa que no siente—. ¿Yo me encargo de distraer a la baronesa mientras tú le susurras a su hija al oído? ¿Y qué le digo, hermano? ¿Que el techo está muy alto? ¿Que la orquesta desafina?
—Lo que se te ocurra. Para eso eres el gracioso.
—No soy el gracioso. Soy el hermano menor que pasa la vida limpiando los desastres del mayor.
—Bebe un sorbo de la copa que le queda. Me la ofrece otra vez.
La rechazo otra vez—. Muy bien. Una vez, hermano.
Una sola vez voy a distraer a la baronesa mientras tú te acercas a su hija como un ladrón en la noche.
Si te descubren, no me conoces. Si no te descubren, me debes una cena en Rules.
—Aceptado.
Cael asiente. Se aparta de la columna y se pierde entre la gente con esa facilidad suya para disolverse en una multitud cuando le conviene y reaparecer justo donde se le necesita.
Yo me quedo donde estoy, con la espalda apoyada en el mármol frío, los brazos cruzados, los ojos fijos en el lado norte de la pista.
El vals termina. La pareja se separa. Isadora se aparta de Coole con la inclinación exacta del protocolo y vuelve al grupo de su madre, que la espera junto al espejo de la pared del fondo.
Coole se queda un momento allí, indeciso, como si calculara si pedir otro baile ahora o esperar al siguiente.
Decide esperar. Se retira a la mesa de los licores con una inclinación que pretende ser casual y que es todo lo contrario.
Aprovecho el movimiento. Me aparto de la columna.
Atravieso el grupo del primo del Almirantazgo sin mirarlo, rozo el borde del grupo de las cuñadas Lockridge, saludo con la cabeza a un conocido de los Buckton que no llega a detenerme.
No voy hacia ella directamente. Eso sería una declaración.
Voy hacia la ventana del lado contrario, desde donde podré cruzar su camino cuando ella se mueva hacia la mesa del té.
Y entonces la veo moverse. No hacia el té. Hacia la salida del jardín. Sola.
La baronesa está entretenida con una conversación con lady Wexley. Patty, la doncella, está en la antesala, lejos. El camino hacia la puerta del jardín está vacío. Es ahora o nunca.
Camino. No deprisa. No quiero que nadie advierta que tengo prisa. Cada paso es normal, mesurado, el paso de un hombre que se dirige al jardín a tomar un poco de aire porque el salón está demasiado caliente. Pero dentro de mí, el corazón late a un ritmo que no es normal ni mesurado.
Llego a la puerta del jardín antes que ella.
No entro. Me quedo a un lado, junto a la cortina, donde la penumbra me oculta.
La veo acercarse. No me ha visto todavía.
Mira al frente, con esa expresión suya de mujer que camina por un salón sin ver a nadie porque está pensando en otra cosa. En quién, no me atrevo a imaginar.
Cuando está a un paso de mí, salgo de la sombra.
—Lady Isadora.
Se gira. Sus ojos se abren un poco. No es sorpresa. Es algo más. Es como si me hubiera estado esperando en algún rincón de su cabeza y ahora, al verme, lo confirmara.
—Milord.
—El jardín está frío. No se entretenga.
—No pienso entretenerme. Solo necesito un momento de aire.
—El aire está ahí. —Señalo la puerta—. Pero quería decirle algo antes de que salga.
—Dígalo.
Me inclino. No sobre ella. Junto a ella. La altura justa para que sea ella, y solo ella, quien oiga lo que voy a decir. El aliento me sale caliente contra su sien. Huelo a jazmín. Siempre huele a jazmín.
—Esta noche, después del baile, no se vaya pronto. Espéreme.
No espero respuesta. No la miro. Me aparto y sigo caminando hacia el jardín como si hubiera salido a tomar el aire y ya hubiera vuelto a entrar. Tres pasos más allá, ya estoy de vuelta en el salón, saludando a un conocido de los Buckton como si nada hubiera pasado.
Pero sé, sin volverme, que ella se ha quedado junto a la puerta con la mano en el pomo y los dedos temblando.
Lo sé porque la he visto temblar otras veces.
Y cada vez que la veo temblar, algo se me rompe dentro y algo se me construye al mismo tiempo, y no sé si eso es amor o es obsesión o es simplemente la certeza de que ya no voy a poder vivir sin verla temblar.
Cael aparece a mi lado con dos copas de champán. Me ofrece una. Esta vez la acepto.
—¿Se lo has dicho?
—Sí.
—¿Qué le has dicho?
—Que no se vaya pronto.
—¿Nada más?
—Nada más.
Cael niega con la cabeza, pero sonríe. Es una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero es la primera sonrisa honesta que le veo en toda la noche.
—Eres un hombre complicado, hermano.
—Lo sé.
—Y ella te entiende.
—Eso es lo que me da miedo.
Bebemos. La música arranca otra vez. Isadora vuelve del jardín con las mejillas un poco coloradas y los ojos brillantes. La baronesa la recibe con una mirada inquisitiva que Isadora ignora con una habilidad que admiro. Coole se acerca a pedir otro baile. Ella acepta. Vuelven a la pista.
Y yo me quedo junto a la columna, con la copa en la mano, viéndola girar en brazos de otro hombre, sabiendo que dentro de unas horas, cuando el baile termine y los carruajes empiecen a marcharse, ella no se irá pronto. Me esperará. Como yo la he esperado a ella durante siete años.
Una noche más. Luego ya no sé qué va a pasar. Pero esta noche, mientras la veo bailar, descubro que ya no me importa lo que pase. Solo quiero que pase con ella.