CAPÍTULO 3
El reloj de pared marca las diez en punto y llevo cuatro horas fingiendo que repaso las cuentas de Croft.
Las cuentas están bien. Whitlock las lleva con una pulcritud que raya en lo irritante, las cifras cuadran a la libra, y yo mismo las revisé el viernes pasado sin encontrar una sola arista.
No hay un solo arrendamiento de Hampshire que requiera mi atención esta mañana.
Y, aun así, sostengo la pluma sobre la columna del lado derecho como un hombre que aguarda una cifra que no llega.
Lo que no llega es la concentración. Lo que llega, una y otra vez, con la insistencia de una gotera, es la voz de ella diciendo «llevo siete años esperando que hagas algo» en mitad de un coche de medianoche, y, después de eso, el peso pequeño de su cabeza contra mi hombro durante cuarenta minutos, y, después de eso, la perfecta inmovilidad de Morrison en el pescante, que conoce a este caballo desde hace veinte años y conoce a este Wyndham desde hace más, y que decidió, sin que nadie se lo pidiera, que esta noche el caballo iba a estar parado.
Dejo la pluma. Aparto el libro mayor. Me levanto.
Vuelvo a sentarme. Me levanto otra vez. Mi rutina, durante quince años, ha sido la siguiente: a las siete, café y correspondencia.
A las nueve, despacho. A las once, ejercicio en el patio o paseo a caballo según el tiempo.
A la una, comida con padre o solo. A las tres, biblioteca.
A las cinco, visitas si las hay, club si no las hay.
A las nueve, cena. A las once, lectura. A medianoche, dormir.
Quince años. La cumplí en Eton, la cumplí en Cambridge, la cumplí cuando heredé Ralston con veintiún años, la cumplí cuando murió la abuela y me tocó sostener a padre durante dos meses.
La he cumplido cuando me dolían las muelas, cuando perdía dinero, cuando lo ganaba, cuando el gemelo volvió de un torneo de remo borracho y ensangrentado y tuve que pagar al cirujano.
La he cumplido, sobre todo, durante los siete años en los que he conocido a Isadora Fenn de la manera concreta en que la conozco.
Esta mañana esa rutina está rota. Me he saltado el ejercicio.
He despachado la correspondencia con la mitad de la cabeza.
Whitlock ha entrado dos veces en este despacho y ha vuelto a salir sin que yo recordara para qué venía.
Y ahora estoy de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda, intentando ordenar dentro del cráneo lo que ocurrió anoche sobre la tapicería burdeos del coche.
Lo que ocurrió fue que ella me besó. Lo que ocurrió fue que se quedó dormida contra mi hombro durante cuarenta minutos.
Lo que ocurrió, sobre todo, fue que cuando me despedí en la puerta de Fenn House y le dije que mañana hablaríamos, ella respondió con una palabra entera —«sí»— y subió los peldaños sin volverse.
Y yo, a las diez de la mañana siguiente, no he hablado con ella todavía.
—Hermano. —La voz del menor llega desde el umbral antes que el resto—. Estás de pie junto a una ventana mirando la calle como una solterona en mitad de noviembre. Concédeme la dignidad de fingir que estás trabajando.
—Estoy trabajando.
—Estás de pie junto a una ventana.
—Estoy pensando.
—Eso, viniendo de ti, es alarmante.
Cael cruza el despacho con esa indecencia suya de moverse como si todas las habitaciones del mundo fueran salones de baile, se deja caer en una de las butacas frente al hogar y estira las piernas hasta colocar los talones encima de un taburete que no es para los talones.
—Quita los pies.
—Los quito si me das un brandy.
—Son las diez de la mañana.
—En Lisboa son las once. Me considero legalmente cubierto.
Voy hasta el aparador, sirvo un dedo de brandy en una copa pequeña y regreso. Le tiendo la copa. La coge sin levantarse del todo y vuelve a hundirse.
—Bebe deprisa. A las diez y media tengo a Whitlock con el procurador.
—Bebo al ritmo que los caballeros beben. Y, antes de que me eches, he venido por una razón.
—Sospechaba.
—Anoche estuve en casa de los Lockridge.
—Felicitaciones.
—Estaban allí los Fenn.
Aprieto la mandíbula sin querer. La aflojo. Vuelvo a apretar.
—¿Y?
—Y observé un fenómeno curioso. Hay un caballero recién llegado del norte, instalado en casa del menor de los Lockridge durante la temporada, que ha descubierto a la hija mayor del barón de Woody como quien descubre el fuego.
—¿Nombre?
—Lord Coole.
El apellido me entra por el oído y se me clava en algún sitio detrás del esternón.
No conozco a ningún Coole. La memoria social de Mayfair no me devuelve ninguna casa, ningún tío, ningún abuelo.
Una familia nueva, presumiblemente con dinero, presumiblemente con un título reciente o periférico, presumiblemente sola en Londres y, por tanto, peligrosa.
Y él ha estado apoyado en el respaldo de su silla.
—Continúa.
—Lord Coole tiene veintiocho años, veintinueve, según lady Lockridge, que es la fuente más fiable.
Renta razonable, aún por confirmar. Mentón completo.
Conversación correcta. Ayer por la noche solicitó dos bailes consecutivos a la hija del barón.
El segundo le fue concedido. El tercero, no, porque la baronesa es una mujer prudente.
Pero hubo un tercero solicitado, hermano.
Eso, en los círculos en los que nos movemos, equivale, si no a una declaración, al esbozo público de una.
—¿La señorita aceptó el primero?
—Aceptó el primero. Aceptó el segundo. Negó el tercero solo porque la madre intervino.
Si la madre no llega a intervenir, lord Coole tendría tres bailes y un nombre.
No sé si te suena, hermano, pero tres bailes con la misma dama en una sola noche es lo que un caballero hace cuando ha decidido que esa dama le interesa. Y ella no le ha dicho que no. Todavía.
—¿Has venido a contarme el orden de baile de una conocida?
—He venido a contarte —responde el menor, y le oigo dejar la copa sobre el taburete con un golpecito seco— que un hombre llamado Coole, con renta razonable y mentón, estuvo ayer apoyado durante una hora entera en el respaldo de la silla de la hija del barón de Woody.
No enfrente. No a un lado. Detrás. Lo bastante cerca para que su aliento le rozara el peinado cada vez que ella se volvía a coger la limonada.
Y ella no se apartó. Eso, en los círculos en los que nos movemos, equivale a una declaración pública de intenciones por parte de él y a una aceptación tácita por parte de ella.
Noto cómo la mano derecha se me cierra alrededor del borde de la mesa sin que yo haya decidido cerrarla. La madera es dura. La presión me duele en los nudillos. No la aflojo.
—No me concierne.
—Claro que no. Por eso tienes la mano blanca de apretar el roble.
Bajo los ojos. Efectivamente. Mis nudillos están blancos. Suelto la mesa. Meto la mano en el bolsillo del chaleco para que deje de hacer cosas que no he decidido.
—Es amiga de Clara.
—Una amiga de tu hermana, sí. Una amiga a la que has visto crecer. Una amiga que se sentó en tu salón hace siete años y de la que no has sido capaz de apartar los ojos desde entonces.
—La conozco desde hace siete años.
—Siete —ríe el gemelo, sin ganas de reírse, con una risa seca que corta el aire—.
Siete años mirándola desde el otro lado de las habitaciones.
Siete años sin decir nada. Siete años viendo cómo otros hombres se acercaban a ella en los bailes mientras tú te quedabas junto a la chimenea con la copa en la mano.
Y ahora tiene veintidós. Y baila con caballeros del norte. Qué cosas.
Me vuelvo del todo. Lo miro. No digo nada. No hace falta. El gemelo me conoce. Sabe que ese silencio mío no es indiferencia. Es el silencio de un hombre que está a punto de romper algo. Por dentro o por fuera, todavía no lo sabe.
—Hermano —dice Cael, con un tono más bajo.
—Cael.
—Lo voy a decir una vez. —Apoya la copa en la rodilla.
La sonrisa se le ha caído por completo. Le queda esa expresión rara que solo se le pone con padre y conmigo, y eso muy de tarde en tarde, cuando la broma ya no cabe—.
Llevo siete años viéndote no tocarla, no mirarla y no nombrarla.
Lo he respetado. He sido el hombre más respetuoso de toda Inglaterra con la cosa de la que mi hermano mayor ha decidido no hablar.
Pero anoche, mientras lord Coole le acercaba una copa de limonada con el codo rozándole el brazo —no a un palmo, rozándole, hermano—, te juro por madre que pensé: si el mayor se entera de esto, el mayor rompe algo.
—No voy a romper nada.
—Acabas de dejar una marca en el borde de tu mesa. Cinco dedos. Se va a quedar ahí para siempre. Como los siete años que llevas sin decir nada.
Bajo los ojos al borde de la mesa. La madera tiene una hendidura pequeña allí donde mis dedos estuvieron apretando. Cinco surcos. Como una confesión en roble.
—No voy a romper nada —repito, pero esta vez me sale más bajo, casi para mí mismo.
—No te estoy pidiendo que rompas nada. Te estoy pidiendo que decidas.
—Cael se levanta. Deja la copa vacía en el aparador y se queda de pie frente a mí, con los brazos cruzados—.
La hija del barón no va a quedarse soltera por respeto a tu silencio.
Tiene veintidós años, una madre lúcida, una dote más que decente, una belleza que se vuelve más rara cuanto más la miras y un cerebro que algunos hombres encuentran amenazador y otros, los peores, encuentran resoluble.
Lord Coole la encuentra resoluble. Lo vi en sus ojos anoche.
Él no va a esperar siete años. Él va a pedir.
Y si tú no haces algo antes, alguien lo hará.
Y tendrás que felicitarle el primer día del año durante el resto de tu vida.
—No tengo nada que ofrecerle que no tenga ya —respondo, y la voz me sale más ronca de la cuenta, como si las palabras tuvieran que arrastrarse para salir.
—Tienes un título. Tienes una fortuna. Tienes una casa. Tienes una posición. Tienes todo lo que cualquier caballero de Mayfair puede ofrecer.
—No me refiero a eso.
Silencio. Cael me mira. Sabe a qué me refiero. Lo sabe desde hace siete años.
—Lo sé —dice, y su voz ha perdido toda la ironía—. Por eso es exactamente el problema. Porque lo que ella quiere no es tu título. Es a ti. Y tú llevas siete años sin saber qué hacer con eso.
No contesto. No puedo. Las palabras se me quedan en algún sitio entre la garganta y el pecho, amontonadas, inútiles.
Cael suspira. Cruza hacia la puerta. Se detiene en el umbral, sin volverse del todo.
—Lord Coole pasará esta tarde por el salón de los Lockridge a tomar el té.
Ha sido invitado por la sobrina pequeña, que tiene quince años y cree que invitar a hombres del norte es sofisticado.
La sobrina calcula que la hija del barón pasará también, porque la baronesa y lady Lockridge tienen un asunto pendiente del mes pasado.
Coincidencia, por supuesto. —Se vuelve un poco, lo justo para que yo vea el perfil de su sonrisa—.
Te lo digo por si querías evitar pasarte por la calle de los Lockridge a la hora del té.
Dicen que el tráfico de carruajes está insoportable.
Y sería una lástima que te encontraras con lord Coole apoyado otra vez en el respaldo de una silla que no es suya.
Se va. La puerta se cierra con un golpe suave y preciso, el golpe de un hombre que ha dicho lo que tenía que decir y no va a añadir nada más.
Yo me quedo de pie junto a la ventana. La mano derecha, la que apretó la mesa, me late en los nudillos. La izquierda, en el bolsillo del chaleco, está cerrada en un puño. No sé cuándo la cerré. No sé cuándo voy a poder abrirla.
Quince años de disciplina acaban de dejar de servirme.
La sustituyo, al cabo de quince segundos junto a la ventana, por una nueva: hacer lo que tenga que hacer en cada hora del día, con la misma disciplina con la que antes hacía nada, hasta que la mujer que anoche se durmió contra mi hombro entienda, por la vía que sea, que ya no me concedo el lujo de no atreverme.
Salgo del despacho. Bajo la escalera. A media mañana, en la sala amarilla de Wyndham House, un caballero puede cruzarse con una amiga de su hermana que ha venido a devolver unos libros prestados. Esa clase de coincidencia, en esta casa, esta semana, voy a empezar a fabricarla yo.