Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La mañana siguiente…

La excusa es perfecta. La baronesa, mi madre, me ha pedido esta mañana, mientras sostenía dos volúmenes de poesía cubiertos de polvo, que hiciera el favor de devolverlos a Wyndham House.

Son tomos prestados por la duquesa a lady Edgworth hace tres meses, recuperados del fondo de un armario, con una mancha de vino tinto en la página cuarenta y dos del primero que ninguna de las dos vamos a comentar.

La visita no es importante, no requiere acompañante, no levanta sospechas: solo una hija que cumple con un recado y que, ya que está, podrá saludar a la duquesa, ahora que la amiga del alma anda en la casa de campo de los tíos Wyndham y no se la espera de vuelta hasta el viernes.

Eso es lo que piensa la baronesa. Y eso es lo que piensa todo el mundo.

El carruaje de Woody Hall me deja en la puerta de Wyndham House a las once de la mañana.

Bates me recibe con la misma inclinación de cabeza que lleva veintidós años ofreciéndome, ni más ni menos, y me conduce al salón amarillo mientras una doncella sube a avisar a la duquesa de que tengo visita.

El salón huele a jazmín y a cera limpia.

Las cortinas de gasa están echadas y dejan pasar una luz tamizada que calienta los cojines del sofá y tiñe de dorado el borde de la mesa de centro.

Me siento. Apoyo los volúmenes en el asiento de al lado. Espero.

Ignoro si está en casa. Ignoro si vendrá a saludar.

Ignoro si quiero que venga o que no venga, y esa indecisión me ha tenido dando vueltas en la cama estas cuatro noches, desde que el carruaje de los Ashworth me dejó a la una y veinte de la madrugada en la puerta de Woody Hall y yo subí la escalera con la cabeza ardiendo y la boca llena de algo que no era champán.

Lo recuerdo todo. La penumbra del coche.

La noche que se colaba por las cortinas.

El peso de mi cabeza después en el hueco de su hombro.

Y él, quieto, sin mover un músculo, sosteniéndome como si yo fuera algo frágil y valioso y no supiera qué hacer con eso.

Los pasos en el pasillo me sacan del pensamiento. Alguien baja la escalera, despacio, con ese ritmo pausado que reconozco, aunque no quiera reconocerlo, y cuando la puerta del salón se abre, está ahí.

Dorian. Viste una chaqueta gris clara, casi plateada.

Los puños de la camisa asoman justo la medida exacta por debajo de las solapas.

El cabello oscuro, ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por la frente hace un momento.

Sus ojos —ese gris azulado que parece cambiar según la luz— recorren la habitación, me encuentran y se quedan.

—Lady Isadora.

—Milord.

—Mi madre ha bajado al invernadero hace un rato. Le pido que la disculpe. Estará con usted en unos minutos.

—No hay prisa.

Se queda en el umbral un instante de más, como si estuviera decidiendo si sentarse o quedarse de pie o dar media vuelta y dejarme sola.

Finalmente entra, cruza la habitación y se sienta en el sillón que hay junto a la ventana, el más alejado del sofá.

Coge un libro de la mesa auxiliar —ignoro si el que estaba leyendo o uno al azar para tener algo que hacer con las manos— y lo abre por una página que no lee.

El silencio se instala entre los dos. Es un silencio que ya conozco de otras tardes, de otras visitas, de los meses y los años en los que hemos estado en la misma habitación sin decirnos nada y sin que tampoco hiciera falta.

Pero este es distinto. Este tiene el peso de lo que pasó hace cuatro noches, el peso de su boca contra la mía, y se ve que él también lo nota, porque no ha vuelto a levantar la vista del libro desde que se ha sentado.

Trago. Bajo los ojos a los dos volúmenes apilados a mi lado, paso los dedos por el lomo del primero —el que tiene la mancha de vino— y respiro hondo. Esta conversación no la voy a tener desde el otro lado del salón.

—La otra noche, en el carruaje. A la vuelta de casa de los Ashworth.

Levanta los ojos. Cierra el libro. Lo deja sobre la mesa. No aparta la mirada, pero la mandíbula se le tensa, ese movimiento pequeño en el lateral de la mejilla que he aprendido a identificar como el momento exacto antes de que diga algo que le cuesta decir.

—Comprendo que ambos habíamos bebido —responde— y que eso pudo nublarnos el juicio.

—El champán a mí no me nubló nada.

Lo digo sin ironía, sin furia, con una voz que no me reconozco entera, porque en mi cabeza la frase había sonado más alta y al salir me ha salido más baja.

Aun así, le ha llegado. Lo veo en la pequeña pausa que hace antes de respirar otra vez y en cómo los dedos, que descansaban sobre los brazos del sillón, se cierran un poco hasta presionar la madera oscura.

—Sabía lo que hacía cuando le besé —continúo, y esta vez la voz no me tiembla, lo cual es un pequeño milagro—. Si no es correspondido, lo aceptaré. Pero no me trate como si yo no recordara lo que pasó. Lo recuerdo. Lo recuerdo todo.

Las palabras se quedan flotando entre los dos, y durante unos instantes no pasa nada.

Solo los pájaros del jardín, el rumor de un carruaje en la calle y la respiración de él, que ha cambiado, que se ha vuelto más lenta, más contenida, como si estuviera haciendo un esfuerzo físico por no moverse de donde está.

Me mira. En sus ojos hay algo que no había visto antes, no con esta claridad.

No es rechazo ni enfado. Es la misma cosa que llevo viendo en sueños desde los quince años y que nunca me había atrevido a nombrar.

—No soy hombre de palabras —dice al fin, y la voz le ha bajado un tono, casi un susurro—. No sé decirlo bien. Pero no fue el champán.

Noto el calor subiéndome por el cuello, por las mejillas, y bajo la vista a mis manos para que no me vea la cara.

Las tengo apretadas sobre la falda, los nudillos blancos, y las relajo poco a poco, dedo por dedo, mientras él se levanta del sillón y cruza la habitación hacia la puerta del pasillo.

Por un instante creo que se va, que la conversación ha terminado y que se marcha sin decir nada más, como hace siempre, como lleva años haciendo, dejando frases a medio terminar en el aire y silencios que yo tengo que interpretar.

Pero no se va.

Se detiene en el umbral. Mira hacia el pasillo —vacío, a juzgar por el silencio— y vuelve a girarse.

Camina de regreso, pero no hacia el sillón.

Hacia el sofá donde estoy sentada. Se detiene a un paso de mí, demasiado cerca para lo que la cortesía permite.

La chaqueta roza mis rodillas. El olor a sándalo y a papel viejo me llega entero, y tengo que contener la respiración para no aspirarlo todo de una vez.

Se inclina.

No hacia mis labios. Hacia mi oído. El aliento me roza la mejilla, caliente, contenido, y la voz, cuando habla, es tan baja que apenas la oigo, tan baja que parece parte del silencio.

—Esta noche. Biblioteca pequeña. A las diez.

Se aparta sin esperar respuesta. Gira sobre los talones y cruza el pasillo antes de que yo pueda abrir la boca. Los pasos se pierden en la escalera, subiendo, y luego una puerta que se cierra arriba, dos pisos más arriba, en el ala donde están sus habitaciones.

Me quedo en el sofá con las manos todavía apretadas sobre la falda y el costado de la cara caliente donde el aliento me ha rozado. Respiro hondo, una vez, dos, y el aire me entra cortado, como si los pulmones hubieran olvidado cómo funcionan.

La duquesa aparece al cabo de unos minutos por la puerta del jardín, con las manos manchadas de tierra y una disculpa larga sobre los rosales que el invierno se le ha echado encima sin avisar.

Yo asiento. Sonrío. Le entrego los volúmenes.

Le digo que la baronesa manda recuerdos y que la amiga me ha escrito desde el campo, donde, según parece, llueve sin pausa desde el martes y los tíos amenazan con devolverla por correo si no aprende a entretenerse sin organizar fiestas en salones ajenos.

La duquesa se ríe la mitad de un instante y vuelve a su rosal.

No sospecha nada. Cree que la hija del barón de Woody es la chica más sensata que conoce y que jamás se sentaría en su salón con la cara ardiendo porque su hijo mayor le ha susurrado una cita al oído.

La conversación dura otros veinte minutos.

Le hablo del tiempo, de un comentario que ha hecho la baronesa sobre las cortinas del comedor de Woody Hall, del ahijado del primo de los Tilden que ha vuelto de Bath con una idea concreta de lo que es un buen sastre y que en casa, según anuncian, consideran prometedor, lo cual a mí, esta mañana, me importa exactamente nada.

La anfitriona asiente. Bebe su té. Me pregunta si me quedo a comer.

Le contesto que en Woody Hall me esperan.

Es mentira. En Woody Hall, esta mañana, no me espera nadie para nada.

Cuando salgo de Wyndham House y subo al carruaje, le pido al cochero que me lleve de vuelta a casa.

Durante todo el trayecto me llevo la mano derecha a la mejilla, la misma donde el aliento me ha rozado, y la piel sigue caliente, igual que hace siete años, igual que la noche del carruaje, igual que siempre.

«Esta noche a las diez. Biblioteca pequeña».

Cierro los ojos. Apoyo la cabeza en el respaldo.

No respiro hondo. Porque si respiro hondo, voy a gritar.

En Woody Hall, la tarde se me hace eterna.

Comemos a la una, como cualquier martes; mi padre me cuenta una anécdota larga de un caballo que ha comprado un primo segundo, y yo asiento sin oír.

A las tres me retiro a mi habitación con la excusa de un dolor de cabeza que la baronesa acepta con una mirada larga que he aprendido, a estos veintidós años, a ignorar.

Me echo en la cama. No duermo. Miro el techo y cuento las grietas del estuco hasta que dejo de contarlas, lo que ocurre una hora más tarde de lo que debería.

A las siete tomo un té que no me sabe a nada.

A las ocho me cambio de vestido —uno gris claro, sin adornos, el que me hace menos visible en pasillos— y bajo a la biblioteca de mi padre con un libro de Cowper que no abro.

A las nueve y media le anuncio a la baronesa que voy a Wyndham House a visitar a la duquesa, que esta tarde se ha quedado preocupada por un asunto del rosal y prefiero verla un rato antes de mañana.

Mi madre apenas levanta los ojos del bordado.

—Coge a Patty contigo.

—La duquesa nos manda de vuelta a las dos juntas en su carruaje, mamá. No hace falta más.

—Coge a Patty igualmente.

Patty es la doncella nueva, llegada hace tres semanas, una chica de veintitrés años a la que le tengo, a estas alturas, más confianza de la que en casa sospechan.

Le digo en el zaguán que voy a entrar yo sola en la casa porque la duquesa me ha citado al salón de las visitas íntimas y que ella me espere en la cocina con la señora Hewitt.

Patty me mira. No es tonta. No pregunta. Asiente.

Cruzamos la calle a las diez menos cuarto. En el zaguán de Wyndham House, Bates abre la puerta antes de que yo llame. No se sorprende. No es la primera vez en veintidós años que aparezco en esta casa a una hora rara, aunque sí es la primera vez que lo hago sin la amiga del alma como excusa.

—Lady Isadora.

—Bates.

No me pregunta a quién busco. Inclina la cabeza. Conduce a Patty hacia la cocina con un gesto de la mano que aprendió hace treinta años y que sigue funcionando. A mí me deja sola en el descansillo del primer piso.

La biblioteca pequeña está al fondo del pasillo, dos puertas más allá del despacho.

Es la biblioteca privada de la familia, distinta de la grande de la planta baja, donde se reciben visitas.

La biblioteca pequeña no se enseña. Tiene una puerta de roble oscuro con un tirador de hierro forjado que solo conoce el servicio y los hijos de la casa.

Cuando llego, está entornada un palmo. Por la rendija se ve la luz tibia de una vela.

Empujo. Las bisagras suenan. Algún día alguien las engrasará. Hoy no.