Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El carruaje huele a cera y a perfume de jazmín, a los restos de una noche que no acabo de digerir.

Isadora está sentada frente a mí, con las manos sobre las rodillas, la espalda pegada al respaldo de terciopelo burdeos.

Afuera, Londres se despereza en la penumbra.

Los carruajes de los invitados abandonan Ironshorn House uno tras otro.

Los criados recogen las linternas. La música del baile se ha convertido en un eco lejano que apenas se cuela por las rendijas de las ventanas.

El traqueteo de las ruedas sobre el adoquinado de Berkeley Square golpea el silencio del coche con la regularidad de un metrónomo cansado.

Isadora mira por la ventanilla. Su perfil se recorta contra el cristal: la nariz fina, los labios apretados, el cabello negro recogido en ese moño bajo que siempre lleva cuando ha decidido pasar desapercibida y, por motivos que ningún hombre razonable comprende, llama todavía más la atención.

La conozco desde que tenía siete años. Desde que su familia se mudó a la casa vecina de Wyndham House y ella se asomó a la verja del jardín para preguntar si podía jugar con nosotros.

Han pasado muchos años desde aquella tarde.

Cael accedió, Clara se entusiasmó, yo no contesté, e Isadora, sin permiso de nadie, entró por el portillo lateral y se quedó.

Llevamos veinte años siendo eso: una mujer que entró sin permiso y un hombre que nunca le pidió formalmente que se quedara.

Y esa es la herida que llevo siete años sin reconocer.

Esta noche, sin embargo, llevo desde el jardín de los Ironshorn intentando no acordarme de la imagen de mi hermana apoyándose un grado de más en el pecho de Croft.

La imagen se me cuela cada vez que aflojo la atención.

Y cuando se me cuela, lo que se me cuela detrás —porque van juntas, esa imagen y esta otra— es la cara de Isadora vista desde el otro extremo del salón cuando el marqués de Croft besó a mi hermana.

Isadora apretando los labios para no reírse.

Pero también Isadora, dos segundos después, sin que nadie estuviera mirándola, dejando caer los hombros un grado entero, como una mujer a la que acabaran de mostrarle, sin avisar, lo que ella misma lleva siete años esperando.

No el beso. La certeza de que alguien se atreve. Yo nunca me he atrevido.

—Has estado muy callado —dice Isadora, sin volverse.

—Pensaba.

—¿En Croft?

—También.

Gira la cabeza. Sus ojos color avellana cruzan los míos en la penumbra.

La luz de las farolas entra por la ventanilla en franjas oblicuas y le da en la cara a intervalos.

Luz, después oscuridad, después luz otra vez.

Es una cadencia que llevo treinta y dos años aprendiendo a leer en las cocheras y los carruajes, y esta noche no me ayuda nada.

Porque en sus ojos hay algo que no había visto nunca.

No es paciencia. No es esperanza. Es cansancio.

El cansancio de quien ha esperado siete años y ha empezado a aceptar que la espera no va a terminar.

Ese cansancio me duele más que cualquier reproche.

—Dorian —dice Isadora.

—Dime.

—Esta temporada va a terminar.

—Supongo que sí.

—Y la siguiente también.

—Lo sé.

—Y yo voy a seguir yendo a los mismos bailes, a los mismos salones, a las mismas conversaciones vacías.

Y tú vas a seguir mirándome desde el otro extremo de las habitaciones como si no me hubieras visto del todo.

Eso es lo que llevas siete años haciendo.

Y lo digo sin reproche, porque ya no me quedan.

Miente. Le quedan. Pero no los va a gastar esta noche. Y esa economía de dolor es peor que si me los echara en cara.

—Isadora.

—Cállate, por favor. Si me interrumpes, no termino.

Cierro la boca. Espero. El carruaje cruza otra calle. Otra ventana. Otra franja de luz pasa por su cara y se va.

—Llevo siete años —dice, en una voz más baja que la que ha usado en toda la noche— diciéndole a Clara que la espera no es lo mío, mientras yo, en privado, llevo siete años esperándote.

Eso es una broma que ya no me interesa sostener.

Y como tú no vas a hacer nada —porque Dorian Wyndham nunca hace nada hasta que la cosa se hace sola—, voy a hacerlo yo.

—¿Hacer el qué?

—Esto.

Se inclina hacia mí. Su mano se posa sobre mi rodilla con una firmeza que no es femenina en el sentido en que la sociedad pretende que entendamos esa palabra, sino exacta, decidida, de una mujer que ha pensado el gesto antes de hacerlo.

La tela de mis pantalones es fina. Siento el calor de sus dedos a través de la ropa. Y me besa.

No es un beso suave. Tampoco es brutal. Es el beso de una mujer que ya no le pide permiso a nadie, ni siquiera a sí misma.

Sus labios presionan los míos con la misma firmeza con la que entró por el portillo lateral del jardín de Wyndham House cuando teníamos los dos siete años.

Durante un segundo me quedo inmóvil, con las manos colgando.

Eso, en mí, no es indecisión. Es la cabeza pensando, en un segundo, los próximos veinte. Después la cabeza termina. Y respondo.

Mi mano sube a su nuca. No es un movimiento pensado.

Es un movimiento que estaba esperando desde hacía siete años sin saberlo.

La piel de ella está caliente, mucho más caliente de lo que debería, y noto cómo se estremece bajo mis dedos cuando la acerco un poco más.

El beso se prolonga. Es la primera vez que me dejo llevar sin calcular las consecuencias.

No quiero cuestionarme si está bien o no.

Solo quiero hacer lo que he deseado desde la primera vez que la vi.

Cuando se aparta, su respiración está agitada.

La mía también, aunque me pese reconocerlo.

Tengo el pulso disparado en las sienes y la mano todavía en su nuca, los dedos enredados en el cabello que se ha soltado del moño.

No me retiro. Ella tampoco se aparta del todo.

La distancia entre nuestras bocas es un suspiro.

Y entonces, en ese momento, veo a Clara.

No a Isadora. A Clara. Apoyada en el pecho de Croft en el jardín de los Ironshorn.

Con los ojos cerrados. Con los hombros caídos.

Con la expresión de quien ha dejado de defenderse.

Esa imagen se me clava. Porque yo he sido así durante siete años.

Defendiéndome. Defendiéndola. Defendiéndolo todo.

Y esta noche, Isadora ha hecho lo que yo no he sido capaz de hacer: rendirse.

—Isadora.

—No digas nada. Por favor.

—Iba a decir algo útil.

—Eso es lo que me da miedo.

Apoya la cabeza en mi hombro. El peso de su cuerpo es pequeño y, sin embargo, lo siento como si pesara la casa entera.

Mis dedos recorren la curva de su brazo sin decidirlo, el codo, el borde de la manga del vestido.

La tela es de seda. Me quedo concentrado en el filo del bordado del puño durante un par de minutos seguidos.

No es el bordado. Es la mano de Isadora.

La misma que ha esperado siete años. La misma que esta noche se ha atrevido.

Sobre mi hombro, su respiración empieza a cambiar.

Se hace más lenta, más profunda. No está dormida del todo, pero se acerca.

—¿Y ahora qué? —pregunto en voz muy baja, casi sin mover los labios.

—Ahora nada, Dorian.

—¿Nada?

—Ahora seguimos así un rato. Lo que dure de Berkeley Square hasta tu casa. Lo que dure el resto del trayecto.

—¿Y mañana?

—Mañana lo decidimos por la mañana, no a la una de la madrugada en un carruaje que huele a perfume y a champán ajeno.

Asiento. No es lo más decisivo que un hombre puede hacer a la una de la madrugada.

Es, sin embargo, lo único que puedo permitirme esta noche, porque cualquier cosa que diga ahora será peor de lo que pueda decir mañana.

Y estoy lo bastante entrenado en mí mismo como para reconocer las decisiones que se toman mejor en otra hora del día.

Pero el problema es que llevo siete años teniendo miedo de tomarla.

Y el miedo, esta noche, no se ha ido. Solo se ha quedado callado.

Isadora cierra los ojos. Su respiración se hace lenta, su cuerpo se relaja contra mi hombro un grado más cada minuto.

Pero abre los ojos cada cinco o seis para comprobar dónde estamos, anota el cruce de calles que reconoce, vuelve a cerrarlos.

Es una vigilancia suave que no le pide permiso a la confianza y que, sin embargo, se la entrega entera.

Esa confianza me pesa. Porque no sé si la merezco.

Llevo siete años sin merecerla. Y esta noche, con un beso, no se borran siete años.

Morrison, en el pescante, mantiene el paso del caballo a una velocidad ligeramente inferior a la que correspondería.

Lleva veinte años en el servicio de los Wyndham.

No le voy a comentar, naturalmente, el detalle.

No le voy a tener que comentar el detalle.

Mañana le diré a Bates que le suba el sueldo dos chelines y, sin que ninguno de los tres comentemos por qué, los dos chelines quedarán entendidos.

El reloj de bolsillo marca la una y veinte cuando el carruaje se detiene frente a Fenn House. Isadora abre los ojos. No tiene la cara de quien acaba de despertarse. Tiene la cara de quien no se ha dormido del todo y prefería no comentarlo.

—Hemos llegado.

—Lo he notado.

—¿Cómo?

—Por el ruido del adoquín. Tu cochero gira a la derecha en la última esquina antes de mi casa. El adoquín de esa esquina suena distinto.

—Lo voy a recordar.

—No te apetece recordarlo. Te apetece, ahora mismo, no recordar nada.

Bajo. Le ofrezco la mano. La acepta. Su mano está tibia. La mía está más fría. La ayudo a bajar del estribo y la acompaño hasta la puerta de Fenn House. La puerta principal. Las criadas han dejado una vela encendida en el recibidor.

—Buenas noches, Dorian.

—Buenas noches, Isadora.

—¿Hablamos mañana?

—Sí.

Pone la mano un segundo en la puerta. La gira.

Entra. La puerta se cierra detrás de ella con un golpe suave.

Yo me quedo en la calle con las manos vacías y la temperatura del aire un grado más baja que hace cinco minutos.

Morrison, desde el pescante, carraspea bajísimo.

Es el carraspeo profesional con el que pregunta si volvemos a casa sin obligar al señor a contestar.

—Volvemos.

—Sí, milord.

Subo al carruaje. La puerta se cierra. El cochero arrea. El caballo arranca al paso. Los cascos sobre el adoquinado mantienen la cadencia justa de los caballos que han trabajado bien y vuelven a casa contentos por motivos que no les corresponden.

Apoyo la cabeza en el respaldo. Cierro los ojos. Siete años. Eso no es algo que se calcule. Es un hecho. Y, en mí, los hechos no llevan adjetivos. Se quedan donde están. No los voy a empapelar esta noche con explicaciones que no le he prometido a nadie.