Amar al Vizconde (Los Wyndham 2)
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PRÓLOGO
La excusa fue lady Margaret Ashby. Había dedicado la última hora del círculo de lectura a explicarnos la diferencia exacta entre un tenedor de pescado y uno de postre, con la solemnidad de quien sostiene en la mano el destino del Imperio.
Ninguna de las cuatro habíamos osado interrumpirla.
Mi amiga, sentada a mi lado, se mordía el labio inferior con una concentración que solo conocemos las que llevamos tres meses siendo amigas.
Yo bebía limonada para no reírme, lo cual me obligó a pedir perdón dos veces a la doncella para que me trajera otra jarra.
Cuando la sesión terminó y nos despedimos en el zaguán de los Ashby, mi amiga me cogió del brazo, me arrastró hasta su carruaje y me anunció que íbamos a Wyndham House a tomar el té.
Y que si su madre se enfadaba por traerme sin avisar, le diría que había sido culpa mía.
Lo cual, dijo, era costumbre antigua de hijas mayores y a mí me convenía empezar a entrenarme.
Subimos las escaleras de la casa riéndonos todavía del segundo tenedor.
Ella me apretaba el codo para que no perdiera pie en el mármol, y yo iba mal porque no podía dejar de reírme.
Le dije que las hijas de los duques no podían reírse así.
Me contestó que sí podían, que las hijas de los duques podían reírse de lo que quisieran.
Le respondí que eso no era verdad, y ella admitió que no, pero que sonaba bien.
Wyndham House huele a cera caliente y a las rosas del jarrón del recibidor.
Una mezcla limpia y antigua, como huelen las casas donde han vivido varias generaciones.
La luz de final de primavera se filtra por los ventanales del salón principal y dibuja rectángulos largos sobre la alfombra.
Hace tres meses, cuando vine por primera vez, me sorprendió la altura de los techos.
Hoy ya casi no los noto. Hoy noto otras cosas: que las cortinas de gasa se mueven solas porque hay una ventana entreabierta del lado del jardín; que del pasillo viene un olor a té recién hecho y, debajo, un olor más débil a pan que se ha dorado quizá un grado más de la cuenta; que en algún sitio una doncella está pidiéndole a otra que baje dos sillas al salón verde antes de las cinco.
Lady Cecily lee junto a la chimenea. Tiene un libro abierto en la mano y una taza fría a su lado. La luz le da en el perfil y la rejuvenece. Cuando entramos, levanta los ojos y nos sonríe.
—Clara, querida. Lady Isadora.
—Mamá, hemos venido.
—Lo veo. Pasen.
Y entonces, junto a la chimenea, descubro que no estamos las tres solas.
De pie, a un lado del hogar, con una mano en el bolsillo del chaleco y la otra colgando, hay un hombre.
No me había visto al entrar. La luz estaba en el otro extremo del salón, y él permanece en la penumbra, como si formara parte del mobiliario.
La levita es azul marino, de corte impecable, pero no nuevo.
Los puños almidonados asoman la medida exacta.
El cabello oscuro le cae un poco sobre la frente, como si se lo hubiera pasado con la mano hace un momento y no hubiera vuelto a componerlo.
Tiene veinticinco años. Lo sé porque mi amiga me lo ha dicho otras tardes.
Lo sé porque llevo tres meses oyendo el nombre Dorian sin atreverme a preguntar nada.
Lo había visto bajar de un caballo en la calle dos veces.
Lo había visto cruzar el portillo del jardín cuando éramos niños y yo todavía tenía permiso de mi madre para cruzarlo también.
Lo había visto a través de una ventana mal entornada el pasado febrero, una silueta contra la luz de una biblioteca.
Pero verlo así, en el mismo salón, con la luz cayéndole sobre los hombros, es otra cosa.
—Clara —saluda. La voz es baja, pausada.
Como si cada palabra le costara un esfuerzo que solo está dispuesto a hacer cuando merece la pena.
El sonido se me instala en algún lugar del pecho antes de que yo pueda impedirlo.
Una voz que no necesita alzarse para ser escuchada.
Que ha aprendido a ocupar el espacio sin pedir permiso.
Su hermana cruza el salón hacia él con la naturalidad de quien lo ha hecho desde antes de llegarle al tirador de las puertas. Le tiende la mano. Él se la besa. Un segundo exacto. Ni uno más, ni uno menos. La suelta. Mi amiga se sienta junto a su madre. La duquesa cierra el libro y me mira.
—Isadora, querida. Acércate. Quiero presentarte a mi hijo mayor, que esta tarde tiene la consideración de no estar en su biblioteca. Lo cual no es costumbre suya y, por tanto, debemos aprovechar.
Cruzo la alfombra hacia ellos. Cinco pasos. Quizá seis. No los cuento. Mi madre me ha enseñado a no contar pasos cuando una se acerca a un hogar ajeno. Me ha enseñado, eso sí, a llegar como si la alfombra fuera mía. Llego.
—Dorian —dice la duquesa—, lady Isadora Fenn, hija del barón de Woody. La amiga de tu hermana del círculo de lady Ashby.
—Lord Ralston —murmuro.
—Lady Isadora.
Se aparta de la chimenea. No tiene prisa.
Camina despacio, y cada paso es exacto, contenido, como si midiera el espacio antes de ocuparlo.
Es más alto de lo que parecía desde la otra punta del salón.
Cuando se detiene frente a mí, tengo que levantar la cabeza para mirarlo.
No estoy acostumbrada. No soy baja, y la mayoría de los hombres que conozco me llegan a los ojos.
Pero él no es un hombre que se pueda mirar de frente sin prepararse. Y yo no me he preparado.
De pronto soy consciente de mis manos, de mis pies, de cómo respiro. De todo lo que normalmente no pienso porque no hace falta. Pero ahora, bajo su mirada, cada centímetro de mi cuerpo parece haberse vuelto audible.
Me tiende la mano. Le tiendo la mía. Llevo guante.
Él también. Toma mi mano y la levanta. Despacio.
El gesto podría durar un segundo, pero él lo alarga un instante más, hasta dejarla a la altura de su rostro.
Inclina la cabeza. Sus labios se posan sobre los nudillos enguantados. Un segundo. El protocolo exacto.
Y entonces, justo cuando va a incorporarse, su pulgar se mueve.
Un roce minúsculo sobre el dorso de mi mano enguantada.
Tan leve que cualquier otra persona en el salón —su hermana, la duquesa, una doncella que pasara por la puerta— no lo habría notado.
Pero yo lo noto. Porque el mundo entero se ha detenido en la punta de ese pulgar.
Porque el guante, de repente, no aísla nada.
Porque la presión de ese dedo es la cosa más real que he sentido en toda la tarde.
Y él sabe que lo noto.
Cuando se incorpora, no aparta la mirada.
Sus ojos se quedan en los míos. Grises. Azulados.
Cambiantes, como si la luz del salón jugara con ellos a propósito.
No sé cuánto dura esa mirada. No estoy contando.
Solo estamos él y yo. Las rosas del jarrón no están.
La luz del ventanal no está. Su hermana, en el sillón, se ha vuelto un perfil borroso.
Su mano sigue sosteniendo la mía un segundo de más.
Su pulgar sigue apoyado en el dorso de mis dedos.
Y yo no respiro. Porque si respiro, se rompe algo que no sé cómo se llama.
Algo que se ha instalado entre los dos, denso y cálido y completamente nítido.
Detrás de él, sobre la repisa, hay un reloj de bronce con dos figuras de mármol.
Lo he mirado las tres veces que he venido a esta casa.
Hoy también lo miro un instante, por encima de su hombro, porque me obligo a mirar otra cosa.
Las manecillas marcan las cuatro y cuarto.
Va a ser una hora que voy a recordar siempre.
—Clara la aprecia mucho.
Suelta mi mano. Da media vuelta. Vuelve a la chimenea, recoge el libro de la mesita, se sienta en el sillón orejero y lo abre por una página cualquiera. No lee. Yo sé que no lee. Porque yo, en esos primeros minutos, soy incapaz de mirar otra cosa que no sea él.
Me acomodo en el sillón que la duquesa me indica.
Una doncella entra con una bandeja, deja el té, hace una reverencia y se va.
La anfitriona sirve. Me acerca la taza con dos terrones.
Recuerda los dos terrones desde hace tres meses.
Lo cual quiere decir que retiene los detalles a propósito.
Lo cual quiere decir que las duquesas con buena memoria se han de temer razonablemente, exactamente como mi madre suele advertir.
Sostengo la taza con las dos manos. Porque la derecha no deja de temblarme. Un temblor muy pequeño, casi nadie lo notaría. Pero el té se mueve dentro de la porcelana. La cucharilla golpea el platillo más de la cuenta.
La duquesa me pregunta por mi madre, por Woody Hall, por el círculo de lady Ashby.
Le respondo con frases cortas. Asiento cuando toca asentir.
Sonrío cuando toca sonreír. Pero no escucho lo que digo.
No puedo dejar de mirar mi mano sobre la falda.
La misma que él ha besado. La misma donde su pulgar se movió.
La piel sigue caliente. Sigue hormigueando.
Y por primera vez en quince años, no sé si la culpa la tiene el té.
Mi amiga dice algo que no oigo. Asiento sin saber a qué. Se ríe, y yo muevo los labios para acompañarla, aunque dentro no me esté riendo de nada. Él no levanta la vista del libro durante el resto de la visita. No vuelve a mirarme. Yo no puedo dejar de mirarlo a él.