32. Capítulo 32
Massimo giró la llave en el contacto. Durante unos segundos, dejó que su mirada se perdiera por los viñedos.
Un viejo sendero subía por la colina, flanqueado por un murete torcido que parecía mantenerse en pie únicamente gracias a la vegetación que brotaba por cada grieta.
El aire era cálido y olía a verano. Respiró hondo.
No servía de nada retrasarlo más; era una conversación pendiente y la iba a tener hoy.
Sin importar lo desagradable que resultara el desenlace.
Se bajó y cerró la puerta del coche con un poco más de fuerza de la necesaria.
El fuerte estruendo rompió el idílico silencio de los alrededores.
Subió por el camino hacia la casa principal y sus piernas se sentían cada vez más pesadas a medida que se acercaba a la puerta.
Antes de que pudiera llamar, esta se abrió de par en par.
—¿Massimo? ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? —Su madre lo miró con una expresión de sorpresa y preocupación a partes iguales.
Massimo se frotó la nuca. No tenía ni idea de cómo empezar la conversación. Solo sabía que tenía que hacerlo. Hoy.
—Ciao, mamma. No, no ha pasado nada. Solo he venido para hablar. —Massimo estrechó a su madre brevemente contra él.
Ella seguía mirándolo sin comprender. —¿Para hablar? ¿Con quién quieres hablar? ¿Y desde cuándo vienes por voluntad propia sin que te inviten?
—Te lo explicaré ahora mismo, pero ¿puedo pasar?
—Por supuesto. —La madre de Massimo dio un paso a un lado y le dejó entrar.
Como siempre, el olor a hogar lo envolvió.
El nudo en su estómago se apretó. Su corazón latía con fuerza y lo que más deseaba era dar media vuelta en ese mismo instante y conducir de vuelta a su apartamento.
A su puerto seguro. Pero no, hoy no se marcharía como un perro apaleado con el rabo entre las piernas.
Iba a dejar las cosas claras. Se desahogaría y diría todo lo que tenía que ser dicho.
—¿Quieres un café?
—Sí, por favor. ¿Está papá?
Su madre frunció el ceño. —¿Has venido para hablar con tu padre? Massimo, ¿es buena idea? No quiero que lo alteres innecesariamente. No se ha sentido muy bien estos últimos días. Debe de haber pillado algo parecido a una gripe de verano. Está en la terraza.
—Muy bien, entonces no tiene nada mejor que hacer y puede dedicarme algo de tiempo. ¿Y Rita?
—Rita está con él intentando animarlo un poco.
Massimo arqueó las cejas. No alcanzaba a imaginar cómo su huraña hermana podría animar a su todavía más huraño padre.
Al menos así los tendría a todos juntos.
Su hermana Julia había vuelto a Roma, pero con ella no tendría que hablar.
Julia nunca había sido parte del problema, y estaba seguro de que esta vez tampoco lo era.
La madre de Massimo le puso en la mano una pequeña taza de expreso, que él se llevó fuera, a la terraza. El sol lo cegó por un momento al salir de la sombra de la casa.
—Massimo, ¿qué quieres tú aquí? ¿Es que tu madre te ha vuelto a invitar a comer?
—Ciao, papá, yo también me alegro de verte. No, nadie me ha invitado, por una vez estoy aquí por voluntad propia. ¿A que es estupendo?
Massimo le sonrió a su padre con gesto sombrío. El saludo había sido gélido, como de costumbre. Seguía sin estar seguro de si lo que estaba haciendo era lo correcto o si una vez más se estaba complicando la vida sin necesidad.
—Bueno, ¿y qué quieres entonces?
—Hablar con vosotros.
—¿Quieres venir a soltarnos tus reproches otra vez?
—No, quiero tener una conversación seria contigo y con mi hermana.
Ahora Rita también intervino por primera vez. Hasta ese momento solo lo había mirado con frialdad, con sus ojos oscuros entornados. —Pues ya tengo curiosidad por ver qué es lo que te reconcome esta vez.
Massimo cogió una silla. Aunque no lo hubieran invitado a sentarse, no pensaba dejarse despachar.
Esta charla estaba pendiente desde hacía mucho tiempo; era importante que se enfrentara a su familia.
Lissy no era la única razón para ello, pero sí el detonante.
Ella había despertado en él el deseo de buscar una conversación sincera con sus parientes.
Debían mostrar comprensión hacia su relación.
No quería que ese tema volviera a interponerse entre Lissy y él ni que provocara otra discusión.
Cuando ella volviera de Florencia, le gustaría proponerle que conociera a su familia. Al menos en algún momento.
En los últimos dos días, ella solo se había puesto en contacto con él de forma esporádica.
Un mensaje al día, tan superficial que no decía nada sobre su estado anímico, tenía que bastarle.
Quizás ni siquiera regresaría con él. Tal vez había decidido que él no valía la pena como para dedicarle su tiempo y que una relación entre ambos no podría funcionar.
No lo sabía. En su corazón, esperaba fervientemente que no fuera así.
Que Lissy volviera con él y a su vida en apenas unos días, que estuviera entre sus brazos, que pudiera besarla y acariciarla.
La echaba tanto de menos. Le parecía que había pasado una eternidad, aunque solo llevaban separados unos pocos días.
—Bueno, estamos esperando. —Su padre tamborileaba con las yemas de los dedos en el reposabrazos de la silla, dándole a entender a Massimo que consideraba toda aquella charla una pura pérdida de tiempo.
Él tragó saliva e intentó ignorar el nudo en su garganta, que se había vuelto más denso en los últimos minutos. —Bien, no he venido para que perdamos el tiempo con sandeces. He venido para hablar con vosotros sobre mi situación.
—¿Necesitas dinero? ¿Has hundido tu negocio? No me extrañaría con esos cachivaches sin valor que les encasquetas a los turistas.
La rabia bullía dentro de Massimo. Su padre nunca entendería que él había elegido ese tipo de vida. Jamás comprendería que estaba viviendo su sueño y que haría todo lo posible por protegerlo.
—No, el negocio va muy bien, gracias por preocuparte tanto por mí. Se trata de mi relación. Ya os he hablado de Lissy, y quiero que entendáis que voy en serio con ella.
Rita soltó una carcajada burlona. —¿Con una alemana a la que conoces de hace apenas unas semanas?
—Sí, Lissy es alemana, nos conocemos desde hace unos meses y la quiero mucho.
—¡Bah! ¿Qué sabrás tú del amor? Toda la vida has pensado solo en ti mismo, nunca has cedido en nada.
No tienes ni idea de lo que uno está dispuesto a hacer y a sacrificar por amor.
—A Rita le temblaba la voz. Lanzaba miradas cargadas de veneno a su hermano, pero no podía ocultar la tristeza en sus ojos.
En esta conversación no se trataría solo de Lissy y su relación; más bien tenían que afrontar un pasado que flotaba sobre todos ellos como una nube negra.
—Sí, lo sé perfectamente. Si piensas que soy un egoísta y que solo me importan mis propios deseos, Rita, te quedas muy corta.
En el pasado tuve el valor de reconocer mis propios sueños y deseos.
Me opuse a vosotros y a vuestras expectativas.
Seguí mi propio camino. El camino que consideré correcto para mí y que a vuestros ojos no vale nada.
Sé que no podéis entender mi decisión y también me queda claro que os sentís traicionados, abandonados.
Siento que os sintáis así. Nunca fue mi intención heriros ni decepcionaros.
—¿Ah, no? ¿Y por qué lo hiciste entonces? Te importamos un bledo.
—Eso no es verdad, y lo sabes perfectamente, Rita.
—¿Ah, sí? ¿Lo sé? —Rita se había levantado de un salto y se había acercado a Massimo. Se plantó ante él de forma amenazadora; a su padre se le habían quedado las palabras en la garganta de pura estupefacción. Se limitaba a bufar en los momentos apropiados, pero por lo demás no emitía sonido alguno.
—Tomaste una decisión por tu cuenta y no te importó lo más mínimo a quién afectaba.
Abandonaste a tu familia, Massimo, me abandonaste a mí, a pesar de que siempre pensé que teníamos un vínculo especial.
Nunca te interesó qué consecuencias tendría tu decisión.
Solo pensaste siempre en tus sueños, en tu futuro. Siempre solo en ti mismo.
Ahora Massimo también se había levantado. No le gustaba que Rita le hablara desde arriba. No pensaba quedarse de brazos cruzados ante todos esos reproches. Sospechaba que esta charla no sería fácil, pero por lo visto, Rita se disponía a asestar el gran golpe. Y él quería recibirlo al menos de pie.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—¿Crees que yo no tenía también sueños?
—Sé que tenías otros sueños, pero que no intentaras vivirlos no es culpa mía. Al igual que yo, tú también podrías haber tomado tu decisión.
—¿Ah, sí? ¿Y qué habría sido entonces del viñedo? ¿Qué habría sido de nuestra familia, de nuestras tradiciones? ¿Debería haber pisoteado nuestras raíces como hiciste tú?
—Rita, estoy harto de que me eches en cara una y otra vez que yo marcara tu destino.
Aunque no lo digas con palabras, en cada uno de nuestros encuentros me haces sentir que me culpas de tu suerte.
Pero deja que te diga una cosa: yo no te obligué a hacerte cargo del viñedo, ni conducía el coche en el que murió Alfredo.
No soy responsable ni de lo uno ni de lo otro.
Y quizás ya va siendo hora de que te des cuenta de ello.
Buscas un chivo expiatorio, alguien a quien cargarle el muerto.
La culpa de tu vida infeliz, de que pienses que te has perdido algo.
De que no tuvieras el valor de seguir tu propio camino.
Rita tragó saliva visiblemente. El silencio entre ellos era tan tenso que se habría podido cortar con un cuchillo.
Sus palabras habían sido duras, pero tenían que decirse.
Probablemente Rita no volvería a hablarle jamás, ¿pero sería eso peor que sus reproches silenciosos?
¿Podría esta charla romper algo más de lo que ya estaba destruido?
Rita lo miraba inmóvil. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, su expresión parecía petrificada y su mirada apagada.