Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 32. Capítulo 32 #2
58%

32. Capítulo 32 #2

—Massimo, ¿cómo le hablas así a tu hermana? ¿Es que has perdido el juicio? ¿A qué viene este numerito? ¿Solo has venido para insultarla?

—Padre, nunca ha sido mi intención herir a nadie de esta familia.

Pero ¿os habéis parado a pensar alguna vez en cuánto me habéis herido vosotros a mí?

Solo porque no vivo como esperabais, porque he seguido mi propio camino, me habéis repudiado.

Me habéis tratado como a un leproso; ni siquiera a mamá le habéis permitido ponerse en contacto conmigo.

¿Tienes idea de lo que me has hecho pasar con eso? ¿Y de cómo me siento con todo esto?

Rita se había vuelto a sentar en su sitio. Miraba fijamente al vacío, con una expresión inexpresiva. Su voz temblaba al hablar. —A lo mejor es que, simplemente, me dolió que me dejaras aquí sola.

Massimo se acercó a su hermana y se puso de cuclillas frente a ella. Tomó sus manos entre las suyas y, por primera vez en mucho tiempo, Rita no se resistió.

—Siento que te sientas así, y probablemente deberíamos haber hablado de ello mucho antes.

No sabes cuánto echo de menos hablar contigo, tumbarme contigo en los viñedos a mirar las estrellas.

Pienso a menudo en aquellos tiempos y te extraño, Rita.

Eres mi hermana y te quiero mucho, solo quiero que lo sepas.

Y también quiero que sepas que nunca quise arrebatarte tus sueños.

No sabía que decidirías hacerte cargo del viñedo.

Rita retiró las manos y lo miró fijamente. Su voz sonaba sin fuerzas, resignada. —Y ahora, dime la verdad: ¿habría cambiado algo tu decisión si lo hubieras sabido? Si hubieras sabido que con tus sueños destruías los míos, ¿habrías actuado de otra forma y te habrías quedado?

—No lo sé, Rita.

Rita asintió con tristeza y bajó la mirada. En ese momento, parecía una mujer rota. —Bueno, al menos eres sincero.

—Massimo, ¿qué quieres de nosotros? ¿Tienes que abrir las viejas heridas? ¿Tanto empeño tienes en hacerle daño a tu hermana? ¿O en hacerme perder el tiempo a mí?

—Ni lo uno ni lo otro, padre. He venido a pediros que aceptéis a Lissy en nuestra familia.

—¿A esa extranjera? ¿Cómo puedes pedirme algo así?

—Padre, si ni siquiera la conoces. Vosotros sois mi familia, pero ella también es parte de mi vida. Es la mujer con la que quiero pasar el resto de mis días.

Rita había recuperado la voz. —¿Y cómo se supone que va a funcionar eso?

¿Eres consciente de que os separan más de mil kilómetros?

Massimo, que desperdicies tu vida como comerciante es una cosa.

Pero ya va siendo hora de que pienses en encontrar a una mujer con la que puedas estar siempre, no solo unas semanas al año.

¿A dónde va a parar esto? Sé que no quieres oírlo, pero sigo pensando que Stella es la adecuada para ti.

Podríais tener una buena vida aquí. Haríais una pareja perfecta, y por fin podrías cumplir con tus obligaciones y ayudarme en el viñedo.

—Rita tomó aire de forma audible. Era evidente que le costaba admitir su debilidad—.

Desde que Alfredo tuvo aquel accidente, todo recae sobre mí.

Ya no puedo sola. ¿No va siendo hora de que dejes de pensar solo en ti y asumas tus responsabilidades?

Esta no es solo mi tradición y mi herencia, también es la tuya, y espero que algún día entres en razón.

Has tenido toda la libertad del mundo, has podido estudiar, enseñar como un profesor importante en la universidad más prestigiosa de Italia.

Sí, hasta has podido seguir tus caprichos y abrir esa tienda.

Ahora es el momento de que por fin asientes la cabeza y me ayudes.

Con Stella a tu lado, todo eso sería posible.

Massimo se dejó caer de nuevo en su silla y se llevó las manos a la cabeza. Esta conversación era un círculo vicioso. Había dicho muchísimas cosas, pero su objetivo, que aceptaran a Lissy, seguía pareciendo inalcanzable.

—¿Qué manía tienes con Stella? Nos llevamos de maravilla, somos amigos, pero nada más. No siento nada por ella, y estoy seguro de que ella tampoco siente nada por mí. ¿Has hablado con ella alguna vez? ¿O es que eso ni siquiera te interesa? Quizá la egoísta aquí seas tú, y no yo.

—Massimo, ya basta. ¿No ves que tu hermana está buscando la solución que sea mejor para la familia?

—Sí, eso lo veo. ¿Y vosotros no veis que yo busco una solución que no me haga infeliz?

No quiero hacerme cargo del viñedo. Ese no es mi mundo, no es mi destino.

Y me da igual quién sea la mujer que tenga a mi lado, nunca lo será.

El viñedo es tu sueño, padre. O quizá ni eso.

Quizá solo fuera el sueño de mi abuelo. Y a ti te obligaron a seguir esta tradición igual que lo intentas ahora conmigo.

¿Quién sabe? Como no hablas del tema... Quizá tú tampoco querías heredar el viñedo, pero no tuviste el valor de imponerte.

El padre de Massimo se levantó. Jadeaba y se llevó una mano al corazón, como si le faltara el aire.

La madre de Massimo, que había estado de pie en la entrada de la casa, corrió hacia él. —¡Siéntate y descansa! Aún tienes que recuperarte.