Amapolas, amor y tú: Latidos en Siena (Latidos en la Toscana 2) 25. Capítulo 25
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25. Capítulo 25

Lissy estaba sentada en el rellano de la escalera, frente al negocio de Massimo, haciendo unas cuantas llamadas. Allí se estaba agradablemente fresco y se podía soportar el calor del mediodía.

—Muy bien, entonces te apunto definitivamente y, en cuanto esté de vuelta en Hamburgo, concretamos una cita, ¿de acuerdo? Gracias, Christel, me alegrará mucho verte.

Lissy colgó. Otra clienta habitual le había prometido que se pasaría a su salón de uñas.

Tachó el nombre de la lista. En los últimos días había hablado con unas treinta clientas.

Todas se habían mostrado encantadas al saber que iba a abrir su propio salón.

Todo iba sobre ruedas, no podía quejarse.

Si todas sus clientas además la recomendaban, tendría tanto trabajo que no tendría que volver a preocuparse por su facturación.

Pero quedaba por ver si todas cumplían su palabra.

Aunque no tenía motivos para dudar de su sinceridad, sabía que no se podía dar por sentado que el camino siempre fuera recto.

A veces aparecía una piedra grande en el camino que obligaba a dar un rodeo o exigía un poco de fuerza para quitarla de en medio.

Pero ni siquiera eso la detendría. Sentía que había tomado la decisión correcta.

Una energía que no sentía desde hacía años recorría su cuerpo.

Ese acto de liberación que había llevado a cabo con su renuncia había sido la mejor decisión de su vida.

Aunque no había sido una resolución consciente, sino una reacción impulsiva, veía su camino claramente ante ella.

Lissy cerró los ojos y se imaginó en su pequeño salón con el papel pintado de flores. Alquilar el local había sido más fácil de lo que pensaba. Se imaginó contratando empleadas tras un breve periodo inicial, construyendo su propio imperio de las uñas. Esos eran sus sueños y deseos.

Por supuesto, los comienzos serían duros, probablemente trabajaría doce horas al día, pero no importaba porque amaba su trabajo. Y como bien se dice: si amas lo que haces, no tendrás que trabajar ni un solo día más en tu vida.

Le habría encantado ponerse manos a la obra de inmediato, y se preguntaba si había sido buena idea intercalar este paréntesis de cuatro semanas.

Estaba dividida entre su deseo de hacer realidad su sueño de inmediato y su anhelo de estar con Massimo.

Sabía que debería disfrutar más del tiempo aquí.

Siena era maravillosa. El clima, la ciudad, la gente.

Pero echaba de menos Hamburgo. A sus amigos, la ciudad y, sobre todo, la vida nocturna.

Aquí en Siena todo era relativamente apacible.

Tenía la sensación de estar estancada mientras Massimo trabajaba todo el día.

A veces le ayudaba en la tienda, deambulaba por las callejuelas o se sentaba como hoy con su libreta en la escalera para ir montando su propio negocio.

Todo era bonito, pero Lissy sentía que le faltaba algo.

Quería salir de fiesta, divertirse, bailar.

Estar siempre aquí sentada en Siena, como mucho saliendo a cenar fuera o dando un paseo, no la emocionaba especialmente.

En Hamburgo vivía en una zona bastante céntrica, lo que significaba que solo tenía que caminar unos pocos metros para acabar en una pista de baile.

Le encantaba tener la posibilidad de salir de fiesta en cualquier momento.

Incluso entre semana, ya que la vida nocturna de Hamburgo no se limitaba a los fines de semana.

Suspiró. Se aburría. Se había imaginado el viaje a Siena de forma muy romántica y, por supuesto, disfrutaba del tiempo con Massimo. No quería ser desagradecida en absoluto, se lo estaba pasando bien. Sin embargo, se sentía un poco sola y abandonada.

Abrió los ojos y consultó su lista. Todavía le quedaban unos diez nombres a los que quería llamar.

Justo cuando marcaba el primer número en su móvil, se abrió la puerta de la tienda de Massimo.

Él salió y, de inmediato, una amplia sonrisa iluminó el rostro de ella.

Cuando estaba cerca de él, no podía evitarlo.

Su cuerpo reaccionaba automáticamente. Su corazón daba volteretas y sentía mariposas revoloteando en el estómago.

Un calor reconfortante recorría su cuerpo cada vez que lo veía.

—¿Qué tal, vas avanzando?

Lissy asintió. —Sí, va mucho mejor de lo que pensaba. De momento nadie me ha dicho que no.

—Eso es fantástico. Me alegro mucho por ti. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

Massimo dio un par de pasos más hacia Lissy y se quedó justo en el rellano. —Pareces triste, ¿qué pasa? ¿Es porque trabajo tanto? Lo siento mucho.

—No, no es eso. Ya sé que tienes que trabajar. Y me alegra que tengas tanto lío. Massimo, he pensado que quizá podríamos salir a bailar esta noche. ¿Qué te parece?

Massimo frunció el ceño y ella vio, una vez más, cómo se marcaba la arruga entre sus cejas. No era buena señal; con su propuesta parecía haber tocado un tema poco grato para él.

Massimo se sentó junto a Lissy en la escalera y le tomó la mano. —¿De verdad te apetece tanto y echas de menos salir de noche, verdad?

Ella asintió. —Sé que no llevo tanto tiempo aquí, pero sí, me encantaría salir a bailar contigo, simplemente para divertirnos un poco.

—¿Es que no nos divertimos?

—Sí, no me malinterpretes, por favor. Es agradable cenar contigo o dar un paseo. Y, por supuesto, es aún mejor cuando disfrutamos del postre en la cama. Pero me gustaría hacer también algo diferente de vez en cuando.

Massimo asintió. —Vale, pero no esta noche. Esperemos al fin de semana, ¿de acuerdo?

Ella suspiró. —Pues el fin de semana será.

Massimo puso la mano sobre la rodilla de Lissy. —No falta mucho. A cambio, se me ocurrirá algo increíble para ti, te lo prometo.

—Está bien, ya veremos qué es.

Cinco personas pasaron junto a Massimo y Lissy para entrar en la tienda.

Massimo se levantó. —Ya ves cómo está esto, tengo que volver. Si te aburres, entra. Me encantará tener tu compañía.

—Entro en un momento. Quiero terminar de llamar a los de mi lista, ¿vale?

—De acuerdo. ¿Y, Lissy?

—¿Sí?

—Si necesitas algo, dímelo, por favor. No hay nada que no haría por ti.

Massimo entró en la tienda y dejó a Lissy pensativa. Debería estar contenta, porque había convencido a Massimo para ir a bailar. Debería estar impaciente por que llegara el momento, pero no era así. Se había dado cuenta de que a Massimo no le hacía ninguna gracia salir a bailar con ella.

Por primera vez se preguntó seriamente si Massimo y ella encajaban de verdad.

Una punzada de inseguridad la asaltó. Sabía que Massimo era diferente a ella.

Pero que fuera un sacrificio tan grande para él salir de fiesta una vez cada cuatro semanas, eso sí que la sorprendía.

Massimo no era un anciano, no podía querer pasar todo el tiempo metido en el sofá.

Se apartó un mechón de pelo de la cara. ¿Se había engañado a sí misma?

¿Acaso Massimo no era el hombre que ella deseaba?

¿Le había atribuido cualidades que eran puramente producto de su imaginación?

¿O estaba haciendo una montaña de un grano de arena?

No lo sabía, pero sentía que la duda se instalaba por primera vez en su relación.

Amaba a Massimo y amaba los sentimientos que él despertaba en ella.

Amaba que la tratara como a una reina, que satisficiera todos sus deseos.

Era el amante perfecto, amaba su forma de ser y le encantaba cómo la colmaba de cumplidos cuando la miraba como si fuera la única mujer en el mundo que existiera para él.

Y, sin embargo, en ese momento deseó por primera vez que Massimo fuera un poquito diferente. Un poco más relajado, con más ganas de vivir.

Lissy alejó todos esos pensamientos de su cabeza.

De nada servía volverse loca con eso. De una cosa estaba segura: amaba a Massimo.

Aún le quedaban unas semanas allí y aprovecharía el tiempo para conocerlo mejor.

Cuando volara de vuelta a Hamburgo dentro de casi tres semanas, lo vería todo más claro.

Marcó el siguiente número de su lista.

—¿Hola, Monika? Soy Lissy, del salón de uñas, ¿te acuerdas de mí? Te llamaba para hacerte una pregunta...