Amantes del poder 7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #6
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7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #6

Kiernozia la recibió gris y lúgubre. La inquietaba el hijo en camino. Su padre, el emperador que decidía el destino de millones de personas, no estaría allí para verlo nacer. El niño, además, no llevaría el apellido Bonaparte.

Una tarde llegó una nota de Anastasio solicitando permiso para visitarla. María tenía veintidós años y un embarazo incipiente. Él tenía setenta y tres y caminaba con bastón.

Se sentaron bajo los robles.

—¿Sabes que conocí al rey Estanislao Augusto? Lo vi perder Polonia. Y ahora me toca ver a mi esposa darle un hijo al hombre que prometió devolvérnosla. La vida hace estas cosas. Uno se casa con una muchacha y cree que podrá protegerla, pero al final el mundo se la lleva igual.

María apoyó una mano en la rodilla del conde, en una muestra de gratitud y cariño. Ese hombre jamás le había reprochado nada. Ella lo había abandonado y, aun así, él seguía preocupándose por ella.

El conde continuó:

—Si tu hijo nace sin apellido, será señalado en cada iglesia, en cada salón y en cada escuela. El emperador no puede darle uno, pero yo sí. Si estás de acuerdo, será un Walewski.

—Anastasio, no merezco esto —reconoció con dolor y gratitud.

—Si no llegara a verlo crecer, háblale de mí. Es todo lo que te pido.

Lo vio alejarse, caminando despacio, por el parque hacia el carruaje.

Alexandre Florian Joseph Colonna-Walewski nació el 4 de mayo de 1810. El conde Walewski fue el primero en tomarlo en brazos.

París,

diciembre de 1810

María se acomodó en el sillón junto a la cuna, con Alexandre dormido sobre el pecho. El niño olía a la lavanda de las mantas perfumadas. Había heredado la frente alta del emperador y la boca delicada de los Laczynski. Le rozó la mejilla con un dedo y él suspiró sin despertarse.

Apoyó la cabeza en el respaldo y volvió a aquella tarde en que leyó que el emperador había repudiado a Josefina.

Durante semanas esperó una carta que nunca llegó.

Quería volver a ser su esposa polaca, como en Finckenstein y Schönbrunn.

Lo imaginaba regresando del Consejo, dejando el sombrero en la entrada como cualquier marido ansioso por sentarse a la mesa, jugando con Alexandre sobre una alfombra después de cenar o leyéndole junto al fuego.

Soñaba con cuidarlo. Le preocupaban la palidez, la tos seca y el gesto involuntario de llevarse la mano al costado derecho, bajo las costillas, cuando pensaba que nadie miraba.

Comprendió que nada de aquello ocurriría cuando supo del compromiso de Bonaparte con la archiduquesa María Luisa de Austria.

El dolor era doble: había elegido a la nieta de uno de los verdugos de Polonia.

Y aun así, cuando él le pidió que regresara a París para tener cerca a Alexandre, María aceptó.

No se engañaba; había llegado con la esperanza leve de ser más que la madre de su hijo.

La de seguir siendo, aunque fuera en su corazón, la esposa polaca.

Las visitas continuaron después de la boda imperial, aunque más espaciadas.

Lo que llegaba hasta María era un hombre cansado, en busca de media hora de paz.

Apenas entraba, Napoleón pedía ver a Alexandre.

Después se acomodaba en un sillón y le hablaba a María de los mariscales, de las próximas campañas, a veces de algún libro que estaba leyendo.

Ella le servía té, escuchaba lo que quisiera contarle y lo acompañaba en silencio.

Antes de irse, él le besaba la mano, pero ya no la reclamaba. Lo había perdido sin perderlo.

En marzo de 1811, las campanas de París tocaron ciento un cañonazos para anunciar el nacimiento de Napoleón, rey de Roma, el heredero legítimo del emperador. Alexandre dormía ajeno a los estruendos que celebraban a otro niño. María lo besó en la frente.

Palacio de Fontainebleau,

abril de 1814

Cinco años después, las potencias aliadas entraron en París y el imperio se derrumbó.

El 6 de abril, Napoleón abdicó en el palacio de Fontainebleau.

Esa misma noche corrió el rumor de que había intentado envenenarse con la cápsula que llevaba al cuello desde la funesta campaña de Rusia. El veneno, ya envejecido, no bastó.

María llegó a Fontainebleau al atardecer del día siguiente, acompañada por Alexandre.

El palacio permanecía en manos de las últimas tropas leales al emperador.

Un oficial la condujo a un corredor del primer piso, le indicó un sillón de damasco verde y le pidió que esperara: el emperador descansaba y no recibía a nadie.

Se sentó, acomodó al niño a su lado y lo cubrió con su capa. Fijó la vista en la puerta cerrada al final del pasillo, bajo la que se filtraba una delgada línea de luz amarilla. Eran los aposentos de Napoleón.

Esperó toda la noche. Un edecán le ofreció agua; una doncella llevó dos platos de sopa.

A las dos de la mañana apagaron las velas del corredor.

Aquella línea bajo la puerta continuaba brillando, la única luz.

María terminó por dormirse con una mano apoyada sobre el niño.

Cuando despertó, la puerta seguía cerrada.

A las cinco, un edecán pasó junto a ellos y María lo llamó.

—Soy la condesa Walewska. ¿Le han anunciado mi presencia al emperador?

—Madame, el emperador está indispuesto. No recibe visitas.

—Hace doce horas que estoy aquí. He venido desde París con su hijo.

El oficial miró al niño.

—Madame, le ruego que comprenda. Tengo órdenes precisas. La emperatriz podría llegar en cualquier momento.

—La emperatriz está en Viena.

—Eso se dice, madame.

El hombre siguió su camino. María tomó a Alexandre de la mano y bajó las escaleras. Pidió papel y pluma en la biblioteca. Escribió:

Señor, he estado en Fontainebleau toda la noche con Alexandre. No quise importunarlo. Que Dios lo guarde. María.

Le entregó la nota a un oficial apostado en la entrada y subió al coche con el niño. Había tenido a Napoleón Bonaparte dormido entre sus brazos cientos de veces, pero no había podido sostenerlo en la peor noche de su vida.

Isla de Elba,

septiembre de 1814

María divisó la isla al amanecer. Cuando supo del destierro del emperador, quiso acompañarlo.

Nadie le permitió despedirse de él en Fontainebleau; no iba a perderlo dos veces.

Viajaba con Alexandre, dos baúles, un retrato en miniatura de los robles de Kiernozia y el cuaderno ocre.

El barco había zarpado de Nápoles cinco días antes y enfrentado una tormenta la noche anterior, pero al clarear el cielo se abrió.

Elba apareció en el horizonte, recortada sobre el mar: un reino tan pequeño que podía cruzarse a caballo en una tarde.

En el muelle de Portoferraio los recibió un edecán con tres mulas. Ascendieron durante cuatro horas por un sendero estrecho. Alexandre, sentado delante de su madre, observaba las cabras silvestres asomarse entre los olivos.

Llegaron a una pequeña casa de piedra blanca en lo alto del monte, lejos del pueblo y de las miradas. Apenas una mesa de roble adornaba la única sala. En la habitación había una cama estrecha y una ventana con vistas al mar.

—Su Majestad llegará al atardecer —dijo el hombre, y se despidió.

María acostó a Alexandre sobre la cama, le quitó los zapatos polvorientos y se sentó a esperar.

Napoleón llegó solo, a caballo, con el sol ya bajo.

María salió a recibirlo al patio y apenas reconoció al hombre cansado que avanzaba hacia ella.

Cuarenta y cuatro años, pensó, y aparenta diez más.

Cuando se quitó el sombrero, vio el pelo castaño ralo en la coronilla y el uniforme tirante sobre el vientre.

Solo los ojos grises seguían siendo los mismos.

Él se acercó y la estrechó largo, sin hablar. Después se separó y la miró.

—Has venido.

—Aquí estoy.

—¿Mi hijo?

—Está adentro. Ha preguntado por ti todo el viaje.

La tomó de la mano y la hizo pasar.

María había imaginado el reencuentro mil veces desde Fontainebleau, pero jamás así: en una montaña lejana, con un niño de cuatro años dormido en una cama estrecha, y el emperador comiendo deprisa y hablando poco.

Al final de la cena, Napoleón se acercó a Alexandre. Lo miró largo rato sin tocarlo.

—Mañana te enseñaré a montar.

María sonrió por primera vez desde su llegada.

Esa noche él se abrazó a ella en la cama y se durmió enseguida. María se quedó despierta, con Alexandre a su otro lado, midiendo las pausas entre cada inspiración del emperador. “Está enfermo”.

A la mañana siguiente, Napoleón hizo traer del pueblo un pony gris para Alexandre. Sentó al niño sobre la montura, y le puso las manos sobre las riendas.

—Sostén firme. Mira siempre adelante. Un jinete verdadero no mira el suelo.

El pequeño, serio, asintió.

María los observaba desde la ventana. El emperador llevaba el pony de las riendas y caminaba despacio por el patio empedrado.

Alexandre reía, y cada vez que el padre se detenía pedía otra vuelta.

Después de varias, lo bajó del caballo, lo abrazó, le besó la cabeza, y lo apoyó contra su hombro un momento largo. María lo vio cerrar los ojos.

Por la tarde Napoleón le pidió que pasearan solos. Bajaron por un sendero hasta llegar un mirador desde donde se veía el mar. Se sentaron.

—Tengo que hablarte.

Ella no contestó.

—No puedes quedarte. La isla es pequeña, aquí todo se sabe. Si te quedas, en quince días lo sabrán en Viena.

—¿Y eso qué importa?

Napoleón se sacó una piedra de la suela de la bota.

—Importa porque espero que María Luisa venga con mi hijo.

María sintió frío.

—Sigues esperando.

—Es mi esposa. La madre de mi heredero. Tiene que venir.

María miró hacia el mar. No había barcos.

—¿Tú crees, de verdad, que va a venir?

Napoleón tiró la piedra ladera abajo.

—¿Y si no quiero irme? —preguntó, con la voz quebrada.

Él no respondió.

Ella comprendió que había hecho el viaje desde Nápoles con dos baúles para descubrir, en lo alto de una montaña, que seguía siendo lo que había sido desde Finckenstein: la mujer a la que él amaba, y la mujer a la que no elegía.

—De acuerdo. Nos iremos mañana, antes de que se levante el pueblo.