Amantes del poder 7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #5
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7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #5

—Tengo algo para ti.

La llevó hasta una mesa sobre la que estaba desplegado un mapa de Europa central. Ella se inclinó y reconoció el curso del Vístula, Varsovia, las tierras donde había crecido.

Napoleón trazó una línea imaginaria con el dedo.

—Lo llamaremos Ducado de Varsovia.

María miró el espacio señalado con sorpresa.

—¿Un ducado? Mis hermanos están peleando por un reino.

—Un reino obligaría al zar a destruirme. Es todo lo que puedo darte por ahora.

El zar Alejandro I. “El hijo de hombre que asesinó a mi padre”, pensó María.

—¿No vas a decir nada? —Napoleón la observaba desconcertado.

Ella intentó recuperar la compostura.

—Gracias, señor.

Él apartó el mapa y le tomó el rostro entre las manos.

—Quería que fueras la primera en saberlo.

Esa noche, de regreso en su habitación, María abrió el cuaderno ocre.

Pasó las páginas de a una: Rivoli, Austerlitz, Jena.

Durante años había llenado aquellas hojas con las hazañas del hombre que parecía el libertador de pueblos.

Volvió a escuchar: “Un reino obligaría al zar a destruirme”.

Era la voz de un emperador. La pluma quedó suspendida sobre el papel unos segundos.

Después cerró el cuaderno sin escribir nada.

Pocos días más tarde, Bonaparte partió. La guerra contra Rusia lo reclamaba otra vez.

María llenaba las semanas con las cartas que él le enviaba, escritas en aquella caligrafía difícil, pero que ella había aprendido a descifrar.

Las guardaba junto a las flores de Blonie.

Las gacetas hablaban de nieve teñida de rojo, de miles de hombres que no regresarían. Rezaba por Polonia. Y también por él.

Palacio Finckenstein,

primavera de 1807

María llegó al palacio Finckenstein al anochecer, cuando aún quedaba luz sobre la fachada entre los pinos.

El emperador la esperaba en el ala que había hecho despejar para que ella ocupara las siguientes semanas: tres salones, una biblioteca y un dormitorio con vistas a un jardín de senderos de grava blanca.

Las instrucciones habían sido claras: nadie debía conocer la presencia de madame Walewska, salvo Duroc y un par de sirvientes de extrema confianza.

A Bonaparte le preocupaba que los rumores llegaran a París, en particular a los a oídos de su mujer, Josefina.

Napoleón se paseaba impaciente, asomándose a cada momento por la ventana que daba a la entrada. La vio bajar del coche, tomada del brazo del mariscal. Salió al corredor y la encontró al pie de la escalera. Le apartó le velo y la atrajo hacia sí. Duroc bajó la vista y se retiró.

Una vez a solas, María le tomó la cara con ambas manos, sostuvo los ojos grises que había extrañado durante tres meses y lo besó en los labios. Él se dejó hacer, desconcertado por la audacia.

—Te dije que acabarías por amarme —murmuró, y le devolvió el beso.

La habitación olía a la leña húmeda que ardía en el hogar y a las frutas acomodadas sobre una bandeja. María le abrió la casaca, botón por botón, despacio, sin apartar la mirada. Cuando llegó al último, Napoleón apresó sus manos y la atrajo contra el pecho.

Se tendieron en la cama. Él le besó la sien, los hombros, el ombligo. Ella encontró una cicatriz vieja en el muslo izquierdo y la recorrió con la yema de un dedo.

—Fue en el sitio de Tolón, hace catorce años. Ahora solo me importa que caigan tus defensas.

Los cuerpos se movían despacio; no había carruajes esperando ni casa a la que regresar antes del amanecer. María se aferró a la piel tibia, al latido apresurado contra el suyo, al temblor que le recorría el cuerpo.

Después quedaron tendidos frente a frente.

Napoleón le pasó el pulgar por la mejilla.

Ella lo tomó entre los dientes con suavidad, sin apretar, y lo soltó.

Él rio, y fue una risa nueva, casi infantil.

Se durmió con una mano sobre el pecho de María, como si quisiera asegurarse de que no se iría.

Ella permaneció despierta, pensando en el hombre que respiraba a su lado.

Con el paso de los días, aprendió sus costumbres.

Lo consumía una energía inagotable: dormía poco, comía deprisa, dictaba órdenes mientras firmaba despachos.

Trabajaba tendido sobre alfombras, moviendo banderines en un gran mapa de Europa.

Tomaba el café demasiado caliente y se bañaba con agua casi hirviendo.

Lo enfurecía que lo interrumpieran y, en cambio, interrumpía constantemente.

Pero, a solas con María, el tiempo del emperador cambiaba de ritmo.

—Háblame —le pedía, cerrando los ojos.

—¿De qué?

—De cualquier cosa. De Polonia; de cuando eras niña.

Ella le contaba sobre los veranos en Kiernozia, le describía sus platos preferidos, los aromas de su infancia.

Él escuchaba con una concentración absoluta.

A veces se dormía sobre su hombro; el ceño se le alisaba y el gesto severo de la boca desaparecía.

En esa entrega María comprendía que el hombre más poderoso de Europa era también el más solo.

Una noche de tormenta, Napoleón llegó embarrado hasta las rodillas. Se dejó caer en un sillón.

—Han llegado malas noticias de España.

María pensó en los polacos que peleaban allí por un mapa que no era el suyo, pero no dijo nada. Se acercó para ayudarlo a quitarse los guantes mojados.

—Todos exigen algo de mí. Mis mariscales, mis ministros, mis hermanos. Hasta mi esposa, Josefina. Todos. Tú eres la única que no me pide nada.

Le besó los nudillos.

—Siéntate a mi lado junto al fuego.

Se acomodó contra él y se quedaron así largo rato. Un leño se partió; Napoleón abrió los ojos.

—Cuando te conocí, creí que serías como las otras, que buscan favores. Después de todo, solo parecías interesada en que te diera Polonia. —Le besó la cabeza.

Ella sonrió apenas.

—¿Y ahora?

En alguna parte del palacio una puerta se cerró de golpe.

—Hoy sé que amas al hombre. Y eso es mucho más peligroso.

Ella pensó: “Dios me perdone”. Era cierto, ya no estaba allí solo por Polonia; estaba allí por él. Y lo único que tenían era el tiempo que durara la tregua.

—Llévame a la cama, María. Estoy cansado.

A la mañana siguiente, Duroc encontró al emperador dormido con la cabeza apoyada en el hombro de la condesa Walewska. Ella, absorta en sus pensamientos, le acariciaba el cabello.

Cuando Napoleón retomó la campaña, María regresó a Walewice a visitar a Antoni. Anastasio, con prudencia, se había marchado a tomar baños de aguas termales antes de su llegada.

Bonaparte aplastó a los rusos en Friedland y firmó la paz con el zar. Sin embargo, Polonia no renació como reino. En sus cartas, el emperador le hablaba a María de complicaciones en España y le pedía paciencia. Ella respondía con cortesía y distancia.

De regreso en París, Napoleón le escribió para que viajara a encontrarse con él: “No puedo dejar Francia ahora. Ven tú a París”. María dudó. Allí vivía la emperatriz. Su intuición la empujaba a negarse, pero su corazón deseaba el reencuentro. Llegó a la capital francesa en el verano de 1808.

Duroc la esperó en una pequeña casa de la rue de la Houssaye que el emperador había alquilado para ella. El mariscal le entregó una nota breve, sin firma: “Mañana sin falta”. Pero al día siguiente Napoléon tampoco fue.

Finalmente, llegó sin anunciarse a las once de la noche del cuarto día. Se sentó en la cama y la miró:

—¿Por qué no me escribiste reclamándome, María?

—Pensé que estabas ocupado. —No comprendía el reproche. Quería besarlo, sin discutir.

Napoleón caminó hacia la ventana.

—Esta casa es pequeña. Te buscaré otra. Con jardín.

—No es necesario, estaré bien aquí.

—¿Has visto a alguien de la corte? —se sentó otra vez.

—No conozco a nadie en París.

—Mejor así.

María sostuvo la mirada gris del emperador. Su patria todavía a medias, los días de espera, todo se volvió pequeño. Le importaba él. Le aflojó el cuello de la casaca y le pasó la mano por la nuca. Napoleón apagó la vela.

Dos horas más tarde, le besó la frente y se despidió.

—Adiós, mi esposa polaca.

París jamás le dio a María lo que había tenido en Finckenstein.

En Francia apenas recibió fragmentos de Napoleón.

Cuando él estaba en el frente, ella pasaba los días leyendo las gacetas buscando confirmar que seguía con vida.

A veces sacaba el cuaderno ocre y releía lo que había escrito.

Las letras le parecían ajenas, la joven de Kiernozia y la mujer de París no se reconocían entre sí.

En la primavera de 1809, Francia derrotó a Austria, y el emperador ocupó el palacio de Schönbrunn, en Viena. Mandó llamar a María y la instaló en una villa cercana. Volvieron a las rutinas del café caliente, los mapas desplegados sobre las alfombras, las conversaciones sin prisa hasta la madrugada.

Una noche de otoño, después de cenar, María le dijo que esperaba un hijo. Napoleón guardó silencio durante un largo rato y luego sacudió la cabeza. Ella sintió un sudor frío en la nuca.

—¿Qué dices? ¿Estás segura? —preguntó incrédulo.

—Sí, completamente.

Bonaparte cerró los ojos, tenían lágrimas.

Llevó las manos de ella a los labios y las besó una y otra vez.

Hasta ese momento había temido ser estéril.

La emperatriz Josefina, que tenía dos hijos de un matrimonio anterior, no le había dado descendencia.

Su mujer polaca le devolvía la esperanza. ¡Alguien que heredara su imperio!

En las semanas siguientes en Schönbrunn, María se imaginó un futuro con mesas servidas para tres; no banquetes imperiales, sino una vida sencilla junto al padre de su hijo.

Una noche, le entregó al emperador un anillo de oro con esmalte azul.

En el interior, grabada en letras pequeñas, había una inscripción:

Cuando ya no me ames, recuerda que yo seguiré amándote. 73

Napoleón la besó.

—Jamás dejaré de amarte, mi dulce paloma.

Pocos días más tarde, los franceses abandonaron Viena y María regresó a la casa de su madre.