Amantes del poder 7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #4
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7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #4

—Venga, madame. No la voy a tocar.

Ella avanzó con lentitud; los ojos grises la estudiaban. Sintió el calor subirle por el cuello.

—¿Por qué se casó con un viejo?

María tardó en responder.

—Mi padre murió combatiendo contra los rusos. No teníamos nada, señor. Era la única manera de que mis hermanas no terminaran de criadas.

—¿Y por qué sigue casada con él?

—Soy su mujer ante Dios.

Napoleón rio, divertido.

—Sin embargo, está aquí conmigo. No la ha traído Dios; la ha traído su amor por Polonia. Hábleme de ella.

María comenzó a describir su tierra con devoción. Si lograba que él amara aquellos campos, quizás amaría también la causa de devolvérselos a su pueblo.

Pero Bonaparte no estaba interesado en Polonia. Una mujer que se aferraba a los votos matrimoniales y a los principios religiosos le inspiraba curiosidad.

—Mejor hábleme de usted —le acercó una copa de vino.

Ella le habló de los años en el convento, del padre caído en combate y de sus hermanos en la Grande Armée . Él la escuchaba con atención. A veces la interrumpía con alguna pregunta. Sin notarlo, María empezó a relajarse.

Después de un silencio, Napoleón preguntó:

—¿Sabe usted que antes de ver Córcega surge el perfume de la isla en el aire?

—No lo sabía, señor.

—Sí. El viento lleva el olor seco de los arbustos hasta las naves cuando la costa aún no se ve. Es lo que más extraño de mi tierra, el aroma de mi infancia.

Le tomó la mano y le pasó el pulgar por la palma, con suavidad. María quiso esconder las uñas mordidas.

—Madame, tiene usted manos de niña —le besó los dedos y los soltó. —De ahora en adelante quiero que me llames Napoleón y me trates de tú. ¿Lo harás?

María apenas asintió en silencio.

Llamaron a la puerta.

—¿Ya? —el emperador se fastidió.

Duroc se asomó.

—Majestad. La condesa debe regresar.

Napoleón se volvió hacia ella.

—Hasta pronto, mi dulce paloma —le acomodó el velo sobre el cabello.

En el carruaje, todavía conmovida por la amabilidad del emperador, María advirtió que no le había pedido nada para Polonia.

A la mañana siguiente, la doncella entró con una bandeja. Llevaba un sobre y un estuche pequeño de terciopelo.

María primero leyó la carta.

María, mi dulce María, mi primer pensamiento es para ti, mi primer deseo es volver a verte. Volverás, ¿no es verdad? Me lo prometiste. Si no, el águila volará hacia ti. Acepta este obsequio, que será nuestro lazo secreto en medio de la gente.

N. 71

Dentro de la caja descansaba un prendedor en forma de ramo de flores: hojas de esmeralda, pétalos de diamantes y rubíes en el centro. “Una joya de cortesana”, pensó ofendida.

Bajó descalza a la biblioteca. Tomó una hoja, mojó la pluma y escribió:

Señor,

La condesa Walewska devuelve a Su Majestad este obsequio. No espera diamantes; espera que Polonia vuelva a tener un nombre.

M. W.

Dobló la carta, la colocó junto a la joya y llamó a la doncella.

—Lleve esto al gran mariscal Duroc, en mano.

Sintió un alivio inesperado. Napoleón la olvidaría; y aunque Varsovia toda la detestaría, volvería a ser quien había sido hasta Blonie.

Sería la esposa del conde Walewski, la madre de Antoni.

Esa tarde estuvo de buen ánimo. Subió a ver a Anastasio, le leyó unas horas, cenó a su lado y lo acompañó hasta que él se durmió.

A las nueve de la noche escuchó el carruaje. Comprendió entonces que nada había terminado.

—Madame, Su Majestad ha estado de muy mal humor todo el día. Le envía esto —Duroc le extendió un sobre con el sello imperial.

María, con la espalda hacia el mariscal, leyó la nota:

¿Cómo satisfacer la necesidad de un corazón enamorado, que quisiera arrojarse a tus pies con el más vivo de los deseos? ¡Oh, ven, ven! Todos tus deseos serán cumplidos. Querré más a tu patria cuando hayas tenido piedad de mi pobre corazón. 72

—Es importante que me acompañe al palacio —presionó Duroc.

Ella comprendió que una negativa solo significaría otro carruaje al día siguiente, y otro más después. Además, el emperador prometía cumplir sus deseos. Decidió ir con él.

Napoleón la esperaba en el mismo salón, en la penumbra. Sin saludarla, le quitó la capa y la tiró al suelo. Después, le señaló la butaca, pero él permaneció de pie.

—¿Por qué devolvió mi regalo? ¿Es así como una mujer agradece a un emperador la atención que le presta? —había dejado de tutearla.

María apretó los dedos sobre el regazo.

—No quise ofenderlo, Majestad.

—No me ha ofendido. Me ha confirmado lo que ya pensaba.

Ella levantó la vista.

—Ustedes, los polacos, son todos caprichosos. Reciben mis tropas como si trajeran la salvación, pero cuando les pido un regimiento, me dan media compañía. Quieren una patria, pero no están dispuestos a pagar el precio.

Acostumbrado a la sumisión indefectible, la resistencia de esa joven era un desafío que lo seducía, pero también lo irritaba. Continuó levantando la voz.

—¿Cómo justifica su conducta? Le pido que venga, y viene, pero le envío un regalo y me lo devuelve. ¿Cree que puede jugar conmigo?

—No es mi intención, Majestad —sentía que la respiración se le aceleraba.

—Entonces, ¿qué hace? ¿Qué busca?

María entendió que ese era el momento de hablar. Polonia dependía de que ella lo dijera.

—Busco lo que prometió. Quiero una patria —las lágrimas se le acumulaban en los ojos e intentaba no parpadear.

Napoleón se acercó. Metió la mano en la chaqueta y sacó un reloj de bolsillo.

—Madame, escúcheme con atención. Solo yo decidiré si Polonia vuelve a existir.

Miró el reloj, lo levantó y lo estrelló contra el mármol del hogar. El golpe seco la estremeció.

—Así como puedo destruir un reloj con una mano, despedazaré las esperanzas de su país si se empeña en desafiarme —las venas del cuello de Bonaparte se marcaban.

María se deslizó de la butaca y cayó de rodillas sobre la alfombra. Los sollozos le sacudían el cuerpo entero; quería tomar aire, pero no podía. Al verla en el suelo, él pareció volver en sí. Se arrodilló a su lado.

—No llore. No llore, se lo ruego. Yo no quería esto.

María se dejó secar las lágrimas con los pulgares. Permitió que el emperador la levantara. Él la besó sobre los párpados cerrados. Cuando buscó su boca, ella no se apartó. Se aferró a una sola idea, Polonia. Y se entregó.

Más tarde, Bonaparte le puso la capa sobre los hombros y llamó a Duroc, que esperaba en el corredor.

—No le temas al águila, mi dulce paloma —le rozó la sien con los labios—. Acabarás por amarme. Yo sabré esperar.

María se sentó en el carruaje apretando las manos contra las rodillas para que no le temblaran. Cuando llegó a la casa, se desnudó en la oscuridad. Se metió en la cama e intentó rezar, pero no recordaba las palabras.

Al día siguiente, Anastasio partió hacia Walewice. No preguntó dónde había estado María la noche anterior. Ella lo despidió con un beso en la frente y la promesa de visitarlo pronto.

Durante el viaje, el conde releyó varias veces la carta que un edecán le había entregado temprano en la mañana.

Una nota cortés en la que Su Majestad le agradecía los servicios prestados y le informaba que, en adelante, solo requeriría la presencia de la condesa Walewska en Varsovia.

Debía salir de la ciudad. Anastasio, que había servido al último rey de Polonia, sabía reconocer una orden.

Esa tarde, María se sentó frente al espejo para arreglarse. La mujer que la miraba no era la joven de Blonie. Por la noche volvió al castillo.

El ritual se repitió cada noche durante las semanas que el emperador permaneció en Varsovia.

María distinguía el sonido del carruaje y podía calcular los minutos exactos que tardaba la doncella en anunciar a Duroc.

Después él la saludaba y subían al coche.

Reconocía la esquina donde las ruedas hacían un sonido pesado y a los guardias que custodiaban la entrada lateral.

Todo era rutina, salvo el corazón, que latía un poco más deprisa con cada visita. María sentía que se estaba enamorando.

En cuanto Duroc cerraba la puerta, Napoleón la besaba con hambre y ella respondía con intensidad.

Una noche, él no la besó. La apoyó contra la casaca y la estrechó contra el pecho. María respiró la colonia impregnada en la tela.

—Ha sido un día muy largo.

—Cuéntame.

—No quiero hablar de política. Siéntate aquí, a mi lado.

Se sentaron en un sofá frente al hogar y contemplaron el fuego hasta que Napoleón habló.

—Hoy hace veintidós años que murió mi padre.

María le acarició la mejilla. Él continuó:

—Yo estaba en la escuela militar, en Brienne; tenía quince años. Me lo dijo el rector en un pasillo.

A ella le costaba reconciliar al hombre que daba órdenes a millones de soldados con el chico solo en un corredor de la escuela, oyendo que su padre había muerto.

—Mi madre quedó con ocho hijos. Yo era el segundo, pero José nunca sirvió para mucho. Terminé la carrera. Vivía solo con pan y café; enviaba todo mi salario a mi familia.

—El mío murió cuando yo tenía siete. Los rusos. Mi madre tuvo que criar cinco hijos y las deudas crecían. Por eso me casé con Anastasio.

—Lo sé. Somos dos huérfanos. Yo a los quince, tú a los siete.

A la joven se le cerró la garganta. Él continuó:

—Nadie sabe cuánto lo extraño ni lo que daría porque me viera hoy. Ni siquiera mis hermanos lo comprenden.

Ella también seguía esperando, muchas veces, oír la voz de su padre llamarla.

Esa noche no hicieron el amor. Hablaron de los recuerdos familiares hasta que Duroc los interrumpió.

De regreso, María sacó el cuaderno ocre y lo abrió en la página donde a los catorce años había escrito con letra prolija: Él nos dará una Polonia libre.

Tomó la pluma y escribió debajo: Y yo haré que jamás se sienta solo.

Cerró el cuaderno. Esa noche no rezó por Polonia; rezó por el niño del pasillo de la escuela en Brienne.

A partir de entonces llegaron otras noches largas, hechas de conversaciones hasta el amanecer, mientras la confianza crecía entre ellos. Afuera, la primavera empezaba a insinuarse. Con ella volverían las campañas.

Una noche de fines de marzo, Napoleón la hizo pasar a un gabinete donde María jamás había entrado.