Amantes del poder 7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #3
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7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #3

—Ese, Ana.

—Permítame al menos sugerirle la gargantilla de brillantes. Le añadirá presencia.

—No quiero joyas.

Pidió un peinado sencillo, recogido bajo una corona de hojas frescas. Por último, sacó un rosario de madera oscura, regalo de comunión de su madre, y lo escondió bajo el corpiño, contra la piel.

Anastasio la esperaba muy elegante en su uniforme de gala. Tenía la cara enrojecida por el ponche caliente que había bebido para soportar el frío y mitigar la espera.

—Pareces una niña con ese peinado. ¿Dónde está tu gargantilla? ¿Y por qué no te has puesto el vestido azul que te favorece tanto?

—Tú me enseñaste que la mayor elegancia está en la sencillez.

El conde intentó persuadirla para que se cambiara, pero se había hecho demasiado tarde. Partieron.

El palacio Pod Blachą, a orillas del Vístula, había sido transformado por el príncipe Poniatowski a la moda parisina: paredes en verde pálido, molduras doradas y espejos de pared a pared.

Esa noche recibía a cuatrocientos invitados, los más importantes de la sociedad polaca, ansiosos por codearse con Bonaparte.

Llegaron tarde y Anastasio se irritó al enterarse de que el emperador ya había ingresado al baile. Iba a reprocharle a su mujer la tardanza cuando los interrumpió un joven oficial.

—Madame Walewska, Su Majestad solicita el honor de bailar la siguiente polonesa con usted.

María sintió el rosario moverse bajo el corpiño al ritmo de su respiración. Miró a su esposo.

—Será un honor, capitán —respondió el conde por ella.

María se sentía mareada. Siguió al oficial sin levantar los ojos de la punta de sus zapatos blancos.

En el centro del salón la esperaba Napoleón.

Llevaba una casaca de terciopelo oscuro sobre la que resaltaba la cruz de la Legión de Honor.

Le dedicó una sonrisa amplia y deslizó la mirada hasta detenerse en la piel pálida del escote desnudo.

Los invitados se acomodaron alrededor de la pareja. El emperador la tomó de la mano y el aroma a colonia de romero la envolvió.

Bonaparte era mal bailarín. Se adelantaba a la música y, en un par de ocasiones, le pisó los pies. María no lograba seguirlo y la cabeza le daba vueltas. A mitad del baile, él se inclinó y murmuró:

—Blanco sobre blanco no va, madame.

María tardó un instante en comprender que hablaba de su vestido. Sintió el calor subir por las mejillas. La mano del emperador apretó un poco más sobre sus dedos.

—Éste no es el recibimiento que esperaba, condesa —no ocultó su decepción.

Napoleón la apartó apenas y la soltó con brusquedad. Dio media vuelta y abandonó el salón. María quedó sola en el centro de la multitud. La música cesó.

Anastasio se abrió paso, tomó a su esposa del brazo y la llevó hasta una ventana entreabierta. Le puso una copa de champagne en la mano, pero ella no bebió. Sentía las miradas fulminantes y escuchaba las risas ahogadas de unas mujeres a sus espaldas.

—Lo desairaste una vez más. Había cuatrocientas personas pendientes de ustedes. Nuestro nombre está en boca de todos —murmuró con rabia contenida.

Ella miró las burbujas que subían en línea recta y estallaban en la superficie. Deseó poder desvanecerse con la misma facilidad. El conde le quitó la bebida y tomó un sorbo.

—Vamos a casa.

Salieron por una puerta lateral sin despedirse de nadie. En el coche, María seguía viendo el rostro sonriente de Napoleón. Cerró los ojos para contener las lágrimas. Cuando volvió a abrirlos, encontró en la ventana su reflejo pálido bajo la corona de hojas.

Varsovia,

21 de enero de 1807

María despertó con la primera luz de la mañana. La doncella había dejado el desayuno junto a un sobre. Se sentó bajo la ventana, tomó un sorbo de té, y leyó la nota.

No veo a nadie más que a ti. No admiro a nadie más que a ti. Deseo una respuesta que apacigüe mi ardor impaciente. 68

N.

Cuando la doncella le contó que la carta había llegado a las tres de la mañana pensó que Blonie había sido un error grave; jamás debería haber ido. Tenía que convencer a Anastasio de regresar a Walewice de inmediato. Quería alejarse de Napoleón.

Al mediodía, el mayordomo la encontró en la biblioteca.

—Madame, el príncipe Poniatowski desea verla.

—Debe estar aquí por el conde. Avísale a mi marido.

—El conde sigue en cama. Anoche tuvo otro ataque de gota. Y el príncipe preguntó por usted.

María encontró a Poniatowski en la sala de música. Lo notó preocupado.

—Madame Walewska, perdóneme por venir sin anunciarme.

—Príncipe, soy yo la que le debe una disculpa por haberme retirado del baile sin saludarlo. Me sentí mal de repente.

Él esperó a que el mayordomo cerrara la puerta.

—Anoche el emperador no durmió. Esta mañana antes de las seis había recibido a tres ministros y a dos generales. Con ninguno habló de política; solo habló de usted.

María se ruborizó.

—Yo…

—Déjeme terminar, madame. Lo que debo decirle no es fácil.

Ella se sentó.

—El emperador decidirá el destino de Polonia en las próximas semanas. Cada palabra pesa; cada gesto también. Y en este momento, en su mente solo está usted. No vengo por mí, madame, sino por todos los que anoche vieron cómo la miraba.

—Parece olvidar que soy una mujer casada.

—Madame, le hablo como polaco. Hay millones de personas esperando que Bonaparte nos devuelva una patria. Usted tiene dos hermanos en su ejército y un hijo que puede crecer en un país o hacerlo en una provincia. No es nada que no sepa, pero le pido que entienda la gravedad de la situación.

María estrujó sus manos. Poniatowski bajó la voz.

—Un desaire como el de anoche podría costarnos caro.

—¿Mi marido sabe que ha venido?

—Su marido es un patriota.

Afuera nevaba. María se acercó a la ventana y observó los copos caer en silencio.

El noble insistió:

—Polonia está en sus manos, madame.

María miró el retrato de Anastasio colgado sobre el hogar.

—Príncipe, déjeme sola, por favor.

Él inclinó la cabeza, y antes de salir, agregó:

—Rezo para que vea con claridad, madame.

Ella no se movió hasta oír el carruaje alejarse. Después subió a su habitación, sacó la carta y la leyó otra vez. “Deseo una respuesta”, exigía el emperador. No la tenía.

Las visitas no cesaron en toda la mañana. El salón se llenó de uniformes, de botas húmedas de nieve, de voces que se superponían al verla aparecer. Los nobles polacos estaban allí porque María representaba una esperanza para la patria.

—Si hubiera nacido hombre, señora, habría dado la vida por Polonia. Pero Dios la ha hecho mujer. Hay sacrificios que solo una mujer puede ofrecer.

—Piense en Esther. No fue el amor lo que la llevó ante Asuero. 69

—La suerte de la nación entera depende de un gesto suyo.

Buscó a Anastasio con la vista. Estaba junto a la ventana, asintiendo a cada frase. Miraba a los hombres que mencionaban a Polonia con emoción. Incapaz de contener las lágrimas, María se disculpó y se refugió en su habitación.

Una hora más tarde, la doncella llamó a la puerta. Otra visita imperiosa la buscaba.

—Madame, el mariscal Duroc.

—Dile que no puedo recibirlo.

—Insiste en que es urgente. Pregunta si hay respuesta para el emperador.

María llegó al recibidor sin disimular el fastidio. Duroc la saludó con frialdad y le tendió un sobre lacrado. Ella lo abrió con un temblor en las manos.

¿Os he disgustado, madame? ¿Me he equivocado? Arruinas mi reposo. Dale un poco de esperanza al corazón que querría adorarte. ¿Es tan difícil dar una respuesta? Me debes dos.

N. 70

—Madame, tengo órdenes de no irme sin una contestación —el mariscal frunció el ceño.

—La tendrá. Aguarde aquí, por favor.

La condesa se encerró en la biblioteca. Con la hoja en blanco sobre el escritorio pensó en Antoni, dormido en Walewice, y en sus hermanos en el frente. Volvió a oír la frase del príncipe: “Polonia está en sus manos”.

La pluma le temblaba. Apenas logró escribir: Su Majestad: Gracias por sus misivas. No firmó. Volvió al recibidor, entregó el sobre al mariscal y regresó a la sala donde los nobles aun discutían. Caminó hasta el centro de la habitación y bajó la vista. Pensó en su padre, muerto defendiendo Polonia.

—Hagan de mí lo que quieran —dijo en voz apenas audible.

El salón se deshizo en bendiciones. Anastasio la estrechó, satisfecho, y le susurró que era una buena polaca. Ella lo dejó hacer.

A las ocho de la noche, la doncella anunció que el mariscal Duroc estaba de regreso.

María bajó al recibidor.

—Madame, el emperador me ha encomendado conducirla hasta el castillo real.

Le tendió una capa de piel y un velo oscuro.

—Para que no la vean —dijo mientras la ayudaba con el abrigo.

Subieron al carruaje. El trayecto al castillo fue breve.

Al llegar, el coche entró por un portón lateral.

Adentro, el mariscal la guio por un laberinto de pasillos hasta un pequeño salón.

Se acercó a la mesa donde esperaban un botellón de vino y dos copas, junto al hogar ardiente.

María no se atrevió a sentarse en las butacas de terciopelo.

—Su Majestad estará con usted enseguida —la dejó sola.

María se acercó a la ventana que daba a una plaza. Abajo, la gente bailaba alrededor de hogueras encendidas en honor del emperador. Le llegó el sonido lejano de un violín que tocaba una mazurca. ¿Y si todo aquel pueblo bailaba por nada? La duda la angustió.

Media hora más tarde, oyó pasos. Se acomodó el cabello sin pensarlo. Napoleón entró solo. Cruzó la habitación hasta la ventana y cayó a sus pies.

—Madame, por favor no me tema. Aquí no hay un emperador; solo un hombre enamorado.

María miró el águila bordada en la casaca del uniforme; llevaba once años esperando con ansiedad a esa águila para que devorara a quienes se habían repartido su país.

Napoleón la sentó en una butaca y se paró detrás. Le rozó el hombro con el dorso de la mano e intentó besarle el cuello. María se levantó de un salto e intentó correr hacia la salida.

Bonaparte la alcanzó antes y la tomó por la muñeca con firmeza.

—Madame, ¿va a huir como una niña?

—Suélteme, señor. Se lo ruego.

La soltó al instante. María, apoyada contra la puerta todavía cerrada, temblaba. Él se alejó y regresó a las butacas.