7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #2
El carruaje avanzaba bajo una nevada fina.
El barro hacía resbalar a los caballos en las curvas.
María se había calzado el gorro de piel negra hasta las orejas y se cubría la falda con una manta para combatir al intenso frío dentro del coche.
El conde había desistido de viajar a último momento: otro ataque de gota.
Dispuso que una prima suya, Otilia, la acompañara; no debían perderse la entrada del emperador en territorio polaco.
La mujer hablaba sin pausa; María fingía escucharla, aunque su mente estaba en otra parte.
Al mediodía llegaron a la posta de Blonie, un edificio bajo de madera oscura, con una caballeriza y una taberna. Un centenar de personas esperaban el inminente paso de Bonaparte.
El cochero se apeó, habló con el tabernero y regresó al carruaje.
—Está a unos diez minutos, madame —le comunicó a María al abrirle la portezuela.
Las mujeres descendieron. El frío les golpeó la cara y Otilia sugirió regresar al coche.
—Lo podrás ver desde la ventanilla, María. No te metas entre la gente. Te van a aplastar.
—¡No he venido hasta aquí para ver el barro de sus ruedas! Quiero ver de cerca al emperador.
Caminó hasta donde la multitud se apretaba contra una cuerda tendida para mantener la entrada despejada. Otilia no la siguió. María empujó entre la muchedumbre, a pesar de los codazos y del lodo que arruinaba sus botas. Quería ubicarse delante de todos.
Primero apareció la escolta imperial y detrás, un coche tirado por seis caballos embarrados. Se detuvieron frente a las caballerizas para cambiar los animales. La gente se apretó contra la cuerda. María se apretó contra la gente.
Del carruaje bajó un hombre de unos treinta años, con uniforme verde oscuro y un sombrero de dos picos bajo el brazo. Miró alrededor, se alzó el cuello del capote y se dirigió al edificio. Al pasar cerca, María gritó en francés:
—¡Monsieur! ¡Por la gracia de Dios, concédame un instante ante Su Majestad!
Él se detuvo. La encontró entre el gentío: una joven rubia, con el gorro ladeado por los empujones. Hizo una seña y los polacos que la rodeaban se apartaron.
—Madame —le tendió el brazo.
Ella se dejó guiar. Las piernas le flaqueaban, se aferró a su acompañante para no caer. A lo lejos Otilia chillaba su nombre.
Al llegar al carruaje; el mariscal Duroc se inclinó hacia adentro.
—Majestad, esta joven ha desafiado a la multitud por verlo.
Una voz respondió algo que ella no alcanzó a comprender y el soldado se apartó para dejarla pasar. María se asomó al interior del coche; olía a cuero. Allí, sentado, estaba Napoleón Bonaparte.
El emperador tenía treinta y siete años. Ella lo vio más joven, el cabello oscuro peinado hacia adelante enmarcaba la piel aceitunada sin arrugas. Los ojos, de un gris acerado, la atravesaron sin remedio.
—¡Sea bienvenido, Majestad; mil veces bienvenido a esta tierra de héroes que lo espera para alzarse!
No supo cómo le habían salido esas palabras. La cara le ardía; intentó retroceder, pero el cuerpo no le obedeció.
Él recorrió las facciones; la piel blanca, casi transparente, el cabello desordenado, las pestañas oscuras, húmedas por la emoción.
—¿Cómo se llama, madame? —preguntó Bonaparte, con una sonrisa en los labios.
—María Walewska, señor.
—Una polaca que sabe lo que quiere.
Se inclinó hacia el asiento de enfrente, donde amontonaba los obsequios que recibía en el viaje. Tomó unas flores atadas con cinta blanca, y le tendió el manojo. Antes de soltarlo, le apretó los dedos.
—Guárdelo, madame. La veré en Varsovia para hablar de Polonia —una invitación que sonó a orden. Luego hizo una seña al hombre del capote, que subió al coche, y el carruaje siguió camino.
María vio una mano agitar el sombrero por la ventanilla hasta desaparecer. Quedó clavada en el lugar con el ramillete apretado contra el pecho mientras la multitud se dispersaba. Otilia se acercó y la sacudió.
—María, ¿me oyes?
Ella seguía con la vista fija en el camino vacío.
—Vamos. Cada vez hace más frío —insistió la prima.
En el carruaje, María extendió un pañuelo de lino sobre el regazo y envolvió las flores. Otilia no cesaba de hablar; quería saber qué le había dicho Bonaparte, si era atractivo, por qué le había hecho un regalo. Ella respondió con monosílabos hasta que su acompañante comprendió y calló.
Llegaron a Varsovia de noche. Anastasio dormitaba junto al fuego. María le besó la frente, y le agradeció por haberle permitido viajar. Le dijo que el emperador era todo lo que había imaginado. El conde sonrió sin abrir los ojos. Ella lo dejó dormir y subió a su recámara.
Cerró la puerta con llave y desplegó el pañuelo sobre la cama. Allí estaban los cinco capullos blancos, la cinta arrugada y el recuerdo obstinado de aquel roce a través del guante. Guardó el regalo de Napoleón en el cajón junto al cuaderno ocre.
Esa noche durmió con la vela encendida, como símbolo de esperanza por el futuro.
Varsovia,
7 de enero de 1807
El palacio real, cerrado durante años, reabrió sus puertas para recibir al emperador de Francia. Desde los muros, los retratos de los antiguos monarcas polacos observaban a la alta sociedad reunida para conocerlo.
Los Walewska figuraban entre los invitados más distinguidos.
Anastasio había elegido para su esposa un vestido de seda verde esmeralda.
La doncella le recogió el cabello y le ajustó una gargantilla familiar de zafiros y diamantes.
María se miró en el espejo: esa noche volvería a ver a Napoleón, no entre la multitud, sino como condesa.
Había ensayado una frase en francés sobre Polonia para el momento de la presentación. Pensaba decirla mirándolo a los ojos.
A las nueve y media, Bonaparte entró escoltado por sus mariscales. Atravesó el salón sin detenerse hasta el estrado del fondo. La orquesta interpretó una polonesa y, al terminar, comenzó la presentación oficial.
Las damas avanzaban de a una para hacer una reverencia ante el emperador y retirarse. Cuando le llegó el turno, María se inclinó. Al alzarse, se encontró con los ojos grises fijos en ella. La frase que había ensayado murió en su garganta. Bajó la cabeza y regresó a su lugar.
El conde le susurró que lo había hecho muy bien.
Mientras las presentaciones se sucedían, ella vio al hombre que la había acercado al carruaje en Blonie hablar con el emperador.
Enseguida el caballero descendió del estrado y las miradas de los invitados lo siguieron.
Cruzó el salón hasta detenerse frente a los Walewska.
Anastasio se acomodó el cuello del uniforme.
—Soy el gran mariscal Duroc —saludó al conde. Luego se volvió hacia María.
—Madame, ¿me permite?
La apartó unos pasos y le habló en voz baja. Ella inclinó la cabeza para escuchar.
—Su Majestad ansiaba volver a verla. La esperaba con impaciencia —miró de reojo al conde—. Cuando vio llegar a su marido murmuró: “Pobre hombre” —le susurró.
María se volvió hacia Anastasio, erguido en su uniforme de chambelán, con las condecoraciones brillando en el pecho. “¿Cómo se atreve el emperador a compadecerlo?”, pensó. Duroc continuó:
—Su Majestad desea abrir el baile con usted.
Un frío repentino la recorrió. El salón empezó a desdibujarse.
—Señor, agradezca al emperador el honor. Me temo que no me siento bien. Le ruego que me disculpe.
Duroc no insistió y regresó al estrado.
Anastasio se acercó.
—¿Qué te ha dicho?
María pensó: “Te llamó pobre hombre”, pero calló. En cambio, dijo:
—El emperador me ha invitado a abrir el baile con él. Me he excusado. No me siento bien.
—¿Por qué? ¿Cómo se te ocurre rechazarlo?
—Porque me tiemblan las piernas. No habría podido bailar. —Mintió; no podía hacer otra cosa.
—María, ¿te das cuenta de lo que acabas de hacer?
—Por favor, llévame a casa.
—Será lo mejor —asintió el conde.
En el carruaje, Anastasio recuperó la calma:
—Quería que fueras la reina de la noche. Toda Polonia te miraba. Hubiera estado tan orgulloso de ti —le tomó la mano, y tras un silencio breve, volvió a hablar—. Duroc te dijo algo más.
Ella no respondió.
—No me lo cuentes si no quieres, pero dime una cosa: ¿te faltó el respeto?
—Quiero llegar a casa y dormir. No me siento bien.
Él no le soltó la mano durante el resto del viaje.
María subió a su habitación, se desvistió y apagó la vela. En la oscuridad revivió la escena una y otra vez. Los ojos de acero. Duroc cruzando el salón. “Pobre víctima”.
Había llegado a Varsovia en busca del hombre invencible que le devolvería un país para su hijo. Pero él no quería hablarle de Polonia, y ni siquiera se molestaba en disimularlo.
Varsovia,
15 de enero de 1807
La invitación llegó en un sobre lacrado con el sello del palacio Pod Blachą. Anastasio subió al cuarto de María con la noticia. Ella estaba en cama desde la recepción imperial. Llevaba días con las cortinas cerradas, sin probar más que caldo.
—Estamos invitados al baile que el príncipe José Poniatowski ofrecerá el martes en honor del emperador.
María no tomó la invitación.
—Sigo enferma.
—Llevas varios días igual.
—Es el frío.
Anastasio se sentó al borde de la cama, vencido por la gota.
—No acepto más excusas. María, mírame. No sé qué pasó aquella noche, pero no podemos desairar al príncipe.
—Dile que estoy enferma.
—No puedo. Es sobrino del último rey de Polonia y ocupará un lugar decisivo si volvemos a ser independientes. Tenemos que asistir.
—Tengo miedo.
—¿Miedo de qué?
Ella volvió el rostro hacia la pared.
—Iremos. Hazte a la idea y prepárate —ordenó.
El martes por la mañana, María fue a misa con su doncella, pero no oyó el sermón. Arrodillada en un banco, rezó para que Napoleón no asistiera al baile, segura de que la plegaria no sería atendida.
Al volver, encontró dos vestidos extendidos sobre la cama: uno de terciopelo azul oscuro, el favorito de Anastasio, y otro color crema con bordados de plata que él había encargado en París para ella. María ordenó a su doncella guardarlos y sacar de un baúl una túnica de raso blanco.
—Madame, es de cuando usted era soltera. No es un vestido digno de una condesa.