Amantes del poder 7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte
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7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte

Kiernozia,

E l cuaderno tenía tapas de cartón forradas en tela ocre.

María Laczynski lo había cosido con prolijidad.

Recortaba las noticias con la tijera de bordar y después las pegaba con engrudo sobre las páginas ásperas.

Las cuidaba como reliquias. Bajo cada una, en caligrafía prolija, anotaba algunos pensamientos: “El general Bonaparte ha cruzado los Alpes. Lo imagino victorioso sobre el corcel”.

Soñaba con que tarde o temprano él castigara a los rusos que habían matado a su padre siete años antes.

De Mateo Laczynski le quedaban dos cosas: el recuerdo de los brazos fuertes levantándola en el aire y el grito seco de su madre la mañana en que llegó la noticia fatal desde el frente.

A partir de entonces, Eva Laczynski se hizo cargo sola de los cinco hijos, y la falta de dinero comenzó a notarse pronto.

Las molduras del cielorraso se desprendían en escamas sobre las alfombras raídas.

Al atardecer, todos debían alejarse de las galerías para evitar a los murciélagos, ocultos entre las tejas rotas.

Para afrontar los gastos vendió algunos muebles, pero conservó los que mantenían las apariencias, como el piano del salón.

Los nobles venidos a menos, insistía la mujer, tenían la obligación de no parecerlo.

A los catorce años María conservaba el encanto de la infancia, con una contextura pequeña y aspecto frágil.

Las mejillas pálidas se ruborizaban ante cualquier mirada intensa.

Eva decía que era la más bella de sus tres hijas, pero que jamás serviría para administrar una casa.

La joven lo aceptaba; no le interesaban las tareas domésticas, sino lo que sucedía en Europa.

Seguía atenta las noticias políticas y rezaba todas las noches.

Primero por los hermanos ausentes, luego por la patria que tanto anhelaba y, por último, por Napoleón.

El ritual culminaba con una mazurca que entonaban los soldados polacos; su hermano Teodoro se la había enseñado el verano anterior.

Para ella, aquellos versos eran una plegaria.

Una noche de invierno, subió a la habitación con la última gaceta.

Se sentó sobre la cama y la desplegó con cuidado.

Un artículo informaba que Bonaparte había derrotado al imperio austríaco; recortó la noticia y la pegó en el cuaderno.

Estaba a punto de escribir algo, cuando Honorata asomó la cabeza.

—Madre dice que apagues la vela. La cera cuesta y es tarde.

—Ya voy —respondió de mala gana, con la pluma en la mano.

Su hermana no se movió. Miró el cuaderno abierto.

—¿Qué anotas?

—Nada. Una fecha.

La niña frunció el ceño, se encogió de hombros y cerró la puerta. María escuchó los pasos alejarse y escribió rápido debajo del recorte: “Él nos dará una Polonia libre”.

—¿Todavía con la luz encendida? —la voz de la madre llegó desde el corredor.

Cerró el cuaderno y lo puso bajo la almohada. Sopló la llama.

Afuera, la nieve caía sobre los robles pelados. Adentro, María cantaba para sí: “Cruzaremos el Vístula, cruzaremos el Varta, seremos polacos. Bonaparte nos ha dado el ejemplo”. 67

Otoño de 1804

A los diecisiete años, María se había convertido en una joven cautivante.

El cabello rubio oscuro caía en bucles cuando lo soltaba por las noches.

Las nuevas curvas tensaban las costuras de los vestidos, por lo que la madre le había adaptado algunos de los suyos.

Al hablar transmitía una serenidad que muchos confundían con docilidad.

Una tarde después del almuerzo, Eva la llamó a la biblioteca que daba al jardín. La joven notó el ceño materno severo.

—Siéntate. Hay algo que necesito que sepas. El conde Anastasio Colonna-Walewski ha pedido tu mano. Fue el chambelán del último rey, es muy rico y, lo más importante, está dispuesto a tomarte sin dote.

María miró por la ventana en silencio. Afuera, el jardín tenía el color apagado de noviembre. La madre continuó.

—Esta cosecha ha sido peor que la anterior. Si no aceptas, no sé qué será de tus hermanas. No puedo educarlas como Laczynski en estas condiciones.

—¡El conde tiene casi setenta años! —se quejó con mezcla de espanto y de súplica.

—Y un nombre que detendrá a los acreedores. No te pido que lo ames. Yo me casé por amor y mira dónde estamos. Cásate y salva a la familia.

—Hasta sus nietos son mayores que yo —se puso de pie.

—Sí, lo sé.

—¿Y si me niego?

—Honorata y Catalina deberán trabajar como doncellas en alguna casa. Será una deshonra para la familia —sentenció con tono helado—. Y tendré que vender el piano.

María se acercó. Notó los huesos en las manos de su madre; las cubrió con las suyas.

—Dile que acepto.

Esa noche permaneció inmóvil, con la mirada fija en el techo. Pensaba en el futuro de sus hermanas; ella era lo único que la familia tenía para ofrecer. Cuando oyó la respiración acompasada de las niñas lloró contra la almohada hasta el amanecer.

Al día siguiente, tomó un pañuelo de lino bordado por su abuela, puso el cuaderno ocre en el centro, lo envolvió y lo guardó en el fondo de un baúl de viaje. Si debía dejar Kiernozia, sus pocas esperanzas de libertad irían con ella.

A pedido de la novia la boda fue íntima.

Tras la ceremonia, el conde Walewski la besó en la frente y solo dijo una frase: “Gracias, mi querida”.

María reparó en las líneas alrededor de los ojos hundidos y contuvo las ganas de llorar una vez más.

Se despidió de su madre con un abrazo breve.

Honorata se aferraba a ella, impidiendo su partida.

Eva las separó y los recién casados subieron al carruaje.

Kiernozia quedó atrás. El conde se durmió, vencido por el traqueteo. La cabeza le caía hacia un lado y de los labios le colgaba un hilo de baba. Cada tanto, dejaba escapar un resoplido. Ella apoyó la frente contra el vidrio frío y miró pasar los campos desnudos.

Al caer la tarde, el castillo de Walewice surgió imponente entre la arboleda.

Un séquito de sirvientes aguardaba en la escalinata de mármol a la nueva condesa.

María, abatida, no se fijó en los saludos, ni en las alfombras persas de los salones ni en los muebles de caoba importados de París.

Apenas le fue posible, se excusó y se encerró en su habitación nueva para llorar.

Anastasio atribuyó el retraimiento a las emociones del día y la dejó descansar.

La pareja pronto se acomodó a una rutina apenas interrumpida por las visitas ocasionales de los nietos del conde.

Después del almuerzo, él se retiraba a la biblioteca para atender asuntos o dormitaba en el sillón de la sala de música hasta la hora del té.

María pasaba el tiempo bordando en alguna estancia con vistas a los jardines.

La mayoría de las noches cenaban solos y se retiraban temprano.

Subían juntos las escaleras hacia sus habitaciones y algunas veces él le apoyaba la mano fría y huesuda en la nuca para guiarla a su propia recámara.

Ella cumplía con lo que se esperaba de una esposa, pero apenas Anastasio se dormía, se escabullía a su cama.

Aunque el marido la trataba con cortesía, la vida monótona la asfixiaba. Solo la sacaban del tedio las conversaciones con novedades sobre la situación política en Europa. El conde, culto y experimentado, seguía con atención las noticias sobre el ejército francés.

—Anastasio, ¿es verdad que Bonaparte se ha hecho coronar emperador por el papa?

—Sí, pero le sacó la corona de las manos y se la puso solo.

—¿Y eso qué quiere decir?

Él sonrió.

—Quiere decir, mi querida, que es demasiado ambicioso.

Irritada, María fingió concentrarse en el bordado. Su esposo estaba equivocado; el Napoleón en el que ella creía no era así.

Al año de la boda, nació Antoni. Aunque Anastasio quiso contratar una nodriza, ella insistió en amamantar a su hijo.

Le cantaba canciones de su infancia y le tarareaba la mazurca que le había enseñado Teodoro.

Pero cada vez que lo sostenía en brazos, una pregunta la asaltaba: “¿Qué será de él?”.

Era polaco de sangre, aunque su patria no existía en los mapas.

Vivían bajo dominio prusiano y el idioma oficial era el alemán.

Por eso, en octubre de 1806, al leer sobre la derrota de Prusia en Jena, sintió una alegría profunda.

Napoleón había vencido en pocas horas y el rey Federico Guillermo III había huido de Berlín.

Unos días más tarde, Anastasio le contó que la caballería francesa había entrado en Varsovia y que la ciudad se preparaba para la inminente llegada del mismísimo Bonaparte.

—Debemos sumarnos a la comitiva de bienvenida. Prepárate para viajar.

—¿Cuándo partimos? —preguntó, incapaz de disimular el entusiasmo.

—Mañana mismo. El tiempo apremia.

—¿Liberará Polonia?

—Depende, mi querida. El emperador no hace nada que no le convenga a Francia.

—Pero los polacos pelean para él; mis hermanos pelean para él.

—Eso no significa que esté en deuda con nosotros. Significa que sabe usarnos.

—Pero tendrá que prometer algo a cambio de nuestro apoyo —insistió María—. No puede pedir sacrificios y luego dejarnos solos.

El conde apoyó la copa. Lamentaba desengañarla.

—Bonaparte no pide sacrificios: los acepta. Solo si logramos convencerlo de que nuestra causa beneficia a Francia, quizá volvamos a tener una Polonia independiente.

—Entonces habrá que convencerlo.

Esa noche, Anastasio la invitó a dormir con él.

Cuando giró sobre el colchón y soltó un ronquido, ella se incorporó.

Caminó descalza sobre el mármol helado hasta su dormitorio.

Sacó el cuaderno ocre y pasó las páginas hasta llegar a la leyenda: “Él nos dará una Polonia libre”.

Y ella se iba a asegurar de estar allí para presenciarlo.

Posta de Blonie,

1 de enero de 1807