6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #7
Lo que el Duce más temía era lo innegable: que ella había ayudado a fabricar al Mussolini que el mundo conocía, que le había enseñado a no limpiarse la boca con la manga, que había corregido sus artículos y pulido sus discursos.
Que había transformado al agitador socialista en el estadista que aparecía en las fotografías.
Nadie conocía mejor que ella la distancia entre el hombre y el mito.
De inmediato, ordenó que se llevaran adelante negociaciones secretas, sin papeles.
Amedeo en Montevideo y Fiammetta en Roma se reunieron con emisarios de confianza del régimen.
El hombre más poderoso de Italia pactaba con una exiliada de cincuenta y ocho años, que por primera vez estaba dispuesta a escribir contra él y no para él.
Margherita había perdido el amor, el lugar, el país.
Todavía conservaba el arma más filosa: las palabras.
Buenos Aires,
primavera de 1940
La voz de Victoria Ocampo la trajo de vuelta al salón.
—La esperan, señora Sarfatti.
Margherita alisó su vestido y caminó hacia el atril.
Habló del Renacimiento, de la luz en los maestros venecianos, de los pinceles que atravesaron los siglos hasta crear el Novecento.
No mencionó a Mussolini ni las cartas guardadas bajo llave.
Era mejor así. Italia estaba en guerra, y del otro lado del océano, en Roma, vivían su hija y sus nietos.
Cada palabra de más podía costarles la vida.
Los años en Buenos Aires estuvieron marcados por el silencio.
Se alojaba en el hotel Continental, donde escribía sus memorias en secreto.
64 Vivía de los diamantes que había sacado de Italia y que vendía de a uno, a medida que necesitaba.
Controlaba los gastos como nunca había tenido que hacerlo.
La vigilaban; Margherita lo sabía y se cuidaba.
Tenía un pacto tácito con aquel hombre que aún podía hacerles daño a los suyos: ella callaba, él los dejaba vivir.
Por las mañanas leía los diarios en un café sobre la Avenida de Mayo y seguía los acontecimientos en Europa con angustia.
En junio de 1940, Italia entró en la guerra del lado de Alemania, como ella había temido aquella tarde en el salón del Mapamundi.
Ya no sabía qué desearle a su patria: la derrota era dolorosa, pero la victoria entregaba Italia a Hitler.
En 1943 Mussolini cayó, y por un momento ella se sintió en libertad de hablar. Pero cuando los alemanes ocuparon Italia, el miedo volvió, peor que antes. Fiammetta y los niños seguían al alcance de los nazis y de los fascistas que quedaban.
No pudo proteger a toda su familia. En octubre las SS lanzaron una redada contra los judíos de Roma y se llevaron a más de mil personas en una sola madrugada.
Fiammetta y los suyos lograron esconderse a tiempo.
La escena se repitió en Venecia. Nella, su hermana mayor, y su marido murieron en un tren rumbo a Auschwitz.
Margherita recibió la noticia en Buenos Aires, semanas más tarde.
Ella, que había leído las señales antes que nadie, que le había suplicado a su propia hija que huyera, no había podido proteger a su hermana.
Debajo de la culpa, un miedo concreto: Fiammetta seguía en Roma, a merced de los mismos trenes de la muerte.
Margherita no podía hacer más que seguir callando.
Miró el Río de la Plata, de un pardo al que no se acostumbraba, y, por primera vez, lloró sin consuelo.
Después de que los partisanos fusilaran a Mussolini en abril de 1945, Margherita publicó sus recuerdos en el diario Crítica de Buenos Aires: catorce artículos en español, que los argentinos leyeron un invierno. Por fin podía hablar. Y lo primero que hizo con esa libertad fue defenderse.
Contó lo que podía soportar contar, y calló lo demás.
Margherita partió de Buenos Aires en julio de 1947.
Eligió regresar a Italia. Tenía sesenta y siete años y había vivido los últimos siete exiliada, entre Argentina y Uruguay.
En Montevideo quedaban Amedeo y su familia; en Roma la esperaban Fiammetta y sus niños.
Mussolini llevaba dos años muerto. Los partisanos lo habían colgado de los pies junto a Claretta Petacci en una plaza de Milán, para que los italianos lo vieran vejado en la ciudad donde todo había comenzado.
No escribió una sola línea de duelo por él; ya había enterrado al socialista, al amante, y al estadista mucho antes que sus compatriotas.
Margherita volvió a Il Soldo y se entregó otra vez al arte.
Recibió a unos pocos amigos, vio crecer a los hijos de Fiammetta y dejó que los días se deslizaran sin prisa.
Murió en su lecho en 1961. En el ático de su casa quedaron las memorias escritas en América y las cartas de Benito, que habían cruzado el océano con ella, de ida y de vuelta.
Cualquier editor habría pagado una fortuna por ellas.
Nunca aceptó venderlas. Ni mostrarlas. Las mil doscientas setenta y dos cartas de Mussolini continúan inéditas en poder de los descendientes de Sarfatti. 65
54 Gutman, Daniel, El amor judío de Mussolini. Margherita Sarfatti, del fascismo al exilio .
55 Cannistraro Philip V. y Sullivan, Brian R., Il Duce’s Other Woman .
56 El financiamiento de Il Popolo d’Italia combinó aportes de industriales italianos, fondos franceses interesados en la entrada de Italia en la guerra, y el respaldo personal de Margherita Sarfatti, que sostuvo el diario en sus años de mayor estrechez.
(Cannistraro Philip V. y Sullivan, Brian R. , op. cit.).
57 Gutman, Daniel, op. cit.
58 Gutman, Daniel, op. cit.
59 Sarfatti, Margherita, Mussolini. El hombre y el Duce .
60 Paráfrasis del elogio fúnebre que la propia Sarfatti escribió para su hijo, recogido en Sarfatti, Margherita, Dux .
61 Gutman, Daniel, op. cit.
62 Cannistraro Philip V. y Sullivan Brian R., op. cit.
63 Sarfatti, Margherita, My fault. Mussolini as I knew him .
64 Gutman, Daniel, op. cit.
65 Sarfatti escribió sus memorias en inglés en 1947, con el título My fault . El manuscrito permaneció inédito hasta la edición anotada del historiador Brian Sullivan en 2014; en Italia apareció recién en 2026 como È colpa mia. Mussolini come l’ho conosciuto (Paesi Edizioni).