6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #6
Juntó las cartas mientras Rachele lo apuntaba.
Después, de rodillas frente a la chimenea comenzó a tirar la correspondencia al fuego.
Los papeles se encogían, se ennegrecían, desaparecían.
Veinte años de consejos de Margherita, su ironía y las palabras de amor escritas desde Milán se volvieron ceniza.
Rachele miró arder hasta la última hoja. Cuando estuvo segura de que no quedaban rastros de la Sarfatti en Villa Torlonia bajó el arma y salió de la habitación.
Solo, Mussolini miraba las llamas. En el fondo, era mejor que nadie pudiera leer lo que su amante le había escrito; no debería haber pecado de sentimental y guardado las cartas.
A fin de cuentas, se dijo, era solo una mujer más.
Pero aunque era más seguro así, sabía que las páginas más comprometedoras estaban en poder de Margherita.
Cientos de cartas en las que él pedía opiniones, discutía estrategias y le confiaba temores.
En manos enemigas, podían convertirse en su ruina.
Mussolini empezó a apartarse sin ruptura ni anuncios.
Las notas de Margherita no recibían respuesta; la hacía esperar horas en una antesala del Palazzo Venezia hasta que un secretario le anunciaba con cortesía que el Duce no podría recibirla.
Sus artículos periodísticos comenzaron a ser rechazados.
Ella conocía la maniobra. Era el método que él usaba con los ministros destinados a caer: dejar de consultarlos, dejar de citarlos, vaciarlos de poder.
Benito, que había tenido durante dos décadas una amante que lo desafiaba, cambió de estrategia: empezó a preferir que lo adoraran.
Margherita había visto a Claretta Petacci, una muchacha de poco más de veinte años, hija de un médico del Vaticano, esperándolo varias veces en una salita del Palazzo Venezia.
No era una rival intelectual, pero era joven, y eso, de por sí, era peligroso.
En la primavera de 1934 Margherita se embarcó hacia los Estados Unidos.
Había obtenido permiso oficial para viajar a promover el arte italiano en América.
Tenía una intención más íntima: aspiraba a que la misión le sirviera para recuperar relevancia política en Roma y ante Il Duce.
Contaba con el apoyo de intelectuales y empresarios estadounidenses que le habían organizado reuniones de suma importancia e intentaría establecer relaciones provechosas para su gobierno.
Donde iba, la presentaban como la mujer mejor informada de Italia.
Dio entrevistas y conferencias que se transmitieron por radio.
El Museo de Arte Moderno de Nueva York la anunció entre sus visitantes ilustres y almorzó con William Randolph Hearst, el magnate de la prensa estadounidense, quien le ofreció trabajo.
El mayor logro de la gira fue una extensa reunión con el presidente Roosevelt y su mujer, Eleanor, en la Casa Blanca.
Ambos escucharon a Margherita con interés.
Ella salió de la residencia convencida de que había conseguido algo de enorme valor para el Duce: la prueba de que Estados Unidos estaba dispuesto a trabajar con Roma.
Durante cuatro meses, al oeste del Atlántico, se volvió a sentir “la reina sin corona”.
Regresó con la certeza de que las buenas nuevas le abrirían las puertas del Palazzo Venezia. No se equivocó: la curiosidad pudo más que el desdén.
Mussolini la recibió detrás del gran escritorio del salón del Mapamundi e impuso una fría distancia entre los dos.
Margherita cruzó la gran sala y se sentó frente a él.
Usó todos sus recursos para captar su atención.
Empezó por halagarlo y hablarle de los editores estadounidenses que se peleaban por publicar sus palabras.
Mientras Margherita hablaba con entusiasmo, describiendo el interés que Italia despertaba en el exterior, Mussolini jugaba con un lápiz entre los dedos, los ojos entrecerrados fijos en ella.
La dejó explayarse sin interrumpirla con preguntas, contrario a su costumbre.
Cuando terminó, sonrió con superioridad.
—Los americanos son una raza de tenderos. Mucho dinero y ningún músculo. El futuro no está en Washington, signora . Está más cerca. Hay un hombre en Alemania que entendió lo que yo supe antes que nadie, y que no tiene miedo de ir hasta el final. 63
—Ese hombre te desprecia. Y desprecia lo que tú eres.
—Hitler tendrá ejércitos. Tus americanos solo tienen automóviles.
Margherita comprendió que nada que pudiera decir iba a disuadir a Mussolini de atar el destino de Italia al de Alemania.
Lo que ella había obtenido del otro lado del océano, su última carta, no valía nada para él.
Aceptó, por fin, lo que se negaba a aceptar desde la mañana de la Via Appia: Benito Mussolini ya no la necesitaba.
Él se puso de pie primero.
—Lo tuyo son los libros. Escribe uno sobre tu América. Gracias por la visita, pero tengo un imperio que gobernar.
Margherita salió del salón del Mapamundi sintiendo la mirada del Duce clavada entre los omóplatos. Nunca el camino hasta una puerta se le había hecho tan largo. Había construido a un líder, y él acababa de decirle que ella ya no le servía.
En el verano de 1938, los diarios publicaron el Manifiesto de la Raza. De un plumazo, Italia decretó que los judíos dejaban de ser italianos. Margherita lo leyó en su casa de Roma; no le sorprendía. Llevaba años imaginando que sucedería; al menos, ya no tenía que seguir esperándolo.
Diez años antes, junto a sus hijos, se había convertido al catolicismo. Se dijo entonces que era la culminación de su amor por Roma. Pero debajo de las aguas del bautismo había algo menos confesable: la hija de Amedeo Grassini, que conocía la historia de su pueblo, había leído las señales.
Por un tiempo, creyó estar a salvo. Pero las leyes nuevas no preguntaban por la fe, preguntaban por la sangre.
En septiembre los hijos de los judíos quedaron fuera de las escuelas.
Poco después, los judíos quedaron fuera de casi todo lo demás.
El Banco Commerciale despidió a su hijo Amedeo, que había construido allí una carrera intachable.
El apellido Sarfatti, que por décadas había abierto todas las puertas de Italia, empezó a cerrarlas una por una.
Margherita le sugirió a Amedeo que escribiera a Mussolini.
La carta mencionaba la promesa que él le había hecho a la familia a la muerte de Cesare: que nunca les faltaría su protección.
El Duce leyó la carta del hijo del hombre que lo había defendido en los tribunales, y autorizó que le dieran un puesto, mientras fuera lejos de Italia.
Amedeo se trasladó con su familia a Montevideo, Uruguay.
Margherita entendió que pronto podrían ir por sus bienes.
Y después, por algo peor. El hombre que firmaba esas leyes sabía exactamente quién era ella.
No habría excepción posible. Para el régimen que había ayudado a fundar, Margherita Sarfatti había dejado de ser la zarina de las artes, la reina sin corona, la viuda del abogado del Duce o la madre del héroe de guerra Roberto.
Era una judía. Y un peligro. Debía huir mientras aún pudiera hacerlo.
Compró un pasaje en tren a Suiza. La víspera de partir fue a Roma a despedirse de su hija Fiammetta y de sus nietos.
Margherita la miró servir las tazas de té con gestos que se parecían a los suyos.
—Vengan conmigo —dijo—. Tú, tu esposo, los niños.
—¿Y dejarlo todo? Mamá, esto pasará como han pasado tantas otras cosas. El Duce necesita a Hitler y solo hace ruido para complacerlo. Cuando deje de necesitarlo, se olvidará de los judíos como se olvidó del socialismo.
Margherita dejó la taza sobre la mesa.
—Conozco a Mussolini mejor que nadie. No se detendrá.
—Estás asustada.
—Por primera vez, sí. —Le tomó las manos por encima de la mesa—. Una vez en la vida hazle caso a tu madre antes de que sea tarde.
Los ojos de Fiammetta se llenaron de lágrimas. Margherita creyó que iba a ceder, pero la joven bajó la vista.
—Es a ti a quien vigilan. Vete tú, mamá. Nosotros estamos bien. Somos italianos; esta también es nuestra tierra.
No tenía sentido discutir más. Iba a separarse de su hija por un incierto tiempo. Prefería disfrutar del cariño. Al partir, Margherita abrazó a los nietos uno por uno largo rato, demorando la despedida. En la puerta se volvió hacia Fiammetta, que sostenía al más pequeño en brazos.
—Escríbeme cada semana —dijo.
—Lo haré, mamá. Te lo prometo.
Margherita bajó la escalera sin volver la cabeza por miedo a no poder irse.
Unos días más tarde cruzó la frontera suiza con poco equipaje, simulando salir de vacaciones.
Llevaba joyas cosidas en el forro de su abrigo y, oculto en un doble fondo de la maleta, un paquete voluminoso que la aduana no encontró.
Adentro había más de mil doscientas cartas.
Veinticinco años de correspondencia escrita por Benito Mussolini.
Las líneas que pedían consejo; las palabras que confesaban dudas, miedos y secretos.
Rachele había quemado las cartas de Margherita.
Las del Duce cruzaron los Alpes en un tren nocturno.
Desde Suiza viajó a París, desde donde le hizo saber a Mussolini, por los canales que todavía podía usar, que estaba escribiendo sus memorias para una editorial de los Estados Unidos.
El efecto fue inmediato. En Roma, el jefe de la policía Bocchini exigió que se la vigilara, que se la frenara. Ordenó que alguien hiciera algo con ella. Pero Margherita ya estaba fuera del alcance de todos.
En el Palazzo Venezia el Duce estalló delante de Claretta Petacci.
—¡La Sarfatti va a escribir un libro sobre mí para América! ¿Entiendes lo que eso significa? ¡Es repugnante! Esa mujer no solo puede contar la verdad: también puede inventar. —Caminaba de un extremo a otro del salón, fuera de sí—. Y yo, ¿cómo lo desmiento?