Amantes del poder 6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #5
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6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #5

Mussolini la recibió con dulzura. La sentó a su lado.

—Soy un viejo curandero. En Predappio, de chico, era el preferido de la vieja Giovanna, la que curaba el mal de ojo. Tengo el don y a ti voy a curarte. 62

Le tomó las manos, cerró los ojos y comenzó a murmurar palabras incomprensibles.

De vez en cuando, le rozaba la frente, como si intentara expulsar un espíritu.

En otro momento, Margherita se habría reído o desarmado aquella farsa con un par de preguntas.

Pero Cesare estaba muerto, y el dolor de no haber sido una mejor esposa necesitaba mucho consuelo.

Si eso era lo que Benito podía ofrecerle, lo tomaría.

Tres meses más tarde, Mussolini llegó a Milán.

En la ciudad vivía Rachele con los tres hijos de ambos: Edda, Vittorio y Bruno.

Ella se había acostumbrado a la distancia y a las amantes que su marido acumulaba.

A todas las toleraba, salvo a “la Sarfatti”, con sus salones elegantes y su cultura pretenciosa.

Por eso, cuando Mussolini se instaló con Margherita en el departamento de Corso Venezia, en vez de hacerlo en su propia casa, Rachele sintió el agravio.

Abandonó la ciudad con sus hijos y juró vengarse de la flamante viuda que, a sus ojos, buscaba destruir a su familia.

Margherita, por su parte, decidió saborear la victoria. Una noche, mientras Benito fumaba en la cama y repasaban juntos un discurso para el día siguiente, se incorporó sobre un codo.

—Rachele se fue a Forlì —dijo, en tono casual.

—Volverá. Siempre vuelve —respondió él sin darle mayor importancia.

—¿Y si le pidieras que se quedara a vivir allí? Después de todo, tampoco vive contigo en Roma.

Una voluta de humo subió hacia el techo.

—¿Celos, signora ? No te quedan bien.

—No son celos. Debes tener una esposa que te represente. Una mujer capaz de recibir embajadores, conversar con ministros, moverse entre reyes sin desentonar.

—Rachele es la madre de mis hijos. Tú tienes tu lugar.

—¿Y cuál es? ¿En la sombra? ¿Corrigiéndote los discursos de noche para que los recites como tuyos?

—¡Los discursos son míos porque los pronuncio yo! ¿Entiendes? ¡Solo existo yo! —Mussolini se había levantado y gritaba, dando zancadas por la habitación.

Margherita se puso de pie, indignada.

—¡Te enseñé todo! Qué leer, cómo hablar, qué decir. Llegaste a mí con polainas de provincia y sin saber tomar un tenedor.

—¡Soy Benito Mussolini! —vociferó.

—Eras un periodista de pueblo al que el partido acababa de prestarle un diario. Lo que necesitaste para ser Mussolini lo pusimos Cesare y yo.

—¡Ten mucho cuidado!

—¿Con qué? ¿Con la verdad? —. Ya no podía medir las palabras—. Te abrí las puertas de Milán, te financié cuando el socialismo te dejó en la calle, escribí el libro que te convirtió en un mito en medio mundo. Italia venera a un hombre que armé yo, pieza por pieza. ¡Yo te inventé, Benito Mussolini!

El aire se enfrió de golpe. Margherita se tapó la boca, todavía abierta.

—¿Y eso lo piensas tú sola, o lo comentas por ahí? ¿Lo dices en tus salones? ¿Lo escribes en algún diario para cuando te convenga? Imagino el título de tu libro: “El Duce, obra de su amante judía”. A la gente le encantaría. A mis enemigos, más.

Margherita sintió un sudor helado en la nuca.

—Jamás haría algo así. Lo sabes.

—Ya no estoy tan seguro. —Se vistió sin quitarle de encima los ojos encendidos.

—Benito, escúchame por favor. —Intentó tomarlo del brazo—. Estaba enojada. Lo dije por despecho, no por…

Él la interrumpió.

—Las cosas son como yo digo que deben ser. ¡Siempre! ¿Lo entendiste? —Le tomó la cara con una mano y la soltó con brusquedad.

Salió dando un portazo.

Margherita oyó los pasos alejarse por el pasillo, luego la puerta de calle y, por último, el motor rompiendo el silencio de Corso Venezia.

Lo habría dado todo por retirar lo dicho.

Acababa de mostrarle al hombre más poderoso de Italia que era capaz de reclamar su parte de mérito.

Sin querer, le había demostrado que era peligrosa para él.

La grieta que se abrió aquella noche no se cerró, aunque tampoco bastó para separarlos.

Margherita siguió al frente de Gerarchia , la revista encargada de difundir las ideas del régimen.

Mussolini necesitaba su pluma. Se veían menos y discutían más; aun así, cada tanto volvían a buscarse con la intensidad de antes.

Su vínculo oscilaba entre la conveniencia mutua y una intimidad que se resistía a extinguirse.

En junio de 1924, Giacomo Matteotti desapareció en pleno centro de Roma.

El joven diputado socialista había denunciado en el Parlamento los fraudes y la violencia fascista de las últimas elecciones.

Semanas más tarde, su cuerpo apareció en una fosa en las afueras de la capital, y las sospechas recayeron de inmediato sobre el primer ministro.

Margherita lo encontró encerrado en su despacho, sin afeitar y con la ropa desaliñada. Había olor a tabaco y encierro.

—Tienes mala cara.

—¿Qué esperabas? Tengo a la mitad de Italia pidiendo mi cabeza y a la otra mitad esperando para ver si sobrevivo. —Se sirvió un vaso de agua con la mano temblorosa—. ¿A qué vienes, Margherita?

—A hacerte una sola pregunta, y quiero la verdad: ¿diste la orden?

Mussolini la miró antes de responder.

—No.

—Mírame y dímelo otra vez.

—No di la orden de matarlo. —Hizo una pausa—. Solo dije que había que callarlo.

Margherita no pudo responder. En ambas frases había un cadáver, y Mussolini era incapaz de verlo.

—¿Y ahora qué quiere que haga, signora ?

—Era un hombre valiente. Tenía hijos —dijo en un hilo de voz.

—No vine al mundo a ser querido —se defendió él.

Margherita pensó en decirle que renunciara, que dejara que la ley siguiera su curso.

Pero al otro lado de aquella decisión estaban los doce años que le había dedicado, las ilusiones compartidas y la vida que había organizado alrededor de su ascenso.

Si Benito se hundía, una parte de ella se hundiría con él.

—Esconderte no te salvará; negarlo, tampoco. Ve al Parlamento, di que todo lo que ocurre en Italia es tu responsabilidad y que responderás por ello. Enfréntalos y rétalos a apartarte.

Él la miró largo rato.

—Acabas de darme una salida. Por eso todavía te necesito conmigo.

Margherita, que un minuto antes había sentido repulsión sintió algo todavía peor: el calor de esas palabras corriéndole por dentro, con más fuerza que la vergüenza. Benito le importaba tanto como el temor que le provocaba el “todavía” en sus labios.

El 3 de enero de 1925 el Duce subió a la tribuna y asumió ante los diputados la responsabilidad del asesinato de Matteotti. Los desafió a destituirlo, pero nadie se atrevió. Aquel día la dictadura se quitó el disfraz.

A la mañana siguiente, Margherita leyó el discurso en los diarios. Desde los tiempos de los camisas negras había aprendido a no mirar ciertas verdades de frente. Ese día comprendió que también debería empezar a no mirarse a sí misma.

Lo que ocurrió una noche de invierno en Villa Torlonia, la residencia de Mussolini en Roma, jamás trascendió los muros. El hombre que gobernaba Italia no gobernaba en su propia casa.

Habían pasado casi diez años desde la marcha sobre Roma.

Rachele se había mudado a la ciudad junto a los hijos.

Hacía tiempo que había dejado de esperar fidelidad; conocía al hombre con el que se había casado.

Las amantes iban y venían: actrices, poetisas, aristócratas, esposas de generales.

Incluso había tenido hijos bastardos. Ella había aprendido a vivir con eso y se concentraba en la vida que sí podía tener bajo control.

Administraba el hogar, se ocupaba de los niños y defendía el único territorio que consideraba suyo: la familia.

Una mañana, escuchó a una criada comentar que el Duce cerraba con llave un cajón de su escritorio cada vez que alguien entraba en la biblioteca.

Para Rachele, que pretendía dominar hasta el último rincón del hogar, que Benito tuviera un secreto en su propia casa era una afrenta. Furiosa, decidió averiguar qué era.

Entró en la habitación con un pequeño estilete oculto y forzó el cajón. Cuando la cerradura cedió, vació el contenido sobre el escritorio.

Cartas. Decenas. Cientos. Dobladas con prolijidad, ordenadas en paquetes por fecha, conservadas con un cuidado reverencial.

Las primeras tenían casi veinte años; las últimas eran recientes.

La letra era elegante y muchas empezaban sin encabezado, prolongaciones de conversaciones interrumpidas.

Buscó la firma. Allí estaba en todas: la Sarfatti.

La que escribía discursos y libros también escribía sobre amor.

Su marido había conservado la correspondencia como si fuera su tesoro.

Era la confirmación del temor más hondo de Rachele: esa amante había llegado a sus vidas para quedarse.

Salió de la biblioteca y corrió hasta la sala de costura. Buscó la pistola que guardaba en un cajón, detrás de los manteles de lino. La cargó y esperó que Benito regresara de un acto fascista.

Cuando Mussolini llegó, encontró a su mujer sentada en el escritorio, las cartas dispersas sobre la superficie y el arma en la mano. Lo entendió de inmediato.

—¿Qué es esto? —lo increpó Rachele. ¿Las guardaste durante veinte años? ¿Guardas estas cartas como un colegial enamorado mientras yo crío a tus hijos?

Mussolini retrocedió, estaba pálido. Ella levantó la pistola.

—Tú mandas en Italia, pero en esta casa mando yo. Y no quiero nada de esa mujer aquí. ¡Nada!

—Rachele, baja la pistola.

—Una cosa es un revolcón y otra muy diferente es que guardes todo esto bajo mi techo.

Benito sabía que su mujer era capaz de disparar.

—Tienes razón —cedió.

—No quiero nada de ella en esta casa. Quema todas las cartas. ¡De inmediato!

Mussolini intentó rodear la mesa, pero Rachele amartilló el arma.

—Ahora.

—Baja el arma.

—Las mujeres de mi pueblo nos volvemos locas y disparamos.

Benito miró el cañón.

—Lo haré.