6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #4
—Necesito dinero para sostener a los hombres en las afueras de Roma hasta que el rey ceda —pidió él—. No debemos permitir que se dispersen porque sería el fin.
Margherita pagó. Más recursos llegaron de los bolsillos de los industriales, los banqueros y los terratenientes, quienes preferían camisas negras a banderas rojas. Aun así, el resultado permanecía incierto.
La noche del 27 Mussolini se derrumbó. Caminaba de un extremo a otro del comedor, fumando, gesticulando y especulando en voz alta sobre todo lo que podía salir mal.
Había rumores de que el gobierno ordenaría el estado de sitio.
Si el rey firmaba el decreto, el ejército barrería a los camisas negras en una tarde y a él lo fusilarían.
—Todavía podemos cruzar la frontera a Suiza. Podríamos refugiarnos allí —Benito señaló hacia las montañas oscuras.
Margherita no reconocía en ese hombre al líder que arengaba a las masas con carisma y confianza. Peor aún, Benito parecía dispuesto a tirar por la borda diez años de trabajo de ambos. Debía convencerlo de esperar.
—¿Pretendes huir? Y mañana toda Italia dirá que el jefe del fascismo cruzó la frontera en la noche decisiva.
¿Y entonces qué serás? ¿Un fugitivo? Te conozco, Benito.
No podrías vivir con eso. Créeme, el rey no va a ordenar al ejército disparar contra los ciudadanos.
Es un hombre pequeño, con más miedo que tú.
Él la miró largo rato. Era el mismo duelo de la primera noche en la redacción vacía. Pero esta vez no buscaba ganarle; quería que ella tuviera razón. Confiaba en la única persona ante la cual se animaba a mostrar su miedo desnudo.
Pasaron la noche en vela, esperando novedades de Roma. Por la mañana llegaron las noticias. Margherita había estado en lo cierto: Víctor Manuel III se había negado a firmar el estado de sitio.
—Siempre supe que estaba destinado para la grandeza —se jactó eufórico. El hombre que había contemplado la fuga horas antes hablaba como si nunca hubiera dudado. Su único testigo, Margherita, no dijo nada.
Un día después llegó un telegrama del palacio convocando a Mussolini a Roma para formar gobierno. Benito tomó el tren a Roma. Margherita lo despidió en el andén, de madrugada, y volvió a Il Soldo a esperar.
Mussolini la llamó al día siguiente desde la capital.
—Lo logré. Soy el primer ministro más joven de la historia de Italia.
Margherita sonrió al escucharlo hablar del rey y alardear de los hombres que buscaban estrecharle la mano.
La voz desbordaba energía mientras le contaba cada detalle, pero ella esperaba que él también mencionara la noche en vela en Il Soldo, el respaldo cuando todo parecía perderse, el dinero invertido.
No lo hizo. Durante años ella había creído que avanzaban juntos, que eran socios en un mismo objetivo.
Pero en toda la conversación Mussolini no pronunció la palabra “nosotros” ni una vez.
Margherita sintió un frío repentino en el estómago: se había dedicado a hacer grande a Benito.
Y los hombres grandes no necesitan a nadie.
Durante semanas, Margherita esperó una señal.
Confiaba en que, una vez pasado el fervor inicial, él la mandaría a llamar para celebrar juntos el triunfo y que le haría saber que todavía necesitaba su juicio y su voz.
Desde Roma, Mussolini le enviaba cartas breves, propias de un hombre ocupado, pero en ninguna la invitaba a Roma.
Margherita lo extrañaba, pero también la desvelaba todo lo que quedaba por hacer.
Un movimiento de camisas negras no bastaba para construir un Estado.
Había que darle al fascismo una estética propia, y esa no era tarea para los matones de Mussolini.
Por eso no esperó la invitación. A comienzos de 1923 dejó a su familia en Milán y se instaló en Roma, cerca del poder y de Benito.
Él la recibió con entusiasmo y Margherita volvió a sentir suelo firme bajo sus pies. Benito irradiaba confianza y entusiasmo. La prensa alababa las primeras medidas de gobierno y, cada vez con más frecuencia, se refería a él como Il Duce , el líder.
Desde sus salones Margherita impulsó un movimiento, el Novecento, destinado a inspirar la estética del régimen.
Era un arte que se nutría del Renacimiento, ideal para una Italia que volvía a soñarse grande.
Los artistas se disputaban su atención. Una palabra suya ante el Duce valía más que capacidad y oficio.
Ella decidía qué pintores se exhibían y cuáles no, qué nombres merecían un premio, qué arquitecto se quedaba con un encargo del Estado.
Quien necesitaba un favor del régimen debía pasar por el salón de la signora Sarfatti.
A los que dudaban, los atraía al fascismo con su encanto y la promesa de ser parte de un futuro ambicioso.
Comenzaron a llamarla “la reina sin corona”; sin cargo ni título gobernaba un territorio esencial, la cultura.
Por las noches, después de encuentros breves pero intensos, regresaba a su departamento romano, donde ocasionalmente recibía a Cesare, que seguía en Milán atendiendo sus negocios.
El resto del tiempo Margherita vivía absorta por la órbita de Mussolini.
Pulía sus discursos y colocaba en su boca algunas de las frases que los italianos aplaudirían al día siguiente en los actos públicos.
También escribió y financió la publicación de una biografía, Dux , que tradujo a varios idiomas y alcanzó casi veinte ediciones.
Mientras Italia aprendía a admirar al Duce, Margherita se convencía de que ninguna otra persona lo comprendía mejor que ella.
Mussolini alentaba aquella fidelidad ciega.
Cuando no tenía tiempo para verla le enviaba cartas ardientes que ella guardaba con devoción:
Mi amor, mis pensamientos y mi corazón están contigo. Te amo tanto, más de lo que tú crees. Te beso con fuerza. Te abrazo con violenta ternura.
Benito 61
Otras veces las cartas perdían el romanticismo y las cuestiones más apremiantes tomaban su lugar.
Mussolini le confiaba secretos, le pedía consejos y ella se esforzaba por ofrecer siempre las palabras adecuadas.
Sabía cómo hacerlo sentirse seguro, entendía cuánto le gustaban los elogios y los sumaba, en especial cuando tenía que deslizar alguna crítica.
Por rivalidad, los jerarcas fascistas la resistían a sus espaldas.
No le perdonaban que fuera mujer ni que el primer ministro la consultara sobre política.
Algunos no toleraban que fuera judía, que ningún contrato del Estado se firmaba sin su visto bueno, y la acusaban de haberse vuelto más rica y más altiva.
Mussolini residía en el Palazzo Venezia y Margherita tenía acceso irrestricto al primer ministro.
No esperaba en una antesala ni la anunciaban antes de ingresar.
En ocasiones, después de discutir sobre asuntos de Estado, él la buscaba con prisa.
Entonces, se deslizaban por una puerta secreta que conducía a una alcoba contigua.
Ella sabía que él la necesitaba, pero también que llevaba a otras mujeres a su lecho.
Sentía una punzada cada vez que se enteraba de una nueva aventura de Benito.
Margherita se obligaba a no hacer preguntas y, sobre todo, a no dejar que nada se reflejara en su rostro.
Sin embargo, también era consciente de que ninguna poseía la influencia y el poder que ella tenía y eso le daba seguridad.
Una mañana de abril de 1923 salieron a cabalgar juntos por la antigua Via Appia, en las afueras de Roma.
A los costados del camino se alzaban cipreses, lápidas partidas y arcos de acueductos que llevaban dos mil años en pie.
Mussolini, algo pesado sobre la silla, miraba a su alrededor como si todo le perteneciera.
—Roma no se construyó con discursos. Se construyó con coraje y ambición. Yo reconstruiré esa gloria, Margherita. Con hechos, no con papeles.
—Pareces olvidar que viviste de papeles hasta ahora.
Él no la escuchaba.
—¿Sabes qué separa a los hombres que hacen historia de los que la sufren? El honor. Los italianos han olvidado qué es el honor. Mejor un día como león que cien años como oveja.
Margherita frenó el caballo.
—Buena frase. ¿Es tuya?
—Sí. No necesito que nadie piense por mí, signora —respondió con sarcasmo.
Bajo la belleza serena de la mañana, Margherita sintió que algo se quebraba en esa relación.
Recordó entonces al director de Avanti! preguntarle qué clase de hombre era porque le interesaba conocer su opinión.
Once años atrás Benito necesitaba de sus ojos para existir.
Il Duce , en cambio, se bastaba. Comprendió que el día en que dejara de necesitarla por completo la apartaría de su vida sin vacilar, como se abandona un trasto viejo.
De regreso en su casa buscó a Cesare, que estaba en la ciudad por unos días, y lo abrazó con intensidad; necesitaba aferrarse a algo firme.
Su marido dividía el tiempo entre Roma y Milán.
Estaba siempre disponible para ella, sin exigir nada a cambio y sin hacer preguntas incómodas.
Hasta entonces, Margherita había vivido entre dos hombres: el esposo que le daba respetabilidad y el amante que le daba poder.
Aquella noche, agradeció que Cesare fuera la parte constante de su vida.
No imaginaba que ese equilibrio estaba cerca de desmoronarse.
A fines de enero de 1924 un telegrama avisó a Margherita, que estaba en Roma, que su marido había caído enfermo en Milán. Tomó el primer tren al norte. Cuando llegó, Cesare ya había muerto.
Así como no había llorado a Roberto, recibió los pésames con entereza absoluta, sin una lágrima.
No había sentido pasión por Cesare, pero lo había amado y reconocía que su propia audacia no habría sido posible sin la certeza de tenerlo siempre cerca.
No concebía la vida sin su sostén. Se preguntó cómo continuar.
Poco después del funeral viajó a Roma. Llegó al Palazzo Venezia con la necesidad de hundirse en los brazos de Benito.