Amantes del poder 6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #3
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6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #3

En uno de esos juicios, Margherita escuchó a su marido ofrecer un alegato impecable y ganar el pleito.

Sin embargo, cuando Mussolini habló ante la multitud que lo esperaba fuera del tribunal, sintió una admiración que no había experimentado ante el brillante desempeño de Cesare.

Se convenció de que estaba forjando a un hombre destinado a gobernar la Italia socialista.

Milán,

otoño de 1914

La guerra estalló en el verano de 1914 y el Partido Socialista Italiano se aferró a una sola consigna: la neutralidad.

Italia no debía derramar la sangre obrera en una contienda entre imperios.

Durante un tiempo, Mussolini respetó la línea oficial y escribió artículos en contra de la intervención: aquella guerra, repetía, no era un conflicto de los trabajadores europeos.

Pero a lo largo del otoño Margherita lo vio cambiar su argumento.

Decía que si Italia se quedaba mirando desde los márgenes, saldría empequeñecida, insistía en que el país podría reclamar territorios si ayudaba a ganar la contienda.

La política siempre rondaba en la mente de Mussolini. Una noche, después de un fogoso encuentro en el departamento, comenzaron a discutir, todavía entre las sábanas.

—Italia debe respaldar a los aliados y entrar en la guerra. Los Habsburgo tienen a miles de italianos bajo su bota en Trento, en Trieste. ¿Debemos quedarnos sentados? Si ayudamos a derrotar a Austria liberaremos a nuestros compatriotas.

—¿Estás dispuesto a romper con el partido? Te expulsarán.

—Que lo hagan. ¿Quieres que te diga la verdad? El partido ya no me importa.

—No es solo el partido. Si pierdes Avanti! , te quedas sin tribuna.

—Entonces fundaré un diario nuevo.

—¿Con qué dinero?

Benito le tomó la mano y la besó.

—Tú puedes ayudarme.

Margherita sabía que él tenía un talento excepcional para transformar las ideas en consignas y desde las páginas de Avanti!

se había convertido en una figura de relevancia nacional.

Un periódico propio podría llevarlo mucho más lejos.

Calculó que quien lo apoyase tendría un lugar privilegiado junto a él.

—De acuerdo. Hablaré con Cesare mañana, siempre que esta noche olvidemos la política —le susurró al oído.

Mussolini renunció al periódico y, tal como Margherita había anticipado, los mismos camaradas que poco antes lo llamaban la gran esperanza del socialismo lo expulsaron del partido.

Dos semanas más tarde se publicó el primer número de Il Popolo d’Italia , financiado en buena medida con el dinero de Margherita.

56 Cesare no puso objeciones; consideraba la operación como una inversión a largo plazo.

Además, en rigor, el capital pertenecía a su mujer, aunque fuera él quien lo administrara.

Italia entró en la guerra en mayo de 1915, a cambio de la promesa de obtener grandes extensiones de territorio si los aliados ganaban. Mussolini fue convocado al frente; debía ocupar su lugar en las trincheras.

La víspera de la partida Margherita lo visitó para despedirse. El uniforme aguardaba sobre una silla.

—No me gusta esto.

—¿La guerra o el uniforme? —Benito sonrió.

—Que te vayas.

Él se acercó.

—Volveré.

La atrajo hacia sí y la besó antes de que ella pudiera hablar. Tiró de los botones del vestido con dedos atolondrados. Ella se aferró a sus hombros, mordió, jadeó contra su piel. Por un instante la política y la guerra dejaron de existir.

Permanecieron acostados en silencio. Con la cabeza apoyada sobre el pecho de Benito, Margherita intentaba memorizar el latido firme de su corazón. Temía que muriera en el frente.

—Cásate con Rachele.

—¿En eso piensas después de hacer el amor? —rio divertido.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

—Tienes una hija. Y otro hijo en camino.

—Ya encontraste la manera de arruinar este momento.

Ella insistió.

—Si te matan, Rachele y los niños se quedarán en la calle. Merecen tu apellido y tu pensión. 57

Mussolini soltó una carcajada.

—¿Y tú desde cuándo te preocupas por mi familia?

—Te hablo de responsabilidad. Ordena tus papeles; una viuda con pensión es una historia digna.

—Siempre tan práctica.

—Alguien tiene que serlo.

Mussolini no respondió; jamás había considerado la posibilidad de no volver.

Pocas semanas más tarde, Margherita recibió una misiva desde el frente: “Hice lo que dijiste. Rachele lleva mi apellido. ¿Contenta?” Respondió con una sola palabra: “Contenta”, y regresó a la corrección de unos artículos.

No consideraba a Rachele una adversaria.

Era una campesina de Predappio que apenas sabía leer.

No podía discutir de política o filosofía; nunca sería su rival.

Solo ella podía transformar al hijo del herrero, al maestro de pueblo, en el próximo líder de Italia.

Él lo sabía tanto como ella. Entre ambos existía una alianza que ninguna esposa podía superar.

La prueba eran las cartas que recibía cada semana.

Esta noche, antes de que te duermas, piensa en tu más devoto salvaje, que está un poco cansado y un poco preocupado, pero es todo tuyo, desde la superficie hasta las profundidades. Dame un poco de la sangre de tus labios.

Tuyo,

Benito 58

La guerra no respeta a nadie. Roberto Sarfatti se parecía demasiado a Margherita.

Una vez, de niño, le dijo: “Qué bellos eran los tiempos de los héroes y los caballeros, mamá. Hoy la vida es un paseo aburrido por calles demasiado cómodas”.

59 Nadie pudo detenerlo cuando, con diecisiete años, se alistó en el ejército contra la voluntad de sus padres.

El telegrama con la mala noticia llegó una mañana de tormenta.

Cesare se desplomó en una silla y lloró como Margherita no lo había visto llorar nunca.

Ella no pudo derramar una lágrima por su hijo, caído las montañas del Véneto.

Subió a la habitación de Roberto sin saber cómo había llegado hasta allí.

Se desplomó sobre la cama. En un momento, la tormenta amainó y la luz en la habitación cambió.

Mucho después dejó de oír los sollozos de Cesare al otro lado de la casa.

Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentó al escritorio y le escribió a Benito:

Un hombre que cae le da a la patria un poco menos, porque ya ha vivido. Un niño lo da todo: lo que es y lo que habría podido llegar a ser. No una gota, sino toda la sangre; no un poco de vida, sino toda la vida. 60

Benito era el único a quien quería entregar su desconsuelo. Él también era padre y entendería el dolor de perder a un hijo. Necesitaba que él la sostuviera.

Mussolini le respondió desde el frente. Margherita abrió la carta con manos temblorosas.

Encontró frases correctas sobre el honor de los caídos y el sacrificio por la patria.

Releyó varias veces las escasas líneas en busca de algo más personal, pero no encontró nada.

Durante seis años, ella se había dedicado a afinar sus ideas, a mejorar sus modales; lo había ayudado a convertirse en alguien capaz de convencer a banqueros y aristócratas.

Esperaba una devolución a la altura de lo entregado.

Y, sin embargo, aquel hombre al que había pulido con tanto esmero despachaba su dolor en dos párrafos.

La guerra terminó a fines de 1918. Margherita leía en los diarios las palabras que repetían todos: victoria mutilada.

Seiscientos mil muertos, las arcas vacías, los aliados que incumplían muchas de las promesas del tratado; el sacrificio empezaba a parecer inútil.

Los veteranos volvían a un país que no tenía trabajo para ofrecerles.

En las fábricas los obreros izaban la bandera roja, ocupaban las plantas e impulsaban la revolución que Lenin había liderado en Rusia.

Los empresarios y los terratenientes sentían pánico.

En las reuniones de los Sarfatti se discutía con preocupación acerca de los primeros ministros, que no lograban sostenerse.

Mussolini vio en el caos su oportunidad.

En marzo de 1919 fundó un movimiento: el fascismo.

El nombre provenía de los fasces romanos de los lictores: un haz de varas que simbolizaba unidad y poder.

Cada vara sola podía quebrarse; juntas, en cambio, se potenciaban.

El partido prometía orden frente al caos y una Italia fuerte, en la que los veteranos dejarían de sentirse traicionados.

Margherita conocía a muchos de quienes se acercaban a las asambleas fascistas; eran artistas, intelectuales y aristócratas salidos de su propio salón.

La cultura de Milán entraba al partido por la puerta que ella había abierto.

También llegó el dinero. Los industriales, temerosos del bolchevismo, empezaron a financiar las escuadras fascistas que incendiaban sedes socialistas y apaleaban dirigentes obreros.

En tres años, los “camisas negras” se transformaron en una fuerza que las autoridades no podían contener.

Llegaban en camiones a pueblos y ciudades, destruían imprentas opositoras, apaleaban sindicalistas y sembraban el miedo entre quienes se atrevían a cuestionarlos.

Mussolini rara vez daba órdenes explícitas por escrito, pero alentaba la violencia como herramienta política para luego presentarse como el único hombre capaz de restaurar el orden.

La Virgen Roja de Venecia se decía a sí misma que el precio de la grandeza exigía cerrar los ojos.

Para octubre de 1922 los fascistas controlaban grandes extensiones de Italia sin haber ganado una elección.

Mussolini concluyó que había llegado el momento de tomar el poder.

Convocó a sus hombres a marchar sobre Roma: decenas de miles de camisas negras se concentrarían en las afueras de la capital en un golpe disfrazado de desfile.

Si la apuesta salía bien, serían gobierno; si fracasaba, todo estaría perdido.

Mientras organizaba la marcha sobre Roma, Margherita llevó a Benito a Il Soldo, su casa de campo en Cavallasca, cerca del lago de Como. Desde el jardín se veían los Alpes cubiertos de nieve. Suiza estaba a menos de una hora de distancia.