6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini #2
—Abandonar el campo antes de la batalla.
—No sabía que escribir sobre arte fuera una batalla.
—Todo es una batalla.
Por un instante permanecieron en silencio. La redacción rugía detrás de la puerta abierta.
—Quédese en el diario —dijo por fin Mussolini.
—¿Para escribir sobre arte?
—Escriba sobre arte, si lo desea. Equivocarse también es un derecho revolucionario.
Margherita soltó una breve carcajada.
— Signor Mussolini, ¿me está halagando o provocando?
—¿Hay diferencia?
La descolocó no tener una réplica inmediata. Estaba por levantarse cuando él volvió a hablar.
—A las ocho de la noche la redacción estará vacía. Venga a esa hora.
—¿Para qué?
—Para discutir.
—¿Sobre arte?
—Sobre cualquier cosa que valga la pena.
—No prometo nada.
—No le pedí que prometiera; le pedí que volviera.
Ella recogió el sombrero y salió del despacho. Mientras avanzaba por las calles heladas hacia su casa, repasó una y otra vez la conversación. Mussolini era un insolente, pero lo que la exasperaba aún más era no haber tenido la última palabra. Y eso no podía quedar así.
La cena ya estaba servida cuando llegó al elegante departamento sobre Corso Venezia. Cesare comía con un periódico doblado junto al plato. Margherita lo saludó con un beso en la sien.
—¿Cómo fue tu día?
—Fui al diario. Conocí al nuevo director.
Cesare dejó el tenedor.
—Benito Mussolini. ¿Y?
—Viene de un pueblo y está convencido de que el arte es un lujo de ricos. Es un patán —. No decía lo que pensaba de verdad.
—Puede ser, pero…
Margherita lo interrumpió.
—Ya lo sé. Va a llegar lejos. No sé cómo, pero lo supe apenas entré.
Cesare asintió despacio.
—Conviene llevarse bien con él. A los dos nos conviene. Todos dicen que en cinco años ese muchacho va a liderar el partido. Un hombre así, en deuda con tu pluma, vale más que diez ministros.
—Me ofreció quedarme en el diario.
—Sabe lo que es bueno. —Cesare estiró el brazo por encima de la mesa y le apretó la mano un instante —. Hiciste bien en ir, querida.
Después de la cena, Margherita subió a su habitación. Se quedó frente al armario abierto: ¿el vestido de seda gris perla o el de terciopelo azul? Extendió la mano hacia el azul. No. Si se cambiaba, él pensaría que quería impresionarlo. Cerró el armario.
Antes de salir, se miró en el espejo del recibidor.
—Cesare, voy a casa de Anna. Ha organizado una de sus veladas —mintió desde la puerta—. No me esperes despierto.
—Salúdala de mi parte —respondió su marido, sin apartar la vista de la lectura.
Los escritorios vacíos y el suelo sembrado de papeles daban a la redacción de Avanti! un aire melancólico. Mussolini seguía en su despacho. Una única lámpara encendida sobre el escritorio iluminaba la estancia.
—Sabía que vendría —dijo, señalándole una silla—. Siéntese.
Margherita permaneció de pie.
—¿No me va a ofrecer un trago?
—No bebo. Jamás.
—¿Por principio o por prudencia?
—Por disciplina. Un hombre no debe permitirse perder el control.
—Una afirmación curiosa en boca de un revolucionario —se sentó.
Mussolini sonrió.
—Me gustó que viniera a renunciar antes de dejarse echar. Me pareció una estrategia inteligente. Pero más me gustó usted —rodeó la mesa y ocupó la silla junto a ella.
—Es muy directo.
—No tengo tiempo para otra cosa. Le pedí que viniera para comprobar si lo que dicen de usted es cierto.
—¿Y qué dicen de mí?
—Que siempre entra en una habitación convencida de que es la persona más inteligente del lugar.
Margherita miró a su alrededor. Después fijó la vista en él.
—¿Y se equivocan?
Mussolini soltó una carcajada. Ambos disfrutaban de ese duelo verbal.
—Todavía no lo sé.
Por un instante, ninguno habló. Margherita pensó en Cesare, en la serenidad de su casa, en las conversaciones sin sobresaltos, pero también sin desafío. En su matrimonio hallaba serenidad. Aquel hombre, en cambio, era impredecible, la inquietaba.
Él le clavó esos ojos enormes que parecían tener luz propia.
Apoyó una mano sobre su pierna y la apretó.
Ella sintió un deseo hondo e inmediato. Con la misma rapidez, comprendió que él daba por descontada la rendición.
Se puso de pie. Ceder esa noche sería entregarle la partida con demasiada facilidad. Quería que tuviera que luchar por ella.
—Gracias, pero no.
Él no la retuvo.
—Volverá. Y la próxima vez no se va a ir.
Margherita se detuvo en la puerta.
—Eso lo decido yo —dijo sin girarse. La osadía de Mussolini la provocaba.
Salió a la noche decidida a no regresar jamás; lo que sentía era demasiado peligroso.
Haría llegar los artículos a la redacción, pero no los llevaría ella.
Mejor aún, escribiría para otro periódico; sería fácil encontrar quien la publicara.
Antes de llegar a su casa, reconoció que se estaba mintiendo.
Se cruzaron unos días más tarde, en un concierto en La Scala, la legendaria ópera de Milán.
Margherita lo vio sentado en un palco del teatro antes de que él la descubriera.
Mussolini conversaba con otros hombres; gesticulaba con vehemencia.
Cuando la encontró, no disimuló; la observó con intensidad durante toda la obra.
Ella intentó no volverse hacia él, pero le resultaba imposible.
Tenía una energía inquietante, casi animal, que la atraía aún más de lo que estaba dispuesta a admitir.
La noche siguiente fue a Avanti! Se dijo que era para entender por qué el partido estaba fascinado con él, que necesitaba medir sus ambiciones, que le convenía mantener una buena relación con él. Excusas imperfectas.
Encontró a Mussolini trabajando.
—Sabía que volvería —dijo sin apartar la vista de los papeles.
—Empieza a repetirse.
Margherita dejó los guantes sobre el escritorio. Él levantó la vista.
—Y usted empieza a cumplir mis predicciones.
—No se atribuya méritos que no le corresponden.
—Entonces dígame por qué ha venido.
Los ojos inmensos se clavaron en sus labios. Ella no tenía una explicación que quisiera dar en voz alta. Mencionó algo del partido y durante unos minutos discutieron sobre una huelga. Cada uno intentaba imponerse al otro, hasta que la conversación se cortó sola. Ninguno la reanudó.
Margherita no recordaría quién dio el primer paso, pero sí el olor a tabaco en su camisa, la presión con la que la tomó de la nuca.
La boca impaciente le buscó el cuello. Sintió el filo de los dientes, el calor áspero de la cara mal afeitada raspándole la mejilla.
Las manos grandes, de dedos gruesos, exploraron el cuerpo sin tiempo para ternuras.
Se aferró a esa voracidad. El escritorio crujió bajo su espalda.
Un cenicero rodó y se hizo añicos contra el suelo.
El encuentro fue rápido, como un asalto.
Tras el arrebato, con los dedos de él todavía clavados en su cadera, pensó: “Un hombre con esta hambre llega lejos”.
Se vistió en silencio, de espaldas, mientras él se servía agua.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Mussolini.
Margherita terminó de abrocharse el abrigo.
—Cuando tenga algo que discutir.
Él sonrió.
—Entonces te veré muy pronto.
Regresó a sus papeles antes de que ella alcanzara la salida. La pluma ya corría sobre la página cuando ella cerró la puerta.
Margherita caminó, despeinada, por un Milán desierto.
No estaba acostumbrada a perder el control de sí misma y, sin embargo, no se arrepentía.
Pensaba en la energía que despedía Benito, en el modo en que convertía cada conversación en un duelo, en la ambición que emanaba de él.
Pero bajo la seguridad arrolladora asomaba el maestro de provincia: el traje mal cortado, los modales bruscos.
Le faltaba todo lo que a ella le sobraba: cultura, elegancia, contactos.
Se le ocurrió entonces una idea peligrosa: aquel hombre era materia prima.
Y ella ya había comprobado que sabía moldear.
Mientras tanto, Mussolini seguía en el despacho, inclinado sobre los escritos.
Los trozos del cenicero permanecían en el suelo.
A cientos de kilómetros de la ciudad, en su pueblo, lo esperaban una mujer con la que no pensaba casarse, Rachele, y Edda, la hija de ambos.
No pensaba en ninguna de las dos, ni tampoco en la que acababa de partir.
Pensaba en el editorial del día siguiente.
Margherita moldeó a Benito como lo había hecho con Cesare, aunque esa vez empezó por lo que estaba a la vista.
Le compró ropa a medida, le enseñó modales de mesa y lo corrigió cada vez que se le escapaba el dialecto de la Romaña.
Después puso libros en sus manos, le habló de filosofía y de arte.
Cuando estuvo satisfecha lo presentó en su salón.
Las recepciones de los Sarfatti eran las más afamadas de Milán.
Por allí pasaban pintores, poetas, periodistas y diputados: la clase de gente que marcaba el pulso del reino.
Margherita le abrió las puertas de lo más exclusivo de la sociedad, y Mussolini supo aprovecharlo.
Aprendió la importancia de las relaciones: a quién extenderle la mano y a quién volverle la espalda.
En pocos meses, se movía entre artistas e industriales con comodidad y sostenía conversaciones sobre Nietzsche o sobre el arte futurista con la soltura de un veterano en ese mundo.
Margherita alquiló para Benito un departamento pequeño en el centro de la ciudad donde lo visitaba con frecuencia.
Ni ella ni su amante querían herir la dignidad de Cesare, un hombre orgulloso y decente.
Mientras tanto, Sarfatti veía en el ascenso de Mussolini la última oportunidad de lanzar su propia carrera política.
Rozaba los cincuenta años y había perdido tres elecciones para una diputación.
Cuando los redactores de Avanti! tuvieron problemas con la justicia, él los defendió en los tribunales con solidez y elocuencia.