Amantes del poder 6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini
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6. La artista de Il duce. Margherita Sarfatti y Benito Mussolini

Buenos Aires,

U n mozo le acercó una bandeja de masas finas. Margherita vio la crema batida y pensó en Fiammetta. Sabía que en Roma su hija hacía fila por harina y leche mientras la guerra se extendía por Europa. Apartó la mirada.

La casa de Victoria Ocampo se abría a un jardín que descendía hacia el río. El aroma de las magnolias entraba por las ventanas abiertas y envolvía el murmullo de las conversaciones. Margherita intentaba seguir el español rápido, lleno de giros porteños que todavía le costaba comprender.

Victoria Ocampo caminó hasta su mesa. Vestía un traje de crepé color marfil y un collar de diseño moderno. Como Margherita, no tenía una belleza convencional, pero una seguridad natural la volvía imposible de ignorar.

—La concurrencia es impresionante. Todos quieren escuchar su conferencia —dijo, con una sonrisa cortés.

Margherita verificó su peinado con un gesto discreto.

El pelo, rojo cobrizo veteado de gris, no tenía ni una sola hebra fuera de lugar.

Los invitados comenzaban a tomar asiento.

Querían saber qué había visto esa mujer en aquel periodista socialista de mirada oscura y, sobre todo, cuánto del dictador que gobernaba Italia había ayudado a construir. De eso no podía decir una palabra.

Su anfitriona pareció adivinarle el pensamiento.

—Hábleles de pintura —sugirió Victoria.

Margherita Sarfatti sonrió. De pintura podía hablar toda la noche.

Venecia,

1895

La luz de la mañana iluminaba el Gran Canal, y el Palazzo Bembo parecía flotar sobre su propio reflejo. Desde los ventanales de la biblioteca de su padre, Amedeo Grassini, Margherita contemplaba el paso lento de las góndolas hacia el puente del Rialto.

Lo tenía todo: un palco en la ópera, vestidos confeccionados con las telas más finas y criados atentos a sus caprichos. Los mejores tutores de Venecia la instruían en cuatro idiomas, por orden de su madre. Emma Grassini repetía que una mujer culta valía más que una mujer bella.

Sin embargo, aquel mundo de privilegio aburría a Margherita.

El oro de los marcos, la porcelana delicada y las arañas de cristal de Murano pertenecían a un universo estanco.

Para escapar de él, se refugiaba en los autores que su padre desaprobaba: D’Annunzio, Ibsen, Nietzsche.

Los leía a escondidas, con la misma fruición con la que sus amigas devoraban novelas románticas.

En esas páginas buscaba una pasión que su vida de lujos no podía ofrecerle.

A los quince años encontró una nueva fe.

Dejó de creer en el Dios de la sinagoga para abrazar el socialismo y la causa de los trabajadores del Arsenale.

Amedeo se desesperaba con esa hija que cuestionaba el mundo del que él estaba tan orgulloso, pero sus amenazas no lograron que abandonara los mítines políticos.

Los socialistas venecianos la llamaban la Virgen Roja.

Una noche de invierno, Margherita bajaba la escalera de La Fenice del brazo de su madre cuando se interpuso en el camino un hombre al que los Grassini conocían de vista.

Tenía veintiocho años, un bigote oscuro recortado con esmero y una elegancia discreta que contrastaba con la ostentación de los asistentes.

Besó primero la mano de Emma y después, tomó la de Margherita.

—¿Le ha gustado La Traviata , señorita?

—Mucho. Pero prefiero a Wagner.

Cesare Sarfatti arqueó las cejas.

—¿Wagner?

—Verdi quiere agradar. Wagner, en cambio, exige. Prefiero que me exijan.

La respuesta lo hizo sonreír. La rebeldía siempre lo había atraído.

—Es una opinión poco habitual. ¿Y qué más prefiere usted?

—Que las cosas sean justas. Eso tampoco es habitual.

—Usted es socialista.

—¿Y usted no?

Cesare, un abogado acostumbrado a tener la última palabra, se desarmó. Jamás una mujer lo había obligado a definirse.

—Soy republicano —respondió, casi con vergüenza.

—Es un comienzo.

—Margherita, debemos irnos —intervino Emma, incómoda.

Madre e hija avanzaron hacia la salida tras despedirse.

Cesare tuvo la molesta sensación de haber desaprobado un examen.

Pero eso no lo detuvo. Poco después comenzó a cortejar a Margherita.

Lo seducía la energía luminosa que la impulsaba.

Ella no tardó en ponerlo a prueba. Lo hizo leer a Marx y lo arrastró a reuniones de obreros donde se discutían derechos laborales.

Él escuchaba argumentar a la joven de quince años con fascinación.

Terminó afiliándose al socialismo, más por amor que por convicción.

Margherita había dejado en claro que jamás amaría a un hombre que no fuera socialista.

Ella aceptó la propuesta de matrimonio porque sabía que Cesare no intentaría domesticarla. La amaba con sus ideas.

La noticia cayó como una bomba en el Palazzo Bembo y provocó la furia de Amedeo.

Le costaba aceptar que su hija quisiera unir su vida a la de un abogado trece años mayor y sin fortuna; pero que, además, él también fuera socialista convertía al noviazgo en la confirmación de sus temores: la inclinación de Margherita hacia el socialismo no era una fase juvenil.

La idea le pareció intolerable. Prohibió la relación, pero Margherita discutió, insistió y desobedeció.

Al fin, su padre comprendió que no lograría doblegarla.

Si no podía elegir al marido de su hija, al menos intentaría imponer algunas condiciones.

—Cásate con él cuando tengas dieciocho años. Por civil solamente, si quieres, pero cásate. Y a los varones, los circuncidas. 55

Cesare respetó los tiempos de Amedeo. Margherita cumplió dieciocho años y, veinte días más tarde, se casaron.

Partieron de luna de miel a París, donde ella insistió en subir hasta la cima de la Torre Eiffel para contemplar la ciudad desde las alturas.

Su marido tomó el ascensor. No sería la última vez que eligieran caminos distintos.

Dos años más tarde nació Roberto, con los ojos verdes de su madre.

Al segundo varón lo llamaron Amedeo, en homenaje al abuelo.

La maternidad no apartó a Margherita de la militancia.

Dejó la administración del hogar en manos del ama de llaves y continuó asistiendo a mítines.

Improvisaba discursos subida a las mesas de los cafés de la plaza San Marcos mientras el pequeño Roberto dormitaba a pocos pasos de distancia.

Al mismo tiempo, Margherita comenzó una carrera en el mundo de las artes.

Escribía críticas artísticas en una época en la que casi ninguna mujer lo hacía.

Usaba un estilo accesible para el público; más que detenerse en las cuestiones técnicas, le interesaban las emociones y las personas detrás de cada obra.

En 1903, ganó un premio por sus crónicas sobre la V Bienal de Venecia.

Así, su nombre empezó a sonar en el mundo cultural italiano.

Cuando nació Fiammetta, Cesare buscó horizontes más ambiciosos y la familia se trasladó a Milán.

Con más de medio millón de habitantes, fábricas en expansión permanente y miles de obreros procedentes de toda Italia, la ciudad era el corazón industrial del país, y también el principal bastión del socialismo italiano.

Margherita se sintió a gusto de inmediato.

Pronto trabó amistad con dirigentes políticos, artistas, periodistas y escritores.

Su casa era el punto de encuentro para quienes discutían las nuevas corrientes estéticas y el futuro de Italia.

Sus artículos sobre arte en Avanti! , el diario oficial del socialismo, eran leídos con atención.

A los treinta y dos años, era una de las figuras culturales más visibles de Milán.

En diciembre de 1912, el partido designó un nuevo director para el periódico.

Lo precedía una reputación inquietante: algunos lo veían como el futuro del socialismo italiano; para otros era un agitador incapaz de controlar su temperamento.

Benito Mussolini tenía veintinueve años y no había nadie en el mundo a quien le importara menos el arte.

Milán

invierno de 1912

A pocas horas del cierre, la redacción de Avanti! hervía de periodistas que gritaban de un escritorio a otro mientras apuraban los últimos artículos. Margherita cruzó la sala con paso decidido hacia el despacho del director. La puerta estaba abierta.

Benito Mussolini escribía inclinado sobre unos papeles.

No levantó la cabeza, y ella aprovechó para observarlo: la mandíbula tensa, un bigote que no terminaba de sentarle, la camisa blanca, aparentemente nueva aunque de confección dudosa.

“El hijo del herrero”, pensó. Sabía poco de ese hombre.

Escuchó que era un maestro de Predappio, que había salido de la cárcel menos de un año antes y que el partido acababa de confiarle la dirección del diario más importante del socialismo italiano.

Cuando por fin él alzó la vista, Margherita entendió por qué todos hablaban de sus ojos. Eran enormes, demasiado grandes para aquella cara angulosa, y de un castaño penetrante. Le recordaron a los de un ave que mide a su presa desde la distancia.

—Adelante, signora Sarfatti.

—Vengo a presentarle mi renuncia, signor Mussolini.

—¿Acaba de llegar y ya se va?

—Escribo sobre arte. Supongo que un hombre como usted preferirá asuntos más urgentes.

Mussolini apoyó los codos sobre el escritorio.

—¿Un hombre como yo? Dígame qué clase de hombre soy. Me interesa su opinión.

Margherita dejó el sombrero sobre una silla.

—Un revolucionario que considera al arte un lujo burgués.

—¿Y usted cree que no lo es?

—Pienso que una revolución que no produce belleza no merece sobrevivir.

Él apartó los papeles.

—¿Por qué no se sienta?

—No me lo había ofrecido.

—Se lo ofrezco ahora.

Margherita se acomodó en el borde de la silla.

—Dicen que usted es la pluma más temida de Milán —continuó él—. Que puede consagrar a un pintor o hundirlo.

—La gente exagera.

—La gente sabe reconocer el poder.

El despacho era pequeño y él no se había movido de su lugar; aun así, dominaba la habitación entera.

—Viene a renunciar —prosiguió—. ¿No le resulta un poco cobarde?

—¿Cobarde?