7. La esposa polaca de Napoleón. María Walewska y Napoleón Bonaparte #7
Napoleón le tomó la mano y la besó. La mantuvo apretada un momento largo contra los labios.
—Perdóname.
Desanduvieron el camino en silencio.
Esa última noche él habló mucho. Contó historias de Egipto, de Marengo, de Austerlitz, de Córcega. Saltaba de un tema al otro y hacía reír a Alexandre. María lo miraba, sin escuchar, temiendo el amanecer.
Cuando Alexandre se durmió, se acercó a Napoleón y le pasó la mano por la nuca. Él inclinó la cabeza sobre su brazo, como en Finckenstein, y se quedó así un rato.
—Mi esposa polaca. Si las cosas hubieran sido de otra manera…—murmuró.
—No fueron de otra manera. Y está bien.
Le besó la coronilla y lo ayudó a levantarse. Lo llevó a la cama y lo cubrió con la manta. Después se sentó en una silla a esperar.
A las cuatro de la mañana, un oficial golpeó suavemente a la puerta. María ya estaba lista. Tenía a Alexandre en brazos, dormido, envuelto en un chal. Había dejado los baúles. Se llevaría solo una pequeña valija y el cuaderno ocre.
Sobre la mesa de roble había una bolsa de cuero. María la abrió: vio oro, muchas monedas. La dejó sobre la cama, junto al cuerpo dormido del emperador.
París,
primavera de 1815
A principios de marzo, Napoleón escapó de Elba con mil hombres. Desembarcó en el sur de Francia y tomó París sin que nadie disparara un tiro contra él; el rey Luis XVIII había huido la noche anterior.
María leía las noticias con impaciencia.
Quería hablar con él, saber cómo estaba, si dormía.
Solo pudo verlo una vez en los cien días que el emperador volvió a gobernar Francia.
La recibió en las habitaciones privadas de las Tullerías, junto con Alexandre.
Estaba exaltado, hablaba deprisa, miraba los mapas que cubrían la mesa.
Tomó el rostro de su hijo entre las manos un momento y le dijo: “Debes ser siempre valiente”, y volvió a los mapas.
En el coche de regreso, el niño preguntó:
—¿Papá está enojado?
—Papá está apurado —dijo María.
—¿Vamos a volver mañana?
Ella no contestó.
Dos semanas más tarde, Napoleón fue derrotado en la batalla de Waterloo. Abdicó por segunda vez y se retiró a Malmaison, la casa de Josefina, que había muerto el año anterior.
María mandó a preparar el coche. En Malmaison la recibió Hortense, la hija de Josefina, con los ojos enrojecidos y el vestido arrugado. La condujo en silencio hasta un dormitorio del primer piso. Antes de golpear, le dijo:
—No ha querido vestirse en tres días. Habla poco.
—Gracias.
Hortense se inclinó hacia Alexandre y le sonrió por primera vez.
—¿Quieres entrar a saludar a tu padre?
Alexandre miró a su madre. María asintió.
Hortense abrió la puerta. Napoleón estaba sentado en un sillón junto a la ventana, con una robe de chambre de cachemir gris y la barba de días.
Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero miraba el jardín.
Cuando oyó pasos volvió la cabeza despacio, como si le costara. Al verlos se levantó.
Caminaba con dificultad. Se inclinó hacia Alexandre, le puso las dos manos sobre los hombros, y lo miró largo rato.
—Te has hecho un hombre.
—Ya tengo cinco años, padre —y abrió los dedos de una mano.
Napoleón se agachó y lo apretó contra el pecho. Al cabo de un rato lo soltó y le habló mirándolo a los ojos:
—Vas a ser un hombre justo. Vas a obedecer a tu madre. ¿Me prometes que vas a leer mucho? Un hombre que lee nunca está del todo solo.
—Te lo prometo, papá.
María vio una lágrima bajar por la mejilla derecha de Napoleón.
—¿Podrías esperar con Hortense en los jardines? Quisiera hablar con tu madre unos momentos.
Hortense se adelantó.
—Ven. Te mostraré los rosales más bonitos que hayas visto. Los plantó mi madre.
María Walewska y Napoleón Bonaparte se quedaron frente a frente.
Él levantó la mano izquierda. Entre los dedos brillaba el anillo de oro y esmalte azul que María le había regalado en Schönbrunn.
—Lo llevé siempre. En Wagram, en Moscú, en Leipzig, en Elba.
María tragó saliva.
—Quiero que sea de Alexandre.
Napoleón le tomó la mano. Depositó el anillo en la palma y cerró los dedos de María.
—Guárdaselo hasta que sea hombre. Hasta que comprenda lo que dice dentro.
—Lo haré.
Él sostuvo el puño de María entre las dos manos largo tiempo. Después lo besó.
—¿Vas a estar bien?
—Voy a estar bien.
—¿Tienes con qué vivir?
—Tengo con qué vivir.
—No pude darte Polonia.
Ella sonrió por primera vez en toda la visita. Él inclinó la cabeza sobre su hombro. Cuando volvió a mirarla, tenía los ojos húmedos.
—Adiós, mi esposa polaca.
Mientras el coche se alejaba, María recordó a la joven que imaginaba a Bonaparte atravesando las llanuras nevadas para liberar a Polonia. Había llegado hasta él por deber y se había quedado a su lado por amor. El imperio había caído; Polonia seguía sin existir. Aun así, no se arrepentía.