5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #7
Como habían vaticinado los médicos, al regresar a la capital el emperador encontró los aposentos de Leopoldina vacíos. El silencio del palacio lo golpeó con violencia física y un desamparo absoluto se instaló en su alma. Encerrado en su biblioteca en la soledad de la madrugada, escribió:
Dios eterno, ¿por qué me has arrebatado a mi muy querida Emperatriz? Ella me amó con el mayor amor, y yo admiraba su honestidad: siento que mi corazón se rompe de dolor. El mundo nunca volverá a ver en otra época un modelo más perfecto ni mejor de honor y franqueza, amor y caridad. 48
Alzó la mirada hacia la ventana que daba al palacete de la marquesa y susurró con una convicción devastadora:
—Domitila nunca podrá entender la dimensión de esto.
Demasiado tarde reconocía que la única joya auténtica en su corona siempre había sido la emperatriz. Y él, por su propia vanidad, la había despedazado.
Río de Janeiro,
verano de 1828
La muerte de Leopoldina cubrió al Brasil con un manto de aflicción.
Los ministros y diplomáticos se hundieron en una congoja silenciosa al comprender que se había extinguido el único faro de sensatez que mantenía al imperio a salvo de sus propios abismos.
En los callejones más humildes lloraban a la “madre de los brasileños”.
La desolación no tardó en dar lugar a la indignación contra la marquesa de Santos, a quien señalaban como responsable de la agonía de la emperatriz.
Sin embargo, Pedro no estaba dispuesto a renunciar a su amante; creía que bastaría con la sombra y el secreto:
Se rumorea por el pueblo que yo voy a tu casa, y yo fingí no entender.
Si hasta ahora hemos sido cautelosos, de ahora en adelante, por mí y aún más por ti, debemos serlo más.
Esta noche acordaremos cómo convivir, para poder disfrutar el uno del otro sin ser objeto de las lenguas viperinas de los malditos chismosos que quieren divertirse a nuestra costa.
Siempre procuraré veros, pero sin que nadie lo note y siempre disfrazándonos.
Te abraza,
El Demonio 49
Pasaron dos años antes de que Pedro aceptara lo inevitable: Brasil necesitaba una nueva emperatriz y cinco niños una figura materna.
Ninguna amante, mucho menos Domitila, podría ocupar aquel lugar.
Sin embargo, la tarea de conseguir una esposa resultó un calvario.
Los diplomáticos, exhaustos de recorrer las cortes europeas, regresaban humillados y con las manos vacías.
Ya se habían diseminado las historias escandalosas: la difunta Leopoldina, consumida por la pena; el emperador enceguecido por su amante divorciada; un país gobernado por un hombre indómito.
Ningún soberano quería enviar a una princesa a una tierra lejana para semejante destino.
Cuando los consejeros lo exhortaban a dejar a su amante, Pedro luchaba con la abstinencia en carne viva, pero irremediablemente, volvía a cruzar el túnel secreto, bajo el amparo de la oscuridad. Estaba en una encrucijada: el hombre no sabía vivir sin Domitila y el emperador no podía vivir con ella.
Las visitas clandestinas continuaron hasta que la princesa Amelia, hija del duque de Leuchtenberg y nieta de Josefina de Beauharnais aceptó la corona.
50 Los emisarios no daban crédito a su suerte.
Era una joven bella, culta y noble, que puso una única condición: la marquesa de Santos debía abandonar Río de Janeiro.
Los diplomáticos brasileños desplegaron con aire de triunfo el contrato matrimonial sobre el escritorio imperial.
Durante un largo rato, Pedro leyó las condiciones, impasible.
Los ministros, desconcertados por su silencio prolongado, se miraron entre sí.
Uno de ellos reunió valor y dio un paso al frente:
—Majestad, estos términos no son negociables. Si deseamos la boda, y con ella la alianza europea que tanto necesitamos, la marquesa de Santos deberá partir. Es una condición; no una sugerencia.
Se dejó caer en la silla vencido. Pensó en la muerte de Leopoldina, en su propia corona pendiente de un hilo y en el deber hacia su heredero, Pedro. Derrotado, entendió que debía aceptar los términos de su nuevo matrimonio.
Más tarde, mientras el sol descendía sobre los jardines imperiales, volvió a tomar la pluma. La sostuvo un instante y dudó. Luego escribió lo que sabía que jamás podría decirle a Domitila a los ojos.
No deseo que mi matrimonio se vea frustrado por culpa de la marquesa y por ello es indispensable que salga de la ciudad durante este mes.
Conozco el amor que la marquesa dedica a la patria y a mi familia.
Pero tenga la certeza de que esta es mi decisión definitiva: espero que me responda con aquella obediencia y respeto que le corresponde como mi súbdita y, principalmente, como mi criada. 51
El Emperador
No firmó la nota como “El Demonio” sino como “El Emperador” porque, a partir de aquel momento, solo podía ser una cosa para Domitila: su soberano.
Buscaba que ella entendiera la diferencia.
La tinta aún estaba fresca cuando llamó a un mensajero; necesitaba que le quitaran la carta de sus manos antes de que la hiciera trizas.
Domitila recibió el sobre, y el sello le anticipó el final del juego. La nota, redactada con la frialdad de un decreto, confirmó sus temores más antiguos: el hombre que había prometido incendiar el imperio por ella, finalmente había elegido salvar su corona.
Además, para impedir que ninguna sombra empañara su nuevo matrimonio, ordenaba la confiscación de las propiedades y las rentas que él mismo le había concedido, y decretaba que todos los Castro y Melo, que habían servido con lealtad desde los días de la independencia, debían abandonar Río de Janeiro de inmediato.
La estocada final para Domitila fue la orden de que las dos hijas que tenían en común, Isabel María, la duquesa de Goiás, y la recién nacida, María Isabel, fueran trasladadas sin demora al palacio de Buena Vista, para quedar bajo la custodia del emperador.
Permaneció sentada entre sus flores exóticas con la carta, un peso muerto entre sus dedos.
Había sido la favorita, la más amada, pero aquellas líneas secas la convertían de pronto en prescindible: un nombre que todo un imperio se apresuraría a borrar de sus crónicas.
Entonces comprendió la amarga ironía: mientras Leopoldina vivió, nadie tuvo la audacia de arrancar a su amante del lado de Pedro; su lugar había dependido, paradójicamente, de la sombra de la esposa.
Pero la tregua había terminado. La joven Amelia llegaba para incinerar el pasado.
Una ola de náusea le subió por la garganta, pero al arrugar en su puño el documento que la desterraba, se encendió en ella algo más antiguo que el miedo.
Se vio a sí misma acorralada, escapando de una muerte violenta, golpeando puertas con los nudillos rotos para recuperar a sus hijos.
Revivió el desdén gélido de Río, la crueldad de los salones y, como si lo hubiese vivido mil veces, aquel descenso por las escalinatas del teatro, con el camafeo del emperador batiendo contra su pecho agitado.
Entonces, clara y nítida, regresó la voz que una vez le advirtió sobre la lealtad de un hombre capaz de humillar a su propia emperatriz, y comprendió la verdad en esas palabras.
Había llegado hasta don Pedro clamando por sus hijos, y en esa misiva seca el emperador le ordenaba renunciar a las dos hijas que tenían en común.
Solo un pensamiento la sostuvo: su propio destino en San Pablo era incierto y peligroso; pero ellas, bajo la custodia de su padre estarían a salvo.
Domitila alisó el papel arrugado sobre su falda con una calma aterradora.
Si el emperador creía que ella era solo una pieza en su tablero, descubriría su error.
Con los ojos fijos en el ventanal que daba al palacio imperial susurró: “Pude con más. ¡Pude con mucho más!”.
Aquellos recuerdos eran lo más intenso de su propia resistencia y la prueba de un mandato innegociable.
Mientras su mundo conocido se desmoronaba, comprendió que solo tenía una alternativa: volver a comenzar.
Con la resignación de quien lo ha perdido todo, Domitila de Castro levantaría algo que ni los emperadores, ni los ministros, ni el propio tiempo pudieran arrebatarle jamás.
Río de Janeiro,
febrero de 1829
Señor:
Parto esta madrugada y permítame, una vez más, besar las manos de Su Majestad a través de esta carta, ya que mis desgracias y mi mala suerte me roban el placer de hacerlo personalmente.
Pediré constantemente al cielo que prospere y le conceda fortuna a mi emperador.
La marquesa de Santos sabrá conservar dignamente el lugar al que Su Majestad la elevó, y recordará lo mucho que le debe.
De Su Majestad siempre súbdita,
Marquesa de Santos 52
Para el momento en que la despedida llegó a manos del emperador, Domitila había abandonado la ciudad sin saber que sus vidas jamás volverían a cruzarse.
Regresó a San Pablo empobrecida, cargando un nombre que pesaba como una condena y un título que, en aquel destierro, era un eco vacío.
Sin embargo, se propuso reconstruirse ladrillo a ladrillo.
El exilio no sería su fin; sería su renacer.