5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #6
—No lo entiendes. Los enemigos no se acostumbran.
Acechan, esperan y atacan el flanco que les ofreces.
Ya no es solo la sociedad brasileña la que te mira con estupor.
Los embajadores extranjeros recomiendan a sus naciones alejarse de un emperador que no sabe gobernarse a sí mismo.
No tendremos ninguna esperanza de negociar matrimonios para nuestros hijos con casas reales europeas que aporten alianzas estratégicas.
No te hablo como esposa, sino como la emperatriz que observa cómo deshaces con una mano lo que yo he ayudado a construir con la otra.
Pedro se desarmó por un instante, sorprendido por la claridad implacable de los argumentos, pero se recuperó con la velocidad de un látigo.
—Soy el emperador y mi voluntad es ley.
Leopoldina se tomó las sienes con desesperación.
—Ella es el combustible de tu propia ruina.
Si insistes en vivir a la vista de todos con esa mujer, déjame recuperar la paz que me niegas.
He cumplido con mi deber. Redacté tus decretos, apacigüé a los ministros y puse mi linaje al servicio de tu apellido.
Te he dado, en el infante Pedro, un heredero para el trono del Brasil.
Aunque ello parece importarte poco, porque a tu hijo con ella, ¡con crueldad!
, también lo has llamado Pedro. Ahora solo te pido ¡descanso!
—Pero debes comprender tus deberes.
Leopoldina, sin alzar el tono, prosiguió a lo más importante:
—Te pido que me permitas retirarme a la corte de mi padre, en Viena. Quédate con tu trono de cristal; yo no seguiré esta farsa por un imperio que estás dispuesto a sacrificar en el altar de tu amante.
Pedro apretó los labios, temeroso de las consecuencias para su propia dignidad ante un abandono. También preocupado por la estabilidad de su reinado cortó de raíz la petición.
—¡Basta! No habrá viaje a Viena, no irás a ninguna parte. Eres la emperatriz de Brasil y aquí te quedarás. Jamás volverás a mencionar esta idea desquiciada ni te dirigirás a mí con esa arrogancia. ¡Recuerda por el resto de tus días que el emperador soy yo!
Entonces, en un arrebato de desesperación, Leopoldina avanzó con resolución hacia el armario.
Abrió las puertas con brusquedad y arrancó las casacas de Pedro.
Sin titubear, se asomó a la ventana abierta y las arrojó hacia el vacío.
Las prendas del emperador de Brasil cayeron sobre los jardines, mudos testigos de la ira de su mujer.
Fue su único acto de rebelión; al soltarlas Leopoldina sintió que se desprendía de lo último que la sostenía y, vaciada de toda lucha, dejó que su cuerpo se rindiera.
Río de Janeiro,
noviembre de 1826
Las fuerzas habían abandonado a la emperatriz y, a pesar de que los médicos insistían en que debía exponerse al aire matinal en los jardines, la energía apenas le alcanzaba para arrastrarse hasta un sillón frente a la ventana.
La fiebre alta aparecía y se retiraba como una marea caprichosa, y desconcertaba a los especialistas que desfilaban por los aposentos reales.
Nadie tenía una solución, nada podían hacer contra su quebranto.
Por las noches, los recuerdos la consumían, y en sueños volvía a ser la joven archiduquesa que en Viena se ilusionaba un destino esplendoroso.
Despertaba luego en el calor húmedo de Río de Janeiro, habitando un cuerpo que era una sombra extraviada bajo los encajes.
Al abrir los ojos, la invadía la certeza amarga de que todo lo que había edificado no sobreviviría mucho más allá de su propia vida.
Los ojos celestes solo recobraban algo de fulgor cuando el pequeño Pedro, de apenas un año, estiraba sus brazos regordetes hacia ella.
Con un esfuerzo colosal, se incorporaba para acariciar a su hijo con una delicadeza infinita, intentando dejar testamento de su amor en la piel del niño.
Por orden expresa del emperador, los ministros dejaron de consultarla y el imperio aprendió, de golpe, a girar sin ella.
Mientras la vida de la emperatriz se desvanecía, el dolor de Pedro empezaba a teñirse de una culpa corrosiva.
Leopoldina había sido la arquitecta silenciosa de su trono; el pilar en los días febriles de la independencia, la mujer que sujetó la corona con la prudencia que él no había demostrado.
Sin embargo, era precisamente esa brillantez la que lo atormentaba.
Leopoldina era un espejo implacable donde Pedro solo veía reflejadas sus propias carencias.
Aún le atormentaba el comentario de un ministro escuchado al pasar: “Si tan solo ella fuese él…”.
Aquella frase, una daga de humillación, lo había perseguido por los pasillos del palacio.
Enceguecido por la rabia, había condenado a la emperatriz al aislamiento y a una asfixia económica impropia de su rango.
Mientras Domitila disfrutaba de la opulencia, la hija de los Habsburgo debía recurrir a prestamistas o empeñar sus propias joyas para solventar sus gastos y mantener las obras de caridad que daban sentido a su vida.
Pedro buscaba a tientas una justificación a su traición.
En los brazos de Domitila encontraba la validación que ante la emperatriz no tenía.
Domitila encarnaba la pasión y la entrega, pero, por sobre todo, ella lo veía como al salvador que le había devuelto sus hijos, la había protegido de un marido violento y la había encumbrado en la sociedad.
A su lado, él podía erguirse, omnipotente.
Con Leopoldina, en cambio, habitaba entre sus propios fantasmas: sus flaquezas políticas, sus lagunas de conocimientos, el terror secreto a una crisis epiléptica que delatara su fragilidad.
Su esposa conocía al ser inseguro y vulnerable; su amante veneraba al hombre invencible que él se esforzaba por representar.
La guerra cisplatina lo reclamaba en Rio Grande do Sul, y los médicos, con miradas sombrías, le anunciaron que la emperatriz no sobreviviría hasta su regreso.
Pedro sintió un pavor íntimo: que Leopoldina muriera sin absolverlo.
Sabía que no tendría paz, ni en la guerra ni en la vida, sin arrancarle el perdón que le permitiera sentir algo de alivio.
La noche previa a su partida, reunió valor y visitó a su esposa para una última conversación.
La encontró en un sillón bajo la ventana, bañada en una luz espectral, hundida en almohadones que parecían devorar su cuerpo agotado.
Ella esbozó una sonrisa fugaz y extendió una mano huesuda.
Pedro la tomó entre las suyas; sintió el frío de la muerte bajo la piel.
—Mi querido Pedro… Mi señor, has venido —susurró ella.
—Vine a despedirme. Estaré fuera de Río unos días —dijo, con la voz rota. Se arrodilló junto al sillón, doblegado por el peso abrumador de la culpa—. Nunca te pedí perdón por el dolor que te he causado. Merezco la peor de las condenas.
Ella le apretó la mano, apenas con un hilo de energía.
—No es una despedida, es un adiós. Lo sé en el alma.
A tu regreso no me encontrarás —hizo una pausa para recuperar el aliento—.
Ya no hay nada que perdonar; el rencor es un veneno que no llevaré conmigo.
Tengo la esperanza de que podamos reencontrarnos después de la muerte y darnos lo que en vida no supimos.
—¡No digas eso, por Dios! Es tanto lo que necesito decirte… —temblaba ante la grandeza de la mujer que se apagaba.
—No hables; no es necesario. Solo te pido que veles por esta nación. A nuestros hijos, cuídalos, mi señor. Eres el padre que adoran. —Sus ojos se posaron en Pedro con serenidad.
Él no pudo contener el sollozo crudo que le desgarró el pecho. Pero no lloraba por ella: lloraba por sí mismo, por el peso insoportable de unas palabras que lo absolvían sin que lo mereciera.
La noticia de la agonía de Leopoldina no tardó en llegar a la casa de la marquesa.
Domitila tuvo que sentarse por un súbito latigazo de remordimiento, el corazón golpeándole las costillas.
Tenía una necesidad apremiante, física, de postrarse ante ella.
Quería explicarle que convertirse en amante de Pedro no había sido maldad, sino supervivencia; que se sintió atraída de modo irresistible por la seguridad que le había brindado después de tanta oscuridad.
También quería que Leopoldina comprendiera que la “victoria” de la amante era, en realidad, una condena.
Ser la favorita equivalía a negarse a sí misma día tras día para convertirse en el reflejo de los caprichos del emperador.
Aquel amor escandaloso le había causado sufrimientos profundos: la pérdida de tres hijos, incluido el pequeño Pedro, cuya ausencia le pesaba en los brazos vacíos.
Pero el dolor continuaba; debió soportar que él engendrara hijos con otras mujeres, pero nada la había preparado para la estocada final, con su propia hermana, María Benedita.
Aquella traición le revelaba la fragilidad de su imperio construido sobre sábanas de seda: si él había sido capaz de saltar de su cama a la de su hermana, ¿qué seguridad le quedaba a ella?
Y, sobre todo, debió habituarse a la desconcertante certeza de que las joyas, los títulos, el palacete y su vida entera, podría esfumarse en solo un instante de capricho imperial.
—Yo no elegí este lugar, esta jaula de oro —murmuró a las paredes pintadas de su sala floral—. Nunca lo quise a este precio.
A pesar de su insistencia, no le permitieron ver a Leopoldina.
Los ministros cerraron filas en torno a la emperatriz y prohibieron a Domitila atravesar los portones del palacio de San Cristóbal.
Confinada en su residencia suntuosa, solo le quedó aguardar el desenlace entre sus flores exóticas; comprendió con amargura que el poder de Pedro jamás alcanzaría para comprarle la redención que ella tanto necesitaba.