Amantes del poder 5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #5
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5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #5

Entonces, en un instante, la máscara del amante se desmoronó para dar paso a la del soberano. Pedro la miró con una vehemencia que buscaba la sumisión; un frío repentino, y que creía olvidado, recorrió la espalda de Domitila.

—¿Te marchas? Y dime, ¿adónde irás, Domitila?

¿A San Pablo, a mendigar el perdón de la sociedad que te escupe?

¿A los brazos de tu marido, que te odia?

—Dio un paso, luego otro, acortando la distancia con la precisión de un depredador que acecha a su presa—.

Recuerda quién te rescató del fango. Recuerda quién te devolvió a tus hijos, quién te dio estos lujos, este poder, este nombre.

Sin mí, no eres más que una mujer repudiada, una aventurera que intentó llegar demasiado alto.

Pedro se acercó tanto que ella pudo contar los pequeños hilos de sangre que surcaban su mirada colérica. Le apresó el rostro entre las manos, con una firmeza posesiva.

—No te irás —sentenció con la fuerza de un decreto—.

No puedes respirar sin todo lo que yo te doy.

Llora, grita, destroza los muebles si quieres; no me importa.

Pero mañana estarás a mi lado, hermosa y silenciosa, como te necesito.

Porque eres mía, Domitila. Y el emperador no permite que sus joyas se extravíen por un capricho de alcoba.

La soltó con un desdén brusco y salió de la habitación sin mirar atrás, blindado en su propia arrogancia.

Domitila quedó inmóvil. Mientras el eco de los pasos se alejaba sobre el mármol, un temblor de rabia empezó a recorrerla.

Pedro estaba convencido de su benevolencia, pero ella acababa de entender la amarga verdad: el amor del emperador era tan peligroso como lo había sido, años atrás, el filo de aquel puñal.

Y en la soledad de sus aposentos, comprendió que para sobrevivir a un hombre que creía poseerlo todo, ella debía convertirse en la única cosa que él no pudiera comprar.

Pedro, entretanto, no tenía intención de retroceder: Domitila era inamovible en su vida, la necesitaba y haría temblar los cimientos del imperio para tenerla a su lado.

Pero, además, le demostraría a ella que nadie podía darle lo que él.

Eligió un escenario público para dejarlo en claro: la fiesta que Leopoldina preparaba para el cumpleaños de su hija mayor, María da Glória.

El salón de ceremonias del palacio de San Cristóbal estaba repleto de la aristocracia que había acudido a rendir honores a la niña.

La emperatriz Leopoldina daba la bienvenida a los invitados procurando evitar a Domitila con elegancia.

Una exquisita melodía de cuerdas acompañaba las conversaciones ligeras.

El emperador alzó su copa y el murmullo se cortó de golpe. Todas las cabezas giraron hacia él, pero, en lugar ofrecer un brindis por su hija, clavó la mirada en su amante con una fijeza posesiva.

—En este día de celebración familiar, proclamo que nuestra amada Domitila de Castro do Canto e Melo será a partir de ahora vizcondesa de Santos.

Nadie aplaudió tras el anuncio. Una copa se estrelló contra el mármol, escapada desde una mano indignada. La nueva vizcondesa, tan azorada como el resto de los presentes, hizo una reverencia automática bajo el peso de decenas de miradas que la perforaban. Una voz grave murmuró muy cerca de su oído:

—Debería desconfiar, vizcondesa, de un hombre capaz de humillar a su propia esposa en público.

Domitila contuvo el aliento al comprender el frío de la verdad en esa frase.

Sus manos se posaron instintivamente sobre su vientre, donde latía una nueva vida, y una ansiedad profunda la embargó.

Pedro la estaba comprando frente a toda la corte, y el costo de ese intercambio empezaba a parecerle insostenible.

Leopoldina, mientras tanto, medía cada movimiento con precisión, consciente de la importancia de mantener la compostura ante los demás.

No debía dar lugar a reacciones inapropiadas para una emperatriz.

Además, su indignación no era personal: Pedro parecía no comprender lo frágil de su posición en el trono.

Comprometida con su papel, cumplía con sus obligaciones de esposa sin fisuras: lo acompañaba en las cabalgatas matutinas, atendía los asuntos que él descuidaba.

Año tras año le daba un hijo, alimentando la esperanza silenciosa de que finalmente llegara el heredero varón que asegurara la continuidad de la corona.

Otorgar un título nobiliario a una mujer divorciada, cuyo único mérito era ser su amante, significaba una afrenta grave a los cimientos del poder imperial.

Esta acción la llenaba de temor, no solo por el destino del país, sino también por la reputación de la casa de Braganza.

Observaba con preocupación cómo la obsesión de Pedro por esa mujer perdida amenazaba con desestabilizar el orden y el prestigio de la dinastía.

La emperatriz acertaba con sus temores: Pedro desestimaba toda mesura.

Insistía en agasajar a su amante sin límites ni cautela.

Un día declaró con vehemencia que una vizcondesa, sobre todo su vizcondesa, debía habitar una residencia acorde al rango que él, con obstinación, le había conferido.

Mandó erigir un palacete para Domitila, contiguo a la residencia imperial, con la intención de que nadie dudara de que su amante era poderosa e intocable.

El resultado fue un auténtico santuario de la pasión desbordada del emperador.

Un delirio cargado de cielorrasos curvos decorados con frescos de dioses y ninfas, pisos resplandecientes de mármol de Carrara, y muros revestidos en sedas suntuosas traídas desde Lyon que costaban más que el sueldo anual de un regimiento. 46

Una vez terminada la decoración de la residencia, Domitila y Pedro la recorrieron de la mano, embelesados por la fastuosidad de cada estancia.

Se detuvieron en los umbrales, dejando que la imaginación les anticipara los momentos que vivirían en cada salón.

El primer amanecer en aquella nueva morada los encontró abrazados en un lecho traído especialmente desde París.

La luz suave de la mañana los arropaba con una tibia claridad.

Domitila, todavía envuelta en una somnolencia placentera, abrió los ojos y, al reconocer la opulencia que la rodeaba, sintió que aquel refugio la mantendría a salvo de las miradas hostiles de la corte, pero sobre todo sería su bastión propio cuando el capricho de Pedro lo llevara a buscar otros rumbos.

Aunque toda la mansión le resultaba cautivante, Domitila tenía su lugar favorito: la sala floral, un invernadero de luz y color donde los frescos estallaban en aves del paraíso y vegetación exótica.

Los ventanales amplios, que daban sobre los jardines del palacio imperial, permitían a Pedro contemplarla en aquel santuario privado.

Un pasadizo secreto ofrecía al Demonio la posibilidad de eludir la vigilancia de sus escoltas noche tras noche en busca de aplacar el ardor que lo consumía.

Si los compromisos lo retenían en el palacio, espiaba a la joven vizcondesa con un telescopio, siguiendo con fervor cada movimiento suyo.

Y en arrebatos de celos y deseo, le escribía cartas que revelaban su tormento interior:

Cariño mío:

Quiero saber muchas cosas: primero, cómo pasaste el tiempo, segundo, adónde fuiste a pasear, tercero, a qué hora llegaste, cuarto, por qué había luz a las once y media en la habitación redonda de abajo, y quinto, si lo pasaste bien, sin mirar ningún “amor fugaz”.

Tu desdichado hijo, amigo, fiel, constante, devoto, agradecido y verdadero amante,

El Demonio 47

Cegado por su obsesión, y mientras Leopoldina se recuperaba del nacimiento del ansiado heredero, a quien bautizaron con el nombre de su padre, Pedro comenzó a pasar las noches en casa de su amante.

Pronto dejó de regresar al palacio durante el día, desatendiendo sus responsabilidades.

Los ministros, a la deriva, golpeaban las puertas de la emperatriz buscando la sensatez que las urgencias del imperio demandaban.

Nadie osaba preguntar por el paradero de su esposo, y Leopoldina, con discreción, gestionaba los asuntos, esforzándose por disimular el comportamiento indecoroso de un hombre dominado por sus pasiones.

Finalmente, después de más de un mes de ausencia, envió un mensaje a la casa de Domitila, urgiendo a su marido a cumplir con sus responsabilidades imperiales.

Pedro regresó a la mañana siguiente. Tenía intención de atender algunos asuntos y, sin dar explicaciones, volver a perderse en su romance extramuros, pero se encontró ante una mujer irreconocible.

Leopoldina, desgastada por la humillación pública, lo esperaba de pie en la sala del Consejo de Estado.

—Esto no puede continuar, Pedro. Has cruzado un límite que ya no es íntimo, sino político —sentenció sin preámbulos.

El emperador se quitó los guantes con fastidio y los lanzó sobre la mesa de caoba que lo separaba de su mujer.

—Exageras. Siempre supiste cómo soy; no pretenderás cambiarme a esta altura. Tampoco permitiré que interfieras en mi felicidad.

—No me preocupa tu felicidad, sino tu imprudencia.

Das honores en la corte a una divorciada y pones a sus bastardos a la altura de nuestros hijos legítimos.

Como si todo esto fuera poco, ahora la has ascendido a marquesa de Santos cuando su único mérito es ser tu capricho.

Esto no es una falta privada: es una afrenta a los valores que sostienen nuestro imperio.

—Domitila no amenaza a nadie —respondió con un gesto brusco—. La gente se acostumbrará.