5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #4
Pedro abrió la caja. Sobre el satén blanco descansaba un collar de amatistas, profundas como la noche tropical, del que pendía un camafeo de marfil con el perfil del monarca.
42 Sin darle tiempo a reaccionar, apartó los rizos negros de su nuca y cerró el broche de oro alrededor de la garganta de la joven.
—No llores más, mi Titilia. Ahora sabrán que me perteneces porque llevas mi rostro sobre tu corazón. Nadie osará faltarte el respeto —sentenció.
Los dedos de Domitila rozaron la superficie del camafeo. La joya se veía espléndida, pero en la piel se sentía fría y pesada; un grillete de lujo.
—Pedro, no se trata del respeto que puedas colgarme del cuello.
Las damas apartan las faldas para no rozarse conmigo porque estoy divorciada y porque soy tu amante.
A mis espaldas soy la “Mesalina de los trópicos”.
43 Puedes vestirme con diamantes si quieres, pero nada cambiará.
Seguiré siendo la intrusa —tomó aire—. Lo que me desgarra es que se burlan de Isabel y la llaman bastarda.
—¡Mentira! Jamás permitiría nada de ello. Y tampoco vi que te diesen la espalda en los bailes —tronó el emperador.
—¿Es que no entiendes que lo hacen solo cuando tú no estás? Esto no terminará jamás, y no sé cuánto más podré soportar.
—¡Basta! —la interrumpió, decidido a no admitir réplica—. Yo te juro, Titilia, que si alguien te lastima responderá ante mí y pagará con su honor.
—Gracias, mi señor —susurró Domitila. Bajó la cabeza, rindiéndose en silencio. Estaba perdidamente enamorada y se había prometido no arruinar esa tarde apasionada.
—Pues entonces está arreglado. Ve a la modista y dile que no repare en gastos. Quiero que estés deslumbrante y que el vestido sea digno de la mujer que lleva al emperador sobre el pecho. Ahora debo irme; me esperan —dijo, aliviado de que la discusión hubiese sido breve.
Domitila, con las lágrimas todavía tibias, buscó amparo en el recuerdo de las palabras de aquella carta donde Pedro le juraba estar dispuesto a cualquier sacrificio.
Al sujetar el camafeo con ambas manos, la asaltó una pregunta amarga: ¿estaría el emperador realmente dispuesto a confrontar a todos por ella?
Ante esa duda, un instinto forjado en sus heridas salió a rescatarla.
Había sobrevivido a un marido que casi la asesina.
Si pudo escapar de esa amenaza tan cercana y aferrarse a la vida, una corte de extraños no la vencería.
Una semana más tarde, madame Claudine en persona le entregó un vestido azul noche con la falda bordada a mano.
Tomó fortaleza de esos hilos de plata que imitaban un cielo estrellado.
Mientras la modista francesa ajustaba los últimos pliegues del corsé en torno a su cintura recuperada, Domitila comprendió que aquel vestido era mucho más que una prenda de lujo: era la coraza con la que enfrentaría las sombras que la acechaban.
Se decía que la emperatriz no asistiría a la función de esa noche; acababa de dar a luz a su cuarta hija, Francisca.
Aún la consumía la pérdida de sus varones, Miguel y Juan Carlos, y la creencia en la maldición de los Braganza, 44 que segaba a los primogénitos, pesaba sobre el matrimonio imperial.
Y aunque la pequeña Isabel no representaba peligro para la línea sucesoria, su nacimiento resultaba una herida punzante para la emperatriz.
Un mensajero arrancó a Leopoldina de sus pensamientos y, con una reverencia, le extendió una esquela. Reconoció la letra al instante.
Mi Titilia:
Llegaré tarde a la función; asuntos de Estado me detienen. Espérame en el palco. Acepta besos y fuego de tu amante, que anhela verte lo antes posible.
El Demonio
La primera sensación fue de decepción, pero la pasión que revelaba la nota pronto devolvió la sonrisa a Domitila. Estaba decidida a sobrevivir a las lenguas afiladas de la corte. Ocuparía su lugar en el palco del emperador y aguardaría a que él llegara para tomar su mano.
A la ópera asistía lo más selecto de la sociedad, y en las noches de estreno solo accedían al teatro quienes poseían invitación.
Aquella velada, la acera vibraba con damas cuyas joyas destellaban bajo los faroles con velas encendidas, mientras hombres impecables debatían en voz baja la pugna política entre los flamantes brasileños y la vieja guardia portuguesa.
Domitila bajó del carruaje, imponente en las sedas oscuras del vestido que enmarcaban su joya.
El murmullo elegante murió en seco; decenas de miradas la perforaron con desdén al descubrir el camafeo del emperador sobre su escote.
Ignorándolo todo, avanzó hacia la escalinata del teatro con la cabeza en alto, atrincherada en su propio coraje: “Pude con más. Pude con mucho más”.
Aunque intentó ignorarlo, el desprecio a su alrededor fue más poderoso que su voluntad de resistir, y la necesidad de escapar del escrutinio se volvió física.
Apresuró la marcha hacia el vestíbulo del teatro, pero encontró las pesadas puertas de la entrada aún cerradas.
Pidió a los porteros que le abrieran, pero resultaron una barrera infranqueable.
—Lo siento, señora. Tenemos órdenes estrictas de no dejarla pasar hasta que llegue Su Majestad.
Domitila respiró hondo, mientras buscaba palabras que la salvaran.
—El emperador me dijo que lo esperara dentro, en su palco —insistió, con la voz estrangulada, mientras un temblor hacía flaquear sus rodillas.
—Mis órdenes son claras, señora.
La humillación le cercenó el aliento. Primero se le aflojaron las piernas; luego, el aire se le atascó, denso, en los pulmones, y una furia hirviente le quemó los ojos.
Pero no lloraría frente a ellos. Dio media vuelta.
Solo el crujido de la seda de su falda rasgaba el silencio mientras desandaba el camino hacia su carruaje.
Tras ella, un mutismo expectante, casi gozoso, se extendía entre los asistentes que saboreaban su derrota.
El cochero apartó la mirada mientras aseguraba la portezuela.
Ella respiró hondo, apretó los puños y subió con urgencia.
Solo deseaba que el vehículo se perdiera en la noche.
Pedro llegó cuando la función había comenzado y encontró el palco real vacío. Su edecán, que había escuchado los rumores de lo ocurrido, lo puso al corriente. La cólera le estalló en el pecho: habían desafiado su poder en lo más íntimo.
—¡Pagarán por esto! —rugió, y su voz cortó la melodía de la ópera de cuajo. Sin esperar respuesta, el emperador de Brasil salió del teatro a zancadas y dejó a ministros, nobles y embajadores sumidos en un murmullo desconcertado.
A la mañana siguiente, un mensajero llegó a la casa de Domitila con una nueva carta.
Mi bienamada Titilia:
He remediado la situación en este momento; no he olvidado mi promesa. El teatro ha sido desalojado, todos los trajes y decorados quemados en una hoguera frente a la iglesia de Santa Ana.
Tu amante, fiel y constante,
Tu Demonio 45
Domitila sostuvo el papel entre sus dedos, la mirada perdida en el leve resplandor rojizo que aún flotaba sobre la ciudad.
Un amor arrasador que, para protegerla, estaba dispuesto a reducir el mundo a cenizas podría ser un destino sublime pero peligroso.
Y con una opresión en el pecho, las preguntas la avasallaron: ¿qué quedaría en pie cuando se apagase el fuego de su Demonio?
¿Lograría ella misma sobrevivir entre las brasas?
Pocos meses después, Pedro irrumpió en los aposentos de Domitila con la familiaridad habitual.
Sin embargo, apenas cruzó el umbral, el aire le devolvió un frío desconocido.
No había gardenias en los jarrones; Domitila no lucía sus joyas favoritas ni mostraba el brillo cómplice que solía encenderse al verlo llegar.
De pie junto al balcón, era una estatua de tensión contenida, con el rostro desencajado y la mirada endurecida por una furia que él no supo reconocer.
Pedro comprendió que estaba ante una mujer que acababa de declararle la guerra.
—Dime que es mentira, Pedro. Dime que esto no es más que otra intriga de tus enemigos —soltó ella, sin siquiera saludarlo.
—No sé de qué hablas.
—¡Hablo de mi hermana! ¡Hablo de Benedita! —gritó, mientras avanzaba hacia él como una fiera—. Acabo de enterarme de que su hijo recién nacido no es de su marido, ni de ningún otro cortesano. ¡Es tuyo!
Pedro soltó una carcajada forzada que solo alimentó la ira de Domitila.
—Son calumnias, chismes malintencionados. Sabes que inventan cualquier excusa para herirte.
—¿Chismes, calumnias? ¡No te atrevas a mentirme!
La he enfrentado ¡y me lo confesó! No mostró vergüenza ni arrepentimiento; me lo espetó en la cara.
Y no solo eso, también se burló de mí exhibiéndose con el prendedor de esmeraldas que le regalaste.
¿Cómo pudiste meterte en el lecho de mi hermana?
¡Es aberrante! ¿Qué hay del hijo que estamos esperando?
¿Qué lugar le reservas a esta criatura que concebimos en medio de promesas que has pisoteado?
Se abalanzó sobre él y, mientras lloraba con impotencia, le golpeó el pecho con ambos puños, una y otra vez. Pedro no se defendió. Cuando sus manos ya no tuvieron más fuerza, Domitila cayó al suelo, vacía. Él la observó, impasible.
—Fue solo una noche, Domitila. Una noche desesperada nacida de la soledad y del vino. No significó nada. Ese niño no es nada frente a lo que nosotros tenemos. No dejarás que un desliz sin importancia destruya nuestro mundo —dijo, intentando abrazarla.
—¿Un desliz? —ella zafó de su agarre con un violento empujón—.
¿Llamas desliz a esta puñalada? Me has engañado con otras porque es tu vicio, y lo supe y callé.
Pero ¿con mi hermana? ¡Me das asco! ¿También le dirás al mundo que nuestro hijo fue un desliz que prefieres olvidar?
No voy a quedarme para ver cómo crece tu hijo con Benedita mientras tú sonríes en el palco de la ópera y toda la ciudad se ríe de mí. Se acabó. Esta misma noche me marcho.