5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #3
Leopoldina de Habsburgo, archiduquesa de Austria, hija de emperadores y hermana de reyes, se desenvolvía con naturalidad en los escenarios del poder.
En los pasillos del palacio corría un rumor persistente: su inteligencia y preparación superaban con holgura a las de su esposo.
Mientras él consolidaba alianzas en San Pablo, Leopoldina actuó como jefa del Consejo de Estado y regente interina.
Ella asumió el peso de las divisiones internas, las presiones diplomáticas y las crecientes amenazas por parte de las Cortes de Lisboa, que anulaban la autoridad de Pedro y exigían su regreso inmediato.
Con la astucia de una estratega consumada, comprendió que el tiempo de Portugal en América debía llegar a su fin.
Amparada en sus atribuciones, el 2 de septiembre de 1822 convocó al Consejo y tomó la decisión formal de romper el vínculo colonial.
El acta de independencia firmada por su esposa alcanzó a Pedro a orillas del río Ipiranga cinco días más tarde.
La acompañaba una nota manuscrita, firme y audaz: “Con o sin tu apoyo, Brasil se separará. El fruto está maduro; tómalo o se pudrirá”.
Esa frase certera lo impulsó a pronunciar el grito que marcó el nacimiento del Brasil independiente.
Y sin embargo, ese mismo hombre al que ella había sabido guiar en los momentos decisivos le exigía recibir a su amante.
Intentando demostrar firmeza, le dijo que no le daría la bienvenida a esa mujer en la corte.
El portazo de Pedro resonó en el palacio. Leopoldina quedó sola en la habitación, inmóvil, las manos anudadas sobre el regazo donde anidaba la tristeza fatigada de quien ha dado demasiado y empieza a comprender que fue en vano.
La memoria, traicionera, la arrastró de regreso a aquel puerto soleado, años atrás.
Se vio llegar a Río de Janeiro: una joven archiduquesa de belleza discreta y mirada inquieta, con ojos color del océano.
Había viajado desde Viena, casada por poderes con un esposo que solo conocía a través de retratos y relatos oficiales, dispuesta a cumplir con su deber.
Durante un tiempo, el matrimonio pareció funcionar.
Cada mañana, antes de que el calor apretara, Pedro la llevaba en cabalgatas enérgicas por los morros, y en las tardes compartían largas conversaciones sobre los desafíos de las monarquías europeas.
Ella, educada entre ministros, diplomáticos y consejeros de la corte de los Habsburgo, había absorbido desde niña la disciplina y el rigor.
Lectora voraz de filosofía, historia y política, cautivaba a Pedro con una lucidez que él no poseía.
Sin embargo, detrás de aquella admiración crecía una sombra: él empezaba a ver en la preparación impecable de su mujer un espejo demasiado nítido de sus propias carencias.
Desde su llegada a Brasil, Leopoldina echó de menos la sofisticación de Viena y el esplendor de un hogar donde nada se improvisaba.
En el palacio de Río de Janeiro la mitad de sus baúles permanecían sin abrir, no solo por falta de espacio, sino porque sus vestidos, pensados para ceremonias de gran escala y climas europeos, no encontraban lugar en la vida tropical.
Soportar el calor sofocante que le provocaba jaquecas, los mosquitos que cercenaban su descanso y la soledad de aquel palacio, modesto comparado con los de su familia, era su deber.
Después de todo, la habían educado para gobernar sus emociones, no para ser feliz.
Y aunque ella se esforzaba, pronto quedó claro que Pedro ardía en un apetito impetuoso que ni la ternura más leal ni las afinidades intelectuales de su esposa podían saciar.
Un hombre forjado en el ardor de los deseos inmediatos, que habitaba un universo visceral, era diametralmente opuesto al mundo de disciplina férrea y contención de Leopoldina.
Ella no se quebró ante los rumores acerca de mujeres y juergas que serpenteaban en los corredores; entendía con pragmatismo dinástico las reglas de los matrimonios reales.
Hasta que el regreso de Pedro de San Pablo le reveló un cambio alarmante.
La osadía de instalar a su amante en el corazón de la corte, una mujer marcada por el estigma del divorcio, era un error político que ella no podía ignorar.
Leopoldina comprendió que estaba ante una fisura en los cimientos del Estado.
Aquel capricho de Pedro ofrecía a los detractores del imperio una flaqueza que no dudarían en atacar.
El país, joven y frágil, dependía de la disciplina y el deber, no del caos de la pasión.
La emperatriz se incorporó con esfuerzo, sostenida por los siglos de dignidad que llevaba en sus venas.
Desde el ventanal distinguió la silueta inmóvil de un barco en la bahía de Guanabara.
Enderezó los hombros, alisó la seda de su falda, y se sentó frente a su escritorio para revisar la correspondencia oficial.
Río de Janeiro,
verano de 1824
El dormitorio de la casa sobre la Rua Barão de Ubá estaba impregnado por el perfume intenso de las magnolias que llegaba desde un jarrón de porcelana en la entrada.
Las pesadas cortinas de terciopelo creaban una penumbra cómplice.
Afuera, la ciudad hervía con los conflictos de la corte; pero allí el mundo estaba reducido al pulso acelerado de dos cuerpos que se buscaban con urgencia.
Pedro había tomado a su amante con esa mezcla de ímpetu y voracidad que siempre la desarmaba, y Domitila respondió con la entrega de quien vive para esos momentos.
Cuando se separaron, jadeantes, la luz de la tarde se posaba sobre las ropas sembradas por el suelo, cómplices silenciosos del arrebato.
Desde que desembarcó en Río de Janeiro, un año y medio antes, el ascenso de Domitila fue meteórico e incontestable: se había convertido en la favorita oficial, y Pedro transgredía todo protocolo por ella.
La reclamaba en la intimidad de aquella casa que le había comprado, y también la exhibía, desafiante, en los bailes de la corte.
Le apremiaba mantenerla al tanto de los asuntos políticos más sensibles y la consultaba acerca de ministros y funcionarios; la trataba como una consejera en las sombras.
Estaba pendiente de cada necesidad suya y de su familia; demostraba con ellos una generosidad que rayaba en el escándalo.
Hasta en sus momentos de ocio, mientras el emperador se entregaba a otra gran pasión, la ópera, invariablemente Domitila lo acompañaba en el palco imperial.
Sus ansias por ella se convirtieron en una sed insaciable, corroían el límite que separaba al soberano del hombre.
Domitila habitaba aquel deslumbramiento con el asombro de quien se encuentra, de pronto, en el centro de un universo.
Recordaba con nitidez la tarde en la que, con el corazón angustiado, le confesó que esperaba un hijo suyo.
Llevaba apenas dos meses en la ciudad y temía que él la desterrara para evitar el escándalo.
Pedro, en cambio, la estrechó contra su pecho y proclamó ser el hombre más dichoso del imperio.
Nueve meses más tarde, cuando nació Isabel, se mostró muy cariñoso con esa hija ilegítima, de quien decía que poseía la belleza indómita de su madre.
Dos años más tarde la reconoció oficialmente y le otorgó el título de duquesa de Goiás, con el tratamiento de Su Alteza.
41 Con ese acto, Pedro demostró hasta qué punto sus afectos subyugaban cualquier consideración política.
Y así, para la nobleza, Domitila dejó de ser un escándalo tolerado para convertirse en una amenaza tangible.
Por momentos, ella se permitía creer en la posibilidad de un largo futuro a su lado.
Pero había momentos que llegaban sin anunciarse y la hacían sentirse al borde del abismo.
Mientras él insistía en que su voluntad de emperador bastaba para legitimarlo todo, ella intuía una verdad más frágil: el amor del emperador era absoluto pero volátil.
Así como mudan las estaciones, él podría enfriarse y dejarla a la intemperie frente a una sociedad que aguardaba con paciencia el momento de cobrarse cada uno de sus privilegios.
Se incorporó, con la piel aún tibia de placer, y decidió que no tenía sentido envenenar aquel momento con cavilaciones amargas.
Comenzó a vestirse con lentitud deliberada, casi ritual, intentando retrasar el regreso a la realidad.
Al otro lado de la cama, Pedro abotonaba su camisa con movimientos precisos, la mirada ya perdida tras la ventana, en la ciudad que lo reclamaba.
—La próxima semana hay una gala de ópera —dijo él, sonriendo ante la perspectiva de su programa favorito—. Deberías ver a madame Claudine, la modista de la corte, para que te ayude con tu traje. Tu vestido del último banquete lucía demasiado sencillo. Quiero que brilles como la mujer que eres.
La pasión del encuentro se apagó súbitamente en Domitila. Cerró los ojos para no delatar su dolor.
—Siento que nadie me quiere a tu lado, que les molesto, y más les molesta el lugar que me das. Preferiría no acompañarte esta vez.
Pedro se tensó. Cruzó la habitación en dos zancadas, la tomó de la barbilla y alzó su rostro con firmeza.
—¿Otra vez con eso, Titilia? Son imaginaciones tuyas. En la corte todos te respetan. ¿Acaso no he visto yo al vizconde de Río Seco brindar por tu salud?
—Lo hacen cuando tú estás presente. Pero si te das vuelta, los murmullos no cesan. Incluso hablan mal de nuestra hija. —Su mirada suplicaba que le creyera.
—¡Te envidian! Eres bellísima y tienes el favor de tu emperador —cortó él. Metió la mano en un bolsillo interior de su casaca y sacó un estuche de terciopelo oscuro—. Toma, para que no queden dudas de quién eres y a quién le perteneces.