5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil #2
Don Pedro arribó a la hora acordada, impecable en su uniforme de gala.
Saludó con cortesía a doña Escolástica y agradeció a don Juan la deferencia de ofrecerle la cabecera, a su lado.
Sin embargo, durante la cena permaneció casi ajeno a la conversación de sus anfitriones.
Una y otra vez, giraba hacia el sitio donde estaba sentada Domitila.
Ella, incapaz de probar bocado, mantenía la atención fija en su copa.
Cada vez que sentía los ojos del príncipe recorrerle el cuello y demorarse en su boca, un fuego traicionero le ascendía por las mejillas.
Domitila experimentó una conciencia inquietante: por primera vez, saberse deseada no se sentía como una amenaza.
Una vez que el príncipe se retiró, don Juan reunió a la familia para celebrar el éxito del encuentro.
Habló con satisfacción, repasando todos los detalles, pero Domitila, con la mente en otro lugar, apenas oyó las palabras de su padre.
Alegó una jaqueca repentina y se retiró a su habitación, con el pulso alterado por la intensidad de lo vivido.
Poco antes de retirarse, Pedro se le había acercado mientras nadie los miraba, y, con discreción, le susurró al oído: “Quédate sola esta noche. Deja la ventana entornada”.
La frase, atrevida, prendió en su corazón y alimentó en Domitila un deseo que la dejó sin aliento.
Despidió a su esclava y cerró la puerta.
En la intimidad de la alcoba, liberó aquella cabellera que nunca había recibido la caricia de un amor verdadero, solo el tirón brutal de manos violentas.
Frente al espejo, se despojó de la ropa y dejó que el aire fresco le acariciara la piel.
Se contempló desnuda durante un largo rato, redescubriendo las curvas que durante su matrimonio solo habían sido motivo de castigo y de dolor.
Felicio la tomaba con brutalidad, la vigilaba como una posesión, y castigaba con furia cualquier mirada ajena.
Sin embargo, cuando el príncipe recorría su cuerpo con la vista, algo sepultado en lo más profundo emergía de repente.
Un fulgor encendió sus mejillas al recordarlo.
Comprendió que, aunque el miedo persistía anclado en sus huesos, ya no la dominaba por completo.
Se vistió con una camisa de noche y la tela suave se deslizó por las caderas con gracia.
La mujer que había estado dormida durante tanto tiempo estaba despertando.
Colocó con cuidado una vela sobre el arcón junto a la entrada, como señal en la penumbra, y se recostó sobre la cama.
Aguzó el oído, buscando el galope de un caballo que regresara o el eco de unos pasos firmes en el patio bajo la ventana, pero la tensión de la jornada cargada de emociones terminó por imponerse y se rindió al sueño.
Despertó horas después sobresaltada. La vela se había consumido y la habitación estaba a oscuras. Se incorporó de golpe, el corazón desbocado, los dedos temblorosos aferrados al lazo de su camisa de noche.
Allí estaba Pedro, envuelto en el aroma de la noche.
Imperioso, cruzó la habitación como si fuera su territorio.
Todo lo demás —las intrigas de palacio y las urgencias políticas— se desvanecieron.
Sus ojos, febriles, la anclaron al lecho.
Aquella noche, no hubo poemas ni cortesías; solo el hambre de quien reclama lo que siente propio.
Pedro se abalanzó sobre ella, apresando sus labios.
Domitila, que había temido la violencia de los hombres, sintió que aquel ímpetu no buscaba lastimarla, buscaba devorarla.
Y ella, por primera vez en su vida, deseaba ser devorada.
Y así, en los mismos momentos que Brasil asomaba a su independencia, otra historia —íntima, poderosa e indomable— encontraba su propio amanecer.
Con la primera luz del día, Pedro se marchó. Dejó atrás lo más vulnerable: su corazón, que había quedado latiendo entre las manos de Domitila de Castro.
17 de noviembre de 1822
Querida mía:
Desde que posé mis ojos en tu belleza, supe que quería ser todo tuyo para siempre.
Por ello, he hecho partícipe a tu padre de mis sentimientos, confesándole que estoy enamorado de ti.
Y, muy en especial, le he hablado de mi disposición a hacer cualquier sacrificio por este amor.
Así le he convencido para que te busque a ti y a tu familia y los traiga a Río de Janeiro.
¿Querrás, divina augusta de mi pensamiento, venir a mí?
Acepta los abrazos, los besos y el fuego de tu amante, que suspira por verte a su lado lo antes posible,
El Emperador 39
Domitila dobló la carta y, con un gesto instintivo, la escondió entre los pliegues de su vestido azul, temiendo que el papel —y la promesa que contenía— pudiera desvanecerse. Aquellas palabras tenían el poder de revivir en su piel las seis noches breves compartidas con su amante.
Aunque don Pedro había dicho que le escribiría cada semana, tras su partida de San Pablo casi dos meses atrás solo había existido silencio. Domitila sobrevivía repitiéndose que, en tiempos convulsos, él no conocía sosiego y que un imperio naciente no dejaba margen para romances clandestinos.
Sacó la esquela y volvió a recorrer sus líneas.
La mirada se detuvo en la firma; un estremecimiento le corrió por la espalda.
Hasta poco antes, Pedro había sido el príncipe regente, pero el hombre que le hablaba de amor en aquel papel era el emperador de Brasil.
Lo imaginó erguido sobre un caballo, en las márgenes del Ipiranga, la espada alzada al cielo en señal de desafío.
Casi podía oír el eco de aquel juramento que comenzaba a tallarse en la historia: “¡Por mi sangre, mi honor, mi Dios, juro dar libertad a Brasil! ¡Independencia o muerte!”.
40 Esa visión la inundó, envolviéndola en una oleada de admiración, y le reveló que amaba no solo al hombre apasionado, sino al héroe que había dado vida a un Brasil libre con aquel grito.
Además, incluso en medio de la conmoción política, Pedro había cumplido sus promesas en pocas semanas.
La prueba más tierna dormía plácidamente en la habitación contigua: sus hijos, Francisca y Felicio.
También había intervenido para acelerar su divorcio, y para alejar a su marido de una vez por todas lo había enviado a trabajar fuera de la ciudad.
Las líneas que acababa de recibir confirmaban que la paz y la esperanza eran, al fin, posibles.
Con el corazón desbordante y dispuesta a aceptar aquella invitación inesperada, corrió a compartir la noticia con su madre y su hermana.
Los preparativos para el viaje se prolongaron durante meses.
Doña Escolástica supervisaba cada detalle para que la familia diera una imagen intachable al llegar a la corte.
Insistía con firmeza en que no podían presentarse sin un guardarropa acorde al nuevo rango de su marido, a quien el emperador había nombrado teniente coronel del ejército imperial.
La casa se convirtió en un auténtico manicomio de sedas y muselinas.
Costureras y modistas entraban y salían sin descanso, mientras telas y adornos se apilaban en cada rincón.
El bullicio no tenía fin. Durante las primeras semanas, Domitila se entusiasmó con las tendencias de moda y con la elección de los estilos que mejor resaltaban su figura para que Pedro la encontrara irresistible.
Sin embargo, cada mañana su hermana Benedita sumaba nuevas sugerencias a la lista de prendas y accesorios indispensables para moverse en la alta sociedad carioca, lo cual retrasaba la partida.
Así, para Domitila, el trajín de las visitas a corseteros, zapateros y sombrereros se convirtió en una verdadera agonía.
A pesar de sus ganas de verse atractiva, anhelaba partir lo antes posible, deseaba sentir una vez más los brazos de su amante rodeando su cintura.
Cada nuevo retraso provocado por las exigencias de su madre y su hermana resultaba tortuoso para su ansiedad.
Finalmente, en mayo de 1823, la familia emprendió camino hacia la capital imperial.
Partieron en cuatro carruajes atestados de baúles rumbo al puerto de Santos, desde donde embarcaron con destino a Río de Janeiro.
Durante la travesía, los amaneceres encontraban a Domitila en la cubierta del barco, aferrada a la baranda, con el viento del Atlántico enredando su cabello y salpicándole los labios con sal.
Quería ser la primera en divisar la silueta de la ciudad en el horizonte; imaginaba que, en algún punto de aquel escenario inmenso, Pedro la estaría esperando.
Una semana más tarde, la imponente bahía de Guanabara se desplegó ante ella y creyó estar soñando.
El Pan de Azúcar emergía de las aguas como un guardián suspendido entre el verdor de la tierra y el cobalto del océano.
Morros cubiertos de una suave niebla matinal se alzaban sobre tejados coloniales iluminados por un sol dorado.
Desde el muelle llegaban el aroma dulzón de las frutas maduras y el murmullo incesante del puerto.
Río vibraba ante ella, desmesurada y rebosante de promesas.
Al pisar tierra firme, sintió con una certeza inquebrantable que su verdadera vida, la que tanto había anhelado, comenzaba.
Mientras tanto, en el palacio de San Cristóbal, Pedro aguardaba con la impaciencia del amante.
Había impartido órdenes precisas a sus sirvientes: debían informarle en cuanto avistaran la nave; quería ver a Domitila de inmediato.
Sin embargo, cuando el mensajero se acercó a los aposentos imperiales con la ansiada noticia, se detuvo en seco.
Del otro lado de la puerta maciza, dos mundos colisionaban.