5. El camafeo del emperador. Domitila de Castro do Canto e Melo y Pedro I de Brasil
San Pablo,
E l aire ardía en la biblioteca de la residencia.
Don Pedro, príncipe regente de Brasil y heredero de la corona portuguesa, aflojó el cuello de su casaca y apretó los puños sobre una mesa oscura desbordada de mapas y proclamas.
Era el tablero de ajedrez donde se disputaba el futuro de una nación.
Afuera, el cielo de San Pablo ennegrecía; adentro, se cernía la crisis.
El resultado de la partida era incierto.
Había viajado a San Pablo en una apuesta desesperada por asegurar apoyo de tropas leales y evitar ver esas tierras que tanto amaba reducidas a la condición de colonias.
Sus consejeros eran un coro de voces discordantes: “Es un suicidio”, decían unos, “Independencia ya” susurraban otros.
Le urgía tomar una decisión y necesitaba silencio para sopesar las alternativas.
Abruptamente, ordenó a sus asesores que lo dejaran solo.
Desde el umbral, el discreto carraspeo de un ayudante de cámara quebró la concentración reciente del príncipe.
Traía una petición de audiencia urgente de doña Domitila de Castro do Canto e Melo.
Pedro no ocultó el fastidio; no podía distraerse mientras el país se desmoronaba.
Con todo, rechazar a la hija y hermana de poderosos oficiales locales, hombres cuyas espadas eran fundamentales para la causa, habría sido un error.
Por encima de esas razones, algo en ese nombre, “Domitila”, con su cadencia dulce que le rozó los sentidos, lo hizo asentir.
La dama entró con la fragilidad de un pájaro acorralado. Pedro se hundió en unos ojos oscuros, líquidos, que parecían acumular toda la pesadumbre del mundo.
—Su Alteza Real, perdone mi atrevimiento; no me quedaba otro recurso. —Hablaba en un hilo de voz.
Él hizo un gesto breve para que continuara, cautivado por el temblor de aquellas manos que retorcían un pañuelo en una danza muda de angustia.
—Mi esposo, el teniente Felicio Pinto Coelho de Mendonça… —tragó saliva, las palabras le ardían—. Él intentó matarme.
El silencio retornó a la biblioteca, pero más espeso que antes.
—¿Matarla? —Pedro avanzó un paso hacia ella, atraído por su fragilidad.
Ella asintió y se rompió. No fue un llanto elegante; soltó un gemido desesperado.
Le contó cómo los gritos en su hogar se volvieron empujones, y los empujones derivaron en golpes.
Recordó el ardor de las bofetadas, la mano enredada en su cabello, el tirón que precedió al impacto sordo de su cráneo contra la pared, el olor metálico de su propia sangre.
Se repetía que podría soportarlo; ya lo había vivido antes y sabía que, en algún momento, él se cansaría y la dejaría en paz.
Hasta que sintió el filo helado de un puñal que rasgaba sus faldas.
La muerte susurraba contra la tela, buscando con avidez la intimidad de su piel.
Al cortar, se abrió un abismo de terror puro.
Apenas podía recordar lo que siguió: la huida ciega, descalza, guiada solo por el impulso frenético, casi animal, por sobrevivir.
—Pero lo peor, mi señor, es que me ha quitado a mis hijos. Los ha llevado con su familia a Minas Gerais. Tiene mucho poder allí y me han cerrado todas las puertas. Hace dos años que no sé si comen, si duermen, si todavía me recuerdan. No puedo vivir sin mis pequeños. Lo intenté todo.
Mientras la escuchaba, Pedro creyó reconocer en esa mujer vulnerable y desamparada el mismo Brasil, salvaje y oprimido, que pedía ser defendido.
—Recuperará a sus hijos. Ese hombre es cadáver si vuelve a tocarla —sentenció, mientras pensaba que esos labios temblorosos no debían pertenecer a otro.
Domitila lo miró, y Pedro se encontró con una mujer que intentaba transformar su dolor en un acto de fe.
—He oído que su corazón late con intensidad por los que sufrimos; que usted es nuestra esperanza.
“Nuestra esperanza”. Las palabras resonaron en Pedro; ansiaba ser el libertador, el protector.
—Haré que sus hijos regresen y su marido responderá por sus actos. Desde este momento, está bajo mi completa protección, señora.
Las piernas de Domitila flaquearon de alivio, pero antes de que tocara el suelo, él deslizó las manos para sujetarla. Al instante, ella sintió la firmeza de su agarre, la vitalidad que emanaba de su piel, y apoyó la mejilla, ardiente y húmeda, contra su hombro.
—Gracias, Vossa Mercê . Es mi salvador y juro que mi gratitud será eterna.
Pedro le tomó la mano. La sostuvo y ese solo contacto sembró una obsesión.
Bajo aquella candidez latía una belleza intensa y primaria, un llamado salvaje.
Domitila dejó de ser una súbdita desesperada para convertirse en la encarnación de lo que él anhelaba para Brasil: el coraje indomable, la lealtad feroz, la vida en su estado más visceral.
—La tormenta ha pasado —murmuró, sin poder soltarla.
Al levantar la mirada, la joven se topó con una sonrisa franca de dientes blancos y labios carnosos que prometía ser un refugio.
Pedro se encandiló con la curva estrecha de su cintura y los rizos negros que escapaban del peinado con insolencia.
“Debo volver a verla”, pensó mientras devolvía su mano con lentitud deliberada.
La casona de los Castro do Canto e Melo se alzaba en las afueras de San Pablo, en una zona cercana al riachuelo Ipiranga, donde la calma solo se interrumpía por el paso lejano de los carros con rumbo al puerto de Santos.
En esa residencia de muros encalados y tejas rojas, los interiores espaciosos cobraban vida bajo la luz vespertina que se filtraba entre las celosías.
Al entrar al comedor, Domitila se reconfortó con el aroma espeso de la feijoada que impregnaba el aire.
Alrededor de la mesa, su familia, reunida a pleno, aguardaba el relato con ansiedad.
Hambrienta y exhausta por las tensiones de la jornada, la joven se volvió hacia sus padres, don Juan de Castro y doña Escolástica, con una gratitud profunda. La habían sostenido durante una agonía que parecía comenzar a disolverse.
—El príncipe escuchó mi súplica y me prometió su ayuda. Pronto mis hijos regresarán a esta casa. Y también me aseguró que Felicio no se volverá a acercar a mí.
Doña Escolástica se persignó; por fin Dios había atendido sus plegarias. Don Juan cortó un pedazo de carne con fuerza. Los cubiertos chirriaron contra el plato.
—¿Y qué hay de todo lo que has sufrido estos años, hija?
¿Acaso don Pedro podrá hacer que esa bestia pague por ello?
Su afrenta contra los Castro do Canto e Melo 38 fue profunda y venenosa.
—La ira hizo temblar el cuchillo de ese hombre conocido como “Rompemonedas” por la fortaleza descomunal de sus manos.
—Padre, lo único que me importa es tener a mis niños conmigo. No busco venganza, sino justicia —enfatizó Domitila con convicción.
La mirada de don Juan, cargada de rabia, recorrió la mesa. Su esposa palideció.
—Nos hirió en nuestro honor. ¿Cree que sus tierras y minas de oro le dan derecho a humillarnos?
¿O no recuerdan lo que hacía ese desgraciado?
Una Castro cargaba bandejas y servía a su marido en la mesa mientras él hacía que los esclavos la miraran.
¡Ese animal rebajó a mi hija, la trató como una esclava!
¿Realmente piensan que olvidaré esa injuria?
¿O los golpes que recibió? Jamás lo perdonaré —bramó con indignación.
—Padre, me devolverá a mis hijos.
—A mí me importa el honor. Pisotearon nuestro nombre —interrumpió su hermano mayor, con los labios convertidos en una línea tensa.
—Pero el príncipe… don Pedro lo entendió. No solo vio mi dolor; también vio la humillación infligida a una familia honorable. Por eso se ha ofrecido a cenar con nosotros aquí mañana.
El silencio que siguió fue absoluto.
—El príncipe regente… ¿aquí? —balbuceó doña Escolástica, mirando a su alrededor como si viera la casa por primera vez.
—Sí, madre. Y no es solo por mí; esta visita es un reconocimiento.
Los Castro do Canto e Melo sirven en las tropas que lo respaldan, y don Pedro valora esa lealtad.
Sabe que familias paulistas como la nuestra son el pilar sobre el que puede construir la independencia.
Y ahora, si me disculpan, tuve un día agotador y quisiera tomar un poco de aire.
Don Juan limpió su boca con la servilleta y fijó la vista en su hija.
La cólera se disipó, sustituida por una expresión de serenidad calculada.
El honor mancillado por su yerno debía repararse, pero estrechar vínculos con don Pedro tenía un peso infinitamente mayor.
Pensó en el futuro de sus hijos y sonrió para sus adentros.
Domitila salió a la galería que rodeaba la casa en busca de silencio.
A lo lejos, se extendía el camino hacia San Pablo, donde el nombre del príncipe regente comenzaba a resonar con un fervor nuevo.
Se aferró al recuerdo de la promesa recibida esa tarde y se sintió protegida.
Cerró los ojos un instante y se permitió creer que se avecinaban tiempos mejores.
Al día siguiente, la casa de los Castro amaneció impregnada del aroma de la cera de abeja recién extendida sobre los muebles.
Doña Escolástica supervisaba cada detalle, resuelta a que todo en torno a la visita del príncipe fuera impecable.
Había comenzado por sorprender a la cocinera al alba para definir el menú, en lugar de dejarlo en sus manos como era la costumbre.
Luego, pasó a inspeccionar el comedor donde dos esclavas, con movimientos solemnes, disponían los pesados cubiertos de plata grabados con el monograma “C&C” sobre un mantel de lino inmaculado.
A un costado, otra mujer alineaba con esmero las copas de delicado cristal tallado.
Los candelabros, pulidos hasta alcanzar un brillo casi líquido y coronados con velas nuevas, aguardaban la llegada del príncipe.