4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #7
Hick apretó el libro contra su pecho. “Todo lo que puedo dar” era un límite, una confesión: la mujer que amaba jamás sería completamente suya, nunca habría una casa junto al mar. Pero, bajo la luz pálida del invierno, eligió aceptar aquello que podía ser: el único amor que conocía.
Washington D. C.,
invierno de 1946
Con los años, Hick aprendió a convivir con las ausencias.
Las promesas de Eleanor seguían llegando: “Una vez que Franklin deje la presidencia…”, le había susurrado tantas veces.
Pero las reelecciones se sucedían: 1936,1940 y, también, 1944.
Hick se convirtió en espectadora de la grandeza de Eleanor.
Ella era generosa, sí. Se aseguraba de que no le faltara nada.
Le conseguía puestos, le escribía con ternura, las flores llegaban puntualmente en cada cumpleaños.
Pero lo que Hick necesitaba no podía envolverse en papel de seda.
Y, aunque lo buscó en otros brazos, nada igualó aquella noche en el tren, cuando la voz de Eleanor le habían rozado la piel por primera vez.
En la primavera de 1945, la historia se quebró. Franklin Roosevelt murió repentinamente de una hemorragia cerebral donde nunca debió estar: en brazos de Lucy Mercer, su eterna amante. Eleanor estaba en Washington, sin sospechar que el final se escribía sin ella.
La llamada llegó pasada la medianoche. Hick descolgó al primer timbre.
No hizo preguntas. Dejó que Eleanor derramara frustración, enojo, resentimiento, sin intentar contenerla.
Y en medio de ese desahogo, Hick se descubrió esperando, otra vez, que el dolor de Eleanor abriera una puerta para las dos.
Pero hasta en su duelo el mundo reclamaba a Eleanor.
Ella, como siempre, obedeció. Cuatro días más tarde le escribió a Hick con las novedades: ¡La vida es tan ajetreada que no tengo tiempo para pensar!
Hoy me ofrecieron dos trabajos, pero no decidiré nada hasta finales de verano. Con mucho cariño. E . 34
Y a la semana siguiente, una nueva carta: Las Naciones Unidas quieren que trabaje en una comisión para redactar los principios de paz.
No estoy segura de estar lista, pero… tal vez sea lo que necesito.
Viajo el 13 de enero rumbo a Nueva York y Londres.
¿Vendrás a despedirme? No puedo irme sin verte . 35
Hick comprendió que Eleanor huía del silencio, el único lugar donde el dolor podía alcanzarla.
Se citaron en Washington Union Station. Hick llegó temprano. Llevaba un abrigo que le quedaba algo ceñido y una mirada vencida. En el bolso, una carta de despedida que nunca entregaría.
Eleanor apareció poco después, envuelta en un luto riguroso que no lograba opacarla. Parecía caminar esquivando fantasmas, quizás el de Franklin, quizás el de la mujer que alguna vez soñó ser.
Se miraron en silencio hasta que el silbato del tren cortó el aire.
Esa fue su despedida. Pero no fue el final.
Pasaron dieciséis años. Eleanor volvía siempre, pero nunca del todo.
Una parte de ella vivía en los compromisos que la reclamaban a cada hora, en las causas que sentía incapaz de abandonar.
Hick se resignó a esa distancia persistente.
Cada año traía menos tiempo y menos calma para la intimidad que ambas habían conocido.
Una tarde de un frío noviembre, el cartero dejó un sobre en la cabaña de Hick en Long Island.
Ella reconoció la caligrafía de Anna, la hija de Eleanor.
Lo sostuvo contra el pecho un largo rato; intuía qué contenía, pero lo dejó cerrado en la mesa del recibidor, junto al ejemplar deslomado de This I remember , la biografía de Eleanor.
Lo abrió en la dedicatoria que sabía de memoria: “Para Hick, por los recuerdos que solo tú guardas. Con todo mi amor, E.”.
Sus dedos, ya nudosos, acariciaron la tapa gastada. Luego la mirada se desvió hacia la estantería donde se alineaban las dieciséis cajas que contenían las cartas de Eleanor. En aquellos pliegues de papel y tinta desvanecida, seguía latiendo el corazón verdadero de Eleanor Roosevelt.
La invitación al funeral permaneció intacta sobre la mesa. Hick no asistió; su duelo no necesitaba testigos. Se refugió en la cabaña, entre la sombra de los pinos, guardiana del fuego que nadie más había visto arder. 36
26 Associated Press (AP), fundada en 1846, era la principal agencia de noticias de Estados Unidos, encargada de recolectar y distribuir información a periódicos y radios de todo el país mediante una red de corresponsales.
27 Quinn, Susan, Eleanor and Hick. The love affair that shaped a First Lady .
28 Idem .
29 Wiesen Cook, Blanche, Eleanor Roosevelt. The defining years 1933-1938 . Volumen 2.
30 Streitmatter, Roger (ed.), Empty without you. The intimate letters of Eleanor Roosevelt and Lorena Hickok .
31 Albert, Susan Wittig, Loving Eleanor . (Traducción de la autora)
32 Streitmatter, Roger (ed.), op. cit.
33 Ibidem .
34 Streitmatter, Roger, op. cit.
35 Ibidem .
36 Las miles de cartas intercambiadas entre Eleanor Roosevelt y Lorena Hickok se conservan en la Franklin D. Roosevelt Presidential Library and Museum.