Amantes del poder 4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #6
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4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #6

En el segundo año de la presidencia Roosevelt, Eleanor se consolidó como una fuerza pública imparable, pero cada victoria suya relegaba más a Hick.

Cuando algún comité no la reclamaba, Franklin necesitaba su opinión o Anna su consuelo.

El mundo entero parecía tener derechos sobre Eleanor. Todos, menos Hick.

En sus cartas, Eleanor intentaba consolarla:

Algún día tal vez el destino sea amable y nos permita organizar una vida más a nuestro gusto, por el momento tenemos suerte de tener lo que tenemos.

Querida, somos felices juntas y las relaciones fuertes tienen que echar raíces profundas.

Las estamos cultivando ahora, en parte porque estamos separadas.

El follaje y las flores llegarán, de alguna manera estoy segura de ello. 33

Si, por fin, Hick conseguía unos días en Washington, su rutina era siempre la misma: la espera.

Esperaba a Eleanor en despachos vacíos de la Casa Blanca.

Esperaba junto al teléfono en su pequeño apartamento, releyendo cartas llenas de promesas que sabía de memoria.

Y aunque en ellas Eleanor juraba: “Volveremos a viajar, mi Hick”, el momento jamás llegaba.

Esas eternas horas de expectativa la consumían por dentro.

Su diabetes empeoraba, y el bourbon , que antes era un consuelo ocasional, se convirtió en medicina contra la soledad.

El dolor se había transformado en una ira sorda.

Eleanor la amaba, sí, pero a ella solo le correspondía un territorio pequeño.

Comprenderlo no mitigaba la frustración.

Ambas habían depositado grandes esperanzas en aquella Navidad.

Eleanor había planificado una celebración íntima en la Casa Blanca, sin interrupciones, en la noche del 23: “Solo tú y yo, como antes”, le había susurrado al teléfono con ternura.

Esa tarde, mientras envolvía sus regalos con esmero, Hick permitió que la ilusión la inundara.

Veía a Eleanor desenvolviendo la caja de sus dulces favoritos, aquellos que escondía como un pecado en el cajón su escritorio, y una primera edición de Hojas de hierba , el libro que habían leído juntas en Quebec.

Hick sintió, por primera vez en meses, que quizás podrían rescatar algo de lo perdido.

Eligió un vestido de flores nuevo, guantes de cabritilla a tono y, antes de salir rumbo a la Casa Blanca, se colocó unas gotas del perfume favorito de Eleanor.

Al llegar, la espera se convirtió en otra tumba de promesas.

Sola, en una sala contigua al comedor donde Eleanor cenaba junto a su hija, con un reloj de péndulo como única compañía, Hick veía las horas arrastrarse.

A las diez, se dejó caer en un sofá. A las once, se descalzó.

Las campanadas dieron la medianoche y ya no quedaba en Hick ni un rastro de esperanza.

La puerta se entreabrió y el rostro de Eleanor se asomó. Sus ojos cansados estaban cargados de culpa.

—Hick, cuánto lo siento…

Hick saltó de la silla, con lágrimas de furia en los ojos.

—“Nuestra noche” —repitió y la palabra “nuestra” salió rota de su boca— ¿Queda algo que sea nuestro?

Eleanor tendió las manos, intentando acercarse para un abrazo, pero aquello solo empeoró la situación. Hick dio un paso atrás.

—Anna está destrozada. No podía dejarla sola —dijo, buscando comprensión.

Algo crujió en el pecho de Hick. La certeza de que siempre habría una excusa, otra emergencia, algo más importante que ella.

—¡Yo tampoco puedo seguir esperando! —Los obsequios todavía sin abrir golpearon contra la mesa.

Se levantó con un ademán brusco, tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta—.

Déjame pasar —dijo, esquivando los brazos que intentaban detenerla—.

Me voy a Nueva York a pasar Navidad con amigos que sí tienen tiempo para mí.

—Hick, por favor… —Eleanor, perpleja, se quedó con las manos vacías. En el corredor, donde los retratos presidenciales parecían burlarse de su ingenuidad, Hick oyó repetir su nombre. No se detuvo.

Sola, al borde del sillón de pana verde, Eleanor sintió que su vida se desmoronaba. Había pasado la vida entera sosteniendo al mundo. Pero no sabía cómo sostener ese amor.

Al día siguiente llegaron las disculpas, a través de la estática de la línea telefónica:

—Perdóname —la voz lejana de Eleanor sonaba frágil—. Por favor, Hick, te ruego que vuelvas. Tendremos nuestro Año Nuevo, solo nosotras.

Pero la herida seguía latiendo. Por primera vez, Hick comenzó a dudar de que el amor fuese suficiente.

Al llegar a Washington dos días después, descendió del tren, con el peso de no saber si regresaba por costumbre. En una mano su maleta de cuero gastado; en la otra, el telegrama que había recibido la noche anterior: Te esperaré en la estación. E.

La vio de inmediato. Allí estaba, erguida junto a un pilar de mármol, envuelta en un abrigo azul, las manos escondidas en los bolsillos. Intentó no apurar el paso, pero fue en vano. Sus pies la llevaron hacia Eleanor sin permiso.

—Felices fiestas—murmuró Eleanor, extendiendo un paquete rectangular envuelto en papel verde musgo.

El regalo surgió entre ambas como una barrera elegante, pero firme.

Hick lo abrió con urgencia. Dentro, encontró Hojas de hierba , el mismo ejemplar que había dejado atrás en aquella despedida amarga.

El libro se abrió en una dedicatoria en la pulcra caligrafía de Eleanor: “Para mi Hick, que nunca debió esperar. Con todo lo que puedo dar. E.”.