4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #5
—¿Y por qué no? —retrucó Hick, sin amendrentarse—.
Ella ha estado donde ustedes jamás se atrevieron a ir.
Ha escuchado a los hambrientos, a las madres solas, a los jóvenes sin futuro.
Ella conoce esta crisis desde adentro. Hablará con autoridad y lo hará con el corazón.
Los ciudadanos necesitan confiar en esta primera dama.
Eleanor, sentada en la cabecera, se incorporó con resolución. Apoyó las palmas sobre el escritorio y dio por terminada la discusión.
—Haré esas conferencias. Las prepararé con cuidado, y responderé solo aquello sobre lo que esté segura. Además, caballeros, contamos con el visto bueno del presidente.
Los aplausos en el salón rojo arrancaron, trayendo a Hick de regreso al presente. Ese sonido lo confirmaba: lo habían logrado.
Eleanor bajó del estrado y se acercó a las reporteras. Se dirigió a cada una por su nombre, les preguntó por sus medios y sus ciudades y, estrechando las manos, se despidió de ellas. Luego fue hacia donde estaba Hick.
—Camina conmigo hasta el jardín. Necesito un poco de aire —dijo con los ojos encendidos por la satisfacción. Posó su mano derecha sobre el hombro de Hick y, con suavidad, la guio hacia la salida del salón.
En el jardín sur, la primavera las envolvió. Los arbustos recién plantados demarcaban una zona íntima, donde unas hamacas nuevas esperaban a los nietos de Eleanor.
—Gracias, Hick, por confiar en que tengo algo para decir —dijo, agachándose para inspeccionar unas matas de lavandas—. Gracias a ti me animo a pensar que hay muchas formas en las que podré ser útil desde este lugar.
—Tienes mucho que decir, y sabes cómo hacerlo. Me llena de satisfacción verte convertirte en la primera dama más influyente que este país ha tenido. No conozco a ninguna otra mujer que pueda aprender a hacer tantas cosas a los cincuenta… Y hacerlas tan bien como tú, amor. 30
Eleanor la miró de reojo:
—Y ahora que ya no tienes que escribir para la agencia, quiero que me ayudes con otro proyecto. Me ofrecieron una columna semanal que se publicará en todo el país. Nada formal. Pensé en contar historias pequeñas de mi día a día, cosas que dejen ver otra cara de esta casa. ¿Me ayudarás?
—Estoy para lo que necesites —Hick tomó su mano entre las suyas.
—Además, Hick: ¡me pagarán por escribir! Te prometo que haremos un viaje juntas con ese dinero, y te enseñaré algunos de mis lugares favoritos.
Así, Hick ayudó a Eleanor a transformar ese estilo que conocía tan bien, honesto, comprometido, pero a menudo solemne, para la columna “Mi día”.
Le sugería usar tonos más cercanos, proponía diferentes maneras de cerrar sus artículos, los corregía con paciencia y ternura.
Y en ese trabajo de darle otra voz a Eleanor, Hick perdía la suya.
La Casa Blanca, Washington D. C.,
5 de julio de 1933
Desde que Eleanor era primera dama, los encuentros con Hick, que continuaba en Nueva York, se habían vuelto más breves y esporádicos.
Su agenda estaba saturada: reformas en la Casa Blanca, recepciones diplomáticas y reuniones con comités de todo tipo demandaban su presencia constante.
Su hija Anna se había instalado en la residencia presidencial con sus dos hijos tras separarse.
Los fines de semana, la casa se colmaba del bullicio de nietos corriendo por los amplios pasillos.
En medio de esa vida absorbente, Eleanor había logrado aferrarse a un único ritual impostergable: una llamada, cada tarde, detrás de una puerta cerrada, lo único que podía darle a Hick en ese momento.
Pero esa mañana de julio, todo era diferente.
El día que Hick había soñado tantas veces en sus noches solitarias, después de llamadas telefónicas apresuradas, por fin había llegado.
El Buick convertible celeste, con el techo blanco reluciente, esperaba frente a la entrada de la Casa Blanca.
Dos maletas pequeñas con lo esencial descansaban en el asiento trasero.
No haría falta más; no se trataba de un viaje oficial, sino de un mes robado al mundo, solo para ellas.
Atrás quedaban las discusiones ásperas entre Eleanor y Bill Moran, el jefe del servicio secreto, que había amenazado con interponer agentes entre Eleanor y su libertad.
“La señorita Hickok es más que capaz de cuidar a mi esposa”, había zanjado Franklin, dando el visto bueno para el viaje sin miradas indiscretas.
A fin de cuentas, Hick le ofrecía a Eleanor algo que él ya no podía darle: compañía constante, atención y una lealtad sin exigencias.
El viaje por la costa este del país hacia Canadá trajo momentos de ensueño para ambas.
Mañanas en las que Hick despertaba con el sol filtrándose entre las cortinas y encontraba a Eleanor, descalza y radiante, amenazándola con cosquillas si no salía de la cama de inmediato.
Almorzaban en claros en los bosques, nadaban en arroyos de aguas transparentes.
Por las noches, leían sus poesías favoritas en voz alta y planeaban una vida juntas.
Mientras recorrían las carreteras, imaginaban una casa con ventanas amplias junto al mar, conversaban sobre los jardines que cultivarían y los muebles que comprarían.
El amor, que Hick siempre había sentido como un lugar inseguro, empezaba a parecerle un refugio.
Al llegar a Quebec, Eleanor reveló su sorpresa: con la paga por las columnas de “Mi día” había reservados tres noches en el magnífico hotel Château Frontenac, con cenas a la luz de las velas y platos franceses, la debilidad de ambas.
Hick la miraba embelesada, incapaz de reconciliar a la mujer imperturbable que la nación admiraba con esta Eleanor que le ofrecía ternura y una promesa.
Allí volvieron a hablar del futuro; del inmediato, que comprendía el mandato Roosevelt, y del que brillaba más allá de él.
Eleanor propuso conseguirle un trabajo en Washington apenas regresaran, para poder estar cerca y verse cada día, sin excusas.
Hick no necesitaba más. Mientras Franklin ocupara la Casa Blanca, debían aceptar los límites.
Y después, cuando todo eso quedara atrás, el tiempo sería enteramente de ellas dos.
Washington D. C.,
agosto de 1933
Dos semanas después del viaje, Eleanor cumplió su palabra y Hick se mudó a la capital. Aceptó un empleo que, aunque bien remunerado, no habría elegido: recorrer el país para evaluar los programas del gobierno. Esto implicaba estar semanas, a veces meses, fuera de Washington.
Para su nuevo puesto, Hick debió vencer uno de sus mayores temores: aprendió a conducir.
Cada mañana, las manos tensas aferradas al volante, avanzaba por caminos polvorientos hasta pueblos olvidados, donde la depresión había dejado su marca en rostros hundidos y platos vacíos.
Por las noches se refugiaba en posadas desvencijadas, ahogando su soledad en bourbon barato.
A veces para recordar, otras para olvidar, que alguna vez había sido una estrella del periodismo, admirada y respetada.
Cuando el trabajo lo permitía, Hick regresaba a la Casa Blanca.
Dormía en la habitación contigua a la de Eleanor.
Cada noche esperaba en la oscuridad, atenta a los sonidos de la casa: el crujido de la escalera, el último portazo lejano.
Cuando el silencio se volvía absoluto, la puerta entre ambas estancias cedía con un chirrido tenue.
Eleanor entraba descalza, con el pelo suelto y el camisón blanco que la hacía parecer frágil.
Se acostaba a su lado sin encender la luz.
Hablaban durante horas, en murmullos tan bajos que las palabras se confundían con la respiración.
Otras noches, Eleanor buscaba en la oscuridad el calor de Hick.
Después apoyaba la cabeza en el hueco de su hombro y se quedaba allí, con los ojos abiertos.
Aquel era el único lugar del mundo donde no necesitaba ser fuerte.
Hick sentía que todo el sacrificio se disolvía.
Muy lejos quedaban las carreteras interminables, el cansancio, el anonimato.
En esa intimidad, Eleanor repetía su promesa al oído: tan pronto como la presidencia terminara, construirían un hogar lejos del ruido y las obligaciones.
De ese proyecto tomaban el aire que las sostenía.
Entre ambas fue naciendo un ritual para mitigar la distancia: se escribían a diario, a veces dos o tres veces al día. Intercambiaban confesiones, ilusiones. El hilo invisible que las unía ardía en cada línea.
Bemidji, Minnesota,
20 de noviembre de 1933
Solo ocho días más. Dentro de veinticuatro horas serán solo siete más, ¡solo una semana!
Hoy he intentado recordar tu cara, tu aspecto.
Lo que recuerdo con más claridad son tus ojos, con una especie de sonrisa burlona en ellos, y la sensación de ese punto suave justo al noreste de la comisura de tu boca contra mis labios.
Me pregunto qué haremos cuando nos encontremos, qué nos diremos.
Cariño, he estado pensando mucho en ti hoy. ¡Qué buena persona eres al apoyarme como lo haces en este trabajo! Hacemos grandes cosas juntas, ¿verdad? Y es divertido, a pesar de que ambas tengamos trabajos que nos separen.
Buenas noches, cariño. Quiero abrazarte y besarte en la comisura de los labios. ¡Y en poco más de una semana, lo haré!”. 31
H
La Casa Blanca,
21 de noviembre de 1933
Hick, cariño:
Cada cosa que hago lleva mis pensamientos hacia ti.
Nunca sales de mi corazón y dentro de una semana estaré abrazándote.
Claro que la larga separación ha sido muy dura para ti porque has pasado gran parte del tiempo con desconocidos, pero, por otro lado, tu trabajo es más interesante que el mío.
Ambos trabajos son algo agotadores y disfrutaremos de días de descanso, ¿verdad?
Un mundo de amor.
Buenas noches y un beso para ti,
E. R. 32
Washington D. C.,
Navidad de 1934