Amantes del poder 4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #4
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4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #4

—Vamos, primera dama, cámbiate ese vestido verde que pareces un espárrago abandonado en el mercado. ¡Arriba! Lávate esa gloriosa cara o me obligarás a escribir que la primera dama recibió los resultados con la nariz más roja que la bandera republicana.

Una sonrisa asomó en los labios aún temblorosos de Eleanor.

—Es el único vestido decente que tengo.

—Pues es una tragedia nacional —dijo Hick abriendo de par en par las puertas del gran ropero de roble—.

Tu armario parece equipado para la directora de un orfanato.

Deberás renovarlo; le hará bien a la economía.

Ponte este vestido de seda azul; siempre me ha gustado como te queda ese color.

Deberías usarlo más —agregó, levantando una ceja con expresión de experta en moda.

Eleanor se llevó las manos a la boca, para contener un ataque de risa que brotaba entre los últimos sollozos.

—Eres insoportable, Hick —dijo, y algo en su voz se quebró hacia la risa. Cerró la puerta del baño detrás de sí, pero Hick la oyó murmurar—: No sé qué haría sin ti.

Hick se acomodó mecánicamente un mechón rebelde frente al espejo del tocador y agregó:

—Por favor, ponte un poco de rubor antes de bajar; pareces haber ganado un concurso de fantasmas, no una elección presidencial.

En ese momento, mientras la mitad de la nación festejaba el nacimiento de una nueva era, Hick sintió el peso de una verdad incómoda: su lugar había dejado de estar entre quienes contaban la historia. Ella quería estar junto a la mujer que la estaba escribiendo.

Suite Presidencial, Hotel Mayflower, Washington D.C.,

3 de marzo de 1933

Durante los cuatro meses previos a la investidura de Roosevelt, el aire se había cargado de frustración y de miedo.

Los bancos cerraban sus puertas devorando en un suspiro los ahorros de una vida, las acciones caían en picada, y el desempleo golpeaba sin piedad.

El país contenía el aliento, pendiente de las palabras que el presidente pronunciaría el día de su asunción.

Hick cruzó el vestíbulo del hotel Mayflower, donde decenas de periodistas con sus cámaras y libretas abarrotaban el lugar en busca de alguna declaración.

Pero ella no había llegado para reportar.

Se abrió paso entre la frenética multitud hacia un ascensor privado que la condujo hasta el último piso del edificio.

Allí, en la suite presidencial, la atmósfera era todavía más densa, impregnada del aroma a tabaco caro.

La suite, un laberinto de habitaciones con una sala central, se había convertido en un bullicioso centro de operaciones.

Las voces superpuestas de los asesores de Roosevelt, el repiqueteo de máquinas de escribir y el incesante ir y venir de gente apurada creaban una escena abrumadora.

A través de una puerta entreabierta, Hick vislumbró al presidente electo inclinado sobre un escritorio, las gafas bajadas sobre la nariz, repasando su discurso.

Eleanor la esperaba en una habitación apartada del ruido, de pie junto a una ventana que enmarcaba un Washington gris. Al verla, una sonrisa iluminó su rostro cansado. Se saludaron con un abrazo apretado.

—Qué bueno que estés aquí —exclamó Eleanor.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Hick, mientras se quitaba el abrigo y el sombrero.

—Como puedo. ¿Tienes hambre? En algún lugar de este caos hay un carro con sándwiches y jarras de café.

Hick negó con la cabeza. Miró a Eleanor con detenimiento. Estaba ojerosa y se había mordido las uñas hasta el ras.

Al rato entró Franklin, rodando su silla con el discurso en la mano. Saludó a Hick con cordialidad distraída y giró hacia Eleanor:

—Quiero que lo leas —dijo, entregándole las páginas—. Necesito tu opinión.

Eleanor asintió y, apenas Franklin se retiró, se ajustó los lentes y comenzó a leer para Hick.

Leyó con firmeza hasta llegar a aquella frase que resonaría en la historia: “A lo único que debemos temer es al miedo mismo”.

Su voz se quebró en una emoción genuina, y Hick sintió un escalofrío correrle por la espalda.

Estaban ante la oportunidad de cambiar la historia.

Esa noche, en el silencio de su apartamento, el discurso presidencial resonaba en la memoria de Hick.

Podría haber llamado a la redacción y dictado la primicia que coronaría su carrera.

Pero sus dedos se negaron a marcar el número.

27 Publicarlo habría sido traicionar la confianza que Eleanor había depositado en ella; callarlo, dinamitar la reputación que, como reportera, había construido.

No era posible ocupar ambos lugares a la vez.

Y ella ya estaba del otro lado. Esa noche redactó su renuncia.

Tres días después, cuando la entregó, su jefe intentó disuadirla.

—¡Es el colmo de lo absurdo! —exclamó, golpeando el papel—. ¿Por qué renunciar ahora, si tienes acceso directo al círculo íntimo de la primera dama?

Pero Hick no podía explicar lo que el mundo no comprendería.

Cementerio de Rock Creek, Washington D.C.,

10 de marzo de 1933

Hick había insistido en encontrarse lejos de los pasillos del poder, en algún lugar donde nadie interrumpiera el momento.

No dijo por qué, pero Eleanor intuyó la urgencia.

Se citaron en el cementerio de Rock Creek; la primera dama avanzó por un laberinto estrecho que las protegería de miradas indiscretas.

Caminaron entre lápidas hasta un banco de piedra en un rincón escondido.

Frente a ellas se alzaba una escultura de bronce de una mujer con el rostro oculto entre los pliegues de su ropa.

Una figura de una serenidad infinita que invitaba a la contemplación. 28

Eleanor rompió el largo silencio:

—Antes, cuando vivíamos aquí y Franklin rompió mi corazón, no tenía consuelo.

Me han educado para que jamás exprese mis emociones en público, pero aquello era un peso imposible de soportar.

Entonces me refugiaba en este banco a mirar a esta mujer que había salido del dolor y el sufrimiento serena y compasiva. Lloraba hasta vaciarme. 29

Hick contempló la figura que encarnaba un dolor sin medida. Era Clover, la esposa del escritor Henry Adams. Una fotógrafa magnífica en sus tiempos, que resultó devorada por la sombra de su marido.

Eleanor se puso de pie y avanzó hacia la escultura. De espaldas a Hick, agregó:

—¿Sabías que se quitó la vida? Algunos dicen que fue porque su marido frenó sus ambiciones artísticas, otros que él tuvo una aventura —hizo una mueca irónica—. No podía compartir con nadie mi angustia, pero venía aquí a dejarla a sus pies. Contemplaba su serenidad y, de alguna manera, me daba paz.

—Ahora tendrás con quien compartirlo todo —dijo Hick, conmovida.

Se habían sentado muy juntas en el banco de piedra. El hombro de Eleanor se apoyaba contra el de Hick, y Hick sentía, a través de la lana del abrigo, el ritmo lento de su respiración.

Entonces encontró las palabras. Se inclinó hasta que sus labios casi rozaron el cuello de Eleanor y susurró que había renunciado. Que ya no era periodista. Que la había elegido a ella.

Eleanor no dijo nada. Giró la cabeza y la miró desde tan cerca que Hick pudo ver el reflejo de la escultura en sus pupilas. Después, con ternura, apoyó su frente contra la de Hick y se entregó a la ilusión de no sentirse sola.

Salón rojo, ala este de la Casa Blanca, Washington D. C.,

6 de mayo de 1933

La primera dama de los Estados Unidos se irguió frente al atril, consciente de que aquel momento trascendía cualquier anuncio presidencial.

A sus pies, treinta reporteras, cuyos dedos apretaban las libretas no solo por nerviosismo, sino por la enormidad del momento, ocupaban por primera vez aquel salón histórico.

Aquella conferencia de prensa, exclusiva para mujeres, era mucho más que un gesto simbólico.

Eleanor Roosevelt lucía impecable sobre la tarima. Vestía un traje de dos piezas en ese azul profundo que los diseñadores ya llamaban “Eleanor blue” y que irradiaba calma y confianza.

Cuando el murmullo cedió, miró a su audiencia y, con voz segura, les dio la bienvenida.

—Ustedes serán las intérpretes para todas las mujeres del país de lo que ocurre aquí, en la Casa Blanca. Semana a semana, tendrán la tarea encomiable de inspirarlas a mantenerse informadas y a participar.

Algunas de las periodistas apenas podían contener las lágrimas, otras sonreían con orgullo. Todas anotaban cada palabra con el entusiasmo de quien es partícipe de una victoria que cambiaría para siempre el acceso a la información.

Hick, de pie a un costado del escenario, sintió un orgullo infinito.

Eleanor lo estaba haciendo de manera estupenda, y aunque nadie lo supiera, era también su victoria.

Había encontrado un nuevo sentido a su vocación: ayudaba a impulsar a Eleanor hasta ese podio.

No era un trabajo formal, pero lo hacía porque creía en ella, porque deseaba que encontrara su voz y su poder.

Durante tres semanas, prepararon juntas sin descanso posibles respuestas a todo tipo de preguntas.

La mesa de trabajo se había atestado de papeles con estadísticas, informes de ministros y recortes de prensa.

Hick confiaba en la fórmula que combinaba la diplomacia natural de Eleanor con su instinto periodístico.

Pero además sabía que si la Casa Blanca ofrecía conferencias exclusivas para mujeres, los periódicos estarían forzados a contratar reporteras.

Las mujeres habían sido las primeras en perder sus puestos con la gran depresión y Hick quería ayudarlas a abrirse camino.

Aunque no había sido fácil. Recordó la intransigencia constante de los asesores presidenciales.

—No podemos arriesgarnos a que la primera dama hable de política —había insistido uno de ellos una vez con tono autoritario.