Amantes del poder 4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #3
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4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #3

Se acomodaron en silencio, mecidas por el ritmo constante del tren.

Las luces fugaces que se filtraban por la ventanilla pintaban sus cuerpos con franjas doradas.

Hick no podía dormir; volvía, una y otra vez, al modo en que Eleanor bajó la voz para confesar que no quería ser la esposa de un presidente, un secreto sagrado.

Era un titular perfecto, demoledor, pero no podía aprovecharlo.

Su instinto le decía que debía enterrar ese titular, no revelar que Eleanor detestaba convertirse en primera dama.

Tal vez, pensó, si mostraba a Eleanor como la había visto, auténtica y resiliente, capaz de vencer el dolor y seguir en pie, quizás ella misma entendiera que el país necesitaba de su esencia indomable.

Pero en el fondo sabía que lo que le impedía contar lo que le había confesado era otra cosa, más inasible, más íntima.

Repasó el modo en que la entrevista se fue desdibujando.

El momento en que ella dejó de preguntar y se encontró hablando de su infancia, hecha de ausencias, y del impulso a abrirse camino sola.

Volvía, sobre todo, a la mano de Eleanor sobre la suya.

Al modo en que sus dedos se habían posado sin pedir permiso, y al calor que le dejaron en los nudillos mucho después de que Eleanor los retirara.

Se llevó esa mano a la boca, rozó con los labios el lugar exacto donde Eleanor la había tocado, y se preguntó si ella también estaba despierta, reconstruyendo ese mismo instante.

Pasada una hora, cuando la luna iluminaba el compartimento, susurró:

—Eleanor, ¿puedo escribir algo de lo que me has contado?

El silencio se extendió tanto que la creyó dormida, hasta que unos dedos encontraron su mejilla.

—Hick, algo me dice que puedo confiar en que sabrás qué historias merecen ser contadas —murmuró.

La noche avanzó despacio, borrando las últimas distancias entre ambas.

Por la mañana, Hick despertó sola. Aún envuelta en una somnolencia agradable sintió sobre sus piernas el peso suave de un chal de seda sobre su piel.

Hundió la nariz en sus pliegues: el tejido conservaba el perfume de lavanda de su dueña.

Cerró los ojos y dejó que aquel aroma la regresara a cada palabra susurrada, a la complicidad clandestina de una noche que lo había cambiado todo, sin que el mundo llegara a enterarse.

Residencia Springwood, Hyde Park, Nueva York,

8 de noviembre de 1932

Esa noche, Hick sentía el peso de lo inevitable.

Cuando se anunciaran los resultados de la elección, su trabajo como cronista habría llegado a su fin.

Eleanor sería la primera dama de los Estados Unidos o la esposa de quien casi lograra la presidencia.

De un modo u otro, sabía que ya no podría seguir caminando a su lado y que el periódico la destinaría a otras noticias.

Había cumplido la misión que le confiaran: un retrato humano de una mujer inesperada.

La siguió por pueblos arrasados por la depresión, descubriéndola con el corazón en carne viva.

De sus crónicas surgió una mujer valiente que escuchaba y proponía, que enseñaba a sus alumnas a pensar, que prefería almuerzos rápidos en puestos de carreteras antes que cenas de etiqueta, que manejaba su Dodge azul, y que caminaba con tal determinación que los hombres no podían seguirle el paso.

Alguien que se permitía no agradar, y que Hick retrató sin adornos, con una admiración que traspasaba el papel.

Gracias a ella, decenas de miles de ciudadanos comenzaron a ver a Eleanor con nuevos ojos.

Sin embargo, en todo aquel recorrido, Hick había guardado silencios sagrados.

Nunca escribió sobre la presencia opresiva de Sara Roosevelt, que gobernaba la casa de su nuera como un terreno propio.

Omitió también las grietas de un matrimonio que solo era político: las sonrisas para los flashes, las alcobas separadas.

Sobre todo, ocultó la verdad más profunda: Eleanor no quería la Casa Blanca; la sola idea la asfixiaba.

Lo había confesado aquella primera noche en el tren con un dolor crudo.

Hick sintió, en sus entrañas, el impulso de protegerla; un instinto tan urgente que sacrificó el titular de su vida por la confianza de esa mujer que, en pocos meses, se volvió indispensable.

Y algo aún más profundo latía bajo esa urgencia: el deseo de resguardarla, de amarla, con todos los peligros que eso implicaba.

Cuando de Eleanor se trataba, Hick había perdido la distancia fría de quien observa.

La recordaba como aquella primera noche, los faroles iluminando con breves destellos el rostro mientras le decía: “Puedo confiar en que sabrás qué historias merecen contarse”.

Solo entonces entendió: aquello había sido una prueba de fe.

Y Hick había cumplido, a expensas de su instinto profesional.

Cada detalle omitido, cada infidencia callada era un acto de amor clandestino que la apartaba, de a un paso por vez, de la profesión.

Afuera de la residencia Roosevelt, los automóviles llevaban, uno tras otro, a los hombres de confianza del candidato.

Hick encendió otro cigarrillo, dejó que el humo le ocultara las lágrimas.

Se estaba haciendo historia, pero no había lugar para ella en el siguiente capítulo.

Tendría que aprender a conformarse con lo vivido.

Y con lo que había elegido no escribir. Pero, ¿podría vivir lejos de Eleanor?

Reconoció sus pasos firmes en la escalera de roble.

Hick se apuró a refugiarse entre las sombras de la biblioteca de la residencia.

Eleanor no debía verla frágil, cuando era ella quien debía sostenerla.

La estancia olía a crisantemos y gladiolos, flores fúnebres para una victoria que no era suya. Hick lo sintió asfixiante.

En el vestíbulo, la voz cordial de Eleanor daba la bienvenida a los invitados que llegaban para acompañar a los Roosevelt en la espera de los resultados. En el parque, los nietos jugaban desafiando el frío, arropados con bufandas y gorros azules del partido demócrata.

De pronto, un chasquido metálico. Un repentino haz de luz de la araña de cristal iluminó la biblioteca.

—¿Buscabas un libro, querida Hick?

La voz de Franklin Roosevelt, con esa candencia calculada que había convencido a medio país, la sobresaltó. Desde su silla de ruedas, la observaba como si la hubiera sorprendido en una travesura.

—No… —Hick tragó saliva, intentando reponerse del susto—. Solo necesitaba un poco de silencio.

Franklin, la manta azul y verde acomodada en pliegues perfectos sobre sus piernas, rodó la silla para acercarse a ella.

—Lo entiendo bien —dijo, ajustándose las gafas con un dedo—. Pero esta no será una noche silenciosa, Hick. Será larga, ruidosa y, si Dios quiere, victoriosa.

A Hick su optimismo le sonó casi obsceno. Quiso responder con una sonrisa, pero no lo logró.

—Ven —insistió él, señalando la salida hacia el comedor—. Te serviremos un bourbon para los nervios; todos vamos a necesitarlo mientras esperamos. Estoy convencido de que derrotaremos a Hoover y por fin podremos comenzar a poner el país de pie. Únete a nosotros en el comedor.

Por un instante, Hick se vio saltando por la ventana hacia el jardín y corriendo hasta perderse en la oscuridad. Pero, en lugar de eso, acató como si hubiera recibido una orden.

En el elegante comedor se respiraba un aire de júbilo contenido entre los asistentes que se arremolinaban alrededor de Franklin.

Hick recorrió la estancia con la mirada, buscando a Eleanor entre las carcajadas y los tintineos de copas, pero no la vio.

Tras intercambiar frases corteses con algunos de los invitados, se deslizó hacia la escalera rumbo la planta alta.

Vio que la puerta de la habitación de Eleanor estaba entreabierta.

Una luz tenue se colaba por el umbral. Hick entró sin llamar.

La escena le partió el alma. Allí estaba, sentada al borde de la cama, con un vestido de seda verde apagado que le daba un aire espectral.

Tenía los ojos enrojecidos y apretaba con fuerza un pañuelo húmedo y arrugado entre las manos.

—No puedo hacerlo, Hick. No puedo —dijo con una voz distinta a la de la mujer imperturbable que el país conocía—. ¿Entiendes lo que significa regresar a Washington? Al lugar donde mi matrimonio acabó. No soportaré abandonarlo todo para ser un adorno de Franklin.

Hick cerró la puerta con suavidad y se acercó. Se sentó junto a ella, apenas rozando la rodilla con la suya, y la dejó llorar.

—No me dejarán escribir mis columnas. Franklin dice que una primera dama no debe opinar de política, pero…

—un temblor le recorrió los hombros forzándola a hacer una pausa—.

Pero, ¿qué hago con todo lo que vi? ¿Con las voces de esas mujeres que conocimos?

¿Con esta urgencia que siento por hacer algo, de cambiar algo?

Hick la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su pecho. Eleanor se abandonó; sentía el alivio de quien ya no llora en soledad.

—Y, además, no estarás a mi lado cada día —murmuró tras un suspiro ahogado—. Te quedarás aquí, en Nueva York, y no sé si podré respirar sin ti.

Hick le acarició la espalda con delicadeza, trazando círculos lentos, buscando el punto exacto donde el alma se une al cuerpo. Eleanor por fin alzó la mirada. En sus ojos azules, llenos de lágrimas, Hick vio la necesidad desnuda de ser amada.

La ovación que estalló en el comedor trepó hasta la planta superior y las alcanzó. Aplausos. Vítores. El tintinar de cucharas contra el cristal de las copas. Ambas lo supieron: Franklin había ganado.

Hick apretó a Eleanor con fuerza contra sí. No la dejaría sola.

—Estaré a tu lado —prometió—. Encontraré la manera.

Abajo, comenzaron a cantar Happy Days are Here Again , la canción de campaña de Roosevelt. Hick secó las lágrimas de Eleanor con suavidad, dejando que sus dedos se detuvieran un instante en esas mejillas pálidas. Después dijo con severidad fingida: