4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt #2
Desde que le asignaran la tarea, Hick lo había investigado todo sobre Eleanor Roosevelt, había devorado cada palabra publicada con su nombre.
Había desechado las columnas sociales, los relatos sobre galas y beneficencias en busca de su voz auténtica.
La encontró en sus escritos donde, por ejemplo, criticaba con crudeza a los hombres que trataban a las mujeres como adornos con derecho a voto.
No era buena escritora, Hick lo notaba, pero era implacable, y eso bastaba para que le inspirara respeto.
Mientras la miraba, se preguntaba cuánto de la frustración volcada en sus columnas nacía de verse obligada a ceder terreno mientras su marido ganaba protagonismo.
Apartó la vista y fingió buscar en sus notas las preguntas que había preparado. A fin de cuentas, había venido por una entrevista y algunas declaraciones polémicas más que a descifrar un enigma.
Hick sabía que la nominación de Roosevelt había sido, en gran parte, obra de su mujer.
Un sobreviviente de polio, paralizado de la cintura para abajo, no parecía ser el líder capaz de sacar al país de la peor depresión económica de su historia.
Ella lo había cuidado cuando creían que no sobreviviría, lo había empujado a caminar con bastones, a creer en sí mismo otra vez.
Su voz se alzó contra todos quienes se oponían a que Franklin regresara a la política.
Gracias a esa fe obstinada, él había alcanzado la gobernación del estado de Nueva York y estaba a un paso de la Casa Blanca.
Durante la campaña, Eleanor se convirtió en los ojos de Franklin en las fábricas abandonadas, sus oídos en las interminables filas de las ollas populares.
Las historias que emocionaban a todos en los discursos electorales —la viuda que alimentaba a sus hijos con cáscaras de naranjas, el niño que cazaba pajaritos para llevar la cena a casa— nacían de las experiencias que le llegaban y conmovían a Eleanor.
Ambos sabían que, si bien lo suyo jamás sería un matrimonio feliz, podía ser un matrimonio útil.
Sin embargo, a sus cuarenta y ocho años, ella ya no albergaba ilusiones.
Si Franklin obtenía la presidencia, debería abandonarlo todo: las clases en la escuela, la fábrica, la voz de sus escritos.
Haría el mismo papel discreto que su tía Edith había interpretado mientras el primer Roosevelt, Theodore, ocupó la presidencia.
Lo había presenciado de cerca: recepciones interminables, sonrisas vacías, opiniones ahogadas en las copas de champán.
Su esencia se rebelaba contra aquel destino, pero las convenciones eran imposibles de cambiar.
Y comenzaban con entrevistas que concedía por obligación.
Algo le decía que no era la única en esa situación.
—Usted no quiere estar aquí —se inclinó para servir el té a Hick. Sus manos, delgadas y elegantes, acompañaban el ritual con naturalidad.
—¿Tan transparente soy? —Hick disimuló una sonrisa al responder.
—No —Eleanor deslizó la taza hacia ella con un movimiento preciso—, pero yo tampoco quería esta entrevista.
O ninguna otra, para serle honesta —se apoyó contra el respaldo de su asiento y sin dejar de mirarla, continuó hablando—.
Mi tía solía decir que el nombre de una dama solo debería aparecer en la prensa en tres ocasiones: cuando nace, cuando se casa y cuando muere.
—Una idea con la que imagino que usted no comulga.
—No del todo. Aunque, seamos francas, esta entrevista parece ser un deber para ambas —Eleanor hizo una pausa calculada, tanteando el terreno.
Luego siguió con provocadora suavidad—. Hablemos de lo que de verdad le importa a usted, señorita Hickok: quiere saber por qué una mujer que escribe con tanta pasión sobre las injusticias del país finge no notar que su marido usa sus ideas sin jamás darle crédito.
Por primera vez en su carrera, las preguntas preparadas le parecieron absurdas a Hick. Apoyó el cigarrillo en el borde del cenicero y guardó su libreta.
—Tiene razón —respondió con honestidad—. No sé por qué escribe con tanta pasión y después entrega sus ideas a otros. Pero si quiere contármelo, la estoy escuchando.
—Lamento haber sonado tan dura. No es que no tenga nada que decir.
Los periodistas solo quieren saber si mis perlas son auténticas o si ya elegí diseñador para la gala de inauguración.
—Eleanor sintió, con una certeza que la sorprendió, que estaba frente a una mujer con quien podía ser sincera.
Bajó la voz—. Nadie pregunta por mis ideas.
Nadie quiere saber lo que pienso mientras viajo por el país, lo que me provocan las minas cerradas, los campos yermos, los niños con hambre.
Hick imaginó a Eleanor recorriendo los pueblos desolados, absorbiendo cada necesidad, cada problema, cada solución que luego su marido transformaría en sus promesas de campaña.
Ella misma había visto muchas veces, como periodista, a los colegas hombres apropiarse de sus hallazgos y de sus mejores frases.
Intuyó que Eleanor necesitaba desahogarse y no se equivocaba. El tren avanzaba en el atardecer, y las sombras se deslizaban por el compartimento. Aunque creía entenderla, nada preparó a Hick para lo que escuchó a continuación:
—Sinceramente, preferiría que Franklin no ganara estas elecciones.
Estupefacta, Hick reconoció que tenía el mejor titular en años.
—No debería haberlo dicho así —se corrigió Eleanor con rapidez, llevándose una mano al cuello, como cada vez que se sentía expuesta—.
Lo que quiero decir es que en Nueva York tengo mi vida: mi escuela, Val Kill, la fábrica de muebles que fundé.
¿Por qué debería dejarlo todo para convertirme en una sombra en la Casa Blanca?
Además, no estoy hecha para sonreír en las recepciones ni fingir interés en conversaciones protocolares —agregó en voz apenas audible.
—¿Siempre fue así? —preguntó Hick al recuperar el aliento.
La luz ámbar del atardecer se reflejaba en los ojos de Eleanor, donde comenzaban a temblar las lágrimas.
—Mi madre me llamaba “patito feo” —susurró—. Soy demasiado alta, habrá notado que mi sonrisa no es precisamente encantadora. Heredé los dientes salientes de los Roosevelt. Tampoco he tenido muchas razones para sonreír. A los diez años ya había enterrado a mis padres y a un hermano.
—Mi madre también murió cuando yo era niña —Hick se sorprendió hablando de su propia vulnerabilidad—. Y mi padre era tan violento que preferí dormir en estaciones de tren y no bajo el mismo techo que él.
Eleanor extendió la mano. Sus dedos alcanzaron los de Hick y se detuvieron allí, sobre los nudillos, con una presión leve. No fue un gesto impulsivo; Hick lo supo. No apartó la mano. Sintió el calor reconfortante de esos dedos.
—¿Cómo saliste adelante? —preguntó Eleanor, retirando la mano con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido. Pero su voz había cambiado; era más baja, más cercana.
Hick se dejó llevar. Evocó, bajo la mirada comprensiva de Eleanor, los días de empleada doméstica, las noches en vela estudiando, los primeros pasos en la profesión, los desafíos de progresar en un mundo dominado por hombres.
La entrevista se convirtió en una charla cálida e íntima, pero una que Hick ya no controlaba.
—Has hecho un camino extraordinario —dijo Eleanor con admiración genuina—. Eres la sensación del periodismo político.
Hick sintió cómo el calor subía dentro suyo hasta teñirle las mejillas.
El tren surcó la tarde, meciendo con su vaivén la conversación que fluía con la naturalidad de dos almas que se reconocen.
Fueron desnudando sus infancias, tan diferentes en privilegios pero gemelas en dolor: la niña rica, abandonada por la muerte en mansiones frías; la niña pobre, ignorada con crueldad.
Ambas se habían endurecido, habían tomado decisiones valientes y se habían construido a sí mismas, sin permitir que el pasado dictara su futuro.
En esa obstinada negación a rendirse, se encontraron.
Un golpe a la puerta un par de horas más tarde interrumpió el hechizo. Un camarero entró empujando un carro con la cena: sándwiches de pollo dispuestos en un plato con precisión geométrica y una jarra de café humeante.
—Hay suficiente para ambas. Quédate a cenar conmigo —invitó Eleanor.
Sin esperar respuesta, tendió la única servilleta de lino a modo de mantel, y acomodó todo con amor por cada detalle. Mientras la observaba, Hick pensó lo bien que le vendría un trago fuerte, pero solo había agua. Se sabía que la señora Roosevelt desaprobaba el alcohol.
—Y ahora, encuentro que ya no puedo elegir, Hick —continuó Eleanor, con resignación—. Si Franklin gana, me tocará fingir que estoy donde siempre quise estar; deberé sonreír y callar. No creo que pueda tener más proyectos propios.
—Estoy segura de que podrás hacer muchas cosas por este país —respondió Hick con sinceridad.
—¿Y tú? ¿Qué harías si pudieras elegir?
—Seguir escribiendo, cada vez más, cada vez mejor —Hick contestó sin dudar—. No me veo en otro lugar que no sea una redacción, o en la calle, corriendo detrás de las primicias.
Eleanor asintió. Una sonrisa casi imperceptible le suavizó el rostro.
—Entonces tienes el tesoro más valioso, Hick. Aférrate a él.
Hick así lo sentía; el periodismo era su identidad y su refugio. Miró su reloj de reojo y se dio cuenta de que debía dejar descansar a su entrevistada.
—Es hora de que busque dónde dormir unas horas. Al parecer, se olvidaron de mí al asignar camarotes. Será mejor que tome uno de los asientos libres en el coche delantero antes de que se ocupen.
—A las mujeres muchas veces no nos consideran, Hick, pero no te preocupes —Eleanor se puso de pie con elegancia y abrió una puerta corrediza que dejaba ver un camarote diminuto, donde apenas cabían una litera estrecha y un sofá—. Tú puedes dormir en la litera. Yo lo haré en el sofá.
—No creo… —comenzó a protestar Hick, pero Eleanor la interrumpió.
—Soy más larga que tú, y no tan ancha —sonrió con picardía.