4. La primera amiga. Lorena Hickok y Eleanor Roosevelt
Washington Union Station, Washington D. C.,
U na bruma espesa cubría la ciudad, desdibujando sus contornos. En el andén, Lorena Hickok, “Hick” para casi todos, se mantenía erguida, con los dedos entumecidos aferrados a la cartera negra. A unos pasos, de espaldas, Eleanor Roosevelt ajustaba sus guantes de cuero con precisión.
—Debes cuidarte de este frío —dijo Eleanor, sin girarse.
Hick tragó saliva.
—No es el frío lo que me preocupa —respondió—. Es lo que viene después.
Eleanor se volvió y se acercó. Le acomodó el cuello del abrigo con una ternura automática.
—Sabes que es un viaje muy importante, Hick. Las Naciones Unidas son…
—…necesarias. Lo sé —interrumpió Hick con suavidad.
Un mes atrás, el presidente Harry Truman había pedido a Eleanor que integrara la delegación estadounidense ante la naciente Organización de las Naciones Unidas.
La única mujer entre diplomáticos curtidos.
Hick la conocía lo suficiente para saber que había aceptado sin vacilar.
Quería ayudar a redactar un documento que protegiera la dignidad de todo ser humano en cada rincón del mundo, para que el horror de la guerra no se repitiera jamás.
A su alrededor, la gente corría, cargaba valijas pesadas y agitaba pañuelos. Hick y Eleanor, en cambio, permanecieron quietas, sin apartar los ojos una de otra, hasta que el silbato del tren rasgó el aire.
Eleanor abrió la boca para agregar algo, pero solo dijo:
—Te escribiré todos los días.
Hick no respondió. Había dejado de esperar un “una vez que todo esto termine”. Lo que necesitaba siempre había sido imposible.
Eleanor ya no asistía a eventos como esposa de un presidente.
Era una diplomática decidida a cambiar el rumbo del mundo.
Viajaba sola hacia Londres, donde la aguardaban negociaciones arduas y la oportunidad de dejar una huella indeleble en la historia, una que ningún matrimonio le hubiera permitido.
Hick la vio subir al vagón, con aquel andar erguido y resuelto que la mostraba invencible.
La siguió con la vista hasta que ocupó su asiento junto a una ventanilla.
Eleanor alzó la mano para tocar el vidrio, pero la retiró un segundo antes de que sus dedos rozaran el cristal.
Cuando el tren desapareció tras la niebla, Hick sacó del bolso una fotografía doblada y arrugada: Eleanor, dormida en un tren, tomada años atrás.
“Antes de que el mundo la reclamara”, pensó.
Volvió a doblar la foto con cuidado, la guardo juntó a un paquete de Lucky Strike, esos cigarrillos que Eleanor detestaba, y se perdió entre la multitud.
Residencia del secretario adjunto de la Marina,
Kalorama, Washington D.C.,
otoño de 1918
Eleanor desarmaba la maleta de Franklin con eficiencia, como cada vez que su marido regresaba de sus numerosos viajes.
Camisas, un par de gemelos sueltos, un frasco de colonia casi vacío.
Debajo de todo, envuelto en una camisa de dormir, un paquete de cartas atadas con una cinta de raso azul.
Lo supo antes de desatarlo. El delicado aroma a rosas que desprendían los sobres no le pertenecía.
Con manos temblorosas, desanudó la cinta. Las cartas cayeron al suelo y se desparramaron en una confesión demoledora. Las recogió y reconoció la caligrafía. Leyó una tras otra. Más de veinte.
“Nadie me miró como me miraste ayer”.
“Jamás creí que alguien podía hacerme sentir así”.
“Fue una tarde que todavía arde en mi piel”.
Con cada línea, el perfume de rosas se volvía más irrespirable. Lucy Mercer, su secretaria, su sombra. ¿Podía haber sido también el refugio de Franklin?
Sin esperar, irrumpió en su despacho con las cartas en la mano. Roosevelt despidió al subsecretario con un gesto seco. Vio las esquelas que Eleanor sostenía, y lo comprendió todo. En un tono apenas audible, ella preguntó:
—¿Por qué?
Él la miró un instante y luego bajó los ojos hacia las cartas.
—Intenté que no sucediera —murmuró, pálido—. No la veré nunca más. Volveremos a tener la vida de siempre junto a nuestros hijos.
Eleanor lo miró en silencio. Nada volvería a ser igual. Algo se cerró dentro de ella y por primera vez, se permitió desear otra vida.
Durante semanas consideraron divorciarse, pero no estaban solos en la decisión. Estaban los cinco hijos. Estaban los asesores que hablaban de “carrera”, de “imagen”. Y estaba Sara, la madre de Franklin, que amenazó con dejarlo sin un centavo.
Resignada, Eleanor aceptó vivir la farsa, pero impuso una única condición:
—Lo nuestro ya no es un matrimonio. Ni en cuerpo ni en alma. Si vamos a seguir juntos, deberá ser también una oportunidad para que yo persiga mis propios ideales.
Desde ese momento, buscaría una voz propia y dejaría de ser solo la esposa del hombre que aspiraba a gobernar la nación.
Y eso hizo. En los años que siguieron, fundó una escuela para niñas, creó una fábrica de muebles para generar empleo y escribió centenares de artículos para defender los derechos de la mujer y difundir sus ideas políticas.
El nombre de Eleanor Roosevelt comenzó a sonar con música propia, porque ella había decidido dejar de pedir un espacio propio para tomarlo.
Oficinas de la agencia Associated Press (AP) 26 en Nueva York,
verano de 1932
Lorena Hickok golpeó el auricular contra el teléfono con furia. Las órdenes de su editor en jefe en Associated Press eran inaceptables para alguien con sus logros.
—Quiero que sigas al candidato demócrata durante la campaña. Pero, en especial, quiero que te concentres en la señora Roosevelt. Que le cuentes a la nación cómo viste, qué come, qué lee, quién la rodea. Lo quiero todo, Hick.
Ella se dejó caer en la silla de su escritorio y soltó una carcajada irónica.
Era la primera mujer periodista política del país; había reportado desde el epicentro de huelgas violentas y campañas intensas; sus artículos se reproducían en casi mil cuatrocientos periódicos.
¿Cubrir a la esposa de un candidato? ¡Era inaudito!
Le habían prometido subirla al tren de la campaña demócrata para ser la sombra de Roosevelt.
¿De verdad ahora pretendía que siguiera a una mujer con sombreros ridículos que parecían panqueques?
¿Qué describiera esos vestidos sonsos y aquella cara siempre adusta en los vacíos actos de campaña?
Encendió un Lucky Strike con manos temblorosas y se apoyó en el marco de la ventana. Una herida vieja se había reabierto, como cada vez que sentía que no era valorada. Era la herida de su infancia y el dolor del camino sacrificado que había recorrido sola para llegar hasta allí.
Su madre murió joven. El padre, alcohólico, desaparecía semanas enteras y, si estaba en casa, todo era aún peor: llegaban los golpes.
La vida la endureció y dejó de esperar ternura.
Mientras pudo, Hick caminaba kilómetros en la nieve, con los zapatos forrados con papel de diario, para llegar a la escuela.
Hasta que un día se rindió y dejó de ir.
Durante algunos años trabajó limpiando casas, hasta que alguien la impulsó a volver a estudiar.
A fuerza de determinación y miles de noches sin dormir, se convirtió en periodista a los treinta y cinco años.
Y poco después comenzó a firmar nada menos que en la portada de The New York Times .
Por eso, el encargo del jefe le ardía como una humillación degradante.
Tenía carácter de sobra para plantarse, pero aceptó porque, a pesar del enojo, su instinto le dijo que podía encontrar una buena historia que contar.
No se equivocó. Estaba por conocer a una mujer que también sabía construirse desde los escombros.
Ruta Potsdam a Nueva York, a bordo del tren Roosevelt Express,
verano de 1932
Eleanor la reconoció apenas entró; lo que vio confirmaba lo que ya había oído: estaba frente a la periodista del momento.
De hombros anchos y paso decidido, Hick llevaba un sombrero de ala y un pañuelo de seda cobriza, un toque de audacia contra el traje oscuro y la blusa sobria.
Eleanor sabía que apenas rozaba los cuarenta, pero aquellos ojos azules, escrutadores, tenían la mirada de quien vivió varias vidas.
Reparó en esa boca pintada de rojo intenso, abierta en una sonrisa franca.
En definitiva, pensó Eleanor, una mujer difícil de ignorar.
Hizo a un lado la pluma y las hojas con sus iniciales grabadas en azul pálido.
Al acercarse, Hick alcanzó a leer unas líneas escritas en tinta negra; supuso que eran apuntes para algún discurso.
Sus miradas se encontraron por encima del papel, y Eleanor, con delicada prisa, guardó la pluma y las anotaciones en su bolso.
Luego, extendió la mano con cordialidad e invitó a Hick a sentarse frente a ella.
Sin decir una palabra, tomó un cenicero de cristal y, con natural autoridad, lo colocó sobre la mesa entre ambas.
Después, esbozó una sonrisa breve, intentando romper el hielo.
Hick llevó un cigarrillo a sus labios y lo encendió con deliberada lentitud, aprovechando el ritual para estudiar a la mujer frente a ella.
El gesto simple del cenicero la había descolocado.
No parecía mera cortesía sino una invitación a una conversación larga.
Se reclinó en su asiento y sacó su libreta.
Sería difícil que la entrevistada siguiera el guion que ella había previsto.
La Eleanor Roosevelt que tenía enfrente la desafiaba.
La esposa devota, la madre abnegada, la nuera sumisa se desvanecían con el humo del cigarrillo de Hick.
En su lugar, aparecía una mujer de casi cincuenta y mirada penetrante, que parecía hacerle frente : Sé que buscas mis grietas. Adelante, inténtalo.