3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #8
El pueblo se volcó a las calles de la ciudad para festejar la victoria.
Durante noches las hogueras ardieron sin descanso y el bullicio se volvió incesante.
En el palacio de St. James el clima era de celebración.
El conde de Leicester, uno de los artífices del éxito, no estaba allí.
Tras las cruciales jornadas, había partido hacia Buxton, en busca de los manantiales que prometían restaurar la salud.
Pero no llegó a destino. El 4 de septiembre, a las cuatro de la madrugada, el hombre que más había amado a la reina exhaló su último aliento.
Cuando la noticia llegó a la corte, Isabel se encerró en sus aposentos con una urgencia violenta. Echó llave, arrastró pesados muebles para bloquear las puertas, corrió los gruesos cortinados hasta que la oscuridad fue completa y, solo entonces, se desplomó sobre el suelo.
Volvieron a su memoria las miradas cómplices en mitad de banquetes y la presión fugaz de una mano bajo la mesa.
Las cabalgatas frenéticas para escapar del mundo, los juegos de palabras y las promesas de medianoche que ella dejaba morir al amanecer.
Y después, como la punta de un estilete, lo otro: las audiencias en las que redujo a Robert a mero súbdito.
Los años en que lo mantuvo suspendido en una espera sin nombre, sin orilla.
Habían sobrevivido juntos a intrigas y amenazas, pero en el intento de preservar el reino, se habían perdido el uno al otro.
—Ojos, perdóname; te mentí. No fue el trono lo que me detuvo, ni fue la corona.
Fui yo. La certeza de que amarte era ponerte el puñal en la mano.
Aprendí que al amor de los hombres se sobrevive, no se cede.
Me refugié en el trono y lo llamé deber, pero era terror.
Terror de necesitarte y que un día dejaras de mirarme.
Pánico de darlo todo y quedarme sola de todas formas.
Por huir del dolor, me condené a vivir dentro de él.
Isabel lloró. Lloró sin testigos, sin decoro, sin límites, hasta vaciarse.
Tres días más tarde las puertas seguían selladas. Sus damas suplicaban desde el otro lado; le ofrecían comida, compañía. Los consejeros, preocupados, golpeaban con los nudillos y después con los puños: los españoles podrían reagruparse en cualquier momento, el reino no podía esperar.
El reino podía arder. Por primera vez, a ella no le importaba.
Al cuarto día, Cecil, preocupado, ordenó derribar la puerta.
La reina ni siquiera parpadeó ante el estruendo.
Estaba sentada en el suelo, con el mismo vestido que al recibir la noticia, arrugado y manchado de cera.
El maquillaje pesado, deshecho, mostraba una cara que jamás había mostrado en público. Estrujaba un papel contra su pecho.
—Majestad, el reino la necesita.
—Es su última carta —respondió con la voz entrecortada por el hipo—. Decía que mi pócima lo curaría; creía que regresaría.
Intentó ponerse de pie, pero flaquearon las piernas que habían cabalgado con furia en Tilbury. Rechazó la ayuda de sus damas con un zarpazo.
Más tarde, mientras la vestían, una imagen la atormentaba: Lettice Knollys abrazando las sábanas que aún olían a él. Lettice, que tenía un nombre para su pérdida: viuda. Ella, en cambio, no tenía palabras para su dolor.
—Cecil, prepara los inventarios de Leicester. Todas sus propiedades regresan a la corona de inmediato. Tierras, rentas, mobiliario, joyas, tapices, caballos. Todo.
—Majestad, no es el momento.
—El momento lo decido yo.
—¿Incluso Kenilworth?
El nombre cayó en la sala.
—Especialmente Kenilworth.
Por la tarde, con los decretos en mano, se acercó a la ventana. El sol empezaba a caer. Miró el reflejo en el río y susurró para sí.
—Un solo sol en este reino; un solo sol.
Tras cuarenta y cuatro años de reinado, el 24 de marzo de 1603, Isabel Tudor murió en el palacio de Richmond. Algunas damas juraron que partió con una última palabra en los labios: Ojos .
Mientras el nombre de los Estuardo comenzaba a habitar los pasillos reales, alguien abrió el cofre de plata de la reina.
La llave había colgado de su cuello, sobre su corazón, durante quince años.
Dentro, protegida por seda roja, descansaba una carta doblada y desdoblada tantas veces que los pliegues se deshacían.
“…humildemente beso vuestro pie”, decía la caligrafía apurada. Al dorso, con letra temblorosa, Isabel había escrito tres palabras: “Su última carta”. 25 Debajo había dibujado un corazón negro, símbolo de un amor que no se permitió vivir.
12 La Torre Beauchamp era una de las torres residenciales situadas en el recinto interior de la Torre de Londres, utilizada principalmente para la detención de prisioneros de alto rango.
13 La autora ha optado por utilizar los nombres propios en la forma más habitualmente difundida en la historiografía y en el uso corriente en español. En consecuencia, algunos nombres aparecen castellanizados, mientras que otros se conservan en su forma original inglesa.
14 Cuando la vida de Eduardo VI se acercaba a su fin, el duque de Northumberland lo persuadió de excluir de la línea sucesoria a sus dos hermanastras, María e Isabel Tudor, y nombrar a la esposa de su hijo Guildford, lady Grey, en su lugar.
María recuperó el trono y los Dudley fueron acusados de traición.
15 Los visitantes de la Torre aún pueden ver las tallas que Robert dejó en los gruesos muros de piedra.
16 Isabel Tudor fue arrestada tras un levantamiento protestante encabezado por sir Tomás Wyatt. Aunque no participó de la conspiración, la reina la consideró una amenaza política y ordenó su confinamiento en la Torre de Londres.
17 Los aposentos reales de la Torre de Londres, acondicionados por Enrique VIII para la estancia de Ana Bolena antes de su coronación, fueron los mismos a los que ella regresó tras su caída y donde fue recluida su hija Isabel por orden de María I.
Su ubicación exacta dentro del complejo sigue siendo motivo de debate histórico.
18 Tallis, Nicola, Young Elizabeth. Elizabeth I and her perilous path to the crown .
19 María Estuardo, descendiente directa de la hermana mayor de Enrique VIII, era para los católicos la legítima heredera, al considerar a Isabel hija ilegítima del rey.
20 Candlemas, celebrado el 2 de febrero, marcaba el cierre tradicional de la temporada navideña. Era también una fecha que celebraba el lento alargamiento de los días tras el invierno.
21 Lettice era prima en segundo grado de Isabel I de Inglaterra, por ser nieta de María Bolena, hermana de Ana Bolena.
22 Whitelock, Anna, The Queen’s bed. An intimate history of Elizabeth’s court . (Traducción de la autora)
23 Idem .
24 “Queen Elizabeth I and the Tilbury speech. Historic UK” (23 de febrero, 2026). https://www.historic-uk.com/HistoryUK/HistoryofEngland/Elizabeth-I-Tilbury-Speech/ .
25 The National Archives (11 de marzo, 2021). Earl of Leicester to Elizabeth. https://www.nationalarchives.gov.uk/education/resources/elizabeth-monarchy/earl-of-leicester-to-elizabeth