3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #7
En cuanto la puerta se cerró, arrojó una jarra de vino especiado contra la pared.
El líquido rojo estalló y alcanzó un tapiz, tiñéndolo de rojo sangre.
De un manotazo barrió los documentos de la mesa, que cayeron desordenados a sus pies.
Sus damas retrocedieron hasta los muros, intentando volverse invisibles ante el huracán.
—¡Que vengan! —aulló—. ¡Que vengan ahora mismo! ¡Los dos!
Él entró primero; detrás, ella. Ver a Lettice, su prima segunda, era enfrentarse a lo que ella ya no era: la juventud misma.
Con el mismo cabello de cobre, los ojos oscuros y vivaces, la piel luminosa, pero sin las huellas de viruela.
21 El vestido de terciopelo, de una audacia insultante, realzaba las curvas que Isabel sabía que su amado había recorrido.
Lettice, con una arrogancia que desafiaba todo protocolo, se dirigió a la reina.
—Es mi esposo, Majestad. Ante Dios y ante los hombres.
—Majestad, puede imaginar… —intentó intervenir él.
—¡No te atrevas a decirme lo que puedo hacer!
La sala vibró con el impacto de un candelabro contra la pared, a escasos centímetros de la cabeza de Lettice. Ella ni siquiera parpadeó.
“Tiene agallas”, pensó Isabel; eso la enfureció más.
—¡Todos lo sabían! ¡Todos! Hasta el más insignificante lacayo.
¡Y yo, la soberana de Inglaterra, soy la última en enterarme!
¡Han hecho que me tomen por idiota! —gritaba mirándolo a él.
Hasta que se volvió hacia Lettice, que mantenía una calma que rayaba la insolencia—.
¡Y tú! Te recibí en mi corte, te di un lugar entre mis damas, y paseas tu victoria a mis espaldas.
—Majestad, yo… —Lettice intentó responder, la barbilla levantada, desafiante, pero la reina la detuvo.
—¡Un solo sol puede salir en este reino! ¡Uno solo! ¡Y ese sol soy yo! —Se abalanzó sobre la mujer y le dio una bofetada. Sus dedos restallaron contra la mejilla—. ¡Fuera de mi vista y de mi corte! ¡Ahora mismo! ¡Guardias!
Dos hombres entraron y tomaron a Lettice de los brazos para arrastrarla fuera mientras la reina seguía gritando:
—No eres ni serás nada. ¡Jamás ocuparás mi lugar! —Se apoyó en la mesa, jadeando.
Robert, pálido pero sereno, entendió que Isabel no se refería al trono. Se movió, incómodo.
—Todavía no he terminado, Leicester —lo señaló con un dedo tembloroso.
—Veo que no, Majestad.
—Cuida el tono conmigo. —Las palabras se le atascaban. Tragó saliva—. ¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido hacerme esto?
Él levantó la voz por primera vez.
—¿Hacerte qué? ¿Continuar con mi vida mientras tú me mantenías suspendido en un limbo del que nunca pensabas sacarme?
—¡No es verdad! ¡Te di todo!
—Me diste títulos, pero me dejaste solo.
Soy yo quien te he dado todo hasta vaciarme, Bess: mi lealtad, mi espada, mi corazón.
¡Fuiste tú quien no quiso casarse! —Dio un paso hacia ella, sin miedo—.
Cada vez que hablábamos de futuro ponías por delante la corona, el legado, las alianzas, el fantasma de tu madre.
¿Hasta cuándo debía esperar? ¿Alguna vez decidirías que ya era suficiente?
—¡Se llama política!
—¡Y esto se llama vida! Busqué consuelo en alguien que me dio lo que tú me niegas: no un trono sino un lugar a su lado. ¡Quiero herederos que lleven mi sangre!
Isabel dejó de ser la reina para dar paso a la mujer herida.
—Aún teníamos tiempo; todo el tiempo del mundo.
—Los Dudley morimos jóvenes.
Ella le dio la espalda para que no viera su dolor.
—Vete de la corte. Tú a una casa, ella a otra. Si el amor es tan grande, que se alimente de la distancia.
Su sentencia, una venganza poco digna, le resultó un escaso consuelo. Antes de que Robert llegara al umbral, se animó a revelar la espina clavada en su corazón:
—¿La amas?
—Es mi esposa —respondió después de un largo silencio.
Las palabras ardieron. Isabel se quedó sola, escuchando los pasos alejarse. El pensamiento llegó sin avisar, y con él, la dimensión de lo que había perdido: “Y ahora, ¿quién me va a amar?”.
Meses más tarde, una noche en la que el sueño volvía a negarse a abrazarla, la reina se levantó y tomó la pluma.
Con qué desprecio me has utilizado. Nunca podría haber imaginado que alguien tan favorecido por mí, elevado por encima de cualquier otro súbdito, pudiera burlar mi confianza de manera tan ruin. 22
La carta partió. La respuesta llegó días después.
Señora:
Si en algo erré, fue en la torpeza del corazón, no en la lealtad. Te he dado años de fidelidad y servicio. Solo ruego que, al pesar mis faltas, no olvides las vigilias compartidas, los peligros sorteados en tu nombre y el afecto que siempre nos unió.
Si hay lugar para mí en tu memoria, recuerda que no hay rincón del reino donde deje de ser tu más fiel servidor. 23
Isabel leyó la carta una vez. Dos veces. Tres. Luego acercó el papel a la llama de una vela hasta que comenzó a arder, y lo dejó caer.
Palacio de Richmond,
invierno de 1584
En 1579, Lettice dio a luz a un hijo al que llamaron como su padre.
Por aquel entonces, Robert había regresado a la corte, pero la relación con la reina era meramente formal.
Pasaron tres años hasta que Isabel solicitó conocer al niño.
Sin embargo, fue tajante en sus órdenes: Lettice no tenía permitido acompañarlo.
Así, lord Dudley llegó con su hijo y una expresión de orgullo que ella no le había conocido.
Desde la seguridad de su trono, Isabel observó al pequeño: pelo oscuro, ojos alertas, y esa energía inquieta que recordaba a su padre.
Pronunció los elogios de rigor y luego los despidió.
Esa noche lloró hasta quedarse dormida, abrumada por la inmensidad de su soledad.
En 1584, el niño murió. La noticia conmocionó a la corte por lo sorpresivo, pero ella sabía que la tragedia era más profunda todavía; ese hijo había sido la última gran esperanza de Robert, el ancla de su linaje.
Intentó respetar el tiempo de luto, pero al mismo tiempo no quería permitir que el dolor lo consumiera en la distancia.
Finalmente, tras días de observar la silla vacía en el consejo, dio la orden.
—Que el conde de Leicester regrese a la corte.
Cuando Robert se presentó, ella contuvo el aliento. Más allá de verlo envejecido, estaba ante un hombre roto. El pelo oscuro se le había poblado de canas. Los hombros erguidos cedían con el peso del dolor. Él hizo una reverencia lenta y apretó los labios.
—Ojos, lamento mucho tu pérdida. Siéntate a mi lado —dijo con delicadeza.
—Estoy bien de pie.
—Siéntate.
Estaban tan cerca que casi podían tocarse.
—Sé lo que es perder a quien amas.
—¿Lo sabes? Tú no has tenido hijos, Bess.
—No. Pero he tenido gente a la que he perdido, como Kat. Y gente a la que he alejado yo misma. Conozco el dolor.
El silencio se extendió.
—Hablo de ti, Ojos.
Vio cómo las manos de Robert temblaban ligeramente sobre las rodillas.
—Estás enfermo. Lo veo en tu cara; en cómo te mueves.
—No es nada.
—Le pediré a mis médicos que te preparen pociones. Y deja de comer tanta carne; te envenenas lentamente.
Se miraron. Por un instante, fueron los jóvenes que se prometieron lealtad cuando todo lo demás se había derrumbado.
—Quédate en la corte. Tú solo, como antes. Ella no volverá a pisar este lugar mientras yo viva.
Él no discutió. Sabía que aquello era todo lo que podían tener.
Tilbury, Essex,
agosto de 1588
La amenaza de la Gran Armada española se cernía como una tormenta. Mientras las naves inglesas se adentraban en los mares para prevenir la invasión, bajo el cielo de acero de Tilbury, comenzaba a prepararse la defensa del reino.
Isabel, envuelta en una coraza que devolvía los destellos del sol de agosto, cabalgaba frente a las tropas.
A su lado, el conde de Leicester hacía un esfuerzo sobrehumano; el dolor en su costado izquierdo lo atenazaba, pero se negaba a flaquear.
Comandaría aquella operación, así fuera lo último que hiciera.
Las trompetas rasgaron el aire y la reina espoleó a su yegua. Su voz firme llegó hasta el último hombre de las filas. Los soldados la contemplaban con una devoción casi religiosa; algunos lloraban, todos rezaban.
—Mi gente amada: aunque tengo el cuerpo de una mujer débil y frágil, tengo el corazón y el estómago de un rey, y de un rey de Inglaterra. ¡Y me burlo de cualquier príncipe de Europa que ose invadir las fronteras de mi reino! —tronó desafiante. 24
—¡Dios bendiga a la reina! —arengó Robert, alzando la espada pese al tormento físico. El grito de respuesta de miles de gargantas fue ensordecedor.
Robert acercó y le susurró al oído.
—Entiendo por qué te llaman “Gloriana”.
—¿Por qué lo dices?
—Te veo como el día de la coronación, cuando me hiciste creer que todo era posible.
—Esto también lo será, Ojos. Defenderemos nuestra tierra y derrotaremos al enemigo.
Él deseó olvidar el protocolo, tomarle el rostro y besarla. Ella hubiera querido soltar las riendas para refugiarse en su pecho. Pero el ejército esperaba y el destino no concedía treguas.
Días antes, Isabel había consultado a John Dee para que vaticinara el resultado de la contienda. El astrólogo había visto el futuro en los cielos.
—Tendrá su victoria, Majestad. Los astros lo confirman: España será derrotada.
—Pero hay algo más, maestro. Lo percibo en su voz —apremió ella.
—Hay un precio, señora. La gloria traerá una pérdida. —Dee bajó la vista, incómodo.
Ella no quiso preguntar más. Solo pudo pensar en aquella tos persistente que Robert intentaba ocultar tras un pañuelo de seda.
Palacio de St. James,
5 de septiembre de 1588