Amantes del poder 3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #6
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3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #6

—No puedo medir lo que me desborda. Recuerda la Torre, los días aciagos en Woodstock.

Cada vez que el mundo apostaba a nuestra caída, yo seguí a tu lado.

He amado a la mujer y he servido a la soberana con la misma pasión.

He esperado con paciencia, con lealtad y con amor.

Me das esperanza para luego humillarme. Me pides tiempo y, cuando lo concedo, me castigas. ¿Hasta cuándo, Bess?

Buscaba un rastro de la mujer que latía en su corazón, pero no lo encontró. La reina habló con voz fría y medida.

—Si por mi favor te has vuelto insolente, pronto te reformarás. Puedo devolverte al mismo lugar de donde te alcé. Retírate antes de que ordene desterrarte de la corte.

Robert comprendió lo que ningún desvelo podría alterar: ella era la reina; él, un súbdito al que había hecho conde para no hacerlo rey. Esa verdad los precedía y los sobreviviría, y ante aquello no le quedaba nada por decir. Inclinó la cabeza aceptando el veredicto, y se retiró en silencio.

Una vez en sus aposentos, se dejó caer sobre la cama.

La ira de la noche anterior había cedido ante lo irreversible.

Se quitó el anillo de sello que ella le había obsequiado en su último cumpleaños.

La joya, fría y pesada en la palma, le devolvió una verdad que jamás había querido ver.

Isabel jamás lo eligiría. Pero un hombre es más que su amor imposible; es también su nombre, su sangre, el legado que dejaba.

Había pasado la vida restaurando el honor de los Dudley y no podía permitir que se desvaneciera con él.

Era hora de desatar el nudo y buscar un heredero.

Castillo de Kenilworth,

verano de 1575

Durante los siguientes años, el deseo de encontrar una mujer que le diera un hijo movió el alma de Robert.

Quería alguien que llevara su sangre y perpetuara el apellido.

Se ahogó en muchos cuerpos, pero ninguno olía a iris; ninguna mujer tenía la fascinante capacidad de ser, al mismo tiempo, el premio y el verdugo.

Isabel lo vigilaba con la precisión de un halcón y toleraba sus romances mientras no fueran más que una distracción de la carne.

Atenta, intervenía si alguna dama comenzaba a ocupar un espacio excesivo en la vida de su favorito.

La reina marcaba su territorio haciéndola desaparecer de la corte y volvía a reclamar su refugio: dormía en los brazos de Robert buscando una tregua.

Pero él había cruzado el umbral de los cuarenta años y se sentía un hombre sin legado.

Agotado y bajo el peso de esa carencia extendió una invitación a Kenilworth, su castillo, para Isabel y toda la corte.

El crepúsculo de julio pesaba sobre las colinas cuando la comitiva real divisó la silueta del palacio.

Quinientos jinetes dispuestos por Robert flanqueaban el último tramo del camino en una procesión de antorchas que escoltaba a la reina hacia la entrada del mundo de Dudley.

Al ver la magnitud del despliegue, los cortesanos comenzaron a sospechar que aquella no era una visita inocente, sino la última carta de un hombre que llevaba esperando más de veinte años.

Isabel, erguida sobre una yegua blanca, observaba la majestuosidad del recibimiento en silencio.

Estaba acostumbrada a que todos intentaran deslumbrarla, pero intuyó que aquello era distinto, que aquello era Robert intentando seducirla nuevamente.

Él aguardaba al otro lado del puente levadizo, expectante.

Al verlo, Isabel levantó la mano en un saludo casi íntimo.

Robert respondió con una leve inclinación de cabeza, con la mano sobre el corazón, como en una ofrenda.

La reina se detuvo frente a él y el silencio de la corte fue absoluto. Robert la ayudó a desmontar y, sin soltarla, llevó la mano real a los labios.

—Bienvenida a este humilde hogar, Majestad. Todo cuanto ve ha sido alzado para su gloria.

Isabel lo observó con detenimiento, buscando en sus ojos el rastro del hombre que le rogaba una promesa en la oscuridad. Solo encontró un anfitrión demasiado perfecto.

—Es un despliegue soberbio, lord Dudley. Parece que intentara eclipsar el sol.

—El sol no puede eclipsarse, señora, pero incluso los astros necesitan un lugar donde descansar de su propio brillo. Kenilworth está a su disposición para su descanso. Lo he organizado todo para que su Majestad encuentre aquí un paraíso —dijo Robert mientras le ofrecía el brazo.

Cruzaron el patio de armas mientras los fuegos artificiales rasgaban la noche con espasmos carmesí.

Isabel alzó el rostro maravillado. Por un instante efímero, Robert vio en ella a la niña de Hampton Court.

Cuando el espectáculo terminó, la condujo hasta el reloj esmaltado en azul y oro que presidía la entrada principal.

—Permanecerá detenido en la hora exacta de su llegada, Majestad. En Kenilworth, no habría ayer ni mañana; solo un verano eterno.

Los aposentos reales dominaban los bosques y las colinas.

Las estancias olían a flores frescas. Isabel avanzó hacia un extremo de la habitación principal y se detuvo ante un tapiz con escenas mitológicas.

Detrás, descubrió una puerta que conducía a una escalera de caracol; igual que en Whitehall, un puente secreto entre dos mundos que oficialmente no debían tocarse. Una sonrisa nació desde su corazón.

Las diecinueve jornadas que siguieron fueron un despliegue de magnificencia sin precedentes, con Robert al mando de cada detalle.

Por las mañanas, la reina, que había aprendido a cazar de niña, derribaba piezas con puntería magistral.

Por las noches, el Gran Salón se transformaba con mesas cubiertas de manteles de encaje sobre los que rebosaban caramelos de anís, panes de jengibre y flores confitadas, todos dulces favoritos de la soberana que llenaban la estancia con su aroma.

Nadie jamás había ofrecido tal fastuosidad en su honor.

En los corredores los susurros crecían:

—Después de esto, ¿qué le queda para conquistarla?

—Si ella no claudica ahora, ya no lo hará.

Con los días, Isabel entendió que Robert había cambiado; ya no forzaba la cercanía ni buscaba estar a solas. Ni una sola vez había llamado a la puerta oculta bajo el tapiz.

Una noche, mientras el castillo dormía bajo una luna menguante, Isabel salió al jardín envuelta en un manto de seda. Se sentó junto a los rosales blancos y rojos plantados para ella. Robert apareció con las huellas del cansancio marcadas en el rostro.

—¿También a ti te ataca el insomnio, Bess?

—Cada vez que no me duermo en tus brazos, Ojos.

Se sentaron juntos, en silencio, escuchando el canto de los grillos. Desde una galería cubierta, donde la hiedra trepaba por la piedra, una figura permanecía inmóvil, escondida. No había sido invitada a aquella intimidad; la estaba robando.

Isabel acarició el rostro de Robert.

—Has hecho todo esto por mí. Dicen que esperas que me rinda, que Kenilworth es tu última apuesta.

—Que digan lo que quieran. Hace años que dejé de esperar.

—Has construido un mundo entero aquí. ¿Para qué estos días de magia, si no aspiras a mi cama?

—Por ti. Porque lo que no pudo ser merecía despedirse con una celebración.

Los ojos de Isabel se velaron.

—Lo siento tanto, Ojos. Si tan solo fuésemos otros…

—Tú no quieres ser otra, Bess.

Isabel dejó escapar una leve risa, más triste que irónica.

—Siempre tan lúcido, incluso cuando habría sido más fácil mentir. Me quedaré hasta el amanecer. Pero mañana…

—Mañana todo vuelve a su sitio.

No hubo promesas ni súplicas; solo dos personas entendiendo que el verano eterno moriría al salir el sol.

En la galería, la figura no se movió. Observó a la mujer extender la mano y al hombre tomarla sin urgencia. Eran manos demasiado quietas para ser amantes, demasiado unidas para ser apenas soberana y súbdito.

Al amanecer, la comitiva real se alistaba para partir y Robert supervisaba los preparativos finales en el patio de armas cuando apareció Isabel, erguida sobre su yegua blanca.

Los cortesanos escrutaban cada gesto entre ambos en busca de un indicio, pero solo vieron a un hombre hacer una reverencia perfecta y a una mujer sostener la mirada.

Ella no miró atrás, pero tampoco espoleó al caballo.

Sumida en sus recuerdos cabalgaba junto a la reina Lettice Knollys.

Mientras el mundo veía en Kenilworth un homenaje a la soberana, ella aún sentía en la piel el ardor de las noches en las que Robert había buscado su lecho.

Estaba perdidamente enamorada y eso la volvía temeraria; saboreaba ser quien podía ofrecerle la promesa de un heredero.

Después de lo que había presenciado entre él y la reina, intuía que estaba más cerca de lograrlo.

Al ver partir a ambas, Robert comprendió la amarga paradoja de su vida. Lettice le ofrecía la paz de lo posible. Isabel, en cambio, lo mantenía encadenado a aquello que jamás le había concedido: un lugar legítimo a su lado. Por primera vez, no sintió el impulso de seguirla.

Palacio de Greenwich,

verano de 1579

La tarde sofocaba cuando el embajador francés se presentó en el Salón del Trono para una audiencia con la reina.

—Su Majestad, temo que en la corte hay rumores de una boda.

Ella no alzó la vista de los documentos que aguardaban su firma.

—¿De quién, señor embajador?

—Del conde de Leicester. Contrajo matrimonio con la vizcondesa de Hereford, lady Lettice Knollys. Dicen que fue hace un año; hasta ahora se había guardado con discreción pero en París ya no se duda y creo que si continúo callándolo podría interpretarse como un agravio hacia Su Majestad.

El silencio fue tan denso que el hombre creyó haber hablado en una lengua muerta.

—Repita.

De repente, Isabel comprendió algo más corrosivo que la traición: durante un año entero, mientras ella sonreía a Robert como si nadie pudiera disputarle el lugar en su corazón, había sido la única en no saber de su ingratitud.

—Puede retirarse, monsieur —ordenó con frialdad, experta en controlar sus reacciones en público.