3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #5
Él aceptó el regalo con una reverencia medida y guardó silencio sobre lo que ambos sabían: que su sueño era despertar a su lado, no en un castillo a tres días de cabalgata.
Ella, confundida por la contención de su amado, creyó que Kenilworth había sido poco y redobló la apuesta.
Recibió a Robert en su gabinete privado, lejos de los oídos del consejo.
—He tomado una decisión, Ojos. Te concederé el título de conde de Leicester.
—¿Conde? Bess, esto no caerá bien, todos dirán que mi ambición no tiene límites.
—Que digan lo que quieran. Acepta el título; necesito que seas el hombre más fuerte del reino. Quiero que camines por estos pasillos con la cabeza alta y que deban inclinarse ante ti no solo porque eres mi favorito.
Para el nieto, hijo y hermano de traidores, aquello era una redención impensada. Robert se arrodilló ante la soberana que disipaba las sombras sobre su apellido y ante la mujer que, por primera vez en mucho tiempo, volvía a llamarlo favorito.
—Seré tu conde y tu escudo hasta que deje de respirar, mi señora.
Agradeció con devoción mientras el sol de la tarde se filtraba por los vitrales, proyectando motas de colores sobre los pisos relucientes.
Sin embargo, la ceremonia de investidura se demoró demasiado.
Isabel fijaba una fecha solo para cancelarla después con alguna excusa: una visita diplomática, una migraña repentina, una urgencia de Estado.
Robert aprendió a masticar la impaciencia en las caballerizas; comprendió que lo trataba como a uno de sus halcones de caza: lo mantenía hambriento para que no perdiera la fiereza, pero jamás saciado, para que no olvidara la mano que le ofrecía el cebo.
Finalmente, tras seis meses de espera, el palacio de St. James se vistió de gala por Dudley.
Ante la mirada escrutadora de nobles y embajadores, Isabel rodeó el cuello de Robert con el collar de la Orden.
Al cerrarlo, dejó que los dedos resbalaran, juguetones, por la nuca en una caricia lenta que hizo palidecer a los diplomáticos.
Para él, ese instante fue una promesa viva.
Pero Isabel, fiel a su naturaleza impredecible, extinguió cualquier atisbo de esperanza pocos días después.
Mientras ambos paseaban por los jardines de Hampton Court, a salvo de oídos entrometidos, ella reveló sus cartas sin preámbulos.
—Deberías casarte, Ojos.
Él se detuvo en seco.
—¿Casarme, Bess?
—Con María Estuardo. Ella reina sobre Escocia y tú siempre has querido una corona. Además, me darías control sobre mi prima.
—¿Es para esto que me has nombrado conde? ¿Para que María me acepte en su cama y yo sirva a tu política?
—¡Lo hago para salvarte! Sé que hay complots para acabar con tu vida. Muchos creen que solo tras tu muerte yo aceptaré casarme. Mientras seas mi favorito, tu vida penderá de un hilo. Como consorte de otra reina estarás a salvo de esos puñales, Ojos.
—¡Estás pidiendo que sacrifique mi corazón, Bess! Puedes ordenar mi lealtad, mi espada, mi vida. Pero no puedes mandar sobre lo que late aquí —se golpeó el pecho en un ademán brusco.
Los ojos de Isabel se empañaron. Una lágrima pesada amenazó con romper su resistencia. Los labios temblaban cuando se inclinó hacia él hasta rozarle el oído con el calor de su aliento.
—Si yo no fuera Inglaterra, te juro por mi alma que no habría otra cama para ti más que la mía.
En las semanas posteriores, las negociaciones formales con Escocia para una boda se enredaron en un nudo de recelos y sospechas, hasta disolverse en el aire. Entregar al hombre que amaba a su mayor rival fue un sacrificio que el corazón de Isabel no pudo sostener.
Los años siguientes se deslizaron en una lenta cadencia de promesas y repliegues.
Isabel reclamaba la presencia de Robert en noches interminables.
Al amanecer, huían juntos con el pretexto de la caza, burlando a la escolta para adentrarse en la espesura de los bosques.
Aunque por momentos crecía en Robert la convicción de que, tarde o temprano, la mujer se impondría ante la soberana, la esencia de Isabel siempre se le escapaba entre los dedos.
En el calor de los encuentros, con la piel a punto de rendirse, ella encontraba la manera de retraerse, devolviéndole la pesada certeza de que la corona estaría siempre primero.
Esa certeza era íntima, pero también política.
La nobleza jamás aceptaría a un Dudley compartiendo el trono.
Robert sabía que el peligro acechaba, pero sus informantes trabajaban bien.
Un día le advirtieron que cuatro hombres lo esperaban a la salida del palacio, con las dagas listas.
En otra ocasión el aviso fue sobre un arquero apostado para abatirlo durante una cabalgata.
Aprendió a no fiarse de las sombras y comenzó a vestir una malla de acero oculta bajo el jubón, una armadura secreta que le recordaba que el favor de la reina lo ubicaba en el lugar más peligroso de Inglaterra.
Palacio de Whitehall,
Navidad de 1565
Las antorchas ardían bajas en la medianoche. El palacio olía a incienso y la música se deshacía en los corredores. Robert avanzaba hacia los aposentos reales con la convicción de que la espera llegaba a su fin.
Entró sin anunciarse. Ella lo recibió con el vestido de terciopelo cobalto bordado de perlas que tantos elogios había cosechado en el banquete navideño. La tela resaltaba la blancura de su tez, y el fuego avivaba el resplandor de las joyas.
—Majestad —susurró, en un tono ardiente, más de amante que de súbdito.
Ella no le ofreció asiento.
—Has esperado. Lo sé —dijo sin rodeos.
Él avanzó hasta llegar a su lado.
—He esperado años. He servido, he callado y he confiado. No hay nada que no haya entregado por ti. Si alguna vez un hombre mereció saber qué lugar ocupa en el corazón de una mujer…
—Aguarda hasta la Candelaria, 20 en febrero.
Una mezcla de exaltación y temor recorrió el cuerpo de Robert, tensando cada músculo.
—¿Es una promesa?
—Es todo cuanto puedo entregarte ahora —respondió Isabel, invitándolo a sentarse junto a ella en el lecho.
—Bess, me harás el hombre más feliz del reino. Una promesa es todo lo que necesito para seguir respirando. Pero dime, ¿por qué aguardar a la Candelaria?
—No preguntes; espera. Me has amado desde que era apenas una heredera olvidada. Te pido este último sacrificio de paciencia.
Tomó la mano de Robert y la guio con lentitud hacia el escote de su vestido, obligándolo a sentir en el latido desbocado del pecho la verdad que callaba.
Él buscó su boca con urgencia, mientras los dedos hambrientos se perdían en el cobalto buscando la calidez de la piel.
Se demoró en las caricias, entregado por completo a desarmar la resistencia, hasta que Isabel dejó escapar un gemido ahogado, del que se sintió único dueño.
En la penumbra del lecho, se dejó embriagar por la certeza de que aquella entrega era el preludio definitivo, el puente que lo conduciría al lugar que siempre había sentido suyo.
Durante las semanas siguientes, Robert caminó con el mentón en alto, sabiendo que a sus espaldas se hablaba de boda y de una soberana finalmente dispuesta a pensar en el futuro de la dinastía.
Sentía el respeto calculador de los nobles y la expectativa de los embajadores; estaba, al fin, en las puertas del Paraíso.
Hasta que, en el aniversario de la coronación de la reina, el 15 de enero, algo cambió.
Bajo la luz cálida de los candelabros, el Gran Salón resplandecía para la celebración.
Las mesas, dispuestas en perfecta simetría, lucían una vajilla de oro reluciente, adornada con incrustaciones de piedras preciosas que multiplicaban el fulgor de la sala.
Sobre los platos se desplegaban figurines de mazapán pintados de colores vivos, tentadoras tartas de manzana especiada y pasteles de membrillo coronados con frutos secos.
Las puertas dobles se abrieron, las conversaciones animadas cesaron y los guardias anunciaron la entrada de Su Majestad.
Isabel avanzó deslumbrante en un vestido de damasco verde esmeralda que contrastaba con el cabello.
Sus ojos recorrieron la sala, buscando entre los invitados.
Vio a Robert y le dirigió una sonrisa automática.
Siguió hasta detenerse en Christopher Hatton, un joven atractivo de modales impecables, célebre por su elegancia al bailar.
Con un gesto, lo invitó a acercarse y le concedió el sitio a su derecha en la mesa principal.
Robert ocupó un lugar alejado, procurando pasar desapercibido.
Las carcajadas de la reina y su acompañante se elevaban por encima del bullicio festivo, hiriéndolo de manera insoportable.
La música llenó el salón, ella avanzó hacia el centro y se dejó envolver por los brazos de Hatton.
Juntos ejecutaron una danza que a Robert se le hizo interminable; con cada giro y cada sonrisa compartida el desconsuelo crecía.
Cuando la melodía cesó, la reina se acercó a una bandeja de dulces que reposaba sobre una mesa lateral.
Tomó uno con lentitud deliberada y, ante la mirada atónita de la corte, se lo ofreció a Hatton en la boca.
Robert sintió que el aire se tornaba irrespirable.
Sin excusarse, dio media vuelta y buscó la salida, ciego, sordo. Ausente.
A la mañana siguiente, encontró a Isabel en la biblioteca real hojeando un manuscrito con sus damas. Cerró la puerta de un golpe. Todas se sobresaltaron, pero él no pidió disculpas.
—¿Esto es lo que llamas espera? ¿Planeas hacerme el espectador de tus caprichos mientras aguardo una Candelaria que nunca llegará?
Isabel despidió a sus damas y esperó estar a solas antes de hablar.
—Mide tus palabras, Dudley. —El uso de su apellido fue un bofetón físico.