3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #4
El médico ha regresado hoy. Dice que el dolor en mi pecho es melancolía. Pero yo siento que es algo que crece dentro de mí como una planta venenosa. El dolor no descansa, no descansa nunca.
Un remordimiento profundo impulsó a Robert a cabalgar hacia a Cumnor Place.
Amy no salió a recibirlo. La encontró recostada en su habitación, extremadamente delgada, con la piel deslucida y los ojos hundidos tras sombras violáceas.
El médico confirmó lo que Robert había intuido al verla: le quedaban unos meses de vida.
Cargado de culpa, el esposo se inclinó junto a Amy.
—Yo te amo, Robert. O te amaba; a veces no lo sé. Pero sé que tú ya no me perteneces. No desde que una sonrisa roja te prometió un reino.
Él abrió la boca en busca de una mentira piadosa, pero no encontró ninguna. La verdad se instaló entre ambos con una claridad insoportable.
—No hace falta que vuelvas —murmuró ella—. Al menos no por mí.
Aun así, Robert prometió volver a visitarla, creyendo que ese juramento frágil podía absolverlo.
A su regreso encontró los corredores del palacio de Whitehall hirviendo de suposiciones.
Primero, en susurros, luego sin cautela, se decía que la reina aguardaba la viudez de su maestro de las caballerizas para casarse con él.
Los diplomáticos extranjeros dejaron de urdir posibles alianzas maritales.
En las tabernas, circulaban coplas vulgares sobre “la zorra y el halcón”.
Mientras el mundo los imaginaba ardiendo juntos, él conocía el frío de la frontera que su amada trazaba siempre en el último aliento, eligiendo la corona por sobre su amor.
Una noche, mientras Robert leía en sus aposentos, el aroma a flor de iris anticipó la entrada de Isabel, que avanzó hacia él descalza.
—¿Sigues despierto, Ojos?
—Un guardián no duerme mientras su tesoro está expuesto.
—Mi secretario de Estado insiste en que debo casarme con algún heredero europeo. Cree que así se acallarán los rumores —dijo ella, sentándose al borde de la mesa donde Robert apilaba sus escritos.
Él apoyó las manos a ambos lados de sus caderas y se inclinó hasta acercar los labios a su oído.
—Lo que sir William Cecil no sabe es que ningún príncipe sabrá cómo calmar tus demonios nocturnos, Bess.
Ella le rozó la mejilla con el dorso de la mano y se deslizó hacia la ventana.
—Tal vez debería casarme contigo y acabar con este teatro de una vez.
El pulso de Robert se detuvo.
—¿Y por qué no lo haces? Habría que esperar un tiempo prudencial después de…
Isabel retrocedió, buscando la puerta en la penumbra.
—Sabes que jamás me casaré. Pero si cambiara de idea, solo sería para casarme contigo.
Tras sus palabras desapareció, absorbida por el pasadizo. Él quedó solo, suspendido entre una promesa y una condena.
Sir William Cecil fue letal al interceptarlo en la galería de las pinturas una tarde de calor sofocante.
—Lord Dudley, ¿cómo sigue la salud de su esposa? —preguntó, simulando cortesía.
—Mi matrimonio es un asunto privado, no una cuestión política.
Cecil esbozó una sonrisa cínica.
—Deja de ser privado si impide a Su Majestad asegurar alianzas en Europa. No se haga ilusiones; el trono de Inglaterra no se gana en las caballerizas.
Robert sintió que los músculos de la mandíbula se tensaban. En el fondo de su conciencia sabía que Cecil tenía razón.
Castillo de Windsor,
otoño de 1560
El aire olía a hojas húmedas. La corte estaba de caza en los bosques de Windsor cuando un mensajero sudoroso interceptó a Robert y le entregó una esquela. Por la urgencia que llevaba, supo que no contenía buenas nuevas. Al leerla, un abismo se abrió bajo sus pies.
Guardó el mensaje y apretó el paso. Imaginaba las voces que se alzarían: “¡Qué oportuno!”, “Ahora sí que se casará con ella”. Pero él comprendía la ironía: el destino le había concedido lo que esperaba de la única forma que lo volvía inalcanzable.
Subió las escaleras de dos en dos, como si intentara huir de la noticia. Sin anunciarse, irrumpió en la cámara donde la reina jugaba a los naipes con sus damas. Al verlo, Isabel hizo un gesto seco que dispersó a las mujeres.
—¿Qué sucede, Ojos?
Él no se acercó. Se quedó en el umbral, con la sombra del desastre grabada en las facciones.
—Amy ha muerto, señora. Rodó por las escaleras; la hallaron al pie.
Por un instante fugaz, creyó ver un destello de dolor humano en el rostro de Isabel. Enseguida, las pupilas de la reina se contrajeron, y entendió que ya no estaba con él: estaba midiendo el alcance de la tragedia. Pronto se hablaría de asesinato y los señalarían con el dedo.
—Debo… debo partir hacia allá —murmuró.
—¿Has perdido el juicio? ¡No irás! Nadie en todo el reino aceptará que esto fue un accidente. Si vas, dirán que fuiste a limpiar las pruebas de tu propio crimen.
—¡Es mi esposa! ¡Y es mi nombre el que está en juego!
—¡Y yo soy tu reina! —la voz de Isabel restalló como un látigo—. Si tú eres culpable, yo soy tu cómplice ante Dios y ante los hombres. ¿Eso es lo que quieres para mí? ¿Que el mundo nos señale juntos? Debes irte de aquí.
Robert la miró como si no la conociera.
—Dime, ¿solo piensas en ti?
—Yo solo debo pensar en Inglaterra.
—Bess, no comprendo. Al fin soy libre para entregarte mi vida y me apartas.
—No lo eres. Desde hoy, el mundo dirá que eres el hombre que mató a su mujer por una corona que, precisamente por ello, jamás podrá tocar.
—Hemos enfrentado peores tormentas. Juntos podríamos…
—Abandonarás la corte en este momento. Ve a Kew o alguna de las tantas residencias que posees gracias a mi favor. Regresarás en el momento en que yo lo disponga.
—¿Realmente es eso lo que quieres, Bess? Mírame a los ojos y dímelo —insistió, desesperado.
Isabel se acercó. El aroma a iris llegó antes que sus palabras.
—Vete de inmediato.
—Jamás pensé que diría esto, Bess, pero veo que nunca te he importado. Mientras te protegía con la vida, tú medías cada paso. Has usado mi amor como se usa una herramienta.
—Y tú has usado mi poder como una escalera. No nos engañemos, Ojos. Ninguno de nosotros es inocente.
Fue la conversación más devastadora que jamás habían tenido.
Al escuchar los pasos perderse en el corredor, Isabel volvió hacia la ventana y apoyó la frente contra el vidrio frío.
Nadie debía verla quebrarse; ni sus damas, ni sus consejeros, ni el reino entero que dependía de su entereza.
Mucho menos él. Por primera vez sintió que la corona pesaba demasiado.
Robert Dudley descendió los escalones de piedra hacia las caballerizas. El sollozo reprimido de Isabel no lo alcanzó, él estaba demasiado lejos para oírlo. Una inesperada caída por una escalera lo había transformado del Marte de la reina a ser su mayor carga.
Hampton Court,
otoño de 1562
Tras el entierro de Amy, el nombre de Dudley se mencionaba en cada taberna de Londres.
Las especulaciones en torno a su vida eran incesantes.
Robert intentó escapar de todo y de todos con el exilio.
Su mundo se redujo a los muros de su casa en Kew, donde vivía el silencio del campo como una condena.
Aunque la reina lo reclamaba ocasionalmente para cumplir funciones, la distancia entre ambos era un abismo que parecía infranqueable.
Solo al penetrar la viruela en Hampton Court, dos años más tarde, las barreras cedieron.
La enfermedad golpeó a la soberana con una ferocidad implacable. Era la pesadilla que los consejeros reales siempre habían temido: una reina sin herederos, una corona pendiendo de su respiración. Mientras Isabel ardía en fiebre y delirios, los ministros sombríos se reunían para acordar la sucesión.
Robert no esperó el permiso del consejo para presentarse en la corte cuando la noticia de que Isabel agonizaba llegó a sus oídos.
Su corcel galopó con la misma furia de la tormenta que se había desatado sobre el camino; el barro salpicaba bajo los cascos del animal.
Al llegar al palacio, avanzó sobre los guardias que intentaron cerrarle el paso.
Desmontó de un salto y corrió por los pasillos que tan bien conocía, en ese momento inundados por el olor a hierbas medicinales.
Nadie pudo evitar que se instalara junto al lecho real.
Durante días, Robert durmió en un sillón de roble, sosteniendo aquella mano ardiente y cubierta de pústulas.
Custodió con amor a la mujer que ya no distinguía entre el sueño y la vigilia.
Una mañana, mientras el Consejo discutía el futuro en murmullos tensos al pie de la cama, Isabel abrió los ojos y buscó a Cecil. La voz era apenas audible.
—Si muero, lord Dudley será nombrado protector del reino con todos los poderes que me pertenecen.
El secretario palideció, pero inclinó la cabeza en señal de obediencia. Robert, con la mano de Isabel aún entre las suyas, comprendió que ella acababa de entregarle algo más sagrado que su ser: su legado.
Días más tarde, la fiebre remitió. Al volver en sí, lo primero que hizo fue pedir por Dudley. Desde ese momento, lo reclamaba a su lado constantemente, lo trataba con la familiaridad de los primeros tiempos, permitiéndole bromas y confidencias que los ministros observaban con renovado recelo.
Comenzó a colmarlo de favores y obsequios, para compensar el exilio al que lo había sometido.
El primer regalo fue Kenilworth, uno de los castillos más imponentes del reino, que había pertenecido a los Dudley antes de que la familia cayera en desgracia.
Con aquel acto, Isabel devolvía el apellido de Robert a su sitio de honor en la historia.
—Es un lugar digno de ti, Ojos. Allí serás el señor que siempre has soñado ser —hizo una pausa y, al retomar la frase, su voz tenía un dejo de ironía—. Espero que no te guste tanto como para olvidar que tu sitio está aquí.