3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #3
Al sentir el calor de sus manos, el vértigo de Isabel se detuvo. En ese abrigo olvidó lo que estaba en juego y solo deseó envolverse en la fuerza de aquel hombre. Mientras Robert estuviera cerca, ella sería capaz de sostener el peso de toda Inglaterra sobre sus hombros.
El galope de un caballo rompió el hechizo.
Un mensajero real, extenuado y cubierto de barro, irrumpió en Hatfield.
El peso de la historia cayó sobre el jardín: María había exhalado su último aliento en el palacio de St. James; Isabel era reina de Inglaterra.
Al arrodillarse ante ella, Robert Dudley comprendió que el mundo que había soñado era, por fin, el que tenía frente a los ojos.
Hatfield House, Hertfordshire,
1 de diciembre de 1558
La penumbra de la sala de música olía a pergaminos antiguos.
John Dee deslizaba dedos arrugados sobre cartas celestes extendidas sobre la mesa, descifrando el firmamento.
La reina aguardaba expectante en un extremo de la habitación.
En la sangre Tudor corría una veta de superstición, y ella buscaba la bendición de los astros para su coronación.
—El 15 de enero el cielo será propicio, Majestad. Es un día que garantiza un reinado largo. Extraordinariamente largo.
—¿Extraordinariamente largo, maestro Dee? ¿Años? ¿Décadas?
—Veo una era. Las estrellas hablan de un tiempo que brillará como un sol inagotable alrededor de poetas y artistas. Marte en Escorpio le otorgará a Su Majestad la ferocidad necesaria para purgar conspiraciones antes de que asomen. Si busca permanecer en el trono, ese es el día.
—¿Y qué más lee en los cielos?
Dee acomodó un candelero. La cera cayó lenta sobre la mesa. Al levantar la vista, miró hacia Robert, de pie detrás de la reina.
—Para que perdure, lo que está cerca debe permanecer cerca. Aquel caballero será su Marte. Alzará la espada, dominará a las bestias y defenderá con su vida lo que nace bajo las estrellas.
Isabel se volvió hacia él.
—Mi Marte —repitió.
Robert sintió un peso asentarse sobre los hombros.
Unas horas antes lo habían nombrado maestro de las caballerizas, cargo que demostraba la confianza absoluta de la reina.
En un reino donde las conspiraciones y las traiciones germinaban en las mesas de cada banquete, él sería el guardián más próximo a Isabel.
Controlaría cada corcel que ella montara, examinaría cada litera que la transportara, trazaría cada ruta, escrutaría bosques y caminos antes de que la soberana pusiera un pie en ellos.
La asistiría al desmontar, sintiendo el peso fugaz de su cuerpo sobre los brazos, sus manos, las únicas autorizadas a rozarla.
Cuando Dee los dejó solos, habló.
—Nada deseo más en el mundo que servirte y estar cerca de ti —tragó saliva—. Mas debo preguntar si puedo traer a Amy a vivir conmigo a la corte.
Un carruaje cruzó el camino de entrada, las ruedas crujieron sobre la grava.
Isabel demoró su respuesta con deliberación, dejando que la pregunta flotara entre ellos.
Robert la había lanzado porque no se atrevía a ser quien dictara el destierro de su esposa; necesitaba una orden inapelable para no cargar con el peso de un abandono voluntario.
Si la reina lo prohibía, él dejaría de ser un marido negligente para convertirse en un súbdito obediente.
Isabel entendió la maniobra y, con una frialdad magistral, decidió aceptarla.
—Ella deberá comprender que sirves a tu soberana ante todo. Tenerla aquí te distraería y no puedo permitir que nadie te aparte de mí. —Esbozó una sonrisa que no llegó a la mirada—. ¿Estás dudando, Ojos?
Él no dudaba. Sintió, en cambio, un alivio impropio que le avergonzó.
Sin Amy en la corte, podía admitir que su corazón latía donde no debía, en Isabel.
Con esa admisión caía sobre él una condena silenciosa: vivir lo bastante cerca como para morir por ella, y lo suficientemente lejos como para no consumirse.
Ciudad de Londres,
invierno de 1559
A media mañana del 15 de enero, el sol se abrió paso entre la neblina y encendió el delirio de colores de la procesión real.
Los estandartes ondeaban mientras el repique de campanas se superponía al jolgorio en las calles.
El aroma de las rosas, aplastadas bajo los cascos de los caballos, se fundía con el olor seco de las salvas que saludaban el paso de la nueva soberana.
Londres vibraba con la promesa de una nueva era.
Desde las ventanas abarrotadas, el pueblo rugía con entusiasmo: “¡Dios salve a la reina!”.
La comitiva avanzaba hacia la Abadía de Westminster para la coronación. Envuelta en terciopelo carmesí ribeteado de armiño, con la melena del color del amanecer libre sobre los hombros, Isabel sonreía desde una litera abierta. Había ansiado aquel momento y se abandonaba deliciosamente a él.
El maestro de las caballerizas cabalgaba erguido sobre un semental blanco con gualdrapas bordadas centelleantes bajo el sol.
En tensa alerta, Robert rehusaba contagiarse de la exaltación popular.
Su mirada no se detenía en las flores que llovían sobre la comitiva, sino que escudriñaba cada callejón, cada rostro anónimo entre las multitudes, mientras la palma se aferraba a la empuñadura de la espada.
En una ciudad entregada al júbilo, él solo pensaba en proteger a Isabel con la vida.
La procesión avanzaba con lentitud. En Cheapside, alguien arrojó hacia la litera un ramo de romero, símbolo de fidelidad. Isabel lo atrapó con gracia y se lo llevó a la nariz. Luego, girándose, lo lanzó hacia Robert; un mensaje privado en medio de la multitud.
Al cruzar el umbral de la abadía, el protocolo lo obligó a ocupar su lugar entre el resto de la nobleza.
Se estremeció cuando, por encima de la música triunfal, el clamor de cientos de gargantas llegó hasta las bóvedas de piedra: “¡Vivat Regina! ¡Vivat Regina!” mientras la corona de San Eduardo descendía sobre la soberana y el óleo santo la transformaba en una institución inmaculada. Ella era Inglaterra.
En las semanas que siguieron, la reina convirtió la predilección por su maestro de las caballerizas en una exhibición de poder.
Lo sumó al consejo privado y lo invistió con la Orden de la Jarretera, distinción que arrancó comentarios amargos sobre la imprudencia de conferir tal honor a un descendiente de una familia marcada por la traición.
Haciendo oídos sordos, Isabel le reservaba a Robert el sitio a su derecha en los banquetes.
Allí, a la vista de todos, recorría con los dedos, como al descuido, la línea de la mandíbula de él en un gesto que hacía sonrojar a las damas de compañía e incomodaba a los lores.
El bosque de Windsor era el refugio cotidiano de la pareja.
Se adentraban en la espesura para guarecerse de las miradas inquisitivas, envueltos en complicidad.
Regresaban horas más tarde, con las mejillas encendidas y los caballos exhaustos.
Mientras bailaban, él se atrevía a rozar brevemente los labios de la reina en público.
Apenas el fantasma de un beso, ante los ojos incrédulos de los cortesanos.
Isabel, hábil en el arte del amor cortés, dejaba caer frases que avivaban la expectativa y atizaban el deseo de su caballero.
Para ella, el juego de seducción era también una batalla de poder.
El traslado de los aposentos del maestro de las caballerizas a unos departamentos contiguos a los de la soberana alimentó una marea de rumores ponzoñosos.
La corte murmuraba no solo sobre la opulencia de aquellas estancias, decoradas con pinturas de grandes maestros y reluciente mármol italiano, sino sobre la cercanía con las de la reina.
Sin embargo, el verdadero corazón del escándalo permanecía oculto.
Tras un tapiz que representaba la batalla de Agincourt, se disimulaba una puerta secreta que conectaba el mundo del favorito con la intimidad de Su Majestad.
Mientras el palacio dormía, ella lo esperaba.
Se despojaba de las pesadas alhajas, liberaba el cabello perfumado con flores de iris y se deshacía de toda formalidad real.
Hablaban junto al fuego o al borde de la cama.
Ella le confesaba el desvelo por dejar huella en la historia y demostrar que una mujer podía gobernar con sabiduría y eficiencia.
En algún momento, él la tomaba entre sus brazos, murmurándole promesas de protección y lealtad inquebrantable.
Ella se entregaba al calor de sus besos, permitiéndose sentir la intensidad de lo que los unía.
Los dedos de él dibujaban la curva de la espalda con lentitud deliberada; ella buscaba su rostro, su cuello, enredaba las manos en el cabello oscuro.
Se quedaba dormida contra su pecho y Robert permanecía inmóvil, midiendo el tiempo por el avance lento de las brasas.
Cuando la primera claridad comenzaba a filtrase por los tapices, la depositaba con cuidado sobre las almohadas y abandonaba la habitación antes de que los corredores cobraran vida.
Mientras Robert ascendía y su influencia se consolidaba, Amy permanecía confinada en Cumnor Place, una mansión que había pertenecido a la familia Dudley y que habían recuperado tras la restitución de los bienes concedida por Isabel.
Con desesperación aguardaba las visitas de su esposo, cada vez más breves y espaciadas.
Le escribía suplicándole no quedar relegada de su mundo.
Las respuestas eran un catálogo de excusas corteses.
Compromisos ineludibles, viajes impostergables de la reina.
Siempre la reina. En intentos por compensar su ausencia, Robert le enviaba obsequios lujosos envueltos en seda escarlata: joyas deslumbrantes, bellos encajes; todos objetos inútiles para una mujer condenada a vivir fuera de la corte y lejos de su esposo.
Todo eso cambió con una carta:
Querido esposo mío: