Amantes del poder 3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #2
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3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra #2

—Pero es peligrosa la soltería. Una mujer no puede sobrevivir sola. Necesitas la protección de un hombre.

—A veces me pregunto qué mundo habitas. Los hombres solo buscan en nosotras alianzas que respalden ambiciones y vientres que las perpetúen.

Mira a María. Se ha entregado a ese español, Felipe, a quien solo le interesa usar a Inglaterra como cofre para sus guerras imperiales.

¿Y qué le queda a ella, sino obedecer una causa que no es suya?

No pasaré mi vida entre embarazos y oraciones, contando los meses con temor, esperando que un hijo sobreviva.

Además, las ambiciones mudan con el viento y las alianzas que dejan de servir, se cercenan.

—Posó la vista en la penumbra del patio donde se colocaba el bloque para las decapitaciones.

—Insisto en que deberías considerar tener un hombre a tu lado; me preocupa que estés sola porque tu propia vida está en juego.

—Llevo la sangre de mi padre y tengo el coraje de mi madre. Y si alguna vez salgo de esta fortaleza, te juro por todo lo sagrado que no será para confiarle mi destino a un hombre.

Robert Dudley se puso de pie apenas el primer rayo se filtró en la celda.

Le recordó que, desde la noche anterior, Isabel desafiaba la muerte a pocos metros.

Ambos eran piezas en el juego de poder de la dinastía Tudor, jóvenes obligados a pagar por las ambiciones de sus padres.

Ansiaba con el alma verla, aunque era consciente de que no le permitirían encontrarse.

Contaba, en cambio, con un plan: un guardia, unas monedas, un mensaje.

Durante la caminata diaria por el patio encontró lo que necesitaba.

Entre los muros de piedra y la tierra húmeda por el rocío, unos capullos pálidos desafiaban los últimos fríos.

Lo asaltó el recuerdo nítido de una promesa hecha ante una niña de ojos negros.

Sin que los guardias lo advirtieran, arrancó algunas flores y ocultó el botín en los pliegues de la capa.

De regreso en la celda, deshizo un hilo verde oscuro de su jubón y armó con cuidado un ramo.

En el interior escondió una nota: “Ambos saldremos de aquí”. No la firmó.

Le entregó el ramillete a un carcelero.

—Para la dama en las habitaciones reales. Dile que es un regalo de la primavera.

La moneda de plata cambió de manos con rapidez y el hombre apresuró el paso hasta llegar a los aposentos de Isabel.

Kat tomó el ramo y, perpleja, se lo tendió a su ama.

El tenue aroma terroso transportó a la joven a los jardines de Hampton Court.

Desdobló el papel con dedos trémulos. No había firma, pero reconoció la caligrafía al leer la nota.

Aquel insensato seguía empeñado en protegerla.

No respondió al mensaje; no podía permitirse ningún desliz.

Estaba en un laberinto de piedra con mil oídos hambrientos de secretos.

Sin embargo, esa noche, mientras la tormenta azotaba las murallas, apretó el hilo verde entre los dedos e imaginó a Robert en algún lugar de la fortaleza.

Era suficiente para sostenerse mientras esperaba.

Hatfield House, Hertfordshire,

otoño de 1558

Habían transcurrido casi cuatro años desde la liberación de Robert; sin embargo, el estigma de la traición de los Dudley seguía adherido a su piel.

La excarcelación no fue un reconocimiento de inocencia, ni siquiera un guiño de clemencia real.

La reina María, impopular y acorralada, estaba urgida por recuperar apoyo entre una nobleza que ella misma había desdeñado.

Él fue parte de aquella estrategia real.

Aunque su redención tuvo un precio: alistarse bajo el estandarte de Felipe II, marido de la reina, en la guerra contra Francia.

Hacia allí marchó. Robert se destacó en el campo de batalla, pero no obtuvo el favor real.

Ansiaba limpiar su apellido, pero parecía imposible mientras no soplaran otros vientos.

Solo recuperó unas pocas tierras confiscadas tras el arresto.

Se mudó con Amy a una propiedad prestada por sus suegros.

A su regreso del frente, Robert comenzó a visitar a Isabel en Woodstock, la antigua residencia de caza donde la confinaron tras liberarla de la Torre.

La había encontrado delgada, con una tos seca y persistente que la sacudía.

Intuyó que, si no intervenía, ella acabaría sus días entre aquellos muros devorados por el moho y el silbido constante del viento a través de ventanas desvencijadas.

Sin vacilar, había convertido en oro parte de las escasas tierras recuperadas para entregárselo en secreto.

Era consciente de que apoyarla constituía un desafío abierto a la corona y cualquier tribunal lo calificaría de traición.

Pero también demostraba, sin dobleces, donde residía su lealtad.

Se convirtió en su sombra protectora, en sus visitas le informaba acerca de las intrigas de la corte.

Isabel se dejaba amparar, pero, a la vez, temía por él.

—Lo has arriesgado todo por mí: tus tierras, tu vida, tu nombre. Tengo contigo una deuda imposible de saldar. Me preocupan los riesgos que corres intentando protegerme y entendería si dejaras de hacerlo.

Él apoyó una bolsa pequeña de oro sobre la mesa y rodeó el mueble para eliminar la distancia entre ambos.

—Mientras yo viva no permitiré que ninguna injusticia te roce, Bess.

Ella contuvo el aliento.

—Tus ojos son los míos; nadie podría cuidarme mejor. De ahora en adelante, te llamaré “Ojos”.

—Que así sea. Si no puedo estar a tu lado cada hora, te enviaré mi mirada en todas las misivas para que recuerdes que no estás sola.

A partir de aquella visita, las cartas de Robert habían dejado de llevar firma.

Al pie aparecía siempre un pequeño dibujo cómplice: un par de ojos vigilantes; una promesa de lealtad y entrega que le daba a Isabel la fuerza para no doblegarse.

Tras su liberación, ella navegó los tiempos turbios con astucia y demostró una sumisión absoluta a su hermana, la reina.

Vestía de forma austera, sellaba los labios si las conversaciones se aventuraban en las peligrosas mareas de la fe y en los laberintos de la política.

Sabía que una palabra mal colocada en los oídos de un espía la regresaría a prisión para no salir.

Tras dos años en Woodstock, gracias a aquella cautela estudiada, había logrado que le permitieran mudarse a Hatfield.

En la casa de su infancia, acompañada por la fiel Kat y un puñado de sirvientes, Isabel se sentía algo más segura.

Como un recordatorio de su propia resistencia, o tal vez como una advertencia para quienes la espiaban, talló con la punta de un diamante en el cristal de una ventana una frase: “Mucho se sospecha de mí, pero nada se prueba”. 18

Una tarde de noviembre de 1558, Isabel paseaba por los jardines bañados por un sol pálido, sumida en sus pensamientos.

María pasaba ya los cuarenta años, el cuerpo minado por la enfermedad y la cuna del heredero vacía.

El consejo privado la presionaba para que nombrara sucesor, pero la reina se resistía.

El trono de Inglaterra pendía de un hilo, y ese hilo tenía nombre de mujer.

Para una parte de la nobleza, Isabel representaba la continuidad.

Para otros, su prima María Estuardo, la joven reina de los escoceses y esposa del delfín de Francia, encarnaba la legitimidad. 19

El crujido de las hojas secas rasgó el silencio que envolvía el jardín.

Al girarse, Isabel descubrió a Robert Dudley apoyado contra el tronco de un roble centenario.

La miró con un desenfado casi insolente.

Cuando se acercó a ella, la invadió el aroma a cuero que desprendían los guantes.

Sonrió, fresca y cómplice, tendiéndole la mano.

Robert la acercó a sus labios, donde la demoró un instante.

Había apostado la vida entera por ella y lo volvería a hacer mil veces, mientras una pregunta lo agobiaba: “¿Cuánto tiempo más antes de que el mundo deje de orbitar alrededor de una reina moribunda para hacerlo alrededor de esta mujer?”.

—Bess, deberías estar en tus aposentos. Los lobos vigilan desde las sombras.

—¿Te refieres a los lobos de Escocia o a los que aúllan a mi alrededor?

—Mis informantes dicen que María tiene los días contados y que ha tomado decisiones.

Isabel tenía veinticinco años y había hecho de la paciencia una estrategia de supervivencia.

Había aprendido a esperar: a esperar clemencia, a esperar favores, a esperar noticias.

Solo en la intimidad se permitía reconocer el anhelo que la habitaba: reinar para sanar las heridas de un pueblo fracturado por las hogueras de la fe, empobrecido por las malas cosechas y las guerras impulsadas por un rey consorte español.

Pero María aún respiraba en Londres, y un último movimiento suyo podía cambiarlo todo.

La reina todavía poseía el poder para dictar una sentencia que acabara, en un instante, con la vida de Isabel.

—No cantes victoria. Son tiempos demasiado peligrosos; vigilo no solo mis palabras sino cada bocado que llevo a mi boca —un escalofrío le recorrió los hombros.

Él acortó la distancia.

—Dicen en el palacio que Felipe la ha convencido de nombrarte sucesora.

Isabel contuvo el aliento al comprender que la vida en las sombras podía terminar. Robert percibió su estremecimiento. Sin poder resistirse, se interpuso entre ella y la vigilante Kat. Envolvió las manos frías de la joven con sus palmas curtidas, y las sostuvo con devoción absoluta.

—Si el mundo entero se vuelve contra ti, yo seré tu escudo. Compartimos la incertidumbre en la Torre; aquí, en Hatfield, compartiremos la espera. Mi vida, mi espada y mi corazón te pertenecen. No a la corona —bajó su voz hasta convertirla en un susurro— sino a ti, siempre a ti.