3. El favorito. Robert Dudley e Isabel I de Inglaterra
Torre de Londres,
La única conexión que mantenía con el exterior era la fragancia de lavanda que su esposa, Amy Robsart, dejaba como una estela en sus visitas.
Bajo la vigilancia implacable de los centinelas, él reclamaba noticias que le permitieran medir cuán cerca estaba de ser ejecutado: los edictos de la reina, el pulso inquieto de la nobleza, o el eco de las rebeliones en las calles.
Amy, con una sonrisa tenaz y los dedos entrelazados con los suyos, prefería tejer sueños.
—Cuando salgas de aquí, regresaremos a Norfolk.
El aire de la costa limpiará tus pulmones y volveremos a ver florecer las lavandas en los campos de mi padre.
Tendremos un hijo al que llamaremos Robert; lo sé porque lo he visto en un sueño.
Tenía una carita preciosa y tus mismos ojos azules —hizo una pausa breve, casi tímida—.
Confieso que también anhelo una niña. La llamaría Isabel.
—Y la mención de ese nombre fue como un vendaval violento que empujó sus sentimientos a extremos opuestos de la estancia.
Mientras que para Amy tenía el sabor de una dulce ilusión, para Robert era una presencia poderosa que lo habitaba y convertía cualquier otro lazo, aun el más sagrado, en algo remoto. Solo existía una Isabel en su vida: Isabel Tudor.
Las manos, poco a poco, comenzaron a soltarse.
Amy observó sin decir nada. Se preguntó, no por primera vez, si Robert le pertenecía.
Se había enamorado de él con el arrebato irreflexivo de la juventud.
El joven Dudley era una estrella ascendente en la corte del rey Eduardo VI, su amigo de la infancia.
Irradiaba un magnetismo que dividía a los hombres entre la admiración y la envidia.
Las mujeres suspiraban al verlo pasar vestido en brocados pesados y pieles exquisitas.
Bajo aquel lujo se percibía cierta insolencia; llevaba el cabello, castaño y ondulado, algo más largo de lo que dictaba el protocolo, por el puro placer de la trasgresión.
El apodo que le habían puesto, el Gitano, le sentaba como un guante.
Solo hizo falta el amparo de una noche fragante de verano para que Amy le permitiera robarle el primer beso.
Pocas semanas más tarde, Robert pidió a sir Robsart la mano de su hija, convencido de que la vida sería tan sencilla como aquella conquista.
Eran tiempos de esplendor para la familia Dudley y el padre de Amy vio en la boda la oportunidad de relacionarse con la corona.
Tres años más tarde, Robert sentía el frío de la Torre en sus huesos. El tono aceitunado de la piel, que le había dado su apodo, estaba grisáceo, enfermizo. La esperanza obstinada de su esposa durante las visitas le resultaba más agobiante que la opresión de la celda.
Al despedirse esa tarde, la tomó por los hombros y la miró un momento antes de hablar.
—El futuro no me pertenece.
—Pronto volverá a pertenecerte. —La resolución de su mujer inquebrantable. Tanto como el deseo de Robert de volver a ver a Isabel Tudor, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena.
Unos meses más tarde, una ráfaga súbita ascendió desde el Támesis, trepó las murallas de la fortaleza, reptó por los corredores de celda en celda arrastrando un rumor: Isabel Tudor había llegado como prisionera a la Torre.
Al escucharlo, el corazón de Robert se contrajo; su amada estaba a merced de la misma tormenta.
Si la reina María, su media hermana por parte de padre, la consideraba una rival, y todo parecía indicar que así era, su vida corría peligro grave.
A Robert dejó de importarle su propia suerte; solo podía pensar en los pasos que lo separaban de Isabel y en la desesperante inutilidad de su cercanía. 16
Cuando un carcelero a quien sobornaba llegó con las raciones de la noche, se abalanzó sobre él.
—¿Es cierto lo que se dice? ¿Dónde está lady Isabel? Dime dónde está —no se animó a usar la palabra princesa para referirse a ella. Conocía la prohibición expresa de la reina sobre ese asunto y no quería sumar problemas.
El hombre le hizo un ademán para que bajara la voz.
—Las paredes escuchan, milord, y no deberían oírlo tan interesado por ella.
Llegó por la tarde; la trajeron en barca bajo una lluvia que hubiera ahogado a cualquiera.
Mi cuñado, que estaba allí, contó que ella se negó a desembarcar hasta que pasara el temporal.
Dicen que su mirada ardía tanto que parecía que iba a incendiar la Torre.
Mientras sus hermanos se concentraban en la comida, Robert se recostó sobre la cama. Podía imaginar a Isabel con una claridad que dolía: la espalda erguida desafiando la adversidad, el cabello de fuego oculto bajo una capucha y aquellos ojos negros que lo dejaban sin aliento.
Sus pensamientos lo llevaron trece años atrás, a Hampton Court.
Los jardines exuberantes, con aroma a violetas, eran infinitos para un niño.
Las veletas doradas vigilaban desde las alturas, girando sobre los tejados con elegancia mientras el sol calentaba los muros de ladrillos rojos.
Las ochocientas estancias con pisos de roble pulido estaban cubiertas de tapices vibrantes y obras de arte.
Para él, el palacio era un universo entero que giraba alrededor de Su Majestad, Enrique VIII, y que se tornaba aún más fascinante con la presencia de su hija Isabel.
La memoria rescató el aroma a tinta y madera pulida de la niñez.
Él tenía ocho años; era un niño inquieto y travieso que prefería las clases de equitación al latín.
Ella era un año menor y se plantaba frente a los tutores exigiendo respuestas a cada pregunta.
Luego tomaba el laúd con la misma intensidad con la que discutía, como si no supiera hacer nada a medias.
Una tarde, en un descanso entre lecciones, Robert le ofreció un manojo de flores robadas de un cantero bajo la ventana de la biblioteca.
Con la frescura propia de la infancia, le anunció que se casaría con ella cuando fueran mayores.
Isabel recibió el obsequio con una sonrisa radiante que duró apenas un instante: algo en sus ojos tembló.
Las palabras habían rozado una herida. Antes de que Robert pudiera entender qué había dicho mal, una abeja emergió furiosa de entre los pétalos y zumbó cerca del rostro de Isabel.
Ella soltó las flores y retrocedió. Robert golpeó las palmas para espantarla y, una vez que el zumbido se perdió en el aire, se volvió hacia la niña con una seriedad nueva, impropia de su edad.
—Siempre seré tu caballero y tu protector, Bess.
Isabel, su “Bess”, estaba a pocos pasos de distancia en la Torre, pero lejos del alcance de su protección. Indefensa, a merced de la voluntad de una reina que la odiaba. Tembló de impotencia. La promesa del niño pesaba en el pecho del hombre, era una deuda sin saldar.
Lady Isabel Tudor cruzó el umbral de las cámaras que le habían asignado en la Torre de Londres, una prisión, fortaleza y palacio a la vez, con los sentidos en alerta.
Eran estancias cómodas y equipadas con cierto lujo que acentuaba la amenaza: los prisioneros que traspasaban aquellos muros rara vez salían de allí con vida.
La ejecución de lady Jane Grey, su prima, pocas semanas antes, y la de su madre, cuando Isabel tenía dos años, lo confirmaban.
Sentado en la antesala esperaba sir Gage, el condestable de la Torre. La recibió con el ceño severo y le señaló una silla con indiferencia. Ella no la tomó.
—Se le han asignado estas salas, milady. Es el lugar que corresponde a su rango, mientras la ley no diga lo contrario —hizo una reverencia demasiado breve antes de retirarse.
A pesar de sentir el temor enroscarse en el estómago, Isabel no flaqueó ni siquiera al oír el pesado sonido de los cerrojos de hierro.
Se quedó inmóvil, absorbiendo el lugar. En esos mismos aposentos su madre había esperado exultante su coronación.
Y allí, repudiada y condenada, aguardó el amanecer el día de la ejecución tres años después.
Isabel dejó que ese pensamiento la atravesara. 17
—¡Oh, mi niña!
La voz acongojada de Kat Ashley, su antigua institutriz y madre sustituta, se alzó a sus espaldas. Isabel giró y abrió los brazos.
—La rebelión ha terminado. Todo se aclarará —susurró Kat secando sus lágrimas.
—No lo sé. Mi nombre sigue sonando. Estoy segura de que lo pronuncian los conspiradores en las mazmorras.
Kat le cubrió los hombros con una manta de lana. Después la guio hasta la chimenea, donde un fuego débil luchaba por calentar la estancia. Las mejillas de Isabel comenzaron a recuperar algo de color.
—María no se atreverá. Eres su hermana, tienes la sangre de su padre.
—María me odia. Para ella soy el fruto viviente del pecado, la hija bastarda de la mujer que destronó a su madre y le robó el corazón del rey. Si encuentra una excusa, me ejecutará sin remordimientos.
Kat acarició el cabello de cobre que, librado de la capucha, brillaba bajo la luz de las velas. Le sirvió una copa de vino de una jarra junto al hogar.
—Necesitas un aliado, un hombre poderoso. Cuando salgamos de aquí, deberías considerar un matrimonio ventajoso. Algún príncipe extranjero, o tal vez un noble inglés. Alguien que complazca a la reina; de esa forma tendrías protección y…
Isabel la cortó.
—¿Casarme? ¿Para qué? ¿Para convertirme en una moneda de cambio? O, en el mejor de los casos, un trofeo.
Comenzó a caminar por la habitación con furia contenida. Kat intentó retomar el argumento, pero ella no le dio lugar.
—He visto lo que el matrimonio hace a las mujeres.
Mi padre devoró a sus esposas una por una.
Me dejó huérfana de madre a los dos años.
Su tercera mujer murió al darle un hijo varón y repudió a Ana de Cléveris como un plato que sabe agrio.
Todos dicen que los gritos de Catalina Howard por clemencia aún se escuchan tras estos mismos muros.
Eso ha sido evidente desde que tengo uso de razón, Kat. Jamás me casaré.