2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #7
—Voy a ser directa, canciller. La guerra terminó y Francia ha capitulado. Sus generales quieren entrar en París y ocupar la ciudad sitiada. Eso sería un error grave.
—¿Y por qué debería escucharla?
—Los parisinos acaban de pasar cuatro meses comiendo ratas. Están hambrientos, humillados y furiosos. Si los soldados prusianos se quedan en esas calles, no van a encontrar una ciudad sometida. Van a encontrar una ciudad que prefiere incendiarse antes que convivir con el invasor.
Bismarck tomó un trago.
—Continúe.
—Usted ganó la guerra. Tiene Alsacia, tiene Lorena, recibirá cinco mil millones de francos en reparaciones. Lo único que puede perder es la paz. Y lo hará si ocupa una ciudad que no conoce la sumisión.
—¿Y cómo sabe usted lo que París conoce?
—Porque soy italiana, pero París es lo único que tengo. —Se puso de pie. No esperaba una promesa.
Semanas después, el acuerdo de armisticio entre Prusia y Francia incluyó el pago de una indemnización y la cesión de los territorios de Alsacia y Lorena, pero no la ocupación militar de París.
Los soldados prusianos desfilaron por los Campos Elíseos en una demostración simbólica breve y después se retiraron.
Virginia nunca supo si su conversación había pesado en esa decisión. Pero cuando vio a los prusianos partir, quiso pensar que tal vez, como en otra oportunidad, su voz había llegado adonde otras no podían. Esa noche se sentó junto a Giorgio, ya un adolescente tímido y delgado, y le dijo:
—París se queda. Nosotros también.
En su exilio en Inglaterra, derrotado y enfermo, Napoleón III pasaba muchas horas en el parque de la residencia elegante que ocupaba en Camden Place, cerca de Londres.
Eugenia organizaba la vida doméstica con la misma eficiencia con que había organizado la corte, mientras ambos intentaban una convivencia armoniosa.
Una tarde, entre los papeles que había logrado sacar de Francia antes de la derrota, el exemperador encontró una fotografía.
Era la imagen de una mujer joven mirando a la cámara con osadía.
La contempló un rato largo. Recordó Compiègne, una voz que le hablaba de gloria mientras él fingía dormir y un cuerpo que lo había hecho sentir vivo.
Recordó también que había dejado ir a esa mujer sin un adiós.
Entre todas las decisiones que tomó durante su reinado, aquella había sido la más cobarde y, también, la más prudente.
Guardó la fotografía en un cajón del escritorio. Murió dos años más tarde, en enero de 1873, sin haber vuelto a ver a Virginia desde aquella noche en que tres hombres salieron de las sombras de un callejón en Passy.
Desde el fin de la guerra, en 1871, ella se había instalado en un apartamento de la Place Vendôme. La noticia de la muerte de Napoleón le llegó como una historia que ya no le pertenecía.
En 1879, Giorgio murió de viruela, a los veinticuatro años.
Virginia no asistió al entierro ni volvió a hablar de su hijo.
Pero a partir de entonces escondió todas las ventanas detrás de cortinados oscuros y recubrió los espejos de la casa con gruesas telas negras.
Ella, que había vivido para su imagen, que había decorado habitaciones enteras para multiplicar su admiración no soportaba más mirarse.
Salía por las noches, envuelta en velos oscuros que le cubrían el rostro, y caminaba por una Place Vendôme vacía.
Las mujeres que alguna vez se habían subido a las sillas para verla pasar no la habrían reconocido.
Los hombres que antes se agolpaban a su alrededor ya no recordaban su nombre.
Y los que había amado, como Giorgio, Napoleón e incluso Cavour, habían muerto.
Ella, en cambio, seguía allí, sola e invisible.
Cada tanto se acercaba a la única ventana que dejaba filtrar un hilo de luz.
Afuera, el París de Haussmann seguía rugiendo, moderno, ajeno a los secretos que se habían tejido entre las sábanas de Passy.
Virginia murió el 28 de noviembre de 1899.
Tenía sesenta y dos años. En su testamento dejó una sola voluntad innegociable: pidió que su cuerpo fuera vestido con la camisa de noche de Compiègne.
La misma seda traslúcida color aguamarina que llevaba puesta cuando un emperador tocó a su puerta a medianoche.
La había conservado doblada en la oscuridad de un cajón durante cuarenta y dos años.
La guardó como un estandarte capturado en batalla.
Fue enterrada en el cementerio de Père-Lachaise.
No hubo multitudes ni crónicas en los periódicos que alguna vez devoraban noticias suyas.
Poco después, la policía francesa y personal de la embajada italiana en París entraron en el apartamento de Place Vendôme.
El fuego de la chimenea ardió durante días, alimentado por diarios personales, documentos diplomáticos, correspondencia cifrada con Cavour y notas manuscritas de Napoleón.
Lo que no pudieron destruir fue su mirada.
Quedaron las imágenes que había creado con Pierson a lo largo de cuatro décadas.
En ellas Virginia Oldoini, condesa de Castiglione, seguía siendo hermosa, insolente y, sobre todo, eterna.
La perla de Italia había jugado su última carta contra el olvido y venció.
1 Era hijo de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón I, y de Hortensia de Beauharnais, hija de Josefina de Beauharnais, primera esposa de Napoleón I.
2 El nombre oficial del estado era Reino de Cerdeña (1720-1861), con capital en Turín; pero como su centro político era el Piamonte, se lo nombra habitualmente por esa región.
3 Los carbonari fueron una sociedad secreta revolucionaria italiana del siglo XIX que promovía la unificación y los gobiernos liberales.
4 La princesa Matilde era hija de Jerónimo Bonaparte, otro hermano de Napoleón I.
5 Petacco, Arrigo, L’amante dell’imperatore. Amori, intrighi e segreti della contessa di Castiglione .
6 Petacco, Arrigo, ibidem .
7 Petacco, Arrigo, ibidem .
8 Fisas, Carlos, Historia de las historias de Amor.
9 Las fotografías de la condesa de Castiglione realizadas con Mayer & Pierson son consideradas un antecedente clave de la autorrepresentación en la historia de la fotografía.
Por su carácter performativo anticipan prácticas propias del arte contemporáneo.
El Metropolitan Museum of Art de Nueva York conserva parte de la colección.
10 Frase atribuida a Virginia Oldoini, recogida en Robert de Montesquiou , La Divine Comtesse. Étude d’après Madame de Castiglione.
11 “Gracias, condesa. Italia no lo olvidará”. (Traducción de la autora)