Amantes del poder 2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #6
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2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #6

Virginia entendió que no tendría manera de acercarse a Napoleón; lo único que podía hacer en ese momento era obedecer.

Empacó las joyas y algunos vestidos. Debajo de ellos ocultó las cartas ardientes del emperador y los mensajes urgentes de Cavour.

Antes de cerrar la puerta de la casa, dejó sobre la mesa del vestíbulo un sobre dirigido a las Tullerías.

Dentro había una fotografía de sus pies desnudos, con los anillos de oro en cada dedo.

En el reverso, con letra firme: “Igualo a las mujeres más nobles por mi cuna. Las supero a todas por mi belleza. Las juzgo por mi espíritu”. 10

Tomó a Giorgio de la mano y subió al carruaje que la esperaba en la puerta.

El niño se acomodó contra su hombro. Virginia miró los árboles del Bois de Boulogne, el Sena gris bajo los puentes, las cúpulas alejándose en la ventanilla.

Tenía veinte años y era la mujer más audaz de París.

Sedujo al emperador, lo tuvo rendido en sus brazos, le susurró promesas que él creía.

Pero regresaba a Italia derrotada: no solo por no haber cumplido la misión, sino porque él la dejaba ir como si nunca le hubiera importado.

Lo único que tenía era a un niño dormido que respiraba contra su cuello.

También, la seguridad de que volvería. Tenía la intención de recuperar su poder.

El emperador supo de la partida de Virginia por el jefe de policía, pero no pidió detalles ni preguntó dónde había ido.

Eugenia tenía razón: la italiana era peligrosa.

No por lo que sabía, sino por lo que le hacía sentir.

Con ella había rozado la intensidad de la pasión y algo todavía más inquietante: la certeza de que la gloria podía pertenecerle.

Pero se dijo que un emperador debe deshacerse de aquello que no puede controlar, de aquello que lo debilita. Era mejor no volver a pensar en ella.

En julio de 1858, Napoleón III y el conde de Cavour se reunieron en secreto en Plombières.

Los dos hombres acordaron que Francia apoyaría a Piamonte en una guerra con Austria.

A cambio, la región de Saboya y la ciudad de Niza pasarían a manos francesas.

En mayo de 1859, Francia declaró la guerra al imperio austriaco.

Las tropas cruzaron los Alpes y derrotaron a los austriacos en las batallas de Magenta y Solferino.

La unificación italiana había dado un paso determinante con el apoyo francés.

Virginia, en su casa de Porto Venere, recibió un telegrama breve: “Grazie, contessa. L’Italia non dimenticherà. C. Cavour”. 11

Al leerlo no pensó en Cavour ni en el país que asomaba.

Pensó en sí misma, envuelta en las sábanas negras en las noches de Passy, en las palabras precisas susurradas en el momento oportuno.

Que otros creyeran en los tratados, pero era ella quien lo había hecho posible.

Su belleza, su inteligencia y su voluntad habían torcido la decisión del hombre más poderoso de Europa.

Aunque fuese suya, la victoria secreta también era su condena: quedaría fuera de la historia que había hecho posible.

A veces, cuando caía la noche, se ponía el anillo que el emperador le había regalado y se preguntaba si algún día volvería a verlo.

Planeaba volver a seducirlo, quería conquistarlo otra vez.

Porque eso era todo lo que le quedaba: la capacidad de ser irresistible. Sin eso, era nadie.

París,

invierno de 1858

En 1858, Virginia abandonó Italia. El emperador había revocado la prohibición de que viviera en Francia.

Viajó a París y se instaló con Giorgio en una casa modesta.

Intentó retomar su vida social, pero las invitaciones fueron escasas.

Durante semanas revisó el correo cada día, esperando con ansias el cartón blanco con el escudo imperial.

Una noche, decidió ir a las Tullerías de todos modos. Eligió un vestido de seda color marfil con bordados de oro. Se adornó el cuello con un collar de rubíes que Napoleón le había regalado en otra vida y se recogió el cabello para asegurarse de que se luciera.

El chambelán de la entrada la reconoció al instante. Sabía quién era, pero, aun así, no le abrió paso.

—Lo siento, madame.

Ella no se movió.

—Debe haber un error. Soy la condesa de Castiglione.

—No hay error, condesa. Tengo instrucciones.

Virginia permaneció en el vestíbulo mientras los invitados pasaban a su lado sin mirarla. Eso fue lo peor: no la hostilidad, sino la indiferencia.

En el trayecto de regreso contuvo el llanto apretando los puños hasta que las uñas le dejaron marcas profundas en las palmas.

Entró en la casa, cerró la puerta y subió a una habitación que había decorado con espejos en las cuatro paredes; uno de sus caprichos más recientes, aún sin pagar.

Se quitó la ropa despacio, pieza por pieza, dejando caer con lentitud el vestido de seda marfil, las enaguas, las medias, hasta quedar desnuda.

Se vio multiplicada, de frente, de perfil, de espaldas, en cada superficie.

Había entregado su cuerpo, su matrimonio, su fortuna y su juventud. Cavour le había prometido gloria y poder; le había dicho que los italianos recordarían su rostro. Pero solo tenía un cuerpo hermoso en una habitación llena de espejos que le devolvían una imagen vacía.

Bajó a la sala envuelta en una bata color amatista.

Sobre la chimenea colgaba un cuadro que Paul Baudry había pintado tres años antes.

En él, Virginia posaba recostada como una maja de Goya.

Estaba de frente, desnuda, con la cabeza apoyada en una mano y los ojos fijos en el espectador con una insolencia que el artista había capturado sin esfuerzo.

Napoleón había dicho que era el mejor retrato que había visto de una mujer.

Descolgó la pintura. La apoyó en el suelo, contra la pared, y la miró un momento.

Después levantó el atizador y golpeó la tela.

Una vez, dos veces, tres veces, hasta que el lienzo se rasgó y la cara de la mujer con su mismo rostro se abrió.

Siguió golpeando hasta que le dolieron los brazos.

Dejó caer la barra de hierro, exhausta. Se recostó en el suelo entre los restos del marco y se quedó dormida.

Giorgio la encontró a la mañana siguiente y le preguntó por qué la señora del cuadro se había roto.

Los años pasaron con la lentitud de las vidas que ya no tienen dirección.

Virginia, que había cumplido los treinta, seguía siendo hermosa, pero París tenía otras mujeres, otros escándalos, otras obsesiones.

Ella no podía aceptar ser invisible. No quería que el mundo la olvidara.

No sabía vivir siendo nadie. Resignada a no ser parte del entorno imperial, decidió reinventarse y conquistar a otros caballeros.

Los salones de su casa se llenaron de diplomáticos menores, banqueros, artistas, y hombres que querían decir que habían cenado con la condesa de Castiglione.

Tuvo amantes: un Rothschild, el director del Louvre, un general retirado.

Los tomaba con frialdad y los descartaba con la misma facilidad, buscaba quien pudiera hacerla sentir hermosa.

Ninguno le dio lo que Napoleón le había dado: la sensación de ser el centro del mundo.

Regresó al estudio del bulevar de los Capuchinos con una urgencia nueva.

Ya no iba para documentar triunfos; iba a reconstruirlos.

Se vistió de nuevo con el traje de reina de corazones, y pidió que la fotografiaran en diferentes poses.

Se retrató como monja, como Ana Bolena, como una virgen perseguida, como un cadáver en un ataúd.

Cientos de versiones de una Virginia que se negaba a desaparecer.

Posaba durante horas, bajo la luz que entraba por los ventanales, mientras Pierson ajustaba el fuelle de la cámara y el polvo de magnesio flotaba en el aire.

Con cada disparo, ella se multiplicaba y se hacía más difícil de olvidar.

Mientras tanto, el imperio francés avanzaba hacia su final.

En julio de 1870, Napoleón III declaró la guerra a Prusia.

En septiembre, fue tomado prisionero en Sedán y los prusianos sitiaron París.

Virginia se enteró de la captura del emperador en la calle, por boca de una mujer que no sabía con quién hablaba.

En el trayecto a su casa se encontró pensando en el hombre que en las noches de Passy se dormía con la cabeza en su regazo.

Temió que estuviera herido, y se preguntaba si él, en aquellas horas angustiantes, pensaba en ella.

Durante el sitio enemigo, la ciudad se quedó sin comida, sin carbón y sin esperanza. Con los mercados vacíos, el frío del invierno se instaló en las casas. Los habitantes comían lo que podían; primero raciones escasas, después carne de caballo, y al final los animales del zoológico.

Mientras la capital se moría de hambre, Virginia escribió una carta a Otto von Bismarck, canciller de Prusia.

Se habían conocido en las Tullerías, cuando él estaba destinado en Francia como representante de su reino y ella era la amante del emperador.

La misiva era breve. Le decía que tenía información que sus propios generales no se atreverían a revelarle.

Tres días después, un oficial prusiano se presentó en su casa con un salvoconducto para llevarla a Versalles, donde el canciller la esperaba.

Se puso un vestido oscuro, prescindió de las joyas, y se recogió el cabello. No era momento para deslumbrar.

Bismarck la recibió en un salón del palacio. Era más alto de lo que recordaba y el cansancio le marcaba el rostro.

—Condesa, ha pasado tiempo.

—Canciller, han pasado cosas.

Bismarck intentó disimular el fastidio.

—Siéntese; no dispongo de mucho tiempo. ¿Quiere beber algo? Tenemos vino francés. Lo mejor de sus bodegas, me temo.

Virginia se sentó frente a Bismarck sin tocar la copa que él puso sobre la mesa. Sabía que tenía escasos minutos de su atención para convencerlo y, de ese modo, demostrar que seguía siendo alguien con influencia.