2. La perla de italia. Virginia Oldoini y Napoleón III #5
Volvió la semana siguiente. Y la otra. Se convirtió en cliente regular, con un lugar fijo en la agenda del fotógrafo.
Llegaba a cada sesión con una idea precisa de lo que buscaba.
Empezó a rechazar los fondos que Pierson le proponía.
Comenzó a elegir ropa para interpretar personajes de la mitología y la literatura.
También se animó a exigir cambios en la iluminación.
El fotógrafo, acostumbrado a dirigir, se encontró acatando instrucciones de alguien que más que una cliente era una artista. 9
En una de esas sesiones Virginia le pidió que la fotografiara como Beatriz, la musa inalcanzable de Dante.
Se vistió con una tela clara y se soltó el cabello, de abundancia soberbia.
Quería que la imagen retratara un estado: la mujer que se sabe amada.
Otra tarde, llegó sin vestuario ni accesorios.
No pidió fondos. Se sentó frente a la cámara. Pierson esperó.
—Solo la cara; concéntrese en los ojos —le ordenó.
No sonrió, no posó, no inclinó la cabeza. Pierson ajustó la lente y ella lo miró como si la cámara fuera un hombre al que estuviera por conquistar.
El resultado era distinto a todo lo que el estudio había producido.
No había escenografía ni vestido espectacular; solo unos ojos fijos en algo que el espectador nunca sabría qué era.
Ella encargó tres copias. Una fue a Turín, para Cavour.
Otra quedó en su tocador, donde la miraba cada mañana y se reconocía inolvidable.
La tercera la envió a las Tullerías, sin nota, sin firma.
La fotografía era la prueba de que podía ocupar la mente del emperador sin estar en la habitación.
Que su mirada, sola, sin cuerpo, sin voz, sin perfume, bastaba.
Después de la separación, Virginia se mudó con Giorgio a una casa más pequeña que Napoleón alquiló para ellos en Passy, una zona tranquila de calles arboladas en las orillas de París.
Una puerta trasera sobre un callejón le permitía el emperador llegar sin pompa y sin ser reconocido.
Él la visitaba sin horario fijo. A veces al anochecer, a veces después de medianoche.
Tras hacer el amor, ella se envolvía en transparencias y, sentada en su regazo, encontraba la manera de desviar la conversación hacia la política.
Había desarrollado la habilidad de encontrar las palabras adecuadas, las pausas justas.
Pero la exasperaban las dudas del emperador. No era solo porque Cavour exigía resultados, sino que anhelaba ganar, quería verlo rendirse a su voluntad. Descubrió que hacer que un emperador le obedeciera era más excitante que cualquier victoria política. Esa noche se animó a presionar más.
—Los austriacos tienen el norte de Italia en una jaula. ¿De verdad quieres pasar a la historia como el emperador que miró para otro lado?
Napoleón suspiró. Había sido carbonario, pero los años y el poder lo habían vuelto cauto. También le preocupaba la relación con el papa.
—Eugenia no está de acuerdo.
—Ella no está al mando de los ejércitos. Los diriges tú —se inclinó para besarle el cuello.
—Nada es tan fácil como crees.
—Sería fácil si no tuvieras miedo.
—¿De qué tendría miedo? —preguntó el emperador a la defensiva.
—De ser grande. Y de no serlo.
En la intimidad de Passy, recostada en sábanas de seda negra que resaltaban el blanco de su cuerpo, la voz de Virginia auguraba a Napoleón promesas de gloria tras la victoria. Y él, cada vez más, sentía el impulso de obedecer.
Eugenia de Montijo había perdido la paciencia con la condesa de Castiglione. Esa mujer no respetaba el protocolo tácito de las amantes. No ocultaba la conquista, no se replegaba a los límites habituales. Se paseaba por la corte como si llevara corona.
Era tarde, los pasillos de las Tullerías habían quedado en silencio, cuando la emperatriz entró en el despacho de su marido.
—No me importa con quién te acuestes, eso ya lo sabes. Pero esta vez es distinto. Todo París habla de esa mujer. La italiana no está en tu cama por placer. Está allí por Italia. Y tú estás dejando que te lleve exactamente hacia donde Cavour quiere.
El emperador no levantó los ojos de los papeles. No tenía intención de discutir el tema con su esposa.
—No es así.
—¿Cómo que no? Les hablas de Italia a tus ministros. Tus generales están evaluando planes para la guerra. Algo te empuja hoy hacia una decisión que hace seis meses no habrías considerado. No es una amante, Luis. Es una embajadora con escote.
—Tengo mis propias razones.
—Me pregunto cuántas de esas razones son tuyas y cuántas te las susurran sobre una almohada.
—Eugenia, cuidado —le advirtió.
—No, Luis. ¡Ten cuidado tú! Si intervienes en Italia, pierdes al papa. Si pierdes al papa, pierdes a los católicos de Francia. Y si los pierdes a ellos, ¿qué te queda? Un ejército cruzando los Alpes por una mujer que ni siquiera es francesa.
Napoleón golpeó la mesa con el puño, volcando la copa de vino que tenía al lado.
—¡Nadie cruza los Alpes por una mujer!
—Demuéstralo, entonces —lo desafió y salió.
El emperador se quedó solo en el despacho. Pasó encerrado muchas horas y al anochecer canceló la visita que tenía prevista a Passy.
Durante las semanas que siguieron, las notas de Virginia al palacio quedaron sin respuesta.
Aunque Napoleón la saludaba con cortesía cuando coincidían en las recepciones, no bailaba con ella.
Mientras, Cavour la apremiaba; quería saber qué tan cerca estaba Francia de sumarse a la causa italiana.
Con las manos vacías, la joven decidió cambiar de estrategia.
Pensó en el primer traspié en casa de la princesa Matilde, en el tartamudeo, en la humillación.
Pensó en la palabra que la había motivado en la madrugada: atrevimiento.
Si quería terminar con la indiferencia del emperador debía hacer algo que él no pudiera ignorar.
Para el siguiente baile de disfraces en las Tullerías se vistió como una romana, con el cabello suelto sobre la espalda desnuda y una túnica de seda blanca sujeta en un solo hombro.
Un tajo que partía desde el muslo revelaba la pierna entera.
En los pies calzaba sandalias que dejaban ver anillos de oro en cada dedo.
Una osadía que ya había escandalizado a la sociedad parisina en los días de auge de la revolución con Josefina de Beauharnais y sus amigas , les merveilleuses .
Cuando entró al salón, la música se detuvo y los invitados se agolparon a su paso. Alguien dejó caer una copa. La emperatriz recogió su chal y se marchó sin decir una palabra.
Napoleón, que hablaba con un ministro, vio el tumulto y entendió quién lo causaba antes de ver a la condesa asomar entre la multitud. Cuando Virginia llegó hasta él, embelesado, le ofreció el brazo y la condujo al centro del salón para abrir el baile.
La noche siguiente, el carruaje imperial volvió a estacionarse en el callejón de Passy.
La tranquilidad de Virginia duró poco; su mundo comenzó a desmoronarse por dos flancos a la vez.
Desde Turín, Francesco envió una carta en la que reclamaba la custodia de Giorgio.
Argumentaba que una madre que se exhibía como amante del emperador y que frecuentaba fiestas hasta la madrugada semidesnuda no era apropiada para educar a un hijo.
Ella leyó la carta en silencio y la rompió.
Al día siguiente fue al estudio de Pierson.
Eligió convertirse en la reina de Etruria, la soberana guerrera.
Pero esa vez agregó un detalle: un puñal en la mano derecha; el filo medio oculto entre los pliegues del vestido, la empuñadura tomada con firmeza.
Se sentó frente a la cámara con una expresión desafiante que Pierson no le había visto antes.
El fotógrafo coloreó la imagen a mano según las instrucciones de Virginia.
—Agregue el título: La Vengeance —ordenó.
Cuando estuvo lista, Virginia escribió en el dorso con caligrafía prolija: “Al conde de Castiglione, de la reina de Etruria” y la envió en el siguiente correo. Francesco no volvió a mencionar la custodia de Giorgio.
Poco después llegó el segundo golpe.
Una noche de abril de 1857, Napoleón salió de la casa de Passy y recorrió el callejón oscuro, como hacía habitualmente, hasta el carruaje imperial a pocos metros, cuando tres hombres armados surgieron de las sombras.
La escolta del emperador reaccionó. Hubo gritos y forcejeos.
Se escuchó un disparo en la oscuridad. Los atacantes huyeron. No hubo heridos.
Por orden del emperador, la policía abrió una investigación y pronto detuvo a los tres culpables.
Eran carbonarios italianos, revolucionarios que defendían los mismos ideales que Virginia invocaba en las noches de Passy.
Habían atacado al único hombre dispuesto a ayudarlos, en la puerta de la mujer que estaba consiguiendo que lo hiciera.
La versión oficial cerró el caso con las detenciones.
Pero en los salones de las Tullerías circulaba otro relato, uno que nadie se atrevía a repetir en voz alta: alguien cercano al trono había facilitado información sobre los movimientos nocturnos del emperador.
Nadie pronunció el nombre de la emperatriz Eugenia, pero no hacía falta.
Después de los arrestos, dos agentes de la policía imperial se presentaron en la casa de Virginia.
La interrogaron durante una hora en el salón, mientras Giorgio jugaba en una habitación contigua.
Le preguntaron sobre sus vínculos con la causa italiana, acerca de sus contactos en Turín, y de la naturaleza de la relación con el emperador.
Ella respondió con calma: no sabía nada de los atacantes, no tenía relación con los carbonarios.
Estaba en París porque su marido tenía intereses diplomáticos.
No mencionó a Cavour. No mencionó la misión.
No mencionó Compiègne ni las noches que compartía con el emperador de Francia.
Los agentes se fueron. Pero regresaron con una orden imperial: la condesa de Castiglione tenía cuarenta y ocho horas para abandonar Francia.